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El grandullón Wallace Beery, que compartió premio con Fredic March en 1932, encarnaba a un rudo boxeador que, sabiendo que no sobrevivirá a un nuevo combate, vuelve a los cuadrilateros por salvar a su hijo. Los malintencionados afirmaron que el Oscar se le debía haber dado al pequello Jackie Cooper que conseguía hacer llorar con su actuación a toda la sala.

 

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