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El sometimiento del hombre al hombre es muy antiguo. Desde tiempo inmemorial se empleó el trabajo de hombres y mujeres para realizar las faenas más pesadas y serviles, con dominio absoluto, por parte del amo, sobre ellos. Los esclavos se reclutaban entre los vencidos, entre individuos de razas consideradas inferiores, e incluso entre hombres libres que perdían su libertad por no poder hacer frente a sus deudas o por otras causas.

En Roma, los esclavos podían convertirse en libertos, bien por voluntad de su dueño, bien por pago a éste de una cantidad que él mismo estipulaba. Los esclavos solían llevar una marca o distintivo que pregonaba su condición. En la Edad Media, el hecho de estar el siervo sometido al trabajo de la tierra y no poder abandonarla en muchos casos, supuso una forma de sumisión poco diferente a la que tenía en la Antigüedad.

Ya en tiempos modernos, en el siglo XVII, en Escocia, el siervo llevaba el collar metálico que denotaba su estado de servidumbre perpetua. En los Estados del Sur, en Norteamérica, se emplearon esclavos negros, procedentes de la trata que imperó durante cerca de tres siglos. La situación se prolongó hasta la Guerra de Secesión, en que, victoriosos los Estados del Norte, impusieron a los vencidos la abolición de la esclavitud, por lo menos en sus peores formas.

A pesar de que desde principios del siglo XIX la mayoría de los países han suprimido y prohibido la esclavitud, y de que desde entonces diversos tratados, congresos o declaraciones la han condenado en ciertas zonas de la Tierra, sobre todo en el continente africano, persiste todavía el tráfico y explotación de esclavos. El último país en abolir oficialmente  la esclavitud fue Arabia Saudí en 1963.


























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