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Entretanto, había ido a visitar a Merlín Telgesino, al que él ha mandado que le haga conocer qué son el viento y la nube: pues uno y otra entonces están presentes y componen nublado. Al dictado de Minerva, su aliada, estas enseñanzas va exponiendo:

«Cuatro elementos sacó de la nada el Hacedor del mundo para que fueran causa antecedente de las cosas que iba a crear y al mismo tiempo materia en armonía. Primero el cielo, que pintó de estrellas, que está en lo más alto y que a manera de cáscara que envuelve la nuez todo en sí encierra; segundo, el aire, apto para formar las voces y a través del cual dan los astros los días y las noches; tercero, el mar que ciñe las tierras y con su poderoso reflujo formando cuatro remolinos bate los aires de tal modo que engendra los vientos, que dicen ser cuatro; en cuarto lugar fundó la tierra, por su naturaleza firme y que no puede moverse con ligereza, dividiéndola en cinco partes. De ellas la que está en medio no es habitable por su excesivo calor, y las dos de los extremos son evitadas por su excesivo frío. A las dos restantes les permitió tener templanza, éstas las habitan los hombres y las aves y las manadas de animales salvajes.

»Para dar de tiempo en tiempo lluvias que con su suave riego hicieran crecer los frutos de los árboles y de la tierra, añadió al cielo nubes que, mediando el sol, se llenan de lluvia como odres por cierta ley aún desconocida y luego, recorriendo las más altas capas del aire arrastradas por la fuerza de los vientos, derraman los líquidos que tomaron. De ahí proceden las lluvias, de ahí la nieve, de ahí el redondo granizo cuando el viento frío y húmedo sopla, penetrando las nubes; como las hace las deshace en torrentes. Y su naturaleza se revela por su proximidad a las zonas de los vientos, como que de allí vienen las nubes.

»Detrás del firmamento, al que fijó los relucientes astros, puso el cielo superior y lo dio por morada a las multitudes angélicas, a las que la gloriosa contemplación y la dulzura admirable de Dios eternamente confortan. También esta región del cielo pintó Dios con estrellas y brillante sol, dándoles por ley que cada astro pudiera correr por la región celeste que le otorgaba siguiendo siempre camino cierto.

»Más abajo, y por debajo de la masa lunar, puso el luminoso cielo inferior, el que contiene los aires, que en sus alturas está lleno de ejércitos de espíritus que con nosotros se conmueven y sienten penas y alegrías, y de costumbre llevan por los aires las preces de los hombres y ruegan a Dios que no sea implacable para con ellos, y a éstos les manifiestan para que lo conozcan el amor de Dios mediante un sueño, o de viva voz, o con otras señales.

»Pero en las regiones sublunares también abundan los demonios malos, que nos mienten y, arteros, nos tientan y, tomando muchas veces cuerpo del aire mismo, se nos aparecen, y nos asaltan a menudo con su palabrería, y hasta se llegan a las mujeres y se unen a ellas y las hacen preñadas como si fueran ellos de carne mortal.

»Así, pues, hizo Dios los cielos habitados por tres órdenes de espíritus, de suerte que cada cosa tenga su fautor y el mundo se renueve al renovarse los principios de todas las cosas.

»También el mar lo hizo compuesto de varias partes, de modo que de sí produjera formas de cosas engendrándoles eternamente: pues una parte hierve, otra es fría y una tercera, tomando de las otras dos la templanza, nos proporciona alimentos.

»Y la parte que hierve rodea el profundo báratro con sus gentes sin piedad y en su reflujo, acrecentando los fuegos con sus fuegos, divide con sus encontradas olas el orbe de la tierra. Allí descienden los transgresores de las leyes que, olvidándose de Dios, van a donde quiere su pervertida voluntad, ávidos de mancillar lo que se les prohibe. Allí está el implacable juez que, repasando con equilibrada balanza a cada uno sus merecimientos, satisface las deudas bien ganadas.

»La segunda, que está fría, revuelve las recortadas arenas que en sí engendra con el vapor vecino la primera cuando hasta allí hace llegar sus rayos el lucero de Venus. Éste creen los árabes que engendra las brillantes gemas cuando contemplando los peces visita con sus llamas los mares. Éstos con su poder benefician a los que llevan las gemas, y a muchos los hacen saludables y así los mantienen. También las gemas las dividió en especies, como hizo con todo lo creado, el Hacedor para que podamos saber por sus formas y por sus colores de qué clase son y sin lugar a dudas cuál es su poder.

»La tercera forma del mar, que rodea el mundo que conocemos, con su proximidad muchos bienes nos proporciona, pues cría los peces y produce la sal con abundancia, y lleva y trae las naves que transportan nuestras mercancías, haciendo que con su beneficio se acueste rico el que despertó pobre. Fecunda la tierra vecina, y da pasto a las aves, que se consideran nacidas del mar lo mismo que los peces, aunque no se mueven siguiendo la misma ley de naturaleza, porque más por ellas que por los peces es dominado el mar, del que saliendo ligeras van a lo más alto volando por el vacío, mientras que a los peces su elemento líquido los domina y los fuerza bajo las olas, y no están hechos éstos de forma que puedan vivir cuando gozan de luz fuera del agua. También los peces los repartió su Hacedor en especies y, aun distintos, les dio por condición ser motivo de admiración inagotable y saludables para los enfermos.

»Ciertamente, dicen que el salmonete cohibe la tempestad de las pasiones, pero vuelve ciegos instantáneamente a los que comen sus ojos.

»Y el que se llama tímalo por la flor; porque así llega a oler el que a menudo los come, causa que éste pueda oler los peces en los ríos.

»Dicen que por ley de naturaleza ninguna de las morenas es de sexo femenino, pero se aparean y se renuevan, y multiplican sus crías con semilla ajena, pues muy a menudo ciertas serpientes se reúnen en las costas en las que viven y, amables, producen sonidos y silbidos, y de costumbre se aparean con las morenas que a tal llamada acuden.

»Es también cosa digna de admiración que un erizo de mar, que no mide más de medio pie, pueda dejar como encallada en tierra firme cualquier nave a la que dé en pegarse y no le permita moverse hasta que se suelta, y por tal poder es temible.

»Y el que llaman espada porque hiere con agudo espolón, éste temen mucho que en medio del mar se llegue a una nave, pues si se enoja al punto la perfora y partida la hunde en súbito remolino. Hácese también temible por la cresta de su lomo, que es como sierra para las quillas: con ella las ataca nadando por debajo del barco, y cortándolas da paso a las olas. Así que es temible por su cresta como por su espada.

»Y el dragón marino, que según dicen tiene bajo sus plumas veneno, es temible para los que lo capturan, y cuantas veces pincha, al herir suelta su veneno.

»Se dice que el torpedo tiene otras armas de destrucción: pues al que toca uno de estos peces todavía vivo, los brazos y las piernas se le entumecen y todos los demás miembros como muertos dejan de hacer su oficio. Así de dañosa suele ser el aura de su cuerpo.

»Con éstos y con otros peces enriqueció Dios el mar, y entre sus olas entremetió muchas tierras que habitan los hombres por su fertilidad.

»De ellas Britania es ciertamente tenida por primera y mejor, que con su fecundidad de todo produce. Pues da mieses que dan a las necesidades humanas el noble regalo de la harina, bosques y sotos y de éstos la líquida miel, elevadísimos montes y amplios prados verdeantes, fuentes y ríos, peces, y ganados, y animales salvajes, frutos de los árboles, gemas, metales preciosos y todo lo que suele dar la fecunda naturaleza. Y además fuentes que dan la salud con su hirviente caudal, que sana a los enfermos y proporciona agradables baños y expulsando el mal al punto cura. Así lo demostró Bladud cuando tenía el cetro del reino (el nombre de su esposa era Álaron) y probó que tales aguas eran buenas como remedio para muchos males, pero especialmente para los femeninos.

»Junto a ésta está Tánatos, abundante en muchas cosas; no hay en ella ninguna serpiente venenosa y hace triaca su tierra mezclada con vino y así bebida.

»Nuestro mar separa también de nosotros las Órcadas; son éstas tres veces tres veces diez, separadas entre sí por las aguas. De ellas dos veces diez carecen de habitantes, las demás están habitadas.

»La última Tule, que recibe su nombre del sol, por el solsticio, porque allí detiénese el sol de verano, apartando sus rayos para que más allá no luzca, y niega el día para que siempre en noche eterna el aire sea tiniebla, y el mar se haga por el frío sólido, inmóvil y vedado a las naves.

»La más importante de las islas después de la nuestra dicen que es la de Hibernia, de feliz fertilidad. Es también mayor, y no produce casi ni abejas ni aves, éstas son allí muy raras, y se niega cerradamente a engendrar culebras. Por lo que la tierra, o la piedra, sacada de ella aleja, allí donde se ponga, las serpientes y las abejas.

»La isla de Gades está junto a las columnas hercúleas, aquí nace un árbol de cuya corteza mana la goma, jugo muy pegajoso del que se hacen como gemas.

»Es fama que las Hespérides tienen por guardián un dragón que bajo las frondas custodia, cuentan, manzanas de oro.

»Las Górgodas las habitan mujeres con cuerpo de macho cabrío que con su veloz carrera, dicen, superan a las liebres.

»Argire y Crise producen, según se dice, oro y plata, lo mismo que Corinto produce pedruscos de poco valor.

»La isla Taprobana verdea amable con fecundo suelo: pues dos cosechas produce en un solo año, en un año tiene dos veranos y dos primaveras, dos veces da uvas y otros frutos, y es agradabilísima por sus brillantes gemas.

»Y Tilos, en perpetua primavera, produce lozanas flores y frondas que no se marchitan jamás.

»La isla de los Frutos, que llaman Afortunada, bien puesto tiene el nombre, que de todo produce por sí sola. Pues no ha menester esta isla de labriegos que aren sus campos: no hay allí ningún cultivo, todo lo da espontáneamente la naturaleza. Además de abundantísimas mieses produce también uvas y en sus bosques hay pomares silvestres, no cuidados. De todo da su suelo en extrema abundancia, frutos en lugar de grama. Allí los hombres viven cien años y más todavía, allí nueve hermanas gobiernan según ley que no está escrita a los que a ellas de nuestras partes llegan. »La mayor de ellas es sabia en el arte de curar, y por su espléndida belleza supera a sus hermanas. Morgana es su nombre, y conoce la utilidad de todas las hierbas para la curación de los cuerpos enfermos. También conoce el arte de mudar su figura, y como Dédalo sabe cortar los aires con plumas nuevas. Cuando quiere, en Bristo, Carnoto o Papias, cuando quiere se deja caer del cielo en nuestras playas, y esta ciencia dicen que han aprendido sus hermanas: Morónoc, Mázoe, Gliten, Glitonea, Gliton, Tirónoe, Titen y Titon, famosísima por su cítara.

»Allí, después de la batalla de Camblan, llevamos herido a Arturo guiados por Barinto, que conocía bien los mares y los astros del cielo. Con tal piloto llegamos allí con el príncipe y Morgana nos recibió con el honor que era debido, y en su propio lecho tendió al rey sobre cobertores de oro, y con su honesta mano descubrió las heridas y largo tiempo las estuvo viendo, y al final dijo que ella podía devolverle la salud si con ella se estaba largo tiempo y quería tomar sus medicamentos. Así, pues, gozosos le encomendamos al rey y dimos las velas a los vientos favorables para nuestra vuelta.»

Entonces Merlín dice: «¡Oh, compañero queridísimo, qué grandes cosas trajo luego la violación del pacto entre los reinos, que ya lo que fuera no es! Pues los nobles arrebatados y convulsos en su interior por suerte siniestra todo lo turbaron de modo que grandísimas riquezas huyeron de la patria, y toda la bondad se retiró de ella, y los ciudadanos desolados abandonaron sus murallas. Cae sobre nosotros en guerra feroz la gente sajona, que una y otra vez nos derriba a nosotros y a nuestras ciudades, y que violará la ley de Dios y sus templos. Ciertamente Dios permite que tan grandes desgracias vengan en castigo de nuestros crímenes y para escarmiento de necios.»

No había terminado cuando ya le responde el otro diciendo: «Será, pues, necesario para el pueblo enviar a alguno que mande a nuestro jefe volver en rápida nave si ya ha curado de sus heridas, para que con sus acostumbradas fuerzas aleje a los enemigos y dé nuevamente a los ciudadanos la antigua paz.»

Y dice Merlín: «No, no es así como ha de retirarse esa gente, del modo en que ha clavado sus uñas en vuestros huertos, de repente. Pues primero ha de sojuzgar el reino, y sus pobladores y sus ciudades, y con sus fuerzas dominará por muchos años. Pero resistirán, con gran valor, tres de los nuestros, y matarán a muchos de los suyos, y al final los han de domeñar. Pero no conseguirán los britanos, porque tal es la sentencia del supremo juez, librar en mucho tiempo a su noble reino de la debilidad hasta que dejando el arado armoricano venga Conan, y Cadvaladro, venerable caudillo de los cambros, que reunirán en firme alianza a escotos, cambros y cornubianos y también armoricanos, y devolverán a sus labriegos la corona perdida, expulsando a los enemigos y renovando el tiempo de Bruto, y gobernarán sus ciudades con leyes sagradas. Comenzarán entonces de nuevo a vencer a reyes bárbaros y a someter sus reinos en feroz batalla. Pero entonces no estará ya vivo ninguno de los hasta hoy nacidos.»

Dice Telgesino: «Ciertamente que no creemos que haya de haber entre conciudadanos tantas feroces guerras como tú has visto.»

Y dice Merlín: «Pues ciertamente ha de ser así, que yo he vivido ya mucho y mucho he visto de los nuestros contra sí mismos y de la gente bárbara que todo lo perturba. Recuerdo aquel horrible crimen, cuando Constante fue traicionado y sus hermanitos huyeron al otro lado del mar, Úter y Ambrosio se llamaban: desde allí comenzaron a mover guerras en este reino, que entonces no tenía quien lo rigiera. Pues Vortegirn, jefe gewiso, mandaba sus ejércitos contra todos, queriendo someter todos los estados y abatiendo en matanza desgraciada a inocentes labriegos. Finalmente, por la violencia se hizo con la corona, después de dar muerte a muchos nobles, y sometió todo el reino. Pero los parientes de los dos hermanos, llevando muy a mal su victoria, empezaron a quemar todas las ciudades de tan infausto príncipe y a turbar su reino con crueles ejércitos, y no le dejaron tenerlo en paz. Y éste, angustiado, como no se atrevía a hacer frente a su rebelde pueblo, maquina invitar a sus guerras a gentes de tierras lejanas, para con ellos ir contra sus enemigos. Y al punto vinieron de diversas partes del orbe escuadrones belicosos que él recibía con honores. También la gente sajona, traída por curvas quillas, vino para su servicio con acorazada tropa. Y a éste le habían adelantado con audaz pecho dos hermanos, Horsa y Hengist, que con nefanda traición poco tiempo después laceraron a los pueblos, dañaron las ciudades. Y luego que sirviendo a su jefe con diligencia se lo ganaron, y vieron que los pueblos estaban abatidos por la próxima guerra, y que por ello podrían fácilmente vencer al rey, volvieron contra los pueblos sus armas, feroces, y rompieron su compromiso y con deliberado engaño asesinaron a los nobles cuando, atendiendo a su convocatoria, estaban ya sentados para concluir un tratado de paz, y expulsaron más allá de las cumbres del monte nevado al caudillo. Y estas cosas que al reino había de acontecer yo empecé a predecírselas.

»Luego, recorriendo el reino, quemaban las casas y pugnaban por someter todo a su poder. Pero Vortimer, al ver que el reino estaba en tan gran peligro y que su padre había sido expulsado del palacio de Bruto, con asentimiento del pueblo tomó la corona, y atacó a aquella gente feroz que a sus conciudadanos estaba destruyendo, y después de muchos combates la obligó a volverse a Tánatos, donde estaba la escuadra que la había traído. Pero cuando huían, cayó el guerrero Horsa y muchos otros, muertos por los nuestros. Y luego, siguiéndolos, asedió al rey Tánatos, que por mar y tierra resistía, y no logró vencer, pues apoderándose de la escuadra se abrieron paso con gran esfuerzo y ganaron, forzándose a los remos, su tierra al otro lado del mar. Y así, habiendo triunfado en guerras victoriosas de su enemigo, se hace Vortimer rey respetado en todo el orbe, gobernando su reino con justa moderación. Pero Ronvena, hermana de Hengist, llevando muy a mal tales sucesos, y protegida por el engaño, preparó un veneno, haciéndose por su hermano mala bruja, y se lo dio a beber, y así le hizo perecer. Y al punto envió a decir a su hermano al otro lado del mar que regresara con un ejército tan grande como pudieran confiarle sus belicosos compatriotas. Y así lo hizo, que se vino con tan gran fuerza que luchando a todos despojó de sus propiedades y consumió en el fuego todos los lugares de nuestra patria.

»Mientras esto sucedía, Úter y Ambrosio se habían estado en tierras de Armórica con el rey Budico. Ya ciñen espada, ya han probado su valor en la guerra, y de todas partes van allegando tropas para ir a su tierra natal y poner en fuga a las gentes que entonces se empeñaban en destruir el país paterno.

»Y así dieron sus naves al viento y al mar y llegaron a defender a sus compatriotas. Y a Vortegirn, que se hallaba huido en el reino de Cambria y encerrado en una torre, con ella lo quemaron. Volvieron luego sus espadas contra los anglos, y batallando con ellos unas veces los vencían, otras eran vencidos por ellos. Finalmente, reunidas todas las fuerzas en esfuerzo supremo, atacan los nuestros y hacen gran matanza en los enemigos, dan muerte a Hengist y, Cristo lo quiso, triunfan.

»Hecho esto, con el favor del clero y del pueblo se da a Ambrosio el reino y su corona, que llevó poco tiempo gobernando todo con justicia... Pero cumplidos cuatro lustros es traicionado por su médico y muere por beber un veneno.

»Le sucedió su hermano Úter, y no pudo al principio mantener en paz el reino, pues una pérfida gente hecha ya a expediciones de saqueo venía y todo lo arruinaba con su acostumbrado ejército. La derrotó Úter en feroces encuentros y vencida la expulsó al otro lado del mar. Luego dejando ya la guerra restauró la paz y engendró un hijo que luego llegó a ser tal que a ninguno cedía en honestidad.

»Era el nombre de éste Arturo, y poseyó el reino por muchos años después de la muerte de su padre Úter. Y esto se consiguió con gran dolor y mucho esfuerzo y con la muerte de muchos hombres en gran número de combates, pues mientras Úter estaba enfermo de muerte, de Anglia vino un pueblo infiel que por la espada sometió todos los reinos y países al otro lado del Humber, y entonces era Arturo niño, y por la poca fuerza de su edad no podía contener tan grandes escuadrones. Y así, tomando consejo del clero y del pueblo, afectuoso pide al rey de Armórica, Hoel, que venga en su ayuda con rápida escuadra. Pues les unía la sangre y el cariño, de suerte que tenían obligación de aliviarse mutuamente en los aprietos. Así, pues, al punto reúne Hoel aguerrido ejército y numeroso y con él viene, y junto con Arturo derrota a los enemigos, atacándolos a menudo, y les hace terrible matanza. Con este aliado, Arturo iba seguro y muy reforzado a luchar contra sus enemigos. A los que venció y obligó a volverse a su patria, y ordenó su reino con la moderación de las leyes. Sometió luego a los escotos y a los hibernianos feroces que le atacaban. Sujetó con sus fuerzas todos los reinos, y habiendo alejado a los noruegos al otro lado del ancho mar, venció también a los dacos que con terrible escuadra fueron atacados. Sometió a los pueblos de los galos, muerto Frolón, al que la potestad de Roma diera el cuidado de su patria. Enfrentándose también a los romanos que atacaban su reino, los venció, dando muerte al procurador Lucio Hiberio, que entonces era colega del emperador León y venía por mandato del Senado a quitarle las tierras de los galos.

»En aquel entonces maquinaba quedarse con el reino su infiel y estúpido guardián Mordred, que tenía tratos de ilícito amor con la esposa del rey. Pues el rey, al disponerse a marchar, como queda dicho, contra sus enemigos, había puesto a su cargo reino y reina. Pero cuando llega a sus oídos noticia de tan grande infamia, deja a un lado los cuidados de la guerra y volviendo a la patria llega con muchos millares de hombres y batallando contra su sobrino le hace huir al otro lado del mar. Allí este hombre lleno de traición, reuniendo a los sajones que pudo comienza a hacer la guerra contra su señor natural, pero cayó engañado por gente pagana en la que se había confiado para empresa de tan gran magnitud. ¡Ay, cuántas matanzas de hombres y cuánto dolor de las madres cuyos hijos cayeran en aquellos combates! Herido también allí mortalmente el rey dejó el reino y llevado contigo por los mares, como antes dijiste, llegó al palacio de las ninfas.

»Y entonces dos hijos de Mordred, cada uno de los cuales quería el reino para sí, empezaron a mover guerra y a destrozarse mutuamente, con gran matanza de allegados. Luego el nieto del rey, el duque Constantino, levantándose bravamente contra ellos, laceró pueblos y ciudades y, muertos los dos pretendientes de cruel muerte, tomando la corona gobernó a su pueblo, y no tuvo paz, porque su pariente Conan, moviendo contra él guerra despiadada, todo lo atropelló, y se apoderó de las regiones, muerto el rey, y las gobierna ahora en precario y sin derecho.»

Cuando esto acababa de decir, vinieron corriendo unos sirvientes y le dijeron que en aquellos montes había brotado una fuente nueva, y que derramaba puros líquidos, que corriendo ya a lo lejos por el fondo del valle rodeaban los sotos rehuyendo con manso murmullo. Uno y otro se levantan al punto, deseosos de ver la nueva fuente, y cuando la ve se sienta Merlín en la hierba, y alaba el lugar y las linfas que mana, y se admira que de tal manera hayan brotado del suelo. Luego, tomándole la sed, se inclinó sobre la corriente y gustoso bebió, y refrescó sus sienes en el agua viva. Y cuando el puro líquido se adentró por los caminos del vientre y el estómago y calmó el hervor del interior del cuerpo, recobrando repentinamente el gobierno de su mente reconocióse el vate, y también perdió toda su anterior locura, y le volvió el sentido que por largo tiempo había estado en él adormecido, y quedó como antes de enloquecer estaba, cuerdo y sano, cobrada de nuevo la razón. Y así alabando a Dios vuelve su rostro a los astros y con hablar devoto estas voces da:

«¡Oh Rey por el que se mantiene la máquina astral del cielo, por el que el mar, por el que la tierra, con feliz semilla, dan crías y las hacen crecer, y con oportuno auxilio hacen que el género humano se aproveche de su generosísima fertilidad, por el que me ha vuelto el sentido y se ha desvanecido el desvarío de la mente! Estaba yo como arrebatado en mí mismo, como si fuera puro espíritu conocía la historia de las gentes del pasado y predecía lo por venir, entonces, sabiendo yo los arcanos de las cosas, entendiendo los vuelos de las aves, y el decurso de los astros, y los movimientos de los peces, esto me tenía agitado y me negaba la quietud connatural a la mente humana según severa ley. Ahora he vuelto en mí y me parece que mis miembros se mueven con vigor, que el ánimo los tenía hechos ya a vegetar. Así, pues, Padre altísimo, debo estarte muy obligado, y he de expresar las alabanzas debidas sin que de ellas desmerezca mi pecho, cumpliendo siempre feliz gozosas libaciones. Pues dos veces tu generosa mano me ha colmado de bienes: primero, dándome como regalo una nueva fuente que mana del verde suelo, pues ahora poseo aguas de las que antes carecía; y bebiendo de ella he recobrado la salud de la cabeza. Pero dime tú, compañero amadísimo, ¿de dónde viene esta fuerza, que hace fluir esta nueva fuente con poder de restaurarme a mí, que hasta ahora había estado como olvidado de mí mismo, el juicio?»

Dice Telgesino: «El moderador potentísimo de todas las cosas dividió en especies las corrientes de agua, y dio a cada una particulares poderes, para que beneficien a los enfermos. Pues hay en todo el orbe muchas fuentes, y ríos, y lagos, que con su poder pueden curar a muchos y muy a menudo.

»Pues el Tíber insaciable fluye en Roma con salutífera corriente, que según dicen cura con medicina cierta las heridas.

»En Italia mana otra fuente, que dicen de Cicerón, que cura de cualquier llaga los ojos.

»Los etíopes, dicen, tienen una laguna que brilla como si en su superficie se hubiera vertido abundante aceite.

»África tiene una fuente, que vulgarmente se llama Zema, cuyas aguas dan con insólita virtud cantarinas voces.

»El lago de Italia Clitorio hace aborrecer el vino.

»Los que beben de la fuente de Quíos previenen la melancolía.

»Dicen que la tierra de Beocia tiene dos fuentes: una hace perder la memoria, la otra hace que la recobren los que de ella beben. Contiene ésta un lago nocivo con tan dañinos efectos que engendra locura furiosa y tempestad de excesivos deseos carnales.

»La fuente de Cícico repele el deseo carnal y el amor por él inspirado.

»En la región campana fluyen, según dicen, ciertos arroyos que hacen estériles a las mujeres fecundas que beben de sus aguas. Este mismo dicen que suprime la locura furiosa en los varones.

»La tierra de los etíopes tiene una fuente de rojizo caudal: el que bebe de él, linfático se queda.

»La fuente Lenta no permite que se produzca el aborto.

»En Sicilia hay dos fuentes: una hace estériles a las muchachas, la otra las hace fecundas.

»En Tesalia hay dos corrientes de agua de estupenda virtud: bebiendo de una, las ovejas se ennegrecen, bebiendo de la otra blanquean, y si beben de las dos se quedan blanquinegras.

»Hay un lago, el Clitumno, que está en tierras de la Umbría, y que de cuando en cuando echa de sí grandes bueyes.

»Y en la laguna Reatina se les endurece rápidamente el casco a los caballos que pisan sus arenas.

»En el lago Asfaltites de Judea, los cuerpos de ninguna manera pueden sumergirse, que hay en él oculto un espíritu.

»Por el contrario, la tierra índica tiene la laguna Sygen, en la que no hay cosa que flote, sino que todo se va allí al fondo.

»Y está el lago Áloe, en el que nada se hunde, sino que todo, hasta los bloques de plomo, flota.

»También la fuente de Marsidia hace flotar las rocas.

»La corriente estigia mana de una cueva y mata a los que de ella beben. De sus mortandades guarda testimonios la tierra acadia.

»Dicen que la fuente Idumea, de cuatro diferentes colores, se pone con los días de manera estupenda: pues de un color de polvo pasa al verde, y también se pone de color de sangre, y límpido con hermosas aguas. Aseguran que cada mes del año tiene uno de esos colores, y que no varían de año en año.

»El Rogotis es un lago, del que sale un arroyo que tres veces al día es de aguas amargas y otras tres de dulce sabor.

»De una fuente del Epiro dicen que allí arden las antorchas ya agotadas y que luego vuelven a perder su lumbre.

»Dícese de la fuente de los Garamantas que por el día es fría y que, en cambio, por la noche hierve, de suerte que sea por el frío o por el calor no haya quien pueda meterse en sus aguas.

»Hay también muchas caldas que manan con hervor, y dan hervor cuando llevan alumbre o azufre, en los que hay una fuerza medicinal de naturaleza ígnea.

»Con éstos y con otros poderes enriqueció las aguas Dios para que dieran pronta medicina a los enfermos y manifestaran con qué gran potencia el Creador sobresale sobre las cosas creadas cuando así en ellas se ejerce. Estas aguas que aquí tienes juzgo con muchísimo fundamento han de ser salutíferas, y juzgo que ahora han podido dar tan repentina curación por haber brotado así aguas nuevas, que hace poco fluían por el cerrado interior de la tierra, como otras muchas que, dicen, corren por debajo de ella. Probablemente por cortar su libre curso alguna roca o un desprendimiento de tierras, ha ido rehuyendo su caudal, ésta es mi opinión, hasta que, poco a poco, rompió el suelo y se hizo fuente. Así puedes ver que manan muchas y que de nuevo entran bajo tierra y otra vez se encierran en sus cavernas.»

Mientras estas cosas trataban, por todas partes se esparció la noticia, que en Calidón había brotado en medio del bosque una fuente nueva y que después de haber bebido de sus aguas había sanado un hombre que por mucho tiempo tomado de locura rabiosa había vivido en aquel bosque a la manera de los animales salvajes. Muy pronto llegaron caudillos y nobles a verlo y a felicitar al adivino curado por su fuente, y como le dieran cuenta detallada del estado de su reino y se le rogara que de nuevo tomara el cetro y gobernara a su gente con la moderación que solía, así dice Merlín: «Jóvenes, no me exige eso mi edad, que declina ya a la extrema vejez, que ya me ha tomado de tal manera todas las articulaciones que apenas puedo con mis disminuidas fuerzas pasear por los prados. Ya he pasado mucho tiempo glorificando los días felices, cuando me sonreía la extraordinaria abundancia de riquezas. En este bosque hay una añosa encina, tan vieja y consumida por la edad que le falta ya la savia y por dentro podrece. Yo la conocí cuando empezaba a crecer, y vi también caer la bellota de la que nació, cuando encima de ella estaba el pico carpintero y hacía vibrar la rama. Entonces yo estaba mucho por aquí, y como todavía tenía miedo de la soledad del bosque, me fijaba en todo y retuve este lugar en mi memoria. Así, pues, he vivido ya mucho, ya hace tiempo que mi vejez me tiene muy pesado: rehuso volver a reinar, que mientras esté bajo su fronda, las riquezas del verde Calidón me dan más placer que las mieses de Sicilia, más que las uvas de la dulce Métide, más que las gemas que produce la India, más que el oro que se dice tiene el Tajo en sus orillas, más que las altas torres y que las ciudades ceñidas de murallas, y más también que las vestiduras resplandecientes de tinte tirio. Ninguna cosa me agrada si puede llegar a apartarme de mi Calidón, que para mí siempre es agradable. Mientras viva, aquí estaré, contentándome con sus frutos y sus hierbas, y purificaré mi carne pecadora con píos ayunos, para que pueda gozar de la vida eterna.»

Mientras esto iba diciendo, ven los nobles en los altos aires una gran bandada de grullas que maniobran de forma tal que podría decirse que forman ordenado escuadrón en el líquido aire. Admirados, piden a Merlín que diga por qué razón vuelan de aquella manera. Y al punto Merlín les dice:

«A las aves, como a todas las demás criaturas, las adornó el Creador del mundo con naturaleza propia: esto he aprendido habitando muchos días en el bosque.

»Y es la naturaleza de las grullas que cuando por las alturas van, si se juntan muchas de ellas, formen una cierta figura y una de la bandada vigila que el orden no se turbe y que no se rompan las formaciones acostumbradas. Cuando de tanto avisar a sus compañeras se queda ésta ronca, otra toma su lugar. Por las noches montan guardias, y la que se queda de centinela sostiene una piedrecilla entre sus dedos para alejar el sueño, y, cuando ven algo extraño, con repentino clamor se despiertan. Las plumas de todas ellas se hacen negras cuando llegan a la vejez.

»Y las águilas, que tienen el nombre por la agudeza de su vista, dicen que son de ojos tan poderosos, mucho más que los de las demás criaturas, que pueden mirar de frente al sol: exponen sus polluelos a su rayo para probarlos, no vaya a ser que entre ellos haya alguno que apartando la mirada se muestre mal constituido. Sin mover las alas, se sostienen a gran altura sobre el mar, y con la vista descubren sus presas a gran profundidad, y allí descienden en rápido vuelo por el vacío y arrebatan los peces entrándose en las aguas como su origen lo pide.

»El buitre, admira sólo el decirlo, concibe y engendra sin ayuntamiento y sin semen del macho. Estas aves, volando por las alturas como las águilas, huelen con sus grandes narices los cadáveres a gran distancia, al otro lado del mar, y para poder saciarse con la presa deseada no vacilan en ir allá donde esté, aunque no vuelan muy rápido. Estas aves viven en buena salud cien años y más.

»El ave que anuncia la primavera con su crepitante pico, la cigüeña, dicen que con tanta abnegación cuida de sus pequeños que para darles calor es capaz de quitarse las plumas y quedar con el pecho desnudo. Dicen que ésta, cuando viene el mal tiempo, escapa de las tormentas y guiada por la corneja llega a las tierras de Asia. Cuando por la edad se debilita, le dan de comer sus hijos como ella los alimentó a su debido tiempo.

»El cisne, cuando muere, aventaja a todas las aves por su dulce canto, y es de todos los pájaros el más agradable para los marineros. A éste dicen que lo atraen con el canto de una cítara.

»El avestruz deja abandonados los huevos que pone bajo el polvo para que allí se incuben, que esta ave no se cuida de eso. Y así nacen las crías por obra del rayo solar y no de la madre.

»La garza, cuando se asusta de las lluvias y de las tempestades, vuela hacia las nubes para evitar tan gran peligro. De ahí que los marinos digan que anuncia los nublados inesperados cuando la ven volar hacia lo más alto.

»El ave fénix, única de su especie por don divino, nace en tierras de árabes de su propio cuerpo redivivo: cuando se siente vieja, se va a los lugares de más fuertes calores y allí apila maderas aromáticas y compone con ellas una pira, a la que da fuego con rápidos movimientos de sus alas, y poniéndose encima se quema enteramente. El polvo que de su cuerpo queda produce otra vez el fénix, y así eternamente se renueva.

»El cinomolgo produce la canela cuando quiere edificar su nido, y lo construye en lo alto de elevado roble, de donde se afanan por sacarlo con emplumados dardos los hombres que se dedican al comercio de la canela.

»El alción es un ave que frecuenta los estanques del mar, y construye sus nidos en tiempo invernal. Cuando está incubando, el mar está tranquilo siete días, cesan los vientos y las calmadas tempestades le dan al ave tranquilo reposo para procrear.

»El loro se creé que imita la voz humana con su propia modulación cuando no es observado, y mezcla a sus palabras jocosas ave y chere, esto es, salve.

»Es el pelícano un ave que acostumbra a matar sus pollos y luego arrepentida llorarlos por tres días, y, finalmente, con el pico desgarrase el pecho y cortando sus venas derrama ríos de sangre, y rociándolas con ella devuelve la vida a las crías.

»Cuando las aves diomedeas cantan con lacrimosa voz y hacen planto, se dice que anuncian la muerte súbita de los reyes o grandes peligros para el reino, y cuando ven a uno saben al punto si es griego o bárbaro, pues al griego se le acercan aplaudiendo con las alas y con halagos, y le cantan muy alegres. Y a los otros, en cambio, los rodean con las plumas erizadas y con un grito que horroriza como a enemigos les atacan.

»Las memnónidas, según dicen, cada quinto año hacen largo vuelo hasta la tumba de Memnón y lloran al caudillo muerto en la guerra de Troya.

»La resplandeciente hircínea tiene un plumaje admirable, que brilla en la noche oscura como lámpara encendida y alumbra el camino si se la lleva delante de uno.

»Cuando hace su nido, el pico carpintero arranca del árbol clavos y cuñas que nadie podría sacar, y con su golpe resuena toda la vecindad.»

Cuando acababa de decir esto, llégase a ellos un loco, llevado allí por el azar. Con terrible clamor llenaba el bosque y los aires, y como fiero jabalí espumaba amenazador. Lo atrapan al punto y le obligan a sentarse con ellos para reírse con sus dichos. Y el adivino, mirándole con alguna mayor atención, recuerda quién es y de lo profundo de su pecho le sale un gemido, diciendo así: «No fue ésta su estampa en otro tiempo, cuando florecía para nosotros la edad juvenil. Pues era entonces un mancebo apuesto, un esforzado guerrero, nacido de reyes y de nobles. Entonces yo, siendo rico, lo tenía conmigo, así como a muchos otros de sus prendas, y con tantos y tan buenos camaradas me tenía por feliz y lo era. Sucedió que un día, cuando cazábamos en los altos montes de Argustl, llegamos bajo una encina que se alzaba a los aires con abierto ramaje. Manaba allí una fuente rodeada de verde hierba, cuyo caudal era muy apto para las necesidades humanas. Y así, tomados todos de sed, allí nos detuvimos y libamos las puras aguas de la fuente. Y luego vimos que sobre las tiernas hierbas, junto al arroyo del manantial, había un montón de perfumadas manzanas. Al punto las recoge el primero que las había visto, éste que aquí está, y me las da como presente inesperado riendo. Repartí las manzanas entre mis compañeros, y yo me quedé sin parte, porque no había para todos. Riéronse todos los que habían entrado en el reparto, y me llaman manirroto, y las devoran con avidez, y se quejan de que eran pocas. Y sin tardanza toma una desgraciada locura a éste y a todos los otros, que privados ya de razón se enzarzan como perros en pelea, mordiéndose unos a otros y haciéndose heridas, aúllan, espuman, y dan vueltas por tierra sin juicio. Salen finalmente de allí como si fueran lobos, llenando con sus aullidos los aires. Yo creo que aquellas manzanas estaban allí puestas para mí, no para ellos, y luego supe que así era, pues entonces había en aquellas tierras una mujer que me había amado y que durante muchos años había satisfecho su deseo conmigo. A ésta la tomó torcida voluntad de dañarme cuando la desdeñé y me negué a ayuntarme más con ella, y como no encontraba otra manera de llegarse a mí, puso en aquella fuente, que estaba en el camino por el que había de volver yo, regalos de ponzoña, pensando con esta maña hacerme daño si llegaba a gustar las manzanas halladas entre la grama. Pero a mí mejor me guardó la suerte que a los otros, como dije. Pero ahora quiero hacer que éste beba las salutíferas aguas de la fuente nueva para que, si acaso puede recobrar la salud, se reconozca y conmigo sirva en estos bosques al Señor lo que le quede de vida.» Así hicieron los nobles, y tomando algo de agua vuelve en sí el que hasta allí había llegado sin cordura, y de repente curado reconoce a sus amigos. Dice entonces Merlín: «Ahora tienes que estar constantemente en el servicio de Dios, que te ha restituido a ti mismo, como ahora puedes ver tú, que tantos años has vivido como animal salvaje en los desiertos yendo de un lado a otro sin sentido. No vayas a huirte ahora, recobrada ya la razón, entre los matorrales o los verdes sotos que de loco habitabas. Quédate conmigo ara esforzarte en recuperar en el servicio de Dios los días que te quitaba la fuerza maligna, que desde ahora y mientras los dos vivamos no ha de haber entre tú y yo tuyo y mío.»

Y a esto dice Maeldin (pues con tal nombre era llamado): «Eso no rehuso, padre venerable, pues contigo habitaré feliz las espesuras y con toda mi alma serviré a Dios mientras rija mis temblorosos miembros este espíritu que siguiendo tu ejemplo y guía he de reconciliar.»

«Así haré yo también con vosotros, y seré el tercero -dice Telgesino- despreciando las cosas del mundo, que ya bastante tiempo he gastado sin provecho viviendo vanamente y ha llegado el tiempo de volverme a mí mismo bajo tu dirección.»

«Y en cuanto a vosotros, nobles, idos a defender vuestras ciudades, que no es bien que a partir de ahora turbéis nuestra paz con vuestra conversación: ya bastante habéis aplaudido al amigo.»

Márchanse los nobles, allí quedan tres, cuatro con Ganieda, hermana del adivino, que tomando finalmente la toca llevaba desde la muerte del rey su marido vida recatada. La que antes tantas gentes regía con su imperio, nada tiene ahora por más dulce que estarse en los bosques con su hermano. También a ésta de cuando en cuando la arrebataba el espíritu a las alturas para que cantara el futuro del reino.

Y así cierto día, estando su hermano en la torre, mirando por la ventana las otras casas resplandecientes por el sol, tales dudosas voces saca de su inseguro pecho:

»Veo la ciudad de Ridichena llena de gentes con yelmo, y los varones sagrados y las sagradas tiaras con ataduras por decisión de la juventud. El pastor será una torre alzada a las alturas v habrá de abrir el recipiente de su daño.

»Veo a Kaerloictoic cercada de cruel tropa, y a dos encerrados, uno de los cuales es arrastrado a juntarse él y su fiera gente con el príncipe del valle y para que, arrebatado su caudillo, venza a la cruel caterva. ¡Ay! ¡Qué crimen tan grande es que los astros se atrevan con el sol al que están sometidos y no sean reprimidos ni por la fuerza ni por la guerra!

»Veo junto a Kaerwent dos lunas en el cielo, y llevan dos leones de excesiva fuerza contra dos hombres, y uno se admira y el otro igualmente, y preparan el combate, y se acercan. Se alzan otros, y al cuarto con feroces armas bravamente atacan y ninguno de ellos se alza con la victoria. Pues resiste, y mueve el escudo, se defiende con los dardos, y vencedor derriba a los tres enemigos, y arroja a dos más allá de los helados reinos de Boetes, dando al otro el perdón que suplica: y así los astros huyen por todas las regiones del campo todo; el jabalí armoricano, protegido por el roble ancestral, girando las espadas tras las espaldas saca de allí la luna.

»Veo dos astros trabar combate con las fieras bajo el collado de Urgen donde se reunieron los de Deira y los gewisos durante el reinado del gran Coel. ¡Oh, cuánto sudor humano y cuánta sangre rezuma la tierra, mientras en gente extraña se hace matanza!

Cae en los breñales un astro que ha chocado con otro y esconde su luz con renovada luz.

»¡Ay! ¡Qué despiadada hambre sobreviene! ¡Cómo abomba los vientres y vacía de sus fuerzas los miembros de los hombres! Arranca de Cambria, y recorre los extremos del reino, y a las gentes infelices las obliga a pasar el mar. Huyen los terneros acostumbrados a vivir de la leche de las vacas de Escocia, que han muerto en mortandad nefanda. ¡Idos, neustrianos! ¡Dejad ya de hacer interminable violencia en un reino libre! No hay ya nada con qué podáis satisfacer vuestra gula, pues habéis consumido todo lo que la fecunda naturaleza produjo. ¡Cristo, ayuda a tu pueblo, ahuyenta los leones y haciendo cesar la guerra da al reino plácida paz!»

Y no calló con esto. Admíranse los compañeros y su hermano, que al punto se llega a ella y de este modo, alabándola, dice a los amigos: «Tente, hermana, ¿el espíritu ha querido anunciar cosas futuras y ha cerrado mi boca y mi libro? Así, pues, esta tarea se te da a ti. Que en ella seas feliz y con mis votos digas todo devotamente.»

Hemos llevado el canto a su final. Dad, pues, britanos, trenzados laureles a Geoffrey de Monmouth. Pues es vuestro, pues en otro tiempo cantó vuestras hazañas y las de vuestros caudillos, y escribió un librillo que ahora llaman Gesta Britonum, célebre en el mundo entero.


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