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Los
«Rasenana», como se llamaban a sí mismos, surgieron de alguna parte y
desaparecieron en algún otro lugar cuando se desmoronó su reino. ¿A qué raza
pertenecían? No lo sabemos. ¿Qué lengua hablaban? No lo sabemos; no dejaron
literatura, a excepción de algunos miles de inscripciones cortas. El pueblo más
enigmático de la tierra creó una cultura que se puede medir con la griega,
pero, según escribió Properz, «la ceniza de sus hogares fue esparcida por los
cuatro vientos».
Ya en la antigüedad no se
sabía nada exacto sobre ellos. Aparecieron repentinamente en Italia entre los años
1000 y 800 a. de C. En parte fueron considerados como antigua población indígena,
y en parte como emigrantes del Asia Menor (Lidia) que habían llegado por vía
marítima siguiendo rutas desconocidas. Partiendo desde las costas
noroccidentales de Italia penetraron en la zona situada entre el Tíber y el
Arno y hasta el año 600 a. de C. sometieron a gran parte de la población de
los umbríos. Durante el siglo siguiente alcanzaron el punto máximo de su
poder.
Hacia el año 540 a. de C.
apareció Felsina (la actual Bolonia) y la Campania, con las ciudades de Capua y
Pompeya, se convirtió en etrusca hacia finales del mismo siglo. También en el
año 540 a. de C. el legendario pueblo consiguió la soberanía sobre el Mar
Tirreno, así llamado según su nombre en griego, los Tyrrhenoi, después de la
batalla naval de Alalia, en Córcega, en la que estuvieron aliados con Cartago.
Después comenzó el ocaso.
Los tarquinios fueron expulsados de Roma en el año 510, y en el 482 se cerró
para los etruscos la navegación por el estrecho de Mesina. Su soberanía marítima
acabó con la derrota ante Hieron de Siracusa (474), el saqueo de las costas de
Etruria y Córcega y la ocupación de la isla de Elba. Después del año 424 se
desmoronó la soberanía etrusca en Campania a causa de la rebelión de los
samnitas.
La alta Italia cayó en manos
de los galos; los romanos destruyeron Veji en el 396 a. de C. y poco a poco
fueron sometiendo toda Etruria.
Estas son fechas y hechos
documentados e irrefutables. En vista de esta sucesión cronológica de
acontecimientos históricos, ninguna persona dudaría de ellos, como tampoco de
la existencia de un pueblo que fue valiente, atrevido, ingenioso y vehemente,
pero que también fue «cruel y desenfrenado», como lo describen los autores
griegos y romanos; un pueblo aficionado a los placeres materiales de la vida y
que ejerció su soberanía durante siglos. Pero, a pesar de todo, nos planteamos
la misma cuestión: ¿de dónde venían los etruscos? La mención más antigua
se encuentra en el historiador griego Herodoto (484-412 a. de C.), que defiende
el punto de vista de que los etruscos habían venido del Asia Menor. Su narración
se parece a un mito cuando cuenta que, bajo el gobierno del rey Atys en Lidia,
surgió una carestía terrible. Para poder sobrellevarla, los lidios buscaron
distracciones y descubrieron numerosos juegos. Jugaban un día, sin comer, y al
día siguiente comían, sin jugar.
Cuando, después de 18 años,
no había desaparecido aún el hambre, el rey dividió a su pueblo en dos
partes. Una de ellas permaneció en Lidia, mientras la otra emigró bajo la
dirección de Tyrsenos, el hijo del rey. Los emigrantes se dirigieron hacia
Esmirna; allí construyeron naves y se hicieron a la mar para buscar un nuevo
lugar donde asentarse. Después de haber visitado numerosos pueblos, llegaron
hasta donde estaban los umbrius, fundaron allí sus ciudades y las llamaron
Tyrsenes, por su jefe. Según Herodoto, esto ocurrió poco después de la Guerra
de Troya, o sea entre 1250 y 1200 a. de C., unos 800 años antes de su época.
La segunda explicación
procede del historiador griego Dionisio de Halicarnaso, que vivió en Roma a
principios de la era cristiana. Dionisio comprobó que los etruscos y los lidios
se diferenciaban en cuanto a religión, lengua, leyes y vestimenta. Según su
versión, los etruscos fueron los habitantes primitivos de Etruria «ya que
estaban asentados allí desde muy antiguo y no ofrecían ninguna similitud con
otras razas».
Los sabios de la Edad Moderna
lanzaron una tercera teoría, que fue presentada a discusión por primera vez
por Fréret en el año 1741. Según ésta, los etruscos emigraron a Italia
procedentes del norte, a través de los Alpes. Los partidarios de esta teoría
se apoyaron en las innegables relaciones entre la cultura Villanova, en Etruria,
y el círculo cultural del Danubio.
Se sabe con seguridad que
tanto la lengua como la religión y la forma de vida etruscas fueron
absolutamente autónomas. La investigación lingüística cree que la lengua
etrusca, que no muestra vínculo alguno con las de sus pueblos vecinos, es una
lengua no indogermánica. Los orientalistas se basan en ciertas correlaciones
existentes entre la lengua en un dialecto pre-griego, lo que confirmaría la
tesis de la emigración de Asia Menor.
El enigma tampoco se
soluciona desde el punto de vista de la religión etrusca. En las concepciones
de fe y en los ritos de los etruscos se han descubierto características
orientales. Pero, ¿cómo podemos saber si estas características pertenecieron
a una religión etrusca primitiva o simplemente fueron aceptadas?
Recientemente, ha intervenido
en la cuestión incluso la biología hereditaria, investigándose el reparto de
los grupos sanguíneos en la actual Toscana y la antigua Etruria, y comparándolos
con los datos obtenidos de otros pueblos mediterráneos.
El historiador Mommsen llegó
a decir que no se sabe de dónde vinieron los etruscos y que no valía la pena
tomarse el trabajo de averiguarlo ya que sólo su historia es interesante.
Otro historiador contemporáneo,
Pallottino, amenguó un poco este juicio tan criticable. Pallottino dijo que se
tenía que estudiar a los etruscos allí donde se pudiera encontrar su cultura.
Las verdaderas cuestiones no se ocupaban de su origen, ni del misterio de su
lengua, sino de la cultura etrusca.
Ya durante el Renacimiento
comenzó a despertar el interés por el arte etrusco. No obstante, sólo a
finales del siglo XVIII comenzó el verdadero estudio profesionalizado de las cámaras
funerarias, las instalaciones defensivas, los frescos y esculturas, la cerámica
y la orfebrería etruscas.
Aumentan los conocimientos
sobre el arte de los etruscos, sobre su religión, sus formas de vida y sus
relaciones económicas y políticas. Su origen, por el contrario, continúa
siendo un libro con siete candados.
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