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Una
tortura fundamental, que a veces constituía únicamente una preparación
de la víctima para posteriores tormentos, era la dislocación de los
hombros mediante la rotación violenta de los brazos hacia atrás y
arriba. El suplicio del péndulo es (como tantas otras torturas) barato y
eficiente. No necesita equipos complicados. Las muñecas de la víctima se
ataban por detrás de la espalda, y en esa ligadura se añade una cuerda y
se iza. Inmediatamente, los húmeros se desarticulan junto con la escápula
y la clavícula. Tal dislocación producía horribles deformaciones, a
menudo permanentes. La agonía se podía estimular mediante pesas
agregadas progresivamente a los pies, hasta que al fin el esqueleto se
desmembraba. Al final, la víctima, paralizada, moría.
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