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SURREALISMO:
LA EXPRESION DEL ALMA
Moisés Garrido Vázquez
“El
lenguaje ha sido dado al hombre para
que haga de él un uso surrealista”
(André
Breton, “Manifiesto del Surrealismo”, 1924)
A
lo largo de la historia, desde la cultura de Cro-Magnon, el ser humano ha
pretendido reflejar en sus obras -ya sea en pinturas, esculturas o monumentos-
motivos relacionados con el mundo trascendental. La creación, el cosmos, la
muerte, la religión, la mitología y la magia han estado siempre muy presentes
en el arte. Fueron temas recurrentes en pintores como El Bosco, escultores
como Miguel Angel, o ilustradores
como William Blake y Gustavo Doré, por citar algunos ejemplos bien conocidos. Pero si
hay una corriente artística que haya buceado más profundamente en las regiones
ignotas de la realidad, en los vericuetos del espíritu y en las oquedades de la
psique humana, es sin duda el Surrealismo, una de las principales
manifestaciones del arte contemporáneo. Al menos, su influencia ha dejado una
huella imborrable en todas las facetas de la cultura moderna.
LOS
ORIGENES
Heredero
de las escuelas metafísica y dadaísta desarrolladas en el París mágico y
nocturno de principios del siglo XX -en plena efervescencia espiritista-, el
movimiento surrealista es definido por su propio lider, el escritor francés André
Breton (1896-1966), como “una
forma de automatismo psíquico puro con el cual se trata de expresar
verbalmente, por escrito o de cualquier otra manera el funcionamiento real del
pensamiento, sin intervención de la razón y al margen de toda preocupación
estética o moral”. Curiosamente, Breton se interesó vivamente por el
ocultismo tras haber tenido ciertas experiencias anómalas (visuales y
auditivas) relacionadas con los estados crepusculares, lo cual influyó más
tarde en el desarrollo de su obra literaria. Los miembros más representativos
del Surrealismo, como el poeta Paul Éluard
(1895-1952) o los pintores Giorgio de
Chirico (1888-1978) y Max Ernst
(1891-1976), también se sentirían atraidos por lo insólito, especialmente por
fenómenos como la psicografía (escritura automática), la hipnosis y los
estados de trance. El Surrealismo (término acuñado en 1918 por el poeta francés
Guillaume Apollinaire), un movimiento notablemente influenciado por
las revolucionarias teorías psicoanalíticas de Sigmund Freud, alcanza su máxima expresión artística a través de
las imágenes oníricas que surgen de las profundidades del inconsciente. Los símbolos
arcaicos, así como los deseos y temores más reprimidos -material del que están
nutridos buena parte de nuestros sueños- son “proyectados” en sus obras por los integrantes de esta
innovadora corriente cultural. La simbología onírica se convierte para los
surrealistas en una fuente inagotable de información sobre nuestra parte más
sombría. “En
el trasfondo de la mente humana –asegura el catedrático de Psicología
José Luis Pinillos-, el
inconsciente vive una oscura vida instintiva de la cual los sueños pueden
entreabrirnos la puerta”.
LA
CLAVE DE LA INSPIRACION
En
su “Manifiesto Surrealista” de
1924 -base doctrinal de este singular movimiento literario y artístico-, André
Breton escribe: “La
exploración de la vida inconsciente proporciona las únicas bases válidas de
la profundización del actuar humano”. Para los surrealistas, el
automatismo -actividad que
escapa al control voluntario y se realiza independientemente de uno mismo- es la
vía más idónea para
rescatar el contenido onírico que
se esconde en el plano
insconsciente. Así, al igual que los
médiums,
el escritor o pintor surrealista entra en un “estado
modificado de conciencia” y deja que su mano actúe libremente, plasmando
en papel o en lienzo lo que su mente
profunda
dicta de forma irracional. Afloran
visiones
premonitorias, seres fantásticos, paisajes sobrenaturales y elementos mágicos
y religiosos que van configurando la obra. Pero a diferencia de los
espiritistas, los surrealistas no creen que esas
fantasmales “revelaciones”
que permanecían
ocultas y que surgen mediante el
automatismo o los estados de ensoñación procedan
de un “más allá”,
sino que su origen está en lo más recóndito de nuestra inexplorada psique.
Paul Éluard
concretó perfectamente
esta idea en
su célebre frase: “Existen otros mundos, pero están en éste”...
El
primer escrito surrealista, “Champs Magnétiques”,
de André Breton y Philippe Soupault -publicado
por capítulos en la revista “Littérature”
en 1919-, fue realizado psicográficamente en sesiones que duraban hasta diez
horas. Mientras, Max Ernst y André
Masson (1896-1987) comenzaban su fructífera carrera surrealista
haciendo “dibujos automáticos”
que expresaban claramente el complejo mundo interior de sus autores. Esta técnica
mediúmnica se propagó de tal manera entre los miembros del movimiento
surrealista que en el prefacio del primer número de “La Révolution Surréaliste” (1924), P. Éluard, R. Vitrac y J. Boiffard
escribirían que: “Los autómatas ya se multiplican y sueñan. En los cafés piden con
prisa algo para escribir, las vetas del mármol son las gráficas de su evasión
y sus coches van solos al bosque”. Durante esos estados de ensueño o
duermevela, los surrealistas plasmaron en sus obras una visión distinta de la
realidad, expresando en lenguaje simbólico sus mecanismos más ocultos,
rompiendo así los “infranqueables” muros de lo racional. En esa “época
de los sueños”, como fue definida por algunos, Paul Eluard, Max Ernst y
André Breton asistían fascinados a las sesiones mediúmnicas de sus colegas René
Crevel, Robert Desnos y Benjamin
Péret. Éstos entraban en trance hipnótico y respondían, de la forma más
incongruente y extraña, a las preguntas formuladas por los asistentes.
Traspasar el umbral de la consciencia y recorrer los rincones más ocultos del
mundo inconsciente, se convirtió para los surrealistas en una fuente constante
de inspiración. La imaginación y el azar hacían el resto. “Desde
entonces, el sueño, la ensoñación estando despierto y los estados de abandono
en que el espíritu se libera de sus frenos y de sus sujeciones, fueron objetos
de una promoción tal como no habían conocido desde la época romántica”,
señala el escritor Patrick Waldberg. Pronto se irían incorporando al floreciente movimiento
surrealista destacados nombres como Man
Ray, Francis Picabia, Max
Morise, Pierre de Massot, Joan Miró,
René Magritte y muchos otros.
El
pintor de origen griego Giorgio de Chirico, uno de los precursores del
surrealismo -ya había creado anteriormente la Escuela Metafísica con Carlo
Carrá-, supo dotar a sus lienzos de una atmósfera tenebrosa y enigmática.
Se aprecia en su pintura la influencia que en él habían ejercido Nietzsche
y Schopenhauer, tras establecerse en
Munich en el año 1906. Escenarios urbanos desérticos, figuras desnudas sin
rostros, sombras misteriosas y alargadas, formas arquitectónicas clasicistas,
etc. adquieren un gran protagonismo en la fructífera creación artística de
este pintor, que abarcó también la literatura y la escenografía. Cuadros como
“Misterio y melancolía de una calle”
(1914), “El regreso del hijo pródigo”
(1922) o “Héctor y Andrómaca”
(1924), reflejan fielmente esos inquietantes ambientes oníricos. De Chirico
nunca aceptó la muerte imprevista de su padre cuando aún era un adolescente.
Ese traumático recuerdo afloraba con frecuencia en sus sueños y, de forma simbólica,
en toda su obra pictórica, con la que pretendió “desnudar el arte de lo que
tiene de común y de aceptado por la generalidad, y suprimir completamente al
hombre como guía y como medio para expresar los símbolos...”
Otro
de los surrealistas más sobresalientes fue Max Ernst, nacido en Brühl
(Alemania). En sus delirantes composiciones supo transformar la realidad como
ningún otro, utilizando los objetos más cotidianos para convertirlos en
estrellas, bosques, lluvias... Empleó técnicas muy diversas
-óleo, collage, frottage, grattage, calcomanía, etc.- para crear sus
fantásticas e impactantes metamorfosis. De niño, antes de dormirse, se
entretenía “viendo” en los
nudos de la madera y en las tiras de parquet de su cuarto extraños paisajes y
figuras inexistentes. Esa innata y prodigiosa imaginación quedaría patente en
aquellas obras que realizó mediante el “frotagge”,
que consistía en cubrir con papel o lienzo una superficie rugosa para frotarla
luego con un lápiz o un pincel, obteniendo, al azar, extrañas e ilusorias
formas. Licenciado en filosofía -fue un profundo conocedor de las obras de Kant- y amante del ocultismo, de las realidades alternativas y de
los misterios de la percepción, llegó a asegurar que todo hombre, artista o
no, lleva en su inconsciente un acervo incontable de imágenes sepultadas que
hay que sacarlas a la luz. Según Pedro
Jesús Fernández, licenciado en Historia del Arte, “Max Ernst daba rienda suelta a
su capacidad alucinatoria para extraer de las imágenes toda su poesía”.
Ciertamente, en cuadros como “Alegría
de vivir” (1937), “El ojo del
silencio” (1943) o “La ninfa
Echo” (1936) puede apreciarse su talento poético, a la vez que su
poderosa imaginación para fundir, en simbiosis imposibles, vegetales y
animales, en medio de paisajes irreales y amenazantes, al más puro estilo de la
ciencia-ficción.
El
belga René Magritte (1898-1967), “uno
de los pilares principales del Surrealismo” según Breton, no juega
tan obsesivamente con los contenidos oníricos e inconscientes como sus
restantes colegas, sino más bien centra su atención en la realidad cotidiana. “Mi pintura nunca muestra algo
imaginario. Muestra la realidad completa, es decir, la realidad con su misterio,
sin disgregarla de su misterio”, afirmaba el propio Magritte, si bien
en ocasiones se inspiraba experimentando con los llamados “sueños
lúcidos” en el momento del despertar. Pero a esa realidad a la que él se
refiere, le añade elementos contradictorios y paradójicos (como se aprecia en “El Imperio de las Luces II”, pintado en 1950) , dota a los
objetos familiares y a los seres vivos de consistencia distinta a la que en
realidad poseen (“Las gracias
naturales”, 1962), hace que las cosas leviten desafiando las leyes
elementales de la física (“El castillo
de los Pirineos”, 1959) y yuxtapone imágenes para dar un efecto
pluridimensional (“Los paseos de Euclides”, 1955). Es una trampa intencionada para
desorientar los sentidos. De esa forma, Magritte logra crear impactantes y
seductoras ilusiones ópticas que provocan en el espectador un enorme asombro,
llevándole irremediablemente a admitir que la realidad que observamos es pura
ilusión y está estructurada en base a nuestra limitada percepción. Su célebre
y original serie “cuadros dentro del
cuadro” transmite claramente esa ruptura que desea hacer este notable
pintor con el mundo convencional. Según algunos autores, la depurada, fría y
misteriosa obra de Magritte -un hombre que solía frecuentar círculos
culturales a los que asistían escritores, músicos y científicos-, reflejaba
su deseo por alejar el recuerdo traumático que subyacía en su mente desde la
edad de trece años, cuando su madre se suicidó arrojándose a las aguas del río
Sambre, en Chatelet. De nuevo, la teoría freudiana presente en la obra de un
surrealista, de un gran intelectual que admiraba las obras del escritor Edgar Allan Poe y del filósofo Ouspensky...
EL
“GENIO POLIMORFO”
Pero
la figura clave del surrealismo es, sin la menor duda, el pintor catalán Salvador
Dalí (1904-1989). No solo expresó el auténtico espíritu surrealista en
su obra artística, sino que lo llevó a la práctica en su propia vida. Genio
excéntrico, megalomaníaco y paranoico donde los haya, además de prolífico
artista -no sólo destacó en la pintura, sino también en la escultura y en el
diseño de joyas y vestuarios teatrales-, su fuerte personalidad le convierte en
el surrealista por excelencia. Recordemos que en 1926 fue expulsado de la
Escuela de Bellas Artes de Madrid por su actitud rebelde. Tres años después,
se incorporaría al Movimiento Surrealista de París. En su “Manifiesto
Groc” (1928), definió la creación como “un
método espontáneo de conocimiento irracional basado en la objetivización crítica
y sistemática de las asociaciones y de las interpretaciones delirantes”.
Bajo esa idea desarrolla en 1930 su famoso “método
paranoico-crítico”, una de sus mayores contribuciones al pensamiento
surrealista. Su pintura -dotada de una extraordinaria perfección y
minuciosidad-, comienza a incorporar fielmente el esotérico lenguaje onírico.
Y es que, tras leer “La interpretación
de los sueños” de Freud, Dalí se preocupó intensamente por desentrañar
las claves de sus visiones oníricas. “No
soy más que un autómata que registra sin juzgarlo, y lo más exactamente
posible, el dictado de mi subconsciente”, manifestaría. Muchas veces,
se quedaba horas y horas concentrado ante el lienzo que tenía que pintar. “Me
pasaba el día entero sentado ante él, con los ojos fijos, tratando de
“ver”, como un médium, las imágenes que surgirían en mi imaginación”.
“El juego lúgubre” (1929) y “Torero
alucinógeno” (1970) fueron dos de sus obras más conocidas realizadas
automáticamente.
LA
MÍSTICA DALINIANA
Con
el tiempo, Dalí se siente terriblemente atraido por el misticismo, dándole una
interpretación muy personal. La lectura de las obras del filósofo Friedrich
Nietzsche, paradójicamente, le acerca al terreno espiritual. “Nietzsche,
en lugar de confirmarme en mi ateismo, hizo germinar por primera vez en mi espíritu
las interrogaciones y las dudas de la inspiración pre-mística (...) Hizo que
despertara en mí la idea de Dios”. Es durante esa etapa cuando crea
algunas de sus obras cumbres: “La Madona
de Port-Lligat” (1949), “Corpus
Hypercubicus” (1954), “La última
cena” (1955), “Concilio Ecuménico”
(1960), etc. A partir de entonces, su pintura evoluciona hacia lo que él
denominó “hiperrealismo-metafísico”.
Asimismo, la muerte también está presente en la vida del célebre pintor
ampurdanés, marcando su trayectoria personal y artística. La pérdida de su
hermano de cinco años, fallecido meses antes de él nacer, le obsesionaría
profundamente. “La morbosa autoidentificación con su hermano muerto -cuenta Dawn
Ades en una biografía del artista-, contribuyó a hacer de él un niño ambicioso, exhibicionista y
constantemente empeñado en ser el centro de atención”. Años después,
la desaparición de otras personas cercanas a su entorno -como la temprana
muerte de su madre- le sumergen aún más en sus delirios escatológicos. Pero
aunque la muerte le atormentaba -él mismo lo confesó repetidamente-, le
provocaba a su vez una curiosa y morbosa fascinación. De pequeño, se quedaba
ensimismado observando cómo las hormigas devoraban lagartos y saltamontes en
estado de descomposición. Esos recuerdos infantiles le asaltaron con el paso
del tiempo. De hecho, las hormigas y los cuerpos putrefactos están latentes en
muchas de sus composiciones pictóricas, como por ejemplo en “El sueño” (1931), “El
caballero de la muerte” (1935) y “Resurreción
de la carne” (1945).
En
el enigmático universo daliniano también tienen cabida los sorprendentes
descubrimientos científicos de este siglo. “El
progreso de las ciencias ha sido colosal -asegura el afamado pintor
durante una entrevista- (...) Estamos asistiendo al
progreso casi monstruoso de la civilización, sin ningún tipo de síntesis...”
Para Dalí, sus famosos relojes blandos -otro elemento constante en sus obras-
representan la relatividad del espacio-tiempo, la cuarta dimensión enunciada
por Einstein. Aparecen en obras como “Osificación
prematura de una estación” (1930) y “Persistencia
de la memoria” (1931). Por otra parte, Dalí queda impresionado por los
experimentos atómicos, iniciados en los años cuarenta. Decide así plasmar
simbólicamente la desintegración del átomo en “Las
tres esfinges de Bikini” (1947) y en “Asunción
antiprotónica” (1956), por ejemplo. Gran fascinación le produce también
la memoria y sus intrincados mecanismos, recurriendo a los cajones para
evocarla, de forma metafórica, en cuadros como “El
mueble antropomórfico” (1936) y “Jirafas
en llamas” (1937).
Dalí
fue un hombre profundamente culto y polifacético. Escribió diversos libros,
destacando sus dos obras autobiográficas en las que revelaba sin pudor sus
reflexiones, pasiones y locuras más histriónicas: “La
Vida Secreta de Salvador Dalí” (1942) y “Diario
de un Genio” (1965). Gozó de grandes amistades como Pablo Picasso, Federico
García Lorca y Luis Buñuel -con
quien colaboró en la realización de “Un
perro andaluz” (1929) y “La edad
de Oro” (1930)-. Buscar respuestas a los grandes interrogantes supuso para
Dalí un gran desafío (“la conquista de
lo irracional” lo llamaba él), aunque sobre determinados asuntos tenía
las ideas muy claras. En una ocasión, al ser preguntado por un periodista sobre
si creía en la existencia de otros mundos habitados respondió, recordando a su
colega Paul Éluard: “Es evidente que existen otros mundos, pero como he dicho muchas veces
esos otros mundos están en el nuestro, residen en la Tierra...”
En
definitiva, nada en Dalí -ni sus gestos, ni sus palabras ni mucho menos su
dilatada obra- ha podido pasar desapercibido. André Breton llegó a decir de él
que: “La
experimentación surrealista ha recibido un gran impulso de la mano de Salvador
Dalí, cuya excepcional “caldera” interior ha constituido durante todo este
período un fermento de incalculable valor para el Surrealismo”.
VANGUARDIA
UTOPICA
En suma, el Surrealismo ha significado para el arte y la literatura lo que la teoría de la relatividad para la ciencia. Toda una profunda transformación cultural y un revolucionario modo de interpretar la realidad. Una corriente transgresora que, en palabras de Marcel Brion, “solicita todas las fantasmagorías imaginativas”. El Surrealismo supone una clara ruptura con lo establecido, poclamando el nacimiento de un hombre nuevo. Exalta la intuición y se convierte en una vía de acceso a los misterios más ocultos. De ahí su gran atractivo y su poder seductor. Su mensaje ha llegado hasta nuestros días, y de alguna forma, aquellos que han consagrado sus vidas a la exploración de los enigmas del ser humano y del mundo, que buscan horizontes más amplios del conocimiento y que se oponen contra determinadas formas represivas de la cultura -como por ejemplo ese escepticismo ultra-radical que algunos presuntos “científicos” intentar imponer en la sociedad- llevan impregnados, sin saberlo, el mismo espíritu libre, innovador y soñador que distinguió al Movimiento Surrealista.
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