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EXTRACTO: El autor examina el contexto social (cultural y psicológico) en el que surgen originalmente los "platos voladores", en los meses siguientes a junio de 1947. Profundiza en la repercusión pública y periodística que tuvieron las noticias en la Argentina. Recurre a una exposición de los casos reportados y de las hipótesis o lucubraciones formuladas, intentando aportar elementos de análisis que permitan reconstruir la visión del mundo y el paradigma de la época en el que se comienza a propagar y consolidar el misterio popular.
Se han cumplido cincuenta años de uno de los grandes misterios populares de este siglo: los "platos voladores". La historia del mito contemporáneo comienza en los Estados Unidos, el 24 de junio de 1947, cuando el piloto civil Kenneth Arnold avista desde su avioneta nueve objetos reverberantes que, velozmente, picaban y subían entre los picos de Mount Rainier, en el estado de Washington (East Oregonian, 25/06). Un periodista interpretó esa descripción y los bautizó flying saucers (platos voladores).
El episodio de Arnold permitió darle nombre a algo en apariencias innominado que, por ello, parecía no existir. Por entonces, nadie puso en duda la objetividad del relato, que interesó vivamente a las autoridades, aún cuando hubo quienes explicaron que los brillantes objetos no eran otra cosa que reflejos de cristales de hielo, debido a las heladas crestas montañosas. Tiempo después, se dijo que Arnold vio en realidad las alas volantes de los prototipos Northrop – un bombardero experimental, secreto de la época – que tenían su base en el desierto de Mojave. Sea como fuere, su historia tuvo una extraordinaria difusión y los discos o platilllos se popularizaron en todo el territorio norteamericano. Las agencias periodísticas internacionales muy pronto se hicieron eco de noticias similares.
En 1947 los aparatos de televisión domésticos inundaron el mercado de los Estados Unidos. Y el cine produjo The Black Widow, de S.G. Bennet y F.C. Brannon. En este serial, como en The Purple Monster Strikes, de 1945, se presentan por primera vez seres extraterrestres, dispuestos – como metáfora humana – a apoderarse de la Tierra, poseídos por unos instintos de conquista que caracterizarán a partir de entonces a los visitantes siderales.
Era evidente que el clima social de postguerra y el prometedor desarrollo aeronáutico con sueños de conquista espacial, entre otros, propiciaron que la noticia iría a despertar la imaginación más abigarrada y fuera recibida crédulamente.
La humanidad estaba atenta a todo acontecimiento nuevo, y más si provenía del cielo. Después de vivir una guerra mundial en que la aviación desempeñó un papel decisivo, no iría a mirar con indiferencia cómo algunos objetos cuyo tamaño con frecuencia comparable a nuestros aviones, surcaban la atmósfera a altas velocidades. La prevención y curiosidad como la que existía apenas terminada la guerra, crearon el ambiente para que algunos periodistas – intuyendo el problema – facilitaran la difusión de toda clase de noticias sensacionalistas, en coincidencia con los ensayos atómicos que mostraban la fragilidad del mundo y de la especie humana.
La población empezó a mirar activamente el cielo a la espera que se repitiera aquel fenómeno de naturaleza desconocida, pero que ahora podía ser designado. Al mes ya se registraba un alto índice de avistamientos en 40 estados norteamericanos. Ante esa persistencia, el secretario de Defensa James Forrestal, encomendó el 30 de diciembre de 1947 al Air Technical Intelligence Center (ATIC), la creación de un organismo investigador, que recibió el nombre de Project Sign, cuyo propósito era determinar si el problema constituía un peligro para la seguridad. Al respecto, débese recordar que el clima pos bélico estaba caracterizado por un temor latente – a veces manifiesto – hacia todo aquello que aparecía en el cielo, y no es casual que haya sido ese país quien mostrara mayor interés en develar el enigma.
Por entonces iba perfilándose la guerra fría entre la Unión Soviética y los países democráticos, y el temor de que se tratara de un arma secreta, indujo a las autoridades a restarle públicamente importancia a los hallazgos. Pero quizá por esa tendencia de hablar de lo que se teme, muy pronto se supo en todas partes y se tejieron toda clase de conjeturas.
Conjeturas
Todo cuanto se conjeturó en 1947 no ha logrado alejarse de la realidad de una sociedad que ve con asombro e inocultable temor los efectos devastadores del empleo de la energía atómica, maquiavélicamente desarrollada por los científicos (caricaturizados por el cine sci-fi de los años cincuenta). Como nunca antes, la sombra de una conflagración bélica total está presente.
Dentro de ese marco se formularon diversas hipótesis acerca de los platos voladores:
"Acumulación de aire radiactivo" debido a las explosiones atómicas, experimentos de "transmutación de la energía atómica", propaganda "imperialista" pro – armamentista, fantasía popular generada por bromistas y embaucadores, globos sondas y meteoritos, aberraciones de la percepción, sugestión colectiva, psicosis despertada por el temor de una nueva guerra, armas secretas experimentales (americanas, alemanas o soviéticas), hasta supuestas entidades astrales y espíritus materializados con mensajes pacifistas. No solía rechazarse la novedad, por fantástica que pareciera.
Con el correr de los días se especuló que podría tratarse de "naves extraterrestres en búsqueda de contacto para advertirnos del peligro atómico", cuyas huellas impresionaron en forma indeleble a toda la humanidad. Esta "explicación" de origen ocultista pronto gozó de gran número de adeptos, pues vendría a coincidir con el sentimiento colectivo, junto al despunte de la aeronáutica y la necesidad de superar la barrera infranqueable de la gravedad terrestre. Así se extrapoló el temor puesto en los belicosos invasores (más del lado de lo humano), al beneplácito deseo de recibir a los "hermanos del cosmos", nuevos mensajeros y guardianes de paz. A fin de cuentas, eran manifestaciones celestes, cuyos ocupantes irían a ser descritos con frecuencia bajo una apariencia bella y angelical.
Ha transcurrido medio siglo de aquellas extrañas apariciones que despertaron la más pródiga imaginación y, sin embargo, lejos de creer que se ha resuelto el inefable misterio, es posible afirmar que – como misterio popular, inasible – el tiempo lo ha robustecido. De hecho, nunca podrá demostrarse que no existen: este es uno de los límites. Sobre estas bases se edifica el mito y se extiende la creencia.
La formidable magnitud y permanencia alcanzada durante cinco décadas deriva del hecho que la creencia en tales objetos del "des – conocimiento" se extiende rápidamente en todos los niveles, de cuya cuenta dan testimonio millones de personas en todo el mundo. Se ha observado que su notoria repercusión mantiene vivo el interés en el enigma y alimenta el mito de la presencia de extraterrestres en nuestra Tierra, potencializando las motivaciones irracionales debido a su alta significación emocional.
Acaso los platos voladores sean el caldero de cuantos fenómenos infrecuentes y desusados han acompañado por siempre el pensamiento humano, proponiendo una mirada hacia sí mismo frente a la infinitud del cosmos y, ante su angustiante soledad, la esperanza, el avizoro de un universo palpitante de vida.
I. LOS PLATOS VOLADORES EN ARGENTINA
Casi de inmediato a los fenómenos vistos por Arnold – ignorado por la prensa local – se produjeron relatos semejantes en distantes lugares del mundo (Australia, Dinamarca, Italia, Japón, y México, entre otros). Los platos voladores se constituyeron en el estereotipo cultural de cuantas rarezas aparecieron en el cielo. En América del Sur, el rumor visionario se extendió a los pocos días por Uruguay, Chile, Argentina y Brasil. Aunque, desde los Estados Unidos, el periodista Walter Winchell, del New York Daily Mirror, exclamaría: "Esto, no es un rumor: ¡es un hecho!" (Clarín, INS, 11/07/47).
Las primeras informaciones provenían de ese país y narraban los sorprendentes encuentros con los inusuales objetos, seguidas de las más variadas explicaciones y rotundas negativas oficiales del ejército y la marina norteamericana, sospechadas de haber perfeccionado un nuevo tipo de aeronave surgida de la postguerra. En los primeros días de julio empieza a rodar en los diarios argentinos la hipótesis del encubrimiento. Antes del mes, se afirma "el misterio de los platos que vuelan", pese a tomarlo frecuentemente con cierto humor y señalar que algunos relatos son "muy semejantes a los que han ideado los dibujantes de esas encantadoras historietas en que se describen las aventuras de un imaginario héroe del porvenir" (Noticias Gráficas, 08/07/47).
En efecto, "el asunto es un plato" – se dice – que permite desplegar la imaginación destructiva del hombre, a la par de volar en una época de escasez y de inflación: "Ya que todo es imaginación, no cuesta nada verlos llenos...", ironizan los humoristas de la crónica diaria, deslizando la pregunta si no se tratará de un arbitrio propagandístico. Los platos, así vistos, no se alejan de la realidad humana.
Pero sean cuales fuere las motivaciones, todos quieren observar tales prodigios. Y ello no se hizo esperar.
Caso 01:
Invasores imaginarios
Es que – a decir del diario La Hora (13/07) – "nuestro país no podía escapar a la histeria de los platos voladores (...) No es coincidencia que los hombres de Marte nunca desciendan en países donde la prensa tiene una función educadora (...). Para nosotros hay una explicación interesante, entre las tantas lanzadas a rodar, sobre estos platos voladores. Es la que ha dado el viejo pionero de la aviación norteamericana, Orville Wright: ‘Se trata de crear un clima bélico, de llevar al histerismo de la guerra a las masas, para hacerles creer en pretendidos enemigos internacionales, y moverlas, dóciles, hacia una tercera masacre’. En todos los pueblos hay gente para ser atacada por la histeria; pero los pueblos, en su mayoría, tienen ya los ojos bien abiertos. ¡No hay platos voladores que los arrastren a otra masacre!", concluye enfáticamente el diario porteño.
Los platos voladores no serían, pues, otra cosa que "una creación de la mente febril popular exaltada por las fantasías de la era atómica". Creación de imaginaciones calenturientas – señala El Laborista – que especulan con catástrofes atómicas y con guerras nuevas de una gran potencia destructiva.
La idea de que los "platos voladores" eran parte de la propaganda belicista para agitar a la gente e inducirla a creer en invasores imaginarios, a fin de apoyar la campaña del gobierno norteamericano en materia de armamentos, concitó muchos adeptos. Para ellos, resultaba sugerente "la gran publicidad dada a las noticias sobre los platillos y la falta de base científica del fenómeno que pretenden haber visto cientos de personas" (La Hora, 10/07). El presidente Harry S. Truman, al tanto de la controversia sobre los platillos voladores, declaró que no sabía más que lo visto en los periódicos (Diario de la Marina, 11/07).
Un profesor de psicología de Sydney, Australia, adujo que "si a un fenómeno físico – como es el de los corpúsculos rojos que se mueven por la retina de los ojos –, se une la psicosis despertada por el temor de una nueva guerra en la que se emplearían armas terribles, llégase a la conclusión que los platos voladores jamás existieron".
De acuerdo a otras opiniones, la falta de información científica seria ha hecho de los platos o discos voladores "un instrumento adecuado para los bromistas y los individuos ansiosos de popularidad a cualquier costo" (Noticias Gráficas, 15/07).
Eppur’ si muove
El prestigioso diario La Nación de Buenos Aires, adoptando desde un comienzo una postura crítica, publica en su edición del 21 de julio algunas ideas sobre los objetos vistos en distintas partes del mundo, que reproducimos a continuación:
Los platos voladores:
Los platos voladores, de los cuales todavía se habla, han resultado un misterio. Las informaciones sólo permitieron formular conjeturas, pero, no obstante la imprecisión de los datos relacionados con el punto de partida de los mismos y su finalidad, este acontecimiento ha tenido la virtud de llamar la atención. Entre las versiones circulantes, algunas se hallan fuera de toda lógica. Debe descartarse en absoluto que los platos voladores sean proyectiles de guerra. La historia nos enseña que las naciones han guardado celosamente sus inventos militares, por cuanto la sorpresa de su presentación adicionada a los efectos de arma constituyen los factores en que se funda el éxito de su empleo.Desde el famoso caballo de Troya hasta la V-1, la V-2 y la bomba atómica, los beligerantes rodearon del mayor secreto las iniciativas que debían concurrir, en un determinado momento, al campo de batalla en procura de la decisión. Sería pues, pueril pensar en nuestra época, en la cual los Estados fundan en el resultado feliz de sus múltiples investigaciones militares la supremacía de su futuro potencial bélico, que uno de ellos ofrezca a los demás un material secreto, conocerlo y adoptarlo. La presencia de los platos voladores, como de aquellos otros proyectiles aéreos
desconocidos, que hace relativamente poco tiempo surcaron el espacio sobre Finlandia, puede considerarse como uno de los infinitos elementos que sirven para desarrollar lo que ha dado en denominarse la guerra de nervios. Esta puede desencadenarse tanto en la paz como en la guerra, en el terreno de lo político, social, económico o militar. Se trata unas veces de versiones que ostensiblemente se hacen circular referentes a un determinado acontecimiento a producirse, que causará gran daño o pánico. En el campo bélico aparece en forma de anuncios de inventos o materiales que posee determinado país y cuyo poder destructor influirá poderosamente en el desarrollo de un conflicto. La guerra de nervios se desarrolla en todas las actividades; ella se deja sentir mediante la noticia de bombas que se presume estallarán en una reunión política, en la baja de los valores comerciales, en el nuevo proyectil o explosivo destinado a derrumbar ciudades y sacrificar vidas, etc.Los platos voladores, sean lo que fueren, han desarrollado una acción de esta naturaleza, desde que, lanzada al mundo la noticia de su aparición, dieron lugar a muchos rumores y presagios nefastos.
La agitada ola platillista
En esos días, algunos científicos consultados se inclinaban por explicar los fenómenos reportados como instrumentos de meteorología (globos sondas), meteoritos, y hasta acumulación de aire radiactivo flotando de un lado a otro del país (La Prensa, 12/07).
Caso 02.
A las 23 horas del sábado 12 de julio, desde el centro de la ciudad de Córdoba, algunas personas observaron desplazarse rápidamente por el firmamento un disco rojo hacia el sudeste. No faltaron quienes opinaron que la estela que dejara era propia de un avión a propulsión a chorro, y otros, que se trataría de un aerolito. Fuera de la controversia, el fenómeno pasó desapercibido para la mayoría (La Razón, 15/07).Curiosamente, el episodio de Córdoba constituye la única noticia de un caso argentino que no menciona la posibilidad que pudiera tratarse de un plato volador, aunque resulta sugerente. El próximo, ocurrido en Buenos Aires, incluye un comentario más tranquilizador, aunque anima la polémica y, como dice, da "pasto a conversaciones".
Caso 03.
El domingo 13 de julio, el vespertino Noticias Gráficas, de Buenos Aires, después de comentar que "lo único aceptable hasta ahora es que se trata de globos sondas", señala que "esta mañana, no más, una voz masculina nos aseguró, por teléfono, que acababa de pasar, a la altura de (barrio) Villa Crespo, un plato volador".No obstante, el periódico reconoce que "la imaginación tiene mucho que ver en la aparición de los fenómenos que asombran colectivamente, (aunque) de todos modos, sigue en pie el fenómeno, lo que da pasto a las conversaciones, los cálculos y las conjeturas". Junto a ellas, empezaban a generarse testigos locales. "Hay mucha fantasía pero algo de verdad en la aparición de los famosos platos voladores", parece responder La Razón, del 15/07, en el encabezado de un artículo.
Caso 04.
El martes 15 de julio, tripulantes de un buque polaco anclado en Puerto Nuevo, Buenos Aires, informaron a la Prefectura Nacional Marítima que a unas tres millas de la costa habían divisado un "avión" que pareció precipitarse en el Río de la Plata alrededor de las 10:00 horas, observación compartida por muchos obreros portuarios. Asimismo, en el Ministerio de Aeronáutica se recibió una información de Prefectura del Puerto de Montevideo, en el que se hacía mención de un posible accidente de aviación a unos 50 km. de la costa argentina. Dispuesta una intensa búsqueda de varias horas mediante lanchas y aviones sobre una amplia zona del río, no pudo hallarse rastro alguno del presunto accidente (El Mundo, 31/07/1962; et. al.).
Caso 5. En horas de la mañana del viernes 18 de julio, en la localidad bonaerense de Balcarce, alrededor de las 6.08 y en medio de una tormenta, el oficial de policía Juan Félix Goñi advirtió un misterioso disco rojo y destellante que, procedente del norte, se agrandaba al aproximarse al cenit y se perdió como empujado por el viento rumbo al oeste. Llamó a sus subalternos, seis o siete agentes, y juntos avistaron el disco de regulares proporciones. Momentos más tarde pudo observar algo así como una bandada o "manga" compuesta por 50 o 60 discos que se dirigían a gran velocidad con rumbo al sur, similares al anterior (El Liberal, 19/07).
La noticia del caso citado fue difundida por numerosos medios periodísticos, y es una de las pocas minuciosas producidas durante ese año. Hasta el diario Crítica destacó en esa ciudad a dos redactores y un fotógrafo. Coincidentemente, vecinos que tienen su domicilio en otras zonas cercanas a esa localidad dicen haber observado el mismo y raro fenómeno. "Consideramos llegada la hora – comenta el matutino Clarín (19/07) – de prestarle toda la atención que merece, descartada la posibilidad de que lo visto en Balcarce sea pura alucinación de unos agentes con sueño". Menos entusiasta y habitualmente escéptico, La Nación (20/07) titula: "Nada confirma que en Balcarce viesen platos voladores".
Caso 06.
La consistencia de la información parece robustecerse cuando un colono de Fuerte General Roca (Río Negro), también aseguró haber visto el fenómeno esa mañana. En circunstancia en que Mario Talebi, un italiano madrugador se asomó para presenciar la lluvia generosa que caía en los campos de su chacra, tuvo la novedad de hallarse frente a un plato volador surcando el cielo con rumbo hacia el sur (Clarín, 19/07).La mayoría de las crónicas transcribían los hechos con cierta ligereza, picardía o pizca de broma y, en lo posible, dejando deslizar alguna extravagante conjetura sobre un tema del que está todo por decir. Los humoristas gráficos hallan un nuevo objeto para dispensar la sonrisa en los periódicos, y "los platos de moda" aluden a la vajilla, a las papas y tomates; a las irritadas esposas, a los indigentes y proletarios, y al buen gourmet. En ese contexto, complacientes por superar la imaginación de Orson Welles, asoman las naves interplanetarias.
Caso 07.
Dos días después, 20 de julio, a las 18 horas, varios testigos observan en Olavarría un cuerpo circular, moviéndose en zigzag con dirección norte – sur durante cinco minutos (La Razón, 22/07).Caso 08. Y en la misma fecha, en Tartagal (Salta), un plato volador habría estallado por la tarde sobre esa localidad, pudiendo notarse que se abría como un ‘capullo’, perdiendo en el espacio sus esparcidos fragmentos. Nada se dice sobre la posibilidad de un meteorito, pero se asegura que "el raro fenómeno ha conmovido a toda la población, habiendo sido visto por gran número de personas que ahora se han desplazado hacia las calles y lugares abiertos en la esperanza de que la visión vuelva a repetirse" (La Capital, 21/07).
Las crónicas transmitían un clima de expectación, de inquietud y suspenso. Nadie podía deparar qué iría a ocurrir, ni cuándo ni dónde se tendría el privilegio de volver a ver a los platos voladores. Pero ellos estaban aquí y, sin saberlo todavía, habrían de instalarse definitivamente en la cultura popular del siglo XX.
Caso 09.
El 22 de julio los platos voladores aparecieron en Oclayas, pequeña localidad jujeña, siendo avistados por dos testigos, quienes aseguran que se trata de "discos de gran luminosidad, que se desdibujan antes de llegar a tierra" (Noticias Gráficas, 01/08).Caso 10. A las 21.50 horas del martes 22, gente que estaba apostada en la esquina de las calles Maipú y Rioja, en Rosario (Santa Fe), pudo ver a unos treinta grados sobre el horizonte, "un disco blanco de luz muy viva que pasaba ondulando en zigzag, y que estaba impulsado con una velocidad casi vertical". Para otros, iba de norte a sur, moviéndose en ondulaciones pronunciadas. La escena duró menos de un minuto y se reprodujo poco después, aunque el disco había decrecido de tamaño y se hallaba a gran altura (Noticias Gráficas, 23/07).
Da la impresión que este tipo de fenómenos podrían ser fácilmente explicados, atendiendo su baja extrañeza, más aún si en esas ocasiones se hubiere consultado a los expertos. En cambio, la palabra "plato volador" parecía definirlos por sí mismos, dejándolos en un gran interrogante del cual se nutría la imaginación del lego y la letra del periodista.
Caso 11.
El 24 de julio de 1947, en Buenos Aires, reaparecen los platos. Esta vez fue en el barrio Villa Devoto, y quien lo describe es Dña. Guillermina N. de Baldonedo: "Estando en la puerta de mi casa (calle San Nicolás 4236) vi de pronto ante mi en el cielo, por encima de los árboles, una cosa redonda, iluminada y grande (...) Parecía una gran luz de bengala". Luego, el plato se fue alejando y descendiendo hasta desaparecer detrás de unos árboles (Noticias Gráficas, 01/08).Mientras la emblemática figura del gobierno justicialista Eva Duarte de Perón realizaba una histórica gira europea, que iría a durar dos meses, los periódicos y noticieros radiales alternan las informaciones con episodios platillistas que causan asombro, incredulidad, ansiedad y sarcasmo.
Caso 12.
Juan Arigues es un viejo poblador bonaerense de Pehuajó que ha relatado, con cierta sorna paisana, haber visto un plato volador. El jueves 24, pasadas las 20:30 horas, salía de su casa cuando notó un raro resplandor en el cielo. De pronto advirtió un plato que volaba hacia el norte, a unos sesenta o setenta metros de altura, de coloración clara, con reflejos eléctricos. "Lo distinguí con toda nitidez – asegura –, y no me cabe la menor duda: era un plato". Los casos reportados son inseparables de las noticias que empiezan a precederlos (Crítica, 25/07).Caso 13. Horas después, poco antes de medianoche, Juan Domingo Calabresi, hombre profundamente supersticioso, quien se desempeñaba como quintero en las inmediaciones del cementerio de Bahía Blanca, se hallaba en plena tarea rural cuando se sintió impresionado por un silbido "que sonó súbito como la noche de la morte", dijo. Al alzar la vista, vio trece platos voladores que marchaban hacia la ciudad y como si descendieran, siguiendo a unos cincuenta metros de altura la línea de la carretera. Calabresi de inmediato se refugió en su casa y montó guardia frente a su ventana, pero no volvió a avistarlos (íbid., 25/07).
Caso 14. Mar del Plata fue el próximo escenario. El 27 de julio, dos aficionados a la pesca se hallaban en una barranca practicando su deporte favorito cuando vieron aparecer en el horizonte, mar adentro, "una extraña fulguración, que avanzó hacia la costa a gran velocidad y se transformó, vista desde más cerca, en una masa ígnea, compuesta por grandes discos que giraban vertiginosamente". Esa masa despedía destellos blancos y azulados, semejantes a las chispas que produce una descarga eléctrica. Al llegar cerca de la costa, cambió de dirección para dirigirse hacia Camet e internarse en la zona que ocupa la Escuela Antiaérea. Según los reportes, allí habría sido vista por dos soldados, quienes declararon a sus superiores que de madrugada – dos horas de diferencia con la indicada por aquellos – vieron internarse rumbo a Balcarce tres o cuatro discos voladores (Noticias Gráficas, 01/08).
El asunto ha sido tratado con mayor seriedad cuando los informes provienen de testigos con alguna preparación técnica o científica, y también, cuando involucra a militares o policías. Tal vez, más allá de la incierta posibilidad de lograr determinar sus aspectos técnicos, por la sospecha que los platos voladores podrían tener algo que ver con la seguridad. Vale decir, una amenaza para la humanidad, sea de naturaleza cósmica o humana (producto o secuela de la liberación de la energía atómica, nuevas armas secretas, etc.).
Caso 15.
Finalizando el mes, el lunes 28 a las 08:45 horas, estos fenómenos reaparecen en San Martín (Mendoza). Es un disco muy brillante – aseguran –, que marcha a unos cien kilómetros por hora (Caras y Caretas, [12]/1947).La actividad platillista iría a reducirse, aunque temporalmente, casi tan de súbito cómo se inició. Las estadísticas señalan que el 87,5% de las denuncias registradas se concentra en el mes de julio, en un lapso de apenas 17 días.
Caso 16.
Recién el martes 5 de agosto reaparecen en Río Cuarto (Córdoba): "La fiebre de los platillos volantes invade también nuestra ciudad – dice El Pueblo, del 06/08 –, ya que ayer tarde se vio en el cielo un objeto redondo a mucha altura, que brillaba y se dirigió hacia el oeste. Numerosos paseantes indicaron a esta redacción que el objeto no emitió ruido; por lo que descartaron se tratara de un avión bombardero".Transcurren algunos meses cuando se produce el último informe.
Caso 17.
El 22 de octubre de 1947, en la ciudad de Buenos Aires, los maestros y alumnos de la escuela fiscal Nº 27 ubicada en Caracas y Álvarez Jonte, en el barrio La Paternal, mientras izaban la bandera, ven durante varios minutos y a gran altura una forma esférica y plana que vuela velozmente rumbo al sudoeste (Caras y Caretas, [12]/1947; Hogar, 19/11/48).Los platos que no volaron
Al igual que en otros países, aparecieron inventores de platos voladores. Uno de ellos fue Juan Baustista Leone, de la Escuela Nacional de Bellas Artes, quien estando en Mendoza en la Universidad de Cuyo allá por 1940, construyó un plato volador. Según Leone, en esa época ideó un artefacto de elevación a hélice, de veinte centímetros de diámetro que perfeccionó luego, impulsado mediante un cohete que no llegó a despegar de su mesa de trabajo. El autor no quería dar a sus inventos una utilización explosiva, sino abrir nuevos rumbos a la aviación. Este aparato lo presentó en 1944 al Arsenal de Guerra. Buscando nuevas orientaciones, se acercó a un ingeniero industrial, el que tras maravillarse con la idea, consideró que su interés se veía disminuido por la existencia de las famosas V-2, con las que Alemania soñó dominar el mundo (La Razón, 24/07).
"El disco volador es una realidad argentina desde 1941", dice Julio F. Ruiz, mecánico de la Dirección de Correos y Telecomunicaciones. El giro-plano, tal su denominación, consiste en un disco con las propiedades del aeroplano, con propulsión a motor, ascensión vertical y horizontal, timón de elevación y profundidad en el alerón-disco rotativo, asignándole mayor velocidad que los aviones convencionales. También él entregó su invento a las autoridades militares, para fines pacíficos, sin que mostraran interés alguno (Noticias Gráficas, 13/08).
Tanto Leone como Ruiz descartan que los platos voladores vistos en los cielos del mundo sean los que ellos han ideado. No obstante, lo que está fuera de dudas es que la búsqueda de la forma de plato o disco para las aeronaves se hallaba en su apogeo. Momentos en que se popularizan los famosos "platos voladores" como una expresión de la nueva tecnología.
Las hipótesis en los años cuarenta
En la agitada búsqueda por hallar una explicación de los fenómenos – se dijo – han sido delineadas hipótesis que, a las horas, son destruidas por otras.
Sin embargo, la historia de los platos voladores tiene, en rigor, un origen militar y dataría de 1944, cuando la Real Fuerza Aérea británica creyó hallarse en presencia de una avanzada arma secreta: los foofighters, término utilizado por los pilotos anglosajones para referirse a unas pequeñas y extrañas esferas luminosas que solían acompañar a sus aviones en vuelo.
Aún así, a mediados de 1943, cuando numerosos vecinos de Río Cuarto notaron la presencia en el cielo de un curioso objeto redondo de color aluminio que se desplazaba de sur a norte, a regular velocidad, algunos de ellos pensaron que se trataría de armas secretas provenientes de los países del Eje, probándose en latitudes argentinas (M. Bracamonte, cit. El Pueblo, [07]/43).
Hacia finales de 1944 Londres empezó a ser azotada desde Normandía por los temibles V-1 y V-2 (unos cohetes con una gran carga de dinamita). Su impredecible y certera destrucción agudizó la atención de los países aliados. Todas las presunciones no resultaron azarosas, teniendo en cuenta el pronunciado desarrollo aerospacial que podría definir la guerra, en particular, durante los últimos años. Pero al tiempo en que se acallaron las últimas baterías y aquellos sucesos dejaron de ser un secreto militar, no se halló ninguna evidencia que corroborara la presunción generalizada acerca de los foofighters. Recién entonces, comenzó a trascender en los niveles populares, y de ahí – tibiamente –, a las esferas científicas, menos herméticas pero algo reservadas por la prudencia que las caracteriza.
El fenómeno visto por K. Arnold en 1947 encuadraba perfectamente con las ideas preponderantes. El mismo pensó en ese momento que podría tratarse de una nueva avanzada de aviones. Quizás, un arma bélica propulsada con energía atómica. Las sospechas recaían sobre el ejército y la marina norteamericana. Pero muy pronto se extendieron a los soviéticos, e incluso a los ingleses y alemanes. Una humanidad saliendo de una guerra, y un pueblo empezando a vivir la paranoia de la invasión comunista y la más fría de todas sus guerras, no miraría con indiferencia cómo presuntas aeronaves surcaban los cielos.
Tal vez por el miedo a una agresión de una potencia extranjera, lo cierto es que la aviación norteamericana reconsideró varias veces sus puntos de vista sobre los extraños objetos volantes y fueron quizá los únicos en tomar el asunto seriamente. Preocupados por las armas secretas de alguna potencia agresora, no sería raro que hayan pensado que los "platos voladores" pudieren ser una amenaza. De hecho, siguieron con legítimo interés – a través de proyectos secretos – el posible desarrollo de la actividad atómica en la Unión Soviética.
En los Estados Unidos, fuente primordial de las noticias sobre platos voladores, el tema fue tomado dramáticamente en serio. El creciente estado de angustia queda reflejado en numerosas crónicas y comentarios que se transmiten a todo el mundo por las agencias periodísticas.
En cambio, en la Argentina, lejos del flagrar de la guerra, el asunto fue tratado en general con ligereza y la broma apagó toda reflexión. Los platillos, por entonces, no fueron más que una curiosa novedad que concitaba la atención y disponía a observar el cielo en espera que se repitieran esas maravillas. La frase intencionada, el apodo gracioso, opacaron de algún modo el fenómeno.
Transcurridos los días, los ocultistas y metapsíquicos en tono profético, y los periodistas un poco en tono de broma, echaron a rodar que podían ser vehículos de procedencia extraterrestre.
"¿Llamados de otros mundos?", titula en forma interrogativa un artículo de Clarín, el 13/07. Más que nunca, los novelistas reencausaron a sus lectores en las asombrosas aventuras y viajes fuera de la Tierra, en platillos voladores. Y la idea prendió en el público.
En los albores de la fraternidad universal
Empieza a configurarse una suerte de conciencia astronáutica expectante sobre presuntos artefactos extraterrestres, basada más en el saber popular que en la escasa información propiciada desde los centros científicos, aún más por la cautela de una época a la defensiva, de silencios y temores mutuos, de armas secretas y de servicios de inteligencia. Se sabe poco sobre los platos voladores, aunque todo el mundo sepa – cualquiera fuere su origen – que están ahí.
Quizás éste sea un motivo por el que mucho se ha escrito, mucho se haya hablado y más todavía lo que se ha exagerado e inventado en torno a ellos.
Los habitantes de otros planetas – aseguran – nos envían mensajes buscando contacto con nosotros. El motivo resultaría el mismo para quienes están convencidos que "los discos o platos voladores son, en realidad, entidades astrales que se han mostrado en determinados momentos y en diversos lugares del mundo a personas que han actuado en ese instante como médiums espontáneos", como afirma un espiritista que utilizaba el seudónimo hindú Prana Maya.
"Es fácil suponer – continúa – que se trata de un serio llamado de atención a la humanidad en instantes que se apresta a emprender la guerra atómica que arrasaría la Tierra (...); se trata de un llamado a la cordura: de un mensaje a la razón (sic). Los platos voladores han escrito en el cielo de nuestro planeta el anhelo divino en esta hora crucial del mundo, sintetizado en una sola, expresiva, angustiosa y honradamente determinativa palabra: ¡Paz!" (Noticias Gráficas, 12/08).
Y el llamado fue escuchado, finalmente, por la prole de "contactados" que presintieron la proximidad de una catástrofe final, asegurando recibir el mensaje de los nuevos enviados, los míticos seres de la luz.
Un ejemplo lo ofrece el apodado sensitivo Alejandro Kon, quien dice haber comenzado en 1947 a recibir revelaciones telepáticas de un "maestro de la sabiduría cósmica" procedente del mundo superior espiritual, en torno a los platos voladores y al futuro de la humanidad. Dispuesto a cumplir con su misión, cuatro lustros después vaticinó: "Los tiempos son llegados. Los aparatos vendrán y se manifestarán en numerosas apariciones para revelar el Gran Secreto de los tiempos". Estos objetos que, a decir de Kon, se encuentran en manos generosas "quieren evitar la destrucción de nuestra humanidad, bloquear los elementos bélicos, así como también neutralizar los explosivos nucleares..." (del libro de A. Kon: La verdad revelada..., ps. 19/27).
Algunos años después, mensajes de un modo u otro parecido son atribuidos a la denominada hermandad cósmica y propagados por Agapito Millán, de la Asociación Universal Metapsíquica, y su séquito de clarividentes y espiritistas.
Pero ya en 1947 se publican los comentarios de Mr. Harris Haywater, perteneciente a The Unknown’s School (Escuela de lo Desconocido, o incógnito), de California, quien afirma tener "informaciones fidedignas de varios hermanos" que aseguran haber visto con toda claridad los platos voladores y que "serían mensajeros de otros mundos que se materializan para prevenir al mundo del gran peligro". Para William Burgmeister, de Oklahoma, los platillos nos advierten de una guerra que se aproxima. "Creo que son mensajes provenientes de Saturno – asegura –, (cuyos seres) están angustiados por nuestra suerte" (Crítica, 12/07). La semilla del mesianismo platillista, o hermanitos del espacio es arrojada.
Para otros, los platillos vistos surcar el cielo del mundo no son espíritus materializados que desean advertir a la humanidad doliente de un grave peligro. Tampoco naves aéreas, ni una nueva arma bélica destinada a superar los instrumentos de destrucción ya existentes, sino parte de una campaña del gobierno norteamericano en materia armamentista.
No sería casual que en 1950 se haya conocido la opinión favorable del mayor I.M. Donald Keyhoe, quien se convertiría en una de las figuras más encumbradas del movimiento pro – platillista, al afirmar públicamente que "los platos voladores son naves interplanetarias y proceden de otros mundos". Los etistas se vieron fervorosamente alentados en sus propósitos por esas declaraciones, que fueron seguidas por otras, en letra más pequeña: "Ante la presión pública el Congreso indudablemente autorizaría enormes partidas para investigaciones respecto a viajes interplanetarios, haciendo énfasis en armas especiales contra un posible ataque de los platos voladores" (del libro de D. Keyhoe: Platos voladores de otros mundos, p. 140/147).
Por añadidura, la observación de extraños fenómenos y las subsecuentes lucubraciones sobre visitantes extraterrestres que se les atribuyen, servirían para distraer o encubrir accidentes y pruebas de índole militar.
Globos y bólidos del espacio sideral
Sin embargo, los científicos suelen ver el problema desde otra perspectiva y rara vez son consultados. Una excepción es la opinión del Dr. Enrique Gaviola, director del Observatorio Astronómico de Córdoba, para quien "los platos voladores son simplemente globos sondas, de los que se usan en meteorología..." (Crítica, 12/07).
La mayoría de los científicos sociales se inclina a pensar que en el fondo de la cuestión nos hallamos ante un fenómeno de sugestión, individual o colectiva. El tema despierta curiosidad, atención, interés y el deseo de ver aquello que se dice que es. Lo extraño se convierte en la realización del deseo.
Mientras se tejen infinidad de hipótesis, el columnista Ladislao Szabo del semanario ¡Aquí Está! (28/07) sostiene didácticamente que "los platos voladores son viejos conocidos" – según reza su título –, proponiendo entre la diversidad de conjeturas y con cierta verosimilitud, que los relatos sobre apariciones de platos voladores ofrecen una notable semejanza hasta en sus menores detalles con la descripción de los bólidos, meteoritos y aerolitos provenientes del espacio sideral. Los mismos que en la antigüedad han dado lugar a leyendas y supersticiones, siendo un signo profético y objeto de veneración.
Para dirigirse al autor de este artículo puede hacerlo por correspondencia a:
Dr. Roberto E. Banchs
Casilla de Correos 9 – suc. 26
(C.P. 1426)
Buenos Aires – Argentina
Artículo originalmente publicado en El Dragón invisible
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