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PROCESO CONTRA UN FRAUDE
Guy Tarade
El
16 de junio de 1875, el tribunal correccional del Departamento del Sena, que
presidía el señor Millet, entendió en un singular asunto de estafa y abuso de
confianza. El principal acusado, un tal Buguet, era el prototipo del delincuente
sin escrúpulos, capaz de los más soeces embustes.
Hacia 1873, Buguet, cuyo establecimiento de fotografía había sido abandonado por la clientela, tuvo la «luminosa» idea de inventar un procedimiento que habría dejado perplejo al mismísimo Niepce: fijaba sobre la placa sensible a los espíritus. Por lo menos, así pretendía hacerlo. Algunos periódicos de París incluso aceptaron la inserción del siguiente anuncio:
«Fotografías de espíritus. Evocación y retrato de vuestros queridos difuntos. Seis pruebas, 20 francos.
»Buguet, fotógrafo. Boulevard Montmartre.»
Un director de revista, Leymarie, dirigió la publicidad del fotógrafo, en tanto que un médium americano ya célebre servía de asesor de la genial empresa. Desde los primeros días, el anuncio rindió beneficios que rebasaron todas las previsiones.
Los infelices incautos que acudían a casa Buguet en busca de algún consuelo eran recibidos por una afable recepcionista que, muy hábilmente, les interrogaba acerca de sus queridos desaparecidos. Los informes logrados de este modo le permitían al fotógrafo estafador contentar a los más difíciles.
Buguet, antes de entrar en acción, simulaba una toma de contacto con el mundo invisible; después, fingiendo manipular en su aparato, se retiraba a una habitación contigua donde esta vez «trabajaba» de firme.
En aquel aposento secreto tenía una copiosa colección de cabezas de maniquíes y muñecos diversos. Elegía el modelo que más se pareciera al retrato del difunto descrito a la recepcionista... Momentos más tarde, presentaba al cliente la imagen de su querido difunto.
Los éxitos duran sólo algún tiempo... y también, por suerte, los fracasos. Una mañana, dos inspectores de policía que habían recibido alguna confidencia o denuncia, se presentaron en casa de Buguet haciéndose pasar por clientes y solicitaron del estafador una serie de clisés.
El fotógrafo se retiró una vez más a la «habitación de los milagros», pero inmediatamente le siguieron ambos representantes de la ley, que venían ya provistos de una orden de arresto.
Como una auténtica ampliación del museo Tussaud, aquella sala contenía doscientas cincuenta cabezas de maniquí y casi otras tantas pelucas. Apoyados contra una pared, maniquíes y muñecos de diversa estatura esperaban el momento de posar. Los armarios contenían vestidos, túnicas, mantillas y pañales, uniformes e incluso sotanas. Una gran caja de cartón estaba llena de fina y transparente gasa, que en las placas fotográficas debía aparentar el indispensable halo que rodea a los espíritus...
Ante tales cargos y tan abrumadoras pruebas, Buguet y sus cómplices hubieron de declararse convictos y confesos. Lo increíble fue que, entre sus estafados clientes, todavía encontraron los estafadores algunos testigos de descargo. Aseguraron éstos durante el juicio que las fotografías que les habían sido vendidas representaban muy bien a sus queridos difuntos.
Buguet fue condenado a un año de prisión y a satisfacer quinientos francos de multa, y la misma pena recayó sobre su cómplice Leymarie; al médium norteamericano Firman se le impusieron seis meses de cárcel y una multa de trescientos francos.
Su fraudulenta actividad les había proporcionado una ganancia de más de cincuenta mil francos oro; por sí solo, cierto conde B... había depositado hasta cuatro mil francos en manos de los tres compadres.
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