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     Habiendo vivido ya muchos reinados, el britano Merlín era en el mundo entero famoso y respetado. Era rey y era adivino, daba leyes a los pueblos soberbios de Demetia y a los grandes les predecía lo por venir. Sucedió entonces que muchos de los próceres del reino se pusieron a pelear entre ellos y en guerra feroz destruían ciudades y poblaciones inocentes: el caudillo de los venedotos, Peredur, hacía la guerra contra Güenoloo, que regía los reinos de Escocia.

Ya ha llegado el día señalado para la gran batalla, ya los caudillos están en el campo, ya las huestes de los dos han empezado a combatir, cayendo confundidos en matanza deplorable. Merlín está en el campo con Peredur, y también Rodarco, rey de los cumbros, tan fiero como él.

Los enemigos que se ponen a su paso son abatidos por sus odiosas espadas. Y tres hermanos del rey, que a su hermano siguen en la batalla, derriban a los que se atreven a resistir y destrozan batallones; éstos han irrumpido bravamente por entre los contrarios escuadrones, que mal podían resistir su empuje, y de repente caen los tres, ya acabados.

¡Ay, Merlín! Cuando tal ves, te llenas de dolor y vas por todo el campo derramando tristes lágrimas, y a grandes voces vas diciendo: «¿Pudo, en fin, tanto dañarme la suerte enemiga que haya podido quitarme compañeros tales, a los que ya tantos reyes, tantos reinos lejanos temían? ¡Ay, azares inciertos de los hombres! ¡Ay, muerte siempre cercana, que siempre está con ellos y con rápido golpe de su oculto aguijón echa fuera de sus cuerpos la frágil vida! ¡Ay, gloria de la juventud! ¿Quién se ha de poner ahora en armas junto a mí, a mi costado, y rechazará conmigo a los nobles caballeros que vienen por mi daño y las huestes que caen sobre mí? ¡Jóvenes audaces, vuestra audacia os ha arrebatado los años más dulces, la dulce juventud! Vosotros, que hace poco corríais a vuestro antojo por entre los escuadrones enemigos peleando y abatíais a todos cuantos se ponían en vuestro camino, vosotros oprimís ahora el polvo con vuestro peso muerto y lo enrojecéis con vuestra roja sangre.» Así por entre las compañías va llorando con lágrimas que se le saltan de los ojos, así plañe sin cesar por los muertos.

Y no cesan las feroces peleas, los ejércitos corren a encontrarse, los guerreros combaten cuerpo a cuerpo, la sangre corre por doquier, muchos mueren en los dos bandos.

Finalmente los britanos, juntando todas sus fuerzas, rompen por entre los escotos y hacen en ellos gran carnicería y no descansan hasta que las formaciones enemigas vuelven las espaldas huyendo en desorden por bosques y por montes.

Llama entonces Merlín del campo de batalla a sus compañeros y les ordena que den sepultura a los tres hermanos, a cada uno en una capilla, y plañe por los caídos y no cesa de derramar llanto. Llena de polvo sus cabellos, y rasga sus vestiduras, y echándose a tierra en ella se revuelca. Quiere consolarle Peredur, y los nobles y los caudillos, y él ni se quiere consolar ni atiende a sus súplicas.

Ya tres días contados ha llorado sin cesar, rechazando los alimentos, tan grande es el dolor que le consume. Toma entonces nuevos caminos su desvarío y, después de haber llenado los aires con tantas y tan graves quejas, comienza a ocultarlas y huye al interior del bosque, procurando que nadie sepa su marcha. Entra en la espesura y se complace en esconderse bajo los fresnos, y contempla admirado los animales silvestres que pacen en los claros. A veces los sigue, a veces compite con ellos y los vence en la carrera, como ellos se nutre de hierbas, de raíces tiernas, de los frutos de los árboles y de los de la zarzamora. Se hace, en fin, hombre tan silvestre como si en las espesuras lo hubieran echado al mundo.

Durante todo el verano, sin encontrarse con nadie y sin acordarse ni de sus parientes ni de sí mismo, se oculta en los bosques, entregado al género de vida de los animales que los habitan. Pero cuando llega el invierno y se lleva las hierbas y todos los frutos de los árboles, y no tiene de qué sustentarse, entonces con voz feble tales quejas profiere: «¿Qué he de hacer, Cristo, Dios del cielo? ¿En qué parte de la tierra podré morar, que no veo que aparezca nada de qué vivir, ni hierba en el suelo ni frutos en los árboles? Aquí había antes manzanos cargados de fruto, de tres en tres, de cuatro en cuatro, hasta de siete en siete: ahora ya no están. ¿Quién me los ha robado? ¿Adónde se fueron de repente? Un momento los veo, al siguiente ya no. Así me combaten los hados, así también se hacen presentes cuando dan y luego prohiben hasta ver. Ahora me faltan los frutos y también todo lo demás. El bosque está sin frutos y sin follaje. Sufro doblemente, que no consigo ni verme resguardado ni comer. Todo se lo llevó la primera niebla y el austro con sus lluvias. Si por ventura encuentro alguna raíz apenas comestible enterrada a gran profundidad, los voraces jabalíes y sus ávidas cerdas llegan a la carrera, me rodean y me roban los inmundos nabos que con trabajo arranco de la tierra. Tú, lobo amigo, mi compañero, que conmigo solías recorrer sotos y breñales, muy a duras penas pasas ahora un prado: a ti y a mí el hambre implacable nos hace languidecer. Tú, que el primero tuviste estas espesuras por morada; tú, que ya hace mucho de viejo envaneciste; tú, ni tienes qué llevarte a la boca ni sabes qué podrías comer. Y eso me admira, porque el bosque es abundante en cabras y en otros animales silvestres que podrías cazar. Quizá esa tu detestable vejez te ha robado las fuerzas y te veda dar caza a las presas. Te queda sólo llenar con tus aullidos el aire y, tendido en el suelo, estirar tus miembros consumidos.»

Esto va salmodiando entre arbustos y densos avellanos cuando el sonido llega a uno que por allí iba de camino, que atraído por las voces que daba al viento se dirige al lugar del que salían, encontrando el escondite y al quejoso escondido. Al verle, Merlín huye y el caminante le sigue un trecho, pero no puede conseguir que se detenga, tan huidizo se mostraba. Así que el caminante, hondamente turbado por la desdicha del fugitivo, vuelve a tomar su camino.

Y he aquí que con éste se encuentra uno que venía del palacio de Rodarco, rey de los cumbros, que casara con Ganieda y era feliz con su hermosa esposa. Ésta era hermana de Merlín y se dolía de la desgracia de su hermano, y enviaba a los desiertos más lejanos a servidores suyos para buscarle y hacerle volver.

Uno de éstos se tropieza con el viajero. Al encontrarse, se detienen a conversar y el enviado en busca de Merlín pregunta si el otro le ha visto en los parajes silvestres que acaba de atravesar. Y éste contesta que sí ha echado la vista encima a un hombre con esas señas entre los espesos sotos del bosque de Calidón, pero que cuando le quiso hablar y estarse con él un rato el tal hombre se dio a la fuga por entre los árboles en veloz carrera. Esto dijo.

El otro se marcha, se adentra por las espesuras, y registra los profundos valles, y también recorre los altos montes. Por todas partes va buscando a su hombre, caminando por los parajes más apartados. En la cumbre misma de uno de aquellos montes hay una fuente, cercada por todas partes de avellanos y arbustos. Ahí se ha sentado Merlín, de ahí sale a contemplar los bosques y los juegos y las carreras de los animales. El enviado de Ganieda recorre este monte y entra, caminando silencioso, en los pasos más difíciles, siempre buscando a su hombre. Entonces, por fin, ve la fuente v a Merlín sentado al fondo sobre la grama y diciendo sus quejas con estas razones:

«¡Oh, tú, que todo riges! ¿Cuál es la causa de que las cuatro estaciones no sean iguales, distintas solamente por el número? Ahora la primavera por derecho propio proporciona las flores y los follajes, el verano da las mieses, el otoño los dulces frutos; les sigue el glacial invierno y todo lo devora y lo devasta, trayendo de nuevo las lluvias y las nieves: con sus tempestades no hay nada que no arrebate o estropee, y no permite que produzca el suelo variadas flores, la encina bellotas o los manzanos purpúreas manzanas. ¡Ojalá no hubiera ni invierno ni blanca escarcha y fuera siempre primavera o verano y volviera el cuclillo cantando y el ruiseñor que alivia con su piadoso canto los pechos tristes y la casta tórtola que guarda la fidelidad prometida! ¡Ojalá entre los follajes tiernos cantaran otros pájaros consolándome con sus trinos y exhalara su perfume la tierra renovada por la flor nueva y manaran con leve murmullo las fuentes bajo la verde grama y junto a ellas diera sus arrullos que traen el sueño la paloma bajo el follaje y concitara el sopor!»

El enviado de Ganieda rompe entonces las quejas del vate con los arpegios de su cítara, que hasta allí había llevado consigo para atraer y amansar al pobre loco. Oculto en el fondo de la espesura, mueve con sus dedos quejosos cuerdas bien afinadas y con voz doliente esto se pone a cantar:

«¡Oh, tristes gemidos de la atristada Güendolena! ¡Oh, lamentables lágrimas de la lacrimosa Güendolena! ¡Me llena de pena Güendolena, que de pena muere! No había en Gales mujer más hermosa: vencía en candor a las diosas y a la hoja de la alheña, y a las rosas nuevas, y a los perfumados lirios del prado. En ella sola resplandecía la gloria de la primavera, y llevaba en sus ojos toda la hermosura del cielo, y trenzas famosas que brillaban con el fulgor del oro. Todo esto ha perecido, pereció en ella toda hermosura, el color, el aspecto, el esplendor de sus níveas carnes. No es ya lo que fue, maltratada por muchas pesadumbres, pues no sabe adónde se fue su guía en esta vida, no sabe si goza de la existencia o estará muerto. Y por eso desdichada languidece y toda ella perece deshecha por dolor interminable. Por la misma causa con ella llora Ganieda, que se duele sin consuelo por el hermano perdido. Ésta llora al hermano, aquélla al marido, ambas se deshacen juntas en llanto y van gastando sus tristes vidas. Ni pasan alimento ni el sueño las alivia, que de noche vagan bajo los árboles, tan grande es el dolor que a una y otra consume. No de otro modo se dolió la Sidonia Dido cuando Encas, desamarradas ya las naves, de ella se apresuraba a partirse. Cuando Demofonte no volvía en el plazo convenido, así gimió y lloró la desdichadísima Fílide, así lloró Briseida la ausencia de Aquiles, así la hermana y la esposa juntamente se lamentan y se consumen, heridas hasta el fondo de sus almas por atroces suplicios interiores.»

Esto iba cantando con cuerdas quejumbrosas el enviado de Ganieda, y con su arpegio acariciaba el oído del adivino, amansándolo algo y haciéndole sentir simpatía por el cantor. Pronto sale el adivino de su escondite, y habla al joven en términos risueños, rogándole encarecidamente que de nuevo mueva con sus dedos las cuerdas y haga sonar las melodías de antes. De nuevo acerca éste los dedos a la lira y repite el canto solicitado, y de esta manera va consiguiendo que el otro, cautivado por la dulzura de la cítara, deponga poco a poco su desvarío furioso. Cobra, al fin, memoria de sí y recuerda que solía él ser Merlín, se espanta de sus locuras y las aborrece. Vuélvele el sentido, vuélvele la clara mente de otros tiempos, muévele el amor a la familia y gime al oír los nombres de su hermana y de su esposa, rescatado el gobierno de su cerebro, y pide ser llevado al palacio del rey Rodarco. Obedécele el otro y, dejando al punto las espesuras, caminan juntos y llenos de alegría hacia la ciudad del rey.

La reina se alegra por haber recobrado al hermano, y por el retorno del marido se llena de gozo la esposa, y las dos a porfía le besan y rodean su cuello con sus brazos, profundamente conmovidas por grandísimo amor. También el rey recibe al retornado con el honor debido, y se alborozan la gente toda de la casa y los próceres de la ciudad. Pero cuando Merlín se ve en presencia de tan gran multitud, que más parece ejército, se siente incapaz de soportarla y, tomando otra vez su desvarío, lleno de nuevo de furiosa locura, desea volverse al bosque, quiere retirarse de allí furtivamente. Manda entonces Rodarco que se le retenga, estrechamente vigilado, y que con la cítara vean de amansarle los furores. Y él mismo, doliente, se está con el loco y no se cansa de rogarle que tenga juicio y se quede con él, y que no quiera ni ganar su bosque ni vivir bajo los árboles como animal salvaje, cuando podría tener cetro real en su mano y ejercer su derecho sobre pueblos fieros. Promete luego Rodarco que ha de darle muchos regalos, y hace que le presenten vestidos, y aves, y canes, y caballos veloces, oro y gemas refulgentes, copas que esculpiera en Sigen Guyelando. Una por una, muestra estas cosas Rodarco al adivino y se las ofrece, encareciéndole que se quede con él y que deje para siempre las espesuras. Pero Merlín desprecia todo lo que le ofrece, respondiéndole: «Estas cosas, propias de gobernantes, poséanlas ellos, tan temerosos de la pobreza que no contentos con lo justo y necesario tratan de allegar lo más que pueden. A todo esto prefiero yo el bosque y las praderillas del roble calidonio y los montes que se alzan cubiertos de verdeantes pastos. Eso, eso y no esto es lo que me place. Llévate contigo, rey Rodarco, todo: a mí me ha de tener la selva de Calidón, rica en nueces, que yo quiero más que todas las demás cosas.»

El rey, finalmente, viendo que no podría retener con dones al cuitado y temiendo que si le deja suelto pueda huir al desierto, manda que lo prendan con fuerte cadena. El adivino, cuando siente que le rodean ataduras y que no puede irse libre a los bosques de Calidón, duélese al punto y queda triste y callado, borrando de su rostro toda animación, que no ha de proferir palabra ni mostrar en él la risa.

Y he aquí que yendo tiempo después la reina por el palacio, de vuelta de verse con un noble, el rey la colma de alabanzas, como es bien, y la toma de la mano, y le ordena sentarse, y le da abrazos, y oprime sus mejillas con los labios. Deteniéndose en esto a contemplarla, ve que de sus cabellos pende una hoja: con la punta de los dedos se la quita, la arroja al suelo y sigue bromeando con su amada. El adivino vuelve a esto sus ojos y rompe a reír, atrayendo la atención de todos los presentes, admirados porque saben que se ha negado la risa.

También el rey se admira, y pregunta al loco por qué tan de repente ha soltado la risa, y añade a sus palabras muchos ofrecimientos de regalos. Calla aquél y se resiste a explicar sus carcajadas. Pero Rodarco le acosa con súplicas y prometiéndole cosas de precio. Finalmente, el adivino, enojado por tanto ofrecimiento, habla y dice: «El avaro ama los dones, el codicioso se desvive por obtenerlos: ésos, comprados por la recompensa, llevan sus flacos ánimos a donde se les manda, que lo que tienen no les basta. Pero a mí me bastan las deliciosas bellotas de Calidón y las limpias fuentes que fluyen en perfumados prados. Yo no me dejo atrapar con el cebo del interés: guárdese sus riquezas el avaro, que a menos que se me dé la libertad y pueda yo volver a los prados verdeantes de los bosques no he de querer explicar mis risas.»

Rodarco, siéndole imposible doblegar con dádivas al adivino y averiguar por qué habrá reído, manda que sin demora le suelten las ataduras y le da libertad de irse a los bosques deshabitados para que acceda a declarar la causa de su risa que Rodarco tanto quería conocer.

Entonces Merlín, gozoso porque va a poder irse, dice: «Por esto, Rodarco, me he reído: porque por una misma acción has sido al mismo tiempo digno de alabanza y de reproche. Cuando hace poco quitabas la hoja que la reina llevaba sin saberlo en los cabellos, te hacías más fiel a ella que ella te lo era a ti cuando fue bajo los árboles donde el adúltero fue a encontrarla y holgó con ella. Y mientras estaba tendida en el suelo, en los sueltos cabellos se enredó una hoja que allí estaba caída y que tú sin saber nada le quitaste.»

Ante tal acusación Rodarco al punto se contrasta, y aparta la mirada de su esposa, y empieza a maldecir el día en que con ella casó. Pero ella, sin turbarse, tapa su vergüenza con un gesto risueño y con estas razones se dirige a su marido: «¿Por qué te entristeces, amor? ¿Por qué así te pones iracundo y me condenas sin causa, y crees a un loco furioso que privado de razón ya no distingue lo verdadero de lo falso? Las más de las veces quien le cree se hace más imbécil que él mismo. Ahora vas a ver: no he de engañarme, probaré que delira, que no ha dicho verdad.»

En la sala está presente, entre otros muchos, un muchachito. Ella, cuando le ve, ingeniosa, al punto imagina una artimaña nunca vista con la que quiere hacer probanza contra su hermano. Entonces manda que se acerque y ruega a su hermano que prediga la muerte de que morirá el muchacho. Y díjole su hermano: «¡Oh, hermana queridísima! Éste morirá, ya hombre, al caer de una alta peña.» Ella, riéndose por lo bajo de la respuesta, manda al mocito que salga, que se quite las ropas que lleva puestas y que se ponga otras nuevas, que se corte el pelo que tenía largo y que así cambiado, de forma que a todos parezca ser otro, vuelva a entrar. Obedece el niño y vuelve a presentarse ante ellos tal cual se le había ordenado volver, con otras ropas.

Vuelve entonces la reina a suplicar a su hermano y le dice: «Cuéntale a tu hermana muy querida cuál ha de ser la muerte de éste.» Entonces Merlín dice: «Este niño, cuando le llegue la edad, sucumbirá, vagando, a cruel muerte en árbol.»

No acaba de decir esto cuando ella así dice a su marido: «¿De tal manera te pudo confundir un falso adivino que llegaras a juzgar que yo había cometido tan gran crimen? Pero ahora, si quieres reconocer con qué acierto ha hablado de este muchacho, entenderás que lo que de mí dijo lo inventó para poder irse a sus espesuras. ¡Que nunca pueda yo hacer tal cosa! Guardaré casto el lecho conyugal y, mientras aliente en mí el alma, casta seré. Para dar prueba le pregunté por la muerte del niño, y ahora voy a 'hacer nueva probanza: sé tú juez imparcial.»

Esto dice, y aparte manda al niño que se retire, que vista traje femenil y que así vestido vuelva a entrar. Hace al punto éste lo que se le manda y transformado en muchacha por la vestimenta se pone ante Merlín, al que dice festivamente la reina: «Ea, hermano, di la muerte de esta doncella.» Y dice él: «Esta criatura ha de morir en río.»

Mueve a gran risa con su respuesta a su hermana y al rey Rodarco, por cuanto a un solo mancebo le ha predicho tres diferentes muertes. Y así ya piensa el rey que Merlín no dijera verdad de su esposa, y no sigue creyéndose, sino que se contrasta y se enfurece por haberle creído antes, por haber condenado a su amada. Viendo esto, la reina le da su perdón, y arrima la cara a la suya, y le hace carantoñas y, en fin, le pone otra vez alegre.

Entretanto, Merlín piensa sólo en irse a sus bosques, y saliendo de la casa manda una y otra vez que le abran las puertas, pero su hermana se le pone delante y no se cansa de rogarle con copioso llanto que se quede allí con ella y que deponga su insano furor. Él, duro de corazón, no quiere desistir de su empeño, sino que insiste que se abran los portones, y se esfuerza por salir, y rabia, y pelea, y rabiando asusta a los criados. Finalmente, puesto que ninguno se ve capaz de retener a un hombre que tanto se quiere ir, manda la reina que inmediatamente venga a atajarle la ausente Güendolena. Viene ésta y, suplicante, ruega a su marido que se quede. Pero él no atiende a sus ruegos y ni quiere quedarse ni mirarla, como antes solía, con rostro complacido. Duélese ella, y se deshace en llanto, y se mesa los cabellos, y con las uñas se desgarra las mejillas, y como en agonía de muerte se retuerce por los suelos. Viendo esto la reina, dícele a él de esta manera: «¿Qué ha de hacer esta Güendolena tuya, que así por ti muere? ¿Se dará a otro hombre? ¿O mandas que quede aquí desamparada, o que vaya contigo allí donde tú quieras retirarte? Pues irá contigo y feliz habitará el bosque y sus verdeantes sotos si puede tenerte a ti, amante, para ella.»

A estas voces así responde el adivino: «No quiero, hermana, una oveja conmigo a la intemperie bajo los astros en el abierto boquete de la fuente que mana cristales, y no he de cambiar mis cuidados como en otro tiempo Orfeo cuando dio a los chiquillos sus cestos luego que Eurídice pasó los bajíos de la Estigia. Limpio por todas partes, he de mantenerme sin mácula de Venus. Désele, pues, a ésta la debida libertad para casarse y a su albedrío tome por esposo a quien le pete tomar. Pero el que a ella la tome, cuide de no ponerse nunca en mi camino y de no estar nunca a mi alcance, antes bien se aparte, no vaya a ser que tenga que sentir una estocada si tengo yo ocasión de vérmelas con él. Y cuando llegue el día de la solemne ceremonia del casorio y se distribuyan a los invitados manjares variados, allí estaré yo en persona cargado de honestos presentes y enriqueceré con generosidad a la novia Güendolena.»

Al acabar de decir esto, echa a andar, sin detenerse se despide de ellas y sin que nadie se lo quiera vedar sigue la querencia de los bosques. Queda triste en la puerta Güendolena viendo cómo se aleja, y con ella la reina, y por tal desdicha se conmueven los amigos, y se admiran de que un hombre tan loco pueda conocer los secretos mejor guardados y de que adivinara el impúdico amor de su hermana. Pero creían que acerca de la muerte del muchacho había mentido, que la dijo triple cuando debería haberla dicho única.

Y de ahí que durante muchos años nadie diera importancia a su predicción, hasta que el muchacho llegó a la edad viril. Entonces a todos se les puso de manifiesto el vaticinio y a muchos se les probó su verdad. Pues, cuando iba de caza con su rehala, vio un ciervo que entre el follaje se ocultaba, y soltó los perros que, entonces, visto el ciervo, atraviesan los breñales y llenan los aires con sus ladridos. También él le da caza taloneando al caballo. De viva voz y con la trompa llama a los ojeadores, increpándoles, y les manda acudir con más presteza.

Había allí un alto monte, rodeado por todas partes de peñascales, y a su falda corría por la llanura un río. Atraviesa el monte el ciervo hasta llegar a la corriente, y allí gana escondites que bien conoce. El joven mete espuelas, y atraviesa también en línea recta el monte, y se pone a buscar al ciervo por entre los peñascos. Y entonces acontece que, al dar un salto, resbala el caballo de lo alto de una peña, y el jinete cae al río por un barranco de tal suerte que un pie se le traba en un árbol y el resto del cuerpo queda bajo el agua.

Y así cayó, se hundió en el agua y colgó de un árbol, y el adivino por tres maneras predijo una sola cosa.

Merlín, adentrándose en el bosque, vivía a manera de animal selvático, sufriendo el frío del agua hecha piedra, bajo la nieve, bajo la lluvia, bajo el despiadado soplo del viento. Y esto le agradaba más que gobernar sus ciudades y domeñar a sus feroces gentes. Mientras él pasaba los años con la silvestre grey haciendo su misma vida, Güendolena halla proporción de legítimo casamiento.

Era de noche, y rebrillaban los cuernos de la luna plateada, y todas las luminarias del convexo cielo resplandecían. El aire era más puro que nunca, pues el frío atroz, disolviendo con su seco hálito los vapores, había limpiado el cielo de nubes boreales dejándolo del todo despejado. De lo alto de un monte, contemplaba el adivino el curso de los astros, diciendo para sus adentros: «¿Qué quiere mostrar el brillo que hoy tiene Marte? ¿Anunciará la muerte de un gran rey, y que otro viene? Eso justamente me parece, pues Constantino ha muerto y su sobrino Conan, tomando la corona gracias al asesinato de su tío, es por criminal suerte rey. Y en cuanto a ti, excelsa Venus, que deslizándote por el umbral marcado en el Zodíaco acompañas al sol que se marcha, ¿qué quieres decirme con tu rayo que ahora partido en dos hiende el espacio? ¿Muestra acaso el rompimiento, el desgarro de mi amor? Pues tal rayo señala los amores rotos. Quizá Güendolena, ausente yo, me ha abandonado y se prende gozosa en los brazos de otro hombre. Así soy, pues, vencido, así otro la posee, así me arrebatan mis derechos mientras yo aquí me detengo, así ha de ser ciertamente. Pues el amante descuidado es vencido por el que es diligente y de continuo asiste a su amor, manteniendo el asedio. Pero no siento aborrecimiento: case en hora buena y tenga con mi permiso nuevo marido. Tan pronto como luzca el día de mañana, iré allá y llevaré conmigo el presente que al partirme de ella le prometí.»

Y, al acabar de decir esto, recorre todas las espesuras y los sotos, y reúne en una sola manada los rebaños de ciervos, y con ellos los gamos y las cabras, y monta él sobre un ciervo. Y, al llegar el día, va a toda prisa a donde celebra sus bodas Güendolena, empujando delante de sí su manada.

Cuando llega, hace que los ciervos se paren ante las puertas y se pone a gritar: «¡Güendolena, Güendolena, ven, mira qué presentes te aguardan!» Pronto acude, risueña, Güendolena, y se admira de ver que un hombre vaya montando un ciervo, y de que éste así le obedezca, y también de que haya podido reunir un tan gran número de animales salvajes, que delante de sí guiaba sin ayuda, como lleva un pastor las ovejas a las que de costumbre conduce a los pastos.

El recién casado desde una alta ventana estaba contemplando todo esto, admirando al jinete en su extraña cabalgadura, y tenía gran risa. Y cuando el adivino lo ve y colige quién ha de ser, con gesto brusco arranca la cuerna al ciervo que montaba y la arroja contra él como si fuera jabalina, y la clava profundamente en la cabeza del otro, y lo deja exánime, y la vida se le escapa a los aires.

Rápidamente Merlín hace correr a su ciervo con el acicate de los talones y va de vuelta a los bosques. Síguenle en veloz carrera por los campos, saliendo de todas partes los servidores de palacio. Él les llevaba tanta ventaja y corría tan velozmente que habría llegado al bosque sin ser alcanzado si en su camino no hubiera un río. Pues mientras el animal atraviesa el torrente dando grandes saltos, se escurre Merlín y cae en la rápida corriente. Los criados ocupan las riberas, y lo pescan del agua, y lo llevan a palacio, y fuertemente atado lo entregan a su hermana.

Cautivo, de nuevo el adivino se pone triste, y desea marchar al bosque, y pugna por romper sus ataduras, y se niega a reír, y rechaza comida y bebida, y con Su tristeza entristece a su hermana.

Viendo Rodarco que éste aparta de sí toda alegría y no quiere ni catar los escogidos manjares que le ofrecen, lleno de conmiseración manda que lo saquen por la ciudad, por las calles, por entre las gentes, de forma que pueda estar distraído paseando y viendo las cosas nuevas y curiosas que allí se venden. Y así llevan fuera a Merlín.

Al salir del palacio, ve ante las puertas a un criado muy pobremente vestido que las guarda mendigando con voz quebrada a los que por allí pasan una limosna para comprar ropas. Un momento se detiene el adivino y mirando al mendigo rompe a reír. Yendo un poco más allá, se para a contemplar a un joven que está comprando suelas de repuesto para sus botas nuevas. De nuevo rompe entonces a reír, y luego se niega a seguir paseando por las calles, siendo objeto de contemplación para todos los que a su vista se ponen, que él quiere volverse al bosque, hacia el que de continuo mira, hacia el que se esfuerza por desviar sus pasos.

Vuelven luego al palacio los criados y cuentan que por dos veces le ha entrado gran risa, y también que ha querido volverse a los bosques. Rodarco, queriendo saber qué era lo que con su risa significaba, manda prontamente que allí le suelten sus ataduras, concediéndole retornar a sus ya familiares espesuras si explica sus risas. Ya de mucho mejor talante esto responde el adivino:

«Tu portero estaba sentado ante las puertas con raídas vestiduras, y como indigente rogaba a los que por allí pasaban que le hicieran limosna con la que comprar ropas. Y al mismo tiempo era él rico secreto, porque debajo de su persona tenía ocultos montones de dineros. Y por eso me reí: remueve la tierra que hay debajo de él, has de encontrar monedas mucho tiempo guardadas. Cuando me llevaron más allá por la calle, vi a un hombre que estaba comprando calzado y suelas de repuesto para cuando las de las botas que acababa de comprar estuvieran ya descosidas y agujereadas por el uso. Y también de eso me reí, que el desgraciado no va a tener tiempo de gastar las botas y menos las suelas, porque se ha ahogado y flota ya hacia la orilla. Si no me crees, vete a ver: verás.»

Queriendo poner a prueba lo que ha dicho, manda Rodarco que al punto vayan a recorrer el río sus servidores y que, si encuentran junto a la orilla a uno de esas señas ahogado, vuelvan a toda prisa a darle cuenta. Cumplen las órdenes del rey, visitan el río y encuentran al joven ahogado en un banco de arena, y vuelven al palacio, y dan cuenta de ello al rey. Este, por su parte, quitando de su lugar al portero, entretanto ha hecho cavar y remover la tierra, y encontrando en ella un depósito de dineros, lleno de alborozo ensalza al adivino.

Sucedido esto, el adivino se apresuraba a volver a los bosques que solía, aborreciendo a las gentes de la ciudad. Mandábale la reina quedarse con ella y dejar el bosque tan querido para cuando se acabaran los fríos de la blanca bruma que entonces imperaban y volviera el verano con sus tiernos frutos con los que sustentarse, que esperara hasta que los días se templaran con el sol. Él se resistía y, ansiando partir sin cuidarse de los fríos, le respondía:

«¡Oh, hermana muy amada! ¿Por qué te empeñas en retenerme contra mi voluntad? La bruma no podría aterrarme con sus borrascas, no podría el gélido cierzo cuando con soplo cruel se ensaña y con violento granizo hiere los rebaños de animales baladores, no podría el austro cuando con copiosas lluvias alborota las aguas, que yo he de ganar los bosques deshabitados y los verdeantes sotos. Contentándome con muy poco, podré soportar la helada, que luego me confortará yacer allí en verano bajo las frondas de los árboles entre las olorosas flores de los prados. Para que no llegue a faltarme el sustento en el mal tiempo, haz tú en las espesuras algunas cosas, asígname servidores y éstos me cuidarán y me prepararán alimentos cuando la tierra me niegue hierba y el árbol fruto. Antes que las demás, construye una apartada, a la que darás seis veces diez puertas y diez más, y otras tantas ventanas por las que pueda yo ver a Febo que vomita fuego desde que sale hasta que se pone, y por las que de noche pueda observar las estrellas que declinan hacia el polo, que me harán sabedor de las cosas venideras atinentes a la nación. Y que haya otros tantos escribientes, enseñados a escribir lo que yo vaya diciendo y que con diligencia confíen a las tablillas los vaticinios. Ven tú allí a menudo, ¡oh hermana muy amada!, y podrás entonces saciar mi hambre con comida y con bebida.» Tal dijo, y fuese a los bosques con paso presuroso.

Obedecióle la hermana, pues labró la torre que le pidiera y las otras cosas y todo lo que le había mandado hizo.

Y él, mientras hay frutos y el sol va alto por las alturas, se complace estándose bajo la fronda y paseando por el bosque cuando los céfiros menean suavemente los fresnos. Y cuando llega el invierno erizado de duras tempestades, que despoja de todo fruto el bosque y las tierras, y le falta el alimento al acercarse las lluvias, triste y hambriento se va a la torre dicha. Allí muchas veces está la reina y, gozosa, presenta manjares y bebida a su hermano, que, después de haberse restaurado con variadas comidas, al punto se levanta de la mesa y llena de tiernas alabanzas a la hermana. Luego, atravesando la casa, se pone a contemplar los astros, cantando lo que entonces ya sabe que un día ha de acontecer:

«¡Ay, locura furiosa de los britanos, a los que la excesiva abundancia trastorna y exalta más allá de lo debido! No quieren gozar de la paz, se acicatean con aguijones de furia infernal, mueven guerra civil, combates fratricidas, toleran la ruina de las iglesias del Señor, expulsan a destierro en lejanos reinos a los sagrados pontífices, todo lo conturban los descendientes del jabalí de Cornubia. Poniéndose acechanzas a sí mismos, a sí mismos dan muerte con execrable espada. No queriendo aguardar a tomar la corona por legítimo derecho, la arrebatan.

»Habrá un cuarto, más cruel y más rudo, y luego el Lobo de Mar vencerá y pondrá en fuga por reinos bárbaros al vencido al otro lado del Severn. Este mismo rodeará con asedio a Kaerker, y con pájaros penetrará hasta el fondo de las casas y de las murallas. Atacará por mar a los galos, pero morirá por dardo de rey.

»Muere Rodarco, y luego por mucho tiempo dominará a escotos y cumbros una interminable discordia hasta que Cumbria sea dada a una gente que crece.

»Los cambrios afligirán con guerra a los gewisos, y luego a los de Cornubia, y no habrá ley que los dome. Cambria gozará siempre con la sangre derramada. Pueblo enemigo de Dios, ¿por qué gustas de la sangre vertida? Cambria obligará a hermanos a enfrentarse en batalla y a condenar con muerte criminal a sus descendientes.

»Los escuadrones de los escotos irán a menudo al otro lado del Humber y matarán, alejando de sí toda piedad, a todos los que se les pongan por delante. Pero no impunemente, pues su caudillo morirá de muerte violenta. El que en él se ensañe tendrá nombre de caballo, su heredero saldrá de nuestras tierras expulsado.

»Guarda prontamente, Escoto, esas espadas tuyas que ahora desnudas, que ha de serte desigual el combate con nuestra gente feroz.

»Caerá por tierra la ciudad de Acelud, y hasta que el Escoto sea en guerra sojuzgado, ningún rey la volverá a levantar.

»La ciudad de Sigen y sus torres y sus grandes palacios derribados han de llorar hasta que los cambrios vuelvan a sus tierras de origen.

»Porchester verá sus murallas rotas hasta que un potentado con diente de zorra la rehaga.

»La ciudad de Loel, despojada de su pastor, vacará hasta que la vara del León le devuelva el báculo.

»Richborough yacerá derribada en la orilla, la alzará de nuevo un ruteno con nave llena de yelmos.

» Las murallas de Menevia las reparará el quinto después de aquel por el que se le devolverá el manto regio perdido por años, y en tu estuario, Severn, caerá Ciudad de las Legiones y perderá a sus ciudadanos por mucho tiempo; los recobrará cuando venga un oso en un cordero.

»Los reyes sajones, expulsados los ciudadanos, detentarán las ciudades, los campos y las casas juntamente por largo tiempo. Después de esto llevarán la corona tres veces tres dragones. Doscientos monjes serán muertos en la ciudad de Lear y, expulsado su jefe, evacuará las murallas el sajón. El primero de los anglos que ostente la corona de Bruto restaurará la ciudad que las matanzas dejaron vacía.

»Una gente salvaje prohibirá consagrar con crisma en la patria, y en las casas de Dios pondrá imágenes de falsos dioses. Pero muy pronto, por mediación de una cogulla, Roma volverá a Dios, y el sacerdote rociará con la sagrada lluvia los templos, que renovará además poniendo en ellos pastores. Guardarán luego los mandatos de la ley divina, de ellos muchos gozarán del cielo con derecho.

»Una gente impía, llena de veneno, lo trastornará todo por la fuerza, y violentamente mezclará lo justo con lo injusto, venderá a sus hijos y parientes en las tierras más alejadas, al otro lado de los mares, e incurrirá en la ira del Supremo. ¡Oh, crimen nefando! ¡Al que el Hacedor del mundo, digno de todo el honor del cielo, creó libre, venderlo como si fuera buey y como si fuera buey llevarlo atado!

»Caerás, ¡Dios se apiade de ti!, tú que fueras traidor contra tu señor cuando accediste al reino. Los dacos vendrán con la escuadra, y sojuzgado el pueblo reinarán por poco tiempo y expulsados se habrán de volver. A éstos darán leyes dos a los que herirá con el aguijón de su cola una serpiente olvidada de la alianza por lograr la dignidad del cetro.

»Y luego los neustrianos, llevados en un leño a través de los mares, llevando ellos los rostros hacia delante y hacia atrás, con túnicas ferradas y espadas agudas atacarán bravamente a los anglos, los matarán y gozarán del campo. Someterán muchos reinos y domarán gentes extranjeras por mucho tiempo, hasta que la Erinia volando acá y allá derrame sobre ellos terrible ponzoña. Desaparecerá entonces la paz, y la lealtad, y toda virtud, y en todas partes surgirán guerras civiles, y el hombre traicionará al hombre, no se hallará amigo, el esposo se irá con meretrices despreciando a la esposa, y la esposa se ayuntará al que desee despreciando al esposo. No se guardará respeto a las iglesias, perecerá el orden, los pontífices entonces llevarán armas, no dejarán entonces los campamentos, hasta en tierra sagrada pondrán entonces defensas, y darán a los soldados lo que a los pobres sería debido, correrán por caminos profanos, cautivos de las riquezas materiales, y arrebatarán a Dios lo que la sagrada tiara ha de vedar.

»Tres llevarán la corona, después de éstos habrá un cuarto para el cetro, a éste le dañará un siniestro amor familiar hasta que sea vestido por su progenitor de forma que ceñido de dientes de jabalí pueda pasar a través de la sombra de uno con yelmo.

»Cuatro serán ungidos luego, que querrán darle la vuelta a todo, y sucederán dos que de tal manera harán rodar la corona que han de mover a los galos a moverles fieras guerras.

»El sexto hará caer a los hibernianos y sus murallas. Pío y prudente, renovará las ciudades y sus poblaciones.

»En otro tiempo vaticiné esto mismo más prolijamente a Vortegirn, relatándole las místicas batallas de dos dragones cuando agotados nos sentamos en la orilla del estanque.

»En cuanto a ti, ¡oh hermana muy amada!, ve a casa a ver al rey, que está muriendo, y manda a Telgesino que venga, pues deseo tratar con él muchas cosas, ya que ha venido recientemente, de las tierras de Armórica, donde ha aprendido los amables principios del sabio Gildas.»

Vase Ganieda a casa, y halla que Telgesino ha vuelto y a su señor difunto, y a los sirvientes tristes. Y deshaciéndose en lágrimas, se desploma entre los amigos, y mesa sus cabellos y tales cosas dice: «Plañid conmigo, mujeres, los funerales de Rodarco, y llorad a un hombre cual no lo produjo el orbe hasta hoy, por cuanto sabemos, en nuestro siglo. Era amante de la paz, pues de tal modo gobernaba a un pueblo feroz que ninguno osaba injuriar a ninguno. Trataba al santo clero con justa moderación, permitía al pueblo, a los más altos como a los más humildes, regirse por la ley. Era generoso, pues daba mucho y apenas si retenía algo. Era todo para todos, haciendo lo que era debido. Tú que, ¡ay de mí!, fueras flor de los caballeros, prez de los reyes, pilar del reino, ahora has sido entregado como festín a los gusanos que no esperabas y tu cuerpo podrece en el ataúd. Después de las gloriosas sábanas de seda, ¿tal lecho se te da a ti? ¿Así se han de esconder bajo una helada piedra tu carne blanquísima, tus regios miembros, y no has de ser sino polvo y huesos? Así ha de ser, pues la suerte miserable de los hombres camina por la edad de forma que no puedan ser llevados de nuevo a sus leyes primeras. Nada, pues, aprovecha la gloria del mundo perecedero, que huye y vuelve, engaña a los poderosos y los hiere. Con su miel unta la abeja el lugar que al punto pincha. Del mismo modo la variable gloria del mundo engaña y golpea con el azote de su ingrata cola. Lo que presta se hace breve, lo que tiene no es durable, como agua que corre pasa lo que ella proporciona. ¿Que la rosa brilla espléndida, que los lirios de radiante blancura florecen, que hay un hombre hermoso, o un caballo, u otras muchas cosas? Todo ha de achacarse al Creador, no al mundo. ¡Felices, pues, los que tienen el corazón en paz, y sirven a Dios, y dejan el mundo! A ellos concede gozar de perpetuo honor Cristo, que reina sin fin, que todo creó. Así, pues, vosotros, nobles, vosotras, altas murallas de mi hogar, vosotros, hijos amados, sabed que todo lo mundano lo abandono y con mi hermano habitaré los bosques, y con ánimo alegre serviré a Dios cubierta con negro manto.»

Esto dice y cumple para con su marido los últimos deberes y con tal texto marca su tumba: «Rodarco el generoso, que no había en el mundo otro tan generoso, siendo grande descansa aquí en estrecho ataúd.»


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