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UNA CIUDAD EN LAS
NUBES
¿Existe relación entre las
pirámides de Egipto y las de los Andes?
José Ferrer
Mucho
antes de que los conquistadores españoles llegaran al Perú y mucho antes de
que los incas edificaran su imperio, la misteriosa ciudad de Tiahuanaco yacía
en ruinas. Sus moradores desaparecieron en la bruma de los Andes. Pero las ruinas
de sus monumentos daban fe de la maestría de aquellos constructores que levantaron
pirámides en el cielo.
Los tiahuanacanos no disponían de bestias de carga ni de ruedas; sólo empleaban herramientas de piedra. Su ciudad de las nubes se encuadra en los Andes por encima del límite superior de los bosques; a casi 4.000 metros de altura, cerca de la frontera actual entre Perú y Bolivia. Sin embargo, hallaron el medio de transportar bloques de piedra de más de 100 toneladas desde una cantera situada a 40 km de distancia, a través de una irregular meseta y de la amplia zona del Titicaca, el lago más elevado del mundo.
Una vez llegados a su destino, estos bloques (mucho mayores que los utilizados por los antiguos egipcios) se tallaban y pulían con suma perfección y se construían con ellos enormes pirámides truncadas.
Tres de estos monumentos subsisten en Tiahuanaco: la fortaleza de Acapana, el templo de Kalassasaya y el palacio de las Diez Puertas. Por los relatos de los primeros españoles se deduce que en el siglo XVI existían muchos más.
La mayor de las construcciones piramidales es el Acapana, un montículo natural al que se dio forma y recubrió de piedra; mide 150 metros de anchura, 210 de longitud y 15 de altura sobre el llano. El mayor bloque de piedra es también el mayor bloque de roca extraído en el mundo de una cantera. Se trata de un monolito de 200 toneladas, exquisitamente tallado, qué se alza a la entrada del templo de Kalassasaya.
A un lado del monolito se encuentra uno de los indicios arqueológicos que pudiera arrojarnos alguna luz sobre los fundadores de Tiahuanaco. Es una figura tallada en la roca, del dios lloroso de la ciudad, conocido en las leyendas indias con el nombre de Kon-Tiki Viracocha.
Según las leyendas que conservan los pueblos de los Andes, Viracocha era un hombre blanco de elevada estatura, rostro cuadrado, ojos azules y cabello rubio tonsurado como un monje. En la talla, su cabello queda oculto por un complicado tocado. De sus ojos abiertos se desprenden lágrimas redondas. Se dice que llegó en el siglo V de nuestra era, que enseñó a las gentes agricultura y regadío, y que erigió estatuas a personas de largas orejas y barbas.
Añaden las leyendas que, antes de cumplirse los 100 años de su llcgada, Viracocha se dirigió a la costa occidental, desplegó su capa sobre las aguas, se sentó sobre ella y desapareció para siempre.
El segundo de los indicios es la estatua de un hombre, de tamaño doble del natural, que se halla cerca del templo. Se conoce con el nombre de El Obispo y parece portar un libro, a pesar de que fue tallado cientos de años antes de que se tenga noticia de la existencia de escritura en Sudamérica.
Basados en estos indicios y en la forma de las construcciones, los arqueólogos creen hoy que fueron dos grupos de invasores quienes intervinieron en la construcción de Tiahuanaco y su imperio. El primero llegó a la meseta poco antes del año 450 de nuestra era y se impuso sobre la cultura primitiva anterior existente junto al lago Titicaca. Estos invasores fueron, a su vez, desplazados en el siglo VIII por un segundo grupo que, al cabo, desaparecería también.
En el año 1000, el imperio de Tiahuanaco había unificado por vez primera las distintas culturas de los Andes peruanos. Pero había declinado su poderío y su capital estaba en ruinas. Durante 200 años continuó fragmentado hasta que los incas lograron de nuevo la unión, que fue el germen de su nuevo y gran imperio que se extendería por una superficie de más de dos millones de kilómetros cuadrados.
Esto es cuanto se sabe. Lo que nadie sabe es quiénes fueron los invasores o extranjeros, de dónde procedían y cómo desaparecieron.
Se aventura la hipótesis de que algunos griegos o fenicios hubieran cruzado el Atlántico por casualidad o intencionadamente mucho antes del viaje de Colón en 1492. En el año 380 antes de J. C. el historiador griego Teopompo de Quíos habló de una isla de «inmensa extensión», más allá de Gibraltar.
En los anales chinos figura la historia de un viaje realizado por monjes budistas, antes del año 500 de nuestra era, a una tierra situada a 5.000 millas de distancia por el Pacífico.
¿Pudieron haber sido estos monjes los modelos del «dios lloroso»? ¿Pudo Viracocha haber sido un monje irlandés? Según una leyenda, San Brendano de Irlanda navegó en el siglo VI hacia el oeste por el Atlántico en una pequeña embarcación fabricada aun pieles de animales.
También se especuló con la hipótesis de que el segundo grupo de tiahuanacanos estuviera formado por clérigos portugueses. Se sabe que un grupo de éstos, dirigidos por un arzobispo, partieron hacia el oeste en el año 734 de nuestra era y descubrieron una isla que denominaron Antilla. Que esta isla formara parte de las Indias Occidentales, o incluso del Brasil, es ya mera suposición y, tan aventurada como ella, que llegaran a Tiahuanaco.
La teoría más famosa de tantas es la propuesta por el noruego Thor Heyerdahl. Las ideas de Heyerdahl ofrecen una explicación no sólo de la procedencia de los fundadores de Tiahuanaco, sino también de su último destino.
En 1947 quiso demostrar que los pueblos preincaicos del Perú pudieron alcanzar la Polinesia en balsas de madera, y para ello realizó él mismo la travesía con una tripulación cuidadosamente elegida. Aportó pruebas de que las estatuas de cabeza cuadrada y largas orejas existentes en la Isla de la Pascua son iguales que las que se supone talló Viracocha. Heyerdahl designó a su balsa con el nombre de Kon-Tiki, que corresponde al dios Kon-Tiki Viracocha.
En 1970, Heyerdahl llevó su teoría hasta el último extremo. Construyó una embarcación de papiro, a la que bautizó con el nombre de Ra II, y navegó en ella desde África hasta Barbados, para demostrar la segunda parte de su hipótesis: que las construcciones piramidales de Tiahuanaco y de otras antiguas culturas de América del Sur pudieron haber sido transportadas por los egipcios a través del Atlántico.
Si Heyerdahl estuviera en lo cierto, los dioses barbudos que construyeron la ciudad en las nubes habrían sido hombres de la remota antigüedad, suficientemente audaces para surcar los océanos sobre cañas de papiro y madera esponjosa.
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