LA MURMURACIÓN
¡UN MAL DE NUESTRO
TIEMPO!
La
verdadera originalidad de una reunión no consiste en que a todo aquel
que la abandone se “le corte un traje”, sino en todo lo contrario: En no
tolerarse por los amigos que se hable mal de nadie.
La maledicencia desdice de la conversación
entre personas educadas. El hombre que con toda intención escoge a un
adversario débil para befarle, zaherirle o satirizarle a beneficio de
los reunidos, podrá obtener tal vez la satisfacción de unas risotadas
necias y malignas; pero, pasado el incidente, aun los cómplices
reconocerán que quien así se condujo fue cruel, insensible y hasta
malvado.
Si queremos tener amigos y además
conservarlos, no digamos nunca de una persona cosas que no nos
atreveríamos a decir en su presencia. Y si no podemos decir de los demás
cosas satisfactorias y agradables, lo mejor que podremos hacer es
callar.
Por eso si alguno de los que está con
nosotros murmura, no debe ser secundada su murmuración. Lo que en tal
caso procede hacer es salir en defensa del atacado, porque lógicamente
pensado todo aquel que habla mal de otra persona en su ausencia, es lo
más probable que también hable mal de nosotros cuando nos marchemos.
El escuchar a esa clase de personas supone
que nos hacemos cómplices de sus calumnias, además de confesarnos ser
tan mal amigo del calumniado, como del calumniador.
También se puede herir la sensibilidad de
una persona censurando malas costumbres o vicios, que es sabido que
posee alguno de los que nos escuchan. Este, lógicamente, se dará por
aludido y exigirá de nosotros una rectificación.
No sé quién fue el que dijo que una
murmuración malévola camina sobre ruedas, y, quien más quien menos,
todos las engrasan un poco mientras corren.
Fruto de la murmuración es el
«chismorreo», que no consiste en otra cosa que en desvirtuar a sabiendas
el hecho que se narré para que sea interpretado con malevolencia. De no
mediar esa mala intención en lo que se dice y se escucha, de limitarse
simplemente a discurrir en los casos del prójimo para satisfacer una
curiosidad naturalísima que nada tiene de insana, será la sal y pimienta
que anime una conversación que, por su seriedad, amenazaba abrazarse con
Morfeo.