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Desde
que Samuel Hahnemann (1755) padre de la homeopatía, adoptara el enunciado
hipocrático “SIMILIA SIMILIBUS CURENTUR”, como principio fundamental en
el que se ha basado, y se basa la filosofía y práctica homeopática en el
mundo, ha suscitando sobretodo en el colectivo de la sanación, las más
diversas polémicas...
Pero
desde aquí me atrevo a decir que sólo aquellos que desconocen su historia,
principios, fundamentos, experimentación y en consecuencia, su reacción dinámica
y sanadora del organismo enfermo, ante la administración del remedio
correctamente indicado, pueden no amar la HOMEOPATÍA. Porque su propósito
fundamental es el de “curar” y no el de paliar síntomas, tratando al
individuo enfermo en su totalidad como ser emocional, racional y orgánico,
pero a su vez único y particular.
Mi
intención con este artículo, breve resumen de los fundamentos homeopáticos,
sería el de contribuir modestamente a la difusión y el conocimiento general
de la homeopatía.
Comenzaré
por describir brevemente el perfil de su fundador, Samuel Christiano Federico
Hahnemann, doctor en medicina, nacido en Meissen (Alemania) el 10 de abril de
1755, de carácter dulce y afable aunque de constitución algo débil y
enfermiza.
Ya
desde la infancia destaco por su inteligencia y amor por los estudios,
poseyendo especialmente una gran capacidad para los idiomas extranjeros, lo
que más tarde le serviría para costear sus estudios de medicina y sacarle de
algunos apuros económicos. Poseedor de un espíritu emprendedor, juicioso y
observador, inicia estudios de química y mineralogía, y para mayor comprensión
en el arte de curar de la época, se decide también por el estudio de su
farmacopea. No obstante su ardua labor de la practica médica en el hospital
de Los Hermanos de la Misericordia en Viena, le hacen llegar a la conclusión
de que con los métodos habituales no se lograría una curación verdadera de
la enfermedad.
En
1785 se casa con Enriqueta Kuchler. Su buena reputación y fama lograda por la
publicación de sus obras y trabajos sobre el mantenimiento de la salud pública,
hacen que las miradas de la Sociedad Económica de Leipzick y la Academia de
Ciencias de Maguncia recaigan sobre Hahnemann, todo ello parecía presagiar un
feliz porvenir. Pero decepcionado y desalentado por los resultados, las prácticas,
y métodos utilizados en la medicina de su tiempo y el tratamiento dado a los
enfermos, hacen que tome la decisión de abandonar la práctica médica,
optando por alternar sus estudios de química con la reanudación de su
trabajo como traductor en Leipzick para sustentar a su familia.
Fue
entonces cuando la editorial donde trabajaba, le pide que traduzca la materia
médica del celebre doctor Cullen. En uno de sus artículos, destacaba las
propiedades terapéuticas de la corteza de la quina para el tratamiento de las
fiebres palúdicas. Hahnemann pensó que para confirmar lo que el doctor
Cullen exponía en su obra, sería necesario comprobar sus efectos en el
hombre sano, decidiendo estudiar por sí mismo las propiedades de ésta. Empezó
por tomar fuertes dosis de quina, y pronto sintió los síntomas de un estado
febril intermitente, análogo al que la quina cura, repitió esta
experimentación en él y con todos los conocidos que voluntariamente se
prestaron a ello, ya no le permitió dudar, la quina podía producir en el
hombre sano, trastornos artificiales enteramente semejantes a los que ésta
curaba en el hombre enfermo, también ensayó con otras sustancias obteniendo
los mismos resultados. Para evitar la toxicidad de los remedios, Hahnemann
decide poner en práctica sus conocimientos de química y comienza por diluir
la sustancia pura con alcohol, atenuando así su toxicidad y potenciando a la
vez los efectos dinámicos y energéticos al reducir su materia. Con esta
experiencia Hahnemann descubre los principios fundamentales para el nacimiento
de una nueva y revolucionaria forma de
curación.
La
homeopatía reconoce que todo ser viviente
esta dotado de una fuerza o energía vital. Esta energía tal como su nombre
indica, tiene como cualidad la de configurar y preservar la vida, siendo
identificada también como dinamismo vital. Este dinamismo se halla integrado
en todas las partes y órganos del cuerpo, funcionando como un todo en el
hombre de forma holística, no actuando nunca de manera aislada. Gobierna las
funciones del organismo y determina tanto el estado de salud como el de la
enfermedad. Pudiendo ser afectado por el clima, nuestro modo de vida, las
emociones, y como no, la herencia.
Si
una persona se encontrara en condiciones optimas de salud, este dinamismo se
evidenciaría mediante un estado de bienestar general, no habría sensaciones
desagradables ni alteraciones físico patológicas ni mentales, y su disposición
anímica sería identificada como alegre y optimista.
Cuando
este dinamismo vital se halla en desequilibrio o perturbado por alguna causa o
agente mórbido, se expresará de forma externa mediante signos y síntomas,
dando lugar a la enfermedad, reflejo interno de un proceso patológico. Sólo
cuando la acción de esta fuerza preservadora, organizadora y configuradora de
la vida deja de actuar en el organismo vivo, es cuando se producirá lo que
comúnmente conocemos como fallecimiento o muerte.
Es
curioso observar que ante el padecimiento de una misma enfermedad, cada
individuo reacciona ante ella de forma determinada y particular, por ejemplo
en una gripe, aunque los síntomas generales sean fiebre, dolor, tos, congestión,
malestar etc., unos la expresarán más individualmente con una coriza aguda o
lagrimeo constante de ojos, otros con excesiva sudoración o ausencia de ella,
tos con expectoración o seca, con dolor de cabeza o sensación de
magullamiento por todo el cuerpo, etc., pero estos síntomas se verán aún más
peculiarizados puesto que el dolor de cabeza podrá irritar o abatir al
enfermo, situarse en una
Pero
también puede ocurrir que el enfermo no reaccione lo suficiente al estímulo
dado por arrastrar durante años una determinada enfermedad, agravada por el
tiempo e incluso expresando síntomas que en apariencia nada o muy poco tendrían
que ver con esa enfermedad cronificada. El principio o fuente donde nacen
estas enfermedades crónicas la homeopatía las denomina con el nombre de
miasmas, siendo estos miasmas estados morbosos de origen constitucional y
hereditario, trasmitidos desde hace siglos de generación en generación y que
predisponen a cada ser humano a un modo particular de padecer. Siendo
necesario prescribir un determinado y específico remedio para cada estado
miasmático, que cure en su totalidad el padecimiento crónico del enfermo.
El
principio de semejanza o ley de similitud (lo semejante cura lo semejante),
fue expuesto inicialmente por Hipócrates, pero nunca se llevo a la práctica
con una base experimental comprobada como lo hizo Hahnemann. Para ello, se
tiene que conocer, como actúa cada medicamento administrado a dosis
moderadas en un organismo sano,
en diferentes individuos, con distintas edades y en diversas condiciones,
observando con la mayor precisión los síntomas físicos y mentales que
provoca de modo artificial, cada
uno de los remedios en su estado más puro. Las dosis deben ser moderadas para
que al suspenderse la administración, los síntomas presentados de modo
artificial sean espontáneamente reversibles. A esta primera reacción de
producir una enfermedad semejante y artificial a la del medicamento
suministrado, le sigue otra secundaria, la reacción espontánea y natural del
organismo en curar esa enfermedad.
A
esta experimentación en el hombre sano se la denomina “Experimentación
Pura”, que da lugar en homeopatía a lo que conocemos como su amplia y
extensa Materia Médica, base primordial del conocimiento homeopático de
cualquier remedio
Para
que la ansiada curación se produzca, es necesario elegir y administrar el
medicamento que en su experimentación, haya producido el mayor número de síntomas
semejantes a los del enfermo, en estado de dilución y dinamización
apropiado, capaz de producir un estímulo mínimo más fuerte que pueda
desencadenar el proceso curativo natural del organismo, destruyendo la
totalidad de los síntomas.
En
el individuo enfermo la reacción primaria del medicamento no se produce, pues
el enfermo ya posee los síntomas semejantes que el remedio en un primer
momento le hubiera suscitado estando sano.
Para
saber con certeza que la curación producida es la correcta, se deberá
observar la ley de Hering, esta ley de la dirección de curación con la
presencia de antiguos síntomas, nos dice que, la curación se produce de
arriba hacia abajo, es decir, el estado mental alterado tiene que mejorar
evolucionando hacia un síntoma físico en cualquier parte del cuerpo,
dependiendo de la predisposición del enfermo, de dentro hacia fuera, esto es,
de los órganos internos hacia la superficie de la piel y mucosas, por eso no
debemos sorprendernos si en el transcurso de un tratamiento sobreviene alguna
erupción, y por último, los síntomas desaparecerán en sentido inverso al
de su aparición. Si observamos esta dinámica durante el tratamiento homeopático,
podremos estar seguros de que la curación se está produciendo de forma
correcta y duradera. Pero esto, claro está, no se consigue de la noche a la
mañana, y dependerá de la cronicidad de la enfermedad y de la capacidad
reactiva del individuo, a modo de ejemplo se podría decir, que una enfermedad
de unos diez años de duración, tardaría en curarse entre uno y dos años.
La
preparación del medicamento homeopático esta basado en los principios de su
fundador, en la aplicación de la ley de similitud y el uso de dosis
infinitesimales e imponderables, con el propósito de evitar agravamientos
circunstanciales del enfermo, y por otra parte, desarrollar una acción
selectiva sobre las molestias tanto funcionales como sensoriales, sin olvidar
mencionar otro paso no menos importante, la potenciación o dinamización, con
el fin de desarrollar, liberar, modificar o transmitir actividades enteramente
nuevas de las substancias inertes. Esta dinamización consiste en efectuar
después de cada dilución un número preciso de agitaciones, debiendo
realizarse siempre en sentido vertical.
El
método de dilución se obtiene mediante el material de base o cepa, diluyéndose
ésta en forma de divisiones sucesivas en un excipiente líquido o sólido en
una proporción de 1:100 (dilución centesimal) o 1:10 (dilución decimal),
existen otras cantidades proporcionales, pero son éstas las más comunes y
utilizadas, se representarán con las siglas CH
para las diluciones centesimales y DH
para las decimales.
Las
materias primas de las cuales se obtiene el producto base o cepas homeopáticas,
son de origen vegetal, animal o mineral, siendo las más utilizadas las del
reino vegetal. La preparación del medicamento homeopático vegetal o animal,
parten de la tintura madre, obteniéndose ésta de la maceración en alcohol
de la totalidad o sus partes de la planta fresca o el animal, durante un período
mínimo de tres semanas, no ocurre así con las cepas de origen mineral
insolubles, que aun coincidiendo la materia prima con el producto base, deberán
experimentar en su fase preliminar un proceso de trituración.
Los
excipientes utilizados para la preparación de cepas y diluciones, pueden ser líquidos
o sólidos, para los líquidos se empleará el alcohol, agua destilada y
glicerina y para los sólidos, sacarosa y lactosa. Las formas farmacéuticas
presentadas de los medicamentos homeopáticos, consistirán principalmente en:
-
GRÁNULOS: Pequeñas
esferas de unos 50 mg aprox. constituidas por
lactosa
y sacarosa.
-
GLÓBULOS: Pequeñas
esferas de unos 5 mg aprox. constituidas por
lactosa
y sacarosa.
-
COMPRIMIDOS: Con un
peso aprox. de 100 mg constituidos también
por
lactosa y sacarosa o una mezcla de ambas.
-
GOTAS: Son soluciones
de tintura madre. (T. M.)
-
AMPOLLAS BEBIBLES O
INYECTABLES: El excipiente es una
solución
salina de cloruro sódico, y su utilización más frecuente, suele ser para
problemas locales.
-
POMADAS: Su
excipiente esta constituido por vaselina.
-
SUPOSITORIOS: El
excipiente se prepara con manteca de cacao o
glicérido
semisintético.
Como
conclusión a este artículo me permitiré comentar que la homeopatía no es
ningún placebo como algunos quieren y pretenden hacer creer, tampoco es mi
intención la de convencer o defender a la homeopatía, pues ella por si misma
es la mejor defensa, sin olvidar a todos aquellos que por amor a su profesión y
obligada preparación, desean curar con el mínimo sufrimiento a sus enfermos,
me refiero como no, a los buenos homeópatas,
encargados de poner en práctica ésta terapia homeopática.
A
los que pretendan juzgarla, simplemente decir que antes es preciso conocerla,
dominarla y ponerla en práctica, aportando conclusiones y pruebas más
rigurosas y comprensivas, que puedan refutar aquello que se pretende juzgar.
Pues como ya se dijo “si la homeopatía es una terapéutica falsa, caerá por
su propio peso” y desde que esto se dijo, han transcurrido más de cien años.
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