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El mundo romano, heredero culturalmente del griego y especialmente devoto desde
sus orígenes de la madre naturaleza, prestó una gran atención a sus ninfas.
Por ejemplo: antes de hacer un puente suplicaban el perdón del río, es decir,
a la ninfa o ser sobrenatural invisible que lo guardaba; previamente a la tala
de un árbol, con mayor motivo si se trataba de un bosque, hacían otro tanto.
También al construir una vía pavimentada o erigir una ciudad, consultaban
oráculos y realizaban múltiples ceremonias siempre dedicadas a lo sutil, “a
esos seres intangibles que todo lo pueblan y gobiernan”.
Con objeto de pedir perdón adecuada y piadosamente a las ninfas
arbóreas explica Catón lo siguiente: “Según el
ritual romano, así conviene hacer luz en el bosque. Sacrifica un cerdo
expiatorio y ora de esta forma: Si eres dios, si eres diosa a quien pertenece
este lugar sagrado, para suplicar tu clemencia te sacrifico este cerdo en señal
de expiación por perturbarte. Si lo hago yo como si lo hace alguien por orden
mía, que sea hecho correctamente, de manera que te sea grato para que por estas
súplicas me seas propice mostrándote bondadoso o bondadosa hacia mí, mi casa,
mi familia y mis hijos, es gracia que confío alcanzar con este sacrificio
expiatorio”.
Relacionado con las deidades protectoras de la vegetación, los romanos celebraban el 15 de marzo y lo dedicaban a Anna Perenna, diosa con santuario propio. También en esta festividad se conmemoraba la iniciación a la primavera, cuya ninfa era Flora-Cloris. En esta festividad se rogaba el perdón por haber molestado a las ninfas, por haber maltratado a sus árboles (dríades y hamadríades) o por enturbiar las aguas y turbar a sus náyades.
A
Pales, como a Eutencio –que llegó a tener templo propio-, se le consideró
durante un tiempo un genio pero, posteriormente, paso a ser considerada una
deidad femenina vinculada con los rebaños y sus pastores. Cada 21 de abril los
pastores prendían grandes hogueras con paja y maleza y saltaban
por encima del fuego.
Otra
divinidad campestre era Dea Día, a quien el colegio sacerdotal Hermanos Arvales
ofrendaba, con el marco incomparable de un bosque consagrado, productos de la
naturaleza con incienso, en el transcurso de una hermosa ceremonia.
Como
decíamos consideraban divinizados ríos y fuentes; Fontana era la divinidad
protectora femenina. Precisamente a ella se dedicaban las procesiones efectuadas
a las fuentes. De entre todas, la más famosa era Iuturna, la fuente del agua
inagotable. En otro importante manantial habitaba la ninfa Egeria, amante de
Numa, el famoso sacerdote-rey. Cuenta la tradición que Egeria acudía a diario
a conversar con las nueve musas, inspiradoras de la poesía, la música, la
danza, la astronomía y otras artes, transmitiendo estos conocimientos, que de
ellas aprendía, a Numa, quien, de esta forma, pudo crear y organizar el
calendario litúrgico romano, fijando las fechas de las festividades dedicadas a
cada dios, la ceremonias y la legislación oportuna. Cuando con el correr de los
años falleció Numa, Egeria se sintió tan desconsolada que todas las ninfas y
la misma Diana acudieron en su consuelo. La diosa acabó convirtiéndola en un
claro y fresco manantial.
A
la fuente Carmenae acudían diariamente las vestales en busca de agua para
realizar sus ritos. La fiesta de las ninfas acuáticas se celebraba el 13 de
octubre. En tal día arrojaban flores al agua, se adornaban los pozos e incluso
se sacrificaban ovejas y carneros.
Ligadas
con el mismo medio líquido, los romanos veneraban a las linfas, seres
sobrenaturales, al igual que sus parientes las ninfas, que compartían con
éstas la protección de las fuentes. Pero de signo y reacciones un tanto más
perversas, si algún mortal llegaba a verlas, enloquecía, a imitación de cómo
las náyades griegas castigaban a los pocos o mal advertidos profanadores.
Ninfas
especialmente famosas, ligadas a bosques y aguas, fueron Carna y Flora. Carna
vivía entre las “siete colinas” que albergarían, mucho más tarde, la
capital de un imperio, entonces simplemente naturaleza virgen. Concretamente
habitaba junto al Tíber, en medio de un gran bosque al que los sacerdotes
acudían para ofrendarle sacrificios. Tan hermosa como coqueta y escurridiza,
gustaba de aparecerse y enamorar mortales, a los que luego burlaba despareciendo
entre la floresta, hasta que un buen día tropezó con Jano, el de las dos
caras, quien, engañándola gracias a tan extraordinario don, logró poseerla y
arrancarle una serie de poderes que le convertirían en el protector de las
casas.
Por
su parte, Flora, emparentada para muchos con la ninfa primaveral Cloris y famosa
después por dar a luz al dios Marte, era la encargada del renacimiento anual
arbóreo. Se le tenía consagrado el mes de abril y sus fiestas se denominaban,
lógicamente, florales. Céfiro se enamoró tan perdidamente de ellas que la
hizo reina de campos y flores y, por extensión, también se le atribuye el
origen de la miel. En las florales, los agricultores se vestían de blanco y,
provistos de ramas de olivo, daban ritualmente tres vueltas a sus campos de
cultivo, que previamente habían dejado dentro de un círculo trazado al efecto.
Acto seguido, se oraba y se practicaban los sacrificios destinados a homenajear
a la deidad.
Robigo,
ninfa protectora del trigo, disfrutaba de honores parecidos en su festividad,
que se celebraba el 25 del mismo mes que la de Flora, pero esta vez en un bosque
que se le tenía dedicado cerca de Roma.
Maia
fue otra ninfa que personificaba también el despertar de la naturaleza. El mes
de mayo le debe su nombre. Y Pomona era una hamadríade especializada en la
protección de los árboles de cultivo, tan importante, que tenía sacerdocio
propio. A ella se le consagró el bosque Pomonal, cerca del puerto romano de
Ostia. Al parecer muy enamoradiza, se le atribuían varias aventuras con
mortales y alguna que otra divinidad. De sus amores humanos sólo se conoce un
nombre, Vertumno.
Furrina,
Marica, Florentina y Lara eran ninfas de los bosques y fuentes. Lara era ya
famosa en sus tiempos por charlatana y cotilla. Enterada por casualidad de los
propósitos de Júpiter para con Iuturna corrió a prevenir a la incauta, con lo
que, además de desbaratar los planes del dios, encendió su cólera contra
ella. Este, en venganza, ordenó a Mercurio que arrastrase a la chismosa a los
infiernos; sin embargo, como lo uno no quita lo otro, el mensajero divino,
prendado de la belleza de Lara, decidió aprovechar el viaje para hacerla suya.
De esta unión nacieron los famosos dioses Lares, protectores familiares que
tuvieron capilla propia en un ángulo del salón principal de todos los hogares
romanos.
Feronia
era la protectora del verde bosque, es decir, de los brotes más jóvenes
otorgando por tanto la fuerza vital que hacía retallar los árboles. Llegó con
el tiempo a tener santuario en la ciudad de Soracte. Entre los rituales que se
le ofrecían, se contaba el de andar sobre las ascuas sin quemarse, gracia que
otorgaba la propia ninfa.
Relacionadas
con Fauno, ser mitad hombre mitad cabra e incansable perseguidor de ninfas, se
han hecho famosas: Dríope y Simetis, cuyo hijo fue Acis.
Casi siempre benignas, o como mucho traviesas en su relación con los mortales, las ninfas podían resultar realmente severas, si alguno lograba enfadarlas en serio. Ese fue el caso de Erisicton, un hombre rudo y descreído, como pocos, que despreciaba soberbiamente todo aquello que no fuese más fuerte que él o que no pudiese tocar con sus manos y ver con sus ojos. Un mal día se le ocurrió superarse a sí mismo en su acostumbrada impiedad arremetiendo, hacha en mano, contra el gran viejo roble consagrado a Ceres.
Ni la grandiosidad del
árbol ni su hermosura, como tampoco las protestas o el desconsolado clamor de
las dríades que lo custodiaban, danzando a su alrededor, impidieron la feroz y
desafiante tala. Las ninfas, justamente encolerizadas, solicitaron de los dioses
un castigo ejemplar para el sacrílego. Desde entonces, Erisicton jamás pudo
saciar el hambre ni mucho menos sentirse satisfecho,
comiese lo que comiese. Tuvo que vender cuanto poseía a cambio de más y más
alimentos y, al cabo, su desfallecimiento y desesperación alcanzaron tales
extremos que terminó por devorarse a sí mismo.
Otras
posibles ninfas o, al menos, divinidades menores relacionadas con ellas son:
Rusina, protectora de los campos arados; Collatina, de los collados; Vallonia,
de los valles; Tutelina, conservadora de las mieses; Messia, vela por la siega;
Meditrina, preside el cultivo de la viña; Mellonia, de las cabras, y Epona, de
los caballos.
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