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     Multitud de hipótesis se han barajado sobre el verdadero origen e identidad del autor de las Centurias. Del más polémico de los profetas no tenemos claro ni siquiera el significado de su nombre adoptado.

     Un nombre ambiguo

     Antes de aventurar una nueva ocurrencia que añadir al dilatado universo crítico nostradámico, tanto por su intrínseco valor hermenéutico como por servir de adecuada introducción a este artículo, reproduzco literalmente los comentarios de David Ovason en su libro «Los secretos de Nostradamus», edición en castellano de Plaza & Janés Editores, S.A., de 1998, pág. 527, con la intención de contextualizar previamente mis posteriores deducciones:

     «Es bien sabido que para cuando empezó a publicar sus libros, quizá en 1545, Michael de Nostredame había adoptado una versión latina de su nombre. A pesar de lo que popularmente se cree, ese nombre no es una traducción literal al latín. Por supuesto, Nostradamus lo sabía muy bien. En su entrada en el registro de la Facultad de Medicina de Montpellier, fechada el 23 de octubre de 1529, había admitido, como lo exigían las normas de la Universidad, que su nombre correctamente latinizado era «Michaeletus de nostra domina». Su nuevo nombre, el torpe latinismo Nostradamus, ¿podría derivarse del lenguaje verde? [Ovason se está refiriendo aquí a la lengua oculta de la tradición hermética más conocida como lenguaje de los pájaros]. En otras palabras, ¿se ha malinterpretado a Nostradamus, incluso en el tema de su nombre adoptado?

     «En el idioma francés, el apellido que heredó Nostradamus, Nostredame, significa «nuestra señora», que en latín sería nostra domina. Es indudable que la Señora en cuestión era la Virgen María. Pero por razones nunca explicadas, nuestro profeta cambió su nombre a Nostradamus. ¿Qué ganó con esa latinización? En términos del lenguaje verde, ganó mucho. La palabra damus (a diferencia de dame) significa «damos», y obviamente pasó a formar parte de los malos versos antinostradámicos de su época. La palabra nostra (a diferencia de nostre) es el femenino de «nuestro», y todavía conserva exactamente ese sentido en italiano. Así, en la lengua arcana, se puede construir la palabra Nostradamus con el sentido de «Nuestro femenino damos». Por una parte es posible interpretar esto como una referencia a su propia alma: su propia sabiduría, que siempre se ha expresado en género femenino, sea Sofia o Anima».

     A pesar del esfuerzo encomiable por aclararnos el dilema, poco sentido le veo a semejante interpretación final del término. El proceso de vulgar latinización sí parece, efectivamente, un juego lingüístico que nos guiña una significación oculta transmitida a través de ese coloreado lenguaje verde. Pero la conclusión a la que llega Ovason no satisface porque no guarda las reglas básicas de la lógica deductiva y carece en absoluto de racional sentido. ¿«Nuestro femenino damos»? Por lo demás, el salto desde esta frase incomprensible hasta la referencia a la sabiduría o al alma se me antoja tan absurdo como su atravesada traducción. Sin embargo, quizá el propio Ovason nos ofrezca involuntariamente la solución al galimatías lingüístico en otro pasaje de las páginas 200-202 de la edición ya citada de su libro que, aunque no lo relacione él mismo con el comentario transcrito, lo reproduzco también por su interés, a pesar de su extensión, y porque nos daría la clave para interpretar correctamente el inculto pseudónimo, precisamente del modo en que se ha intitulado el presente artículo:

     «Es curioso que los historiadores de la ciencia modernos no hayan reconocido la base arcana de la alquimia, pues referencias al lenguaje secreto en los principales textos alquímicos no faltan. Por ejemplo, Zósimo, el alquimista alejandrino del siglo IV, se refiere al lenguaje arcano llamado lengua de los ángeles. Lamentablemente, esa referencia ha sido malinterpretada por muchos comentaristas, porque se confunde fácilmente con un alfabeto «secreto» publicado a principios del siglo XVI por el ocultista Cornelius Agrippa. Sin embargo, tenemos la fortuna de que Zósimo nos haya dejado un ejemplo del funcionamiento de la lengua de los ángeles, que lo revela como una forma de lenguaje verde.

     »Zósimo explica por qué Thot, el maestro de las tradiciones arcanas, debe llamarse «el primer hombre». Según Zósimo, los antiguos centros mistéricos (nombra entre ellos sólo los caldeos, los partos, los medos y los hebreos) llamaban a Thot por el nombre de «Adán». Este último nombre, dice significativamente, es una palabra del lenguaje de los Ángeles.

     »Zósimo está muy en lo cierto. La palabra hebrea Adán tiene una raíz que significa «rojo», y está casi seguramente relacionada con la idea de «sangre roja». En esoterismo, Adán era el nombre que se daba a la humanidad futura que primero descendió a cuerpos físicos. El nombre denota las primeras entidades espirituales que se vistieron con el rojo de la carne y la sangre.

     »La palabra hebraica Adán significa «terrestre»: otra referencia a la idea de que antes de la creación de Adán el hombre era un ser espiritual no terrestre.

[...]

     »Para volver a Zósimo: ¿por qué en el lenguaje de los Ángeles llamaban a Thot «el primer hombre»? El nombre está casi seguramente relacionado con la idea de que Adán fue quien primero dio nombres a las cosas creadas. El dios egipcio Thot fue quien, en la mitología esotérica, primero dio los nombres secretos a todas las cosas creadas: Adán fue, por cierto, el inventor del arcano lenguaje de los Ángeles, nuestro lenguaje de los pájaros. En ese sentido, Thot fue el primer hombre, lo que explica por qué otro de los nombres que recibe la lengua arcana es el lenguaje de Thot, la lengua hermética».

     ¿Tiene toda esta explicación erudita algo que ver con el profeta de Salon-de-Provence? Como más adelante veremos, mucho que ver. Llámese lengua de los ángeles, de los pájaros, o lenguaje verde, a nadie se le escapa que Nostradamus era un consumado especialista del lenguaje, de los requiebros de las palabras, de los dobles y de los múltiples sentidos que puede adquirir una frase hábilmente manipulada, de los juegos conectivos etimológico-lingüísticos, de las significaciones no encerradas en la literalidad escrita, y, por descontado, un dominador de la lengua francesa de su tiempo y del latín clásico cuando menos, si es que no lo era también del griego y del hebreo, el idioma de sus convertidos y controvertidos ancestros.

     Pero es fundamentalmente en el latín y en la cultura clásica romana donde debemos indagar con mayor insistencia la clave de sus pronosticaciones. Sus Centurias exudan latinidad y romanidad por los cuatro costados, y es absolutamente imposible entender siquiera una primera traducción, ni aun al francés moderno, sin tenerlo en cuenta como premisa ineludible para cualquier acercamiento comprensivo a su obra. En este sentido, es lamentable que carezcamos todavía hoy en día (al menos que yo la conozca) de una traducción castellana medianamente fidedigna del Corpus nostradámico. Nos queda, no obstante, el consuelo de que las traducciones anglófonas suelen ser, por lo general, incomparablemente más aberrantes que las nuestras.

     Mas vayamos ya a la traducción del nombre del profeta, del místico o del impostor (opiniones hay para todos los gustos) que no dudo más de uno desdeñará por extra-vagante.

     Nuestro Adán

     Convengo así con muchos en que Nostradamus juega con el lenguaje malabarmente con la intención de indicarnos soterrañamente caminos significativos que habremos de hallar en una pesquisa posterior a la lectura inicial de las palabras. Pues bien, la forma que se rebautiza a sí mismo no es sino otro subterfugio más que el profeta Magister nos ofrece para indicarnos que la incongruencia aparentemente inculta con las reglas gramaticales latinas no ocultan sino un significado disfrazado en la apariencia precisamente vulgar. Y así, Nostradamus no es ni «Nuestra damos» ni «Nuestra Señora» por dos sopesadas razones: porque la traducción no tiene sentido (ni siquiera común), y es palmario que se pretende que lo tenga, y porque no es ése su auténtico significado en correcto latín. El siguiente paso, por tanto, es jugar con las palabras hasta encontrar un sentido que guarde cierta lógica interna cargada de significancia. Y ese sentido se encuentra (así lo creo yo, al menos) utilizando una técnica (que, por lo demás, no es ajena en modo alguno al propio Nostradamus en todos sus escritos) de dividir en este caso las palabras donde, a simple vista, no es susceptible de hacerse. Para que adquiera coherente significado no es posible hacerlo de otro modo que del siguiente: «Nostradamus» = «Nostr-Adamus».

     Al analizar los términos surgidos de la artificial división nos topamos, comenzando de derecha a izquierda (entiendo que el orden no es aquí relevante), con la palabra Adamus. «Adam» o «Adamus» es la forma nominativa latina del nombre bíblico Adán, sobre el que ya nos ha ilustrado Ovason respecto de su asociación esotérica con la idea del primer hombre que puso nombres a las cosas creadas; yo añadiría, hablando de manera más exotérica, y anterior a aquélla, que la principal condición de Adán es la de ser el primer hombre de la Creación.

     El segundo de los términos a analizar es la palabra «Nostr», que no es sino la abreviatura, por lo demás no extraña, sino extensamente utilizada en el idioma de los césares, del «Noster» (= «nuestro») o del «Nostri» (= «de nosotros») latinos.

     La equivalencia que se nos presenta, por tanto, tras este acercamiento al nombre Nostradamus o Nostr-Adamus, es la de «Nuestro Adán», o, lo que es lo mismo, «el primero (el primer hombre) de los nuestros (de nuestra gente)».

     Y, tras esta osada conclusión, nos quedará por ver si al sentido de la frase formal transciende también un sentido cuya lógica interna resista cualquier crítica sustancial. Se trataría de averiguar si Nostradamus pertenecía a algún grupo que, deducido de la intencionalidad de su ocultamiento, habríamos de concluir que sería también oculto, poco conocido o secreto, y, en segundo lugar, de intentar identificarlo y desenmascararlo.

Magister Michel

     Que Nostradamus perteneciera a una secta, grupo o sociedad esotérica es algo que no se antoja novedoso. Intentaré añadir algún indicio más que pueda ayudar a corroborar esta hipótesis y a demostrar, con ello, mi teoría sobre su nombre adoptado.

     En el prefacio de M. Michel Nostradamus a sus Profecías (las 353 cuartetas publicadas por primera vez en 1555), dedicado a su hijo César, el profeta nos ofrece varias pistas de compleja interpretación:

1ª.- «nous inspirant non par bacchante fureur [...]»; es decir: «somos inspirados no por bacante furor [...]»

2ª.- «auons noz propheties redigé par escript [...]»; es decir: «hemos redactado por escrito nuestras profecías [...]»

3ª.- «combien que plusieurs volumes qui ont estés cachés par longs siecles me sont estés manifestés»; lo que quiere decir: «puesto que varios volúmenes que han estado escondidos durante largos siglos me han sido manifestados» (dados a conocer, revelados, puestos en mano).

4ª.- «comme auons noté par le autres, parlans plus clairement nonobstant que sous nuée seront comprises les intelligences: sed quando submouenda erit ignorentia, le cas sera plus esclarci»; a saber: «como hemos anotado para los otros, hablando más claramente no obstante que bajo nublado serán comprimidas las inteligencias: pero cuando la ignorancia se haya despejado, el caso estará más esclarecido».

     Entiendo que la última de las traducciones es la que puede suscitar mayor polémica, al haber interpretado «para los otros» donde parece indicar «en las otras [en las otras profecías]». Pero encuentro que es la que más se puede ajustar a una lógica que dé sentido a todo el párrafo, teniendo en cuenta que existen otras analogías traductivas en las cuartetas, que lo que hasta la fecha había publicado Nostradamus gozaba del mismo sabor críptico y opaco que su obra posterior (no había hablado, por tanto, más claramente), y que serán estas 353 cuartetas las primeras que ostenten la calificación propia de «propheties». Si, por otra parte, tenemos en cuenta que «nota» en latín tiene, entre otros, el significado de «contraseña», «par le autres» no es un error tipográfico, sino que pretende insinuar la noción de «par-le (= hablado)», «nubes» se traduce también como «velo, oscuridad», «comprimo» como «mantener oculto», «intellegentia» por «comprensión, conocimiento o idea», y «casus» como «caída, fin, o suerte desagradable o desgracia», el resultado de la frase con la que prácticamente se cierra el préface adquiere un perfil semántico semejante a éste: «como les hemos hablado en clave a los otros, explicándolo más claramente, pero esos conocimientos se mantendrán ocultos por un velo, mas cuando éste se descorra por fin, la suerte ya estará echada».

     En cualquier caso, en los cuatro ejemplos es clara la utilización del plural. Podría tratarse de un plural mayestático. Pero podría aludir también a la existencia de un grupo anónimo con el que Nostradamus mantenía estrecho contacto, hasta el punto de que sus integrantes eran partícipes de las claves interpretativas de sus veladas pronosticaciones. Nostradamus podría ser, incluso, según nuestra tesis, el «primero» de ellos. Nótese al respecto que Nostradamus suele anteceder a su nombre el pre-nombre o título de «Magister» («M.» en la carta-prefacio), es decir, «Maestro». Pero en latín Magister conserva otra significación, prevalente a aquélla más arraigada: la de «jefe, comandante o conductor». De modo que su autografía completa sería algo así como «Jefe Miguel líder de los nuestros». No me atrevo ya a elucubrar sobre el significado hebraico antes aludido de la palabra Adán, confirmado por el judío Flavio Josefo en sus «Antigüedades Judías», y concluir que Nostradamus fuera asimismo «el rojo de los nuestros», si bien no dudo de lo procedente que resultaría investigar su verdadero alcance epistemológico.

Gran Maestre del Priorato de Sión

     David Ovason es de la firme opinión de que Nostradamus era un iniciado que trabajaba para una escuela arcana del siglo XVI. Ahora bien, en los últimos tiempos algunos autores pretenden adscribirlo a otra sociedad no menos misteriosa, aunque ciertamente de dudosa existencia real, pretendidamente nacida paralelamente o incluso pre-existentemente a la Orden del Temple, cuyo nombre popularizaron en 1982 los tres autores del libro «El enigma Sagrado», Baigent, Leigh y Lincoln, título que responde al intento de desvelar el entramado mistérico de Rennes-Le-Château. La sociedad o la Orden de marras se llamaría Prieuré de Sion, y allí se desliza la sospecha de que nuestro poeta del porvenir pudiera haber sido realmente un agente secreto al servicio de las casas de Guisa y de Lorena, durante la época en que Ferdinand de Gonzaga era el supuesto Gran Maestre de la escurridiza Orden. Eric Plantel D'Armoc (¿anagrama de AMORC?) [ http://www.a6com.fr/nostradamus/archi.htm ] va más allá de dicha insinuación, y presentando las referencias a documentos ciertamente intrigantes, concluye que el mismo Michel Nostradamus habría sido elegido, en 1556 y en Turín, Gran Maestre de la Orden para-templaria, sembrando a su muerte, acaecida el 1 de julio de 1566, una discordia en su seno, lo que instó a la creación de un Triunvirato excepcional de magistrados dirigentes durante nueve años. Un triunvirato éste que quizá sea el mismo que refiere Nostradamus en la cuarteta séptima de la Centuria V:

 

VII

Du Triumuir seront trouuez les os,

Cherchant profond thresor aenigmatique.

Ceux d'alentour ne seront en repos.

Ce concauer marbre & plomb metalique.

 

Del Triunviro serán hallados los huesos,

Buscando profundo tesoro enigmático.

Los de alrededor no estarán en reposo.

Lo que concavar mármol y plomo metálico.

 

     Interpretación de la cuarteta

     Los restos (los huesos) de tres hombres (el triunviro) se encontrarán inesperadamente en una excavación centrada en la búsqueda de un tesoro extraño que estaría situado en un lugar hondo. O tal vez por casualidad, debido al intrusismo de algún curioso, en una especie de almacén o pabellón abandonado (también un antiguo cementerio olvidado entre raíces de madreselva). En efecto, la palabra latina «profundus», de la que se deriva la francesa «profond» significa «profundo, hondo, situado en un lugar profundo, subterráneo»; pero también guarda el significado de «denso, espeso, impenetrable», es decir, enmarañado, como invadido por la vegetación generada caóticamente por el transcurso de los años. «Thesaurus», por otra parte, como antecedente próximo de «thresor» quiere decir «tesoro, dinero guardado o escondido»; pero significa a su vez «depósito o almacén» (de algo valioso, se supone, o simplemente de algo que está guardado).

     Los de alrededor, esto es, los huesos de alrededor (los que rodean los restos guardados en una tumba aislada en la que reposan los tres hombres) no están en reposo. Lo cual significa, en principio, que no descansan o, dicho más propiamente, que no gozan de descanso eterno, describiéndose de esta forma, analógicamente, la carencia para esos otros restos humanos de una tumba o sepultura que les resguarde en paz espiritual. Suficientes datos para entender que nos hallamos ante una especie de osario desperdigado y descuidado. Volviendo a las raíces, que no harán sino reafirmarnos en esta opinión, «repono» significa en latín tanto «volver a poner, restablecer, restaurar» como «poner a un lado, guardar». Significativamente, «repostor» en latín quiere decir restaurador [de templos]; y «reposoir», en francés, monumento.

     Finalmente, será precisamente ese estado de lamentable abandono el que permita socavar y doblegar, posiblemente debido a la fuerza zapadora de una maraña de raíces crecientes, la misteriosa sepultura. «Concavo» es la palabra latina que traduce los verbos «ahuecar y encorvar». El complemento del francés «caveau», que se traduce como «pequeña bodega» y como «tumba, panteón, sepultura», nos ofrece la garantía de que la interpretación anterior es correcta. El material constructivo de la tumba quebrada, como no puede extrañar, sería el mármol, y, recogiendo la palabra «plomber» (= «emplomar, precintar») del francés, más que hablar de la utilización del plomo en su conformación, lo cual redundaría con el calificativo metálico, el significado correcto de la palabra sería «precinto», y se referiría al sello metálico que preservaría el sepulcro. Veamos ahora el sentido completo de la cuarteta entera: «Investigando en un misterioso cementerio abandonado, se encontrarán los restos óseos (quizá simplemente sus esculpidas figuras) de tres personas enterradas en una tumba de mármol bien sellada, que el paso del tiempo y la fuerza de la naturaleza se habrán encargado de exponerla al descubierto».

     Pues bien, si este Triunviro que menciona la cuarteta fuera el mismo al que hacen alusión los documentos del cuestionado Priorato de Sión, los restos mortales de los tres altos dignatarios de la Orden aún permanecerían ocultos en algún ignoto panteón olvidado, a la espera de que se lleve a cabo el cumplimiento del augurio estudiado.

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     No dudo de que las diversas conjeturas aquí vertidas suponen una apuesta analítica arriesgada. No pretendo dogmatizar; tan sólo transmitir a la voz pensamientos debatibles y contra-vertibles, susceptibles de contrastación; y ello desde la creencia —cautamente escéptica, teniendo en cuenta el aforismo (apodíctico para sus detractores) de que a Nostradamus se le puede hacer decir cualquier cosa— en que tras la vida y obra del profeta de Salon subyace un transfondo de inquietantes incógnitas cuya respuesta es incapaz aún de ensoñar nuestra mediocre filosofía.


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