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El cepo. Se colocaba a la víctima con las manos y los pies aprisionados en las aberturas correspondientes, de ésta manera eran expuestos en la plaza pública, donde el vulgo les provocaba, abofeteaba y embadurnaba con heces y orina. En muchas ocasiones, las condenadas eran también golpeadas, lapidadas, quemadas, laceradas e incluso gravemente mutiladas. También las incesantes cosquillas en las plantas de los pies y en los costados llegaban a convertirse en una tortura insoportable. Sólo los transgresores más inofensivos podían esperar liberarse con no más de unos pocos cardenales.

 

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