Por más de 3270 años su cuerpo había quedado oculto a los ojos del
mundo. A la codicia y la maldad de la raza humana. Al igual que sus
antecesores, Tutankamón había sido enterrado en el Valle denominado de
los Reyes. Todos aquellos que reinaron sobre la misteriosa raza
descansaban allí en uno u otro lugar. Por siglos el Valle de los Reyes
había sido saqueado por todo tipo de maleantes, aventureros,
conquistadores y, finalmente; los arqueólogos que deseaban los ocultos
tesoros del lugar.El
valle fue saqueado de una forma tal que sus paredes graníticas parecían
un paisaje escapado de la Luna. Se llegó al convencimiento de que todos
los Faraones habían rendido sus secretos a la Humanidad en una u otra
forma. Pero aún quedaba una... Tutankamón.
Muerto
en plena adolescencia en el año 1340 antes de Cristo, nadie sabía con
exactitud en donde se hallaba su tumba. Howard Carter se encontraba
trabajando para el gobierno de Egipto como Inspector General del
Departamento de Antigüedades. Había dedicado casi la totalidad de su
vida científica a la tarea que le llevaba de la mano. El descubrimiento y
conservación de los tesoros escondidos en las tumbas reales. Uno tras
otro los arqueólogos que buscaban la tumba de Tutankamón se dieron por
vencidos. Liquidaban sus expediciones y volvían a sus tierras y a sus
Universidades contando lo que podía haber sido.
Solo
uno permaneció expectante. Howard Carter estaba decidido a develar el
misterio del Faraón adolescente. Desde 1917 se dedicó a excavar en los
restos de los otros arqueólogos. No teniendo el capital suficiente,
muchas veces él mismo tenía que emprender la tarea con algún
estudiante, discípulo u obrero mal pagado. Excavaba en los
sitios en que se había excavado con anterioridad por dos motivos.
Primeramente porque de esta forma se ahorraba en mano de obra y por otra
porque ya había camino adelantado en las excavaciones abandonadas. Era un
juego rutinario pero que podía rendir frutos. La principal ventaja de
Carter era su profesión.
Residiendo en Egipto, trabajando para el gobierno tenía todo el tiempo
del mundo para finalizar su tarea (si lograba el éxito). Los informes
mostraban que, efectivamente; la tumba de Tutankamón no se había
encontrado aún. Que estaba allí desafiando todos los esfuerzos para dar
con su paradero. Por lo tanto Carter se dedicó a esta tumba
especialmente.
Y
por fin, el 26 Noviembre de 1922 sus esfuerzos de varios años dieron el
resultado apetecido. La entrada a la tumba fue descubierta. Dieciséis
escalones que conducían hacia las profundidades (esto dio pié a la
teoría de que Tutankamón solo tenía 19 años al morir.) Tras bajar los
escalones Carter se encontró en una antecámara. Tras de él se
encontraba Lord Carnavon, arqueólogo aficionado y el hombre que había
suministrado el dinero para la tediosa y costosa operación de rescate,
Carter se inclinó ante la puerta de granito. Una puerta maciza grabada
con todo tipo de signos jeroglíficos. Bajo la puerta había una especie
de rajadura por la cual podía verse hacia adentro. Carter se inclinó con
su linterna y la enfocó hacia la Tumba Real.
Por varios minutos permaneció inmóvil viendo lo que acabamos de
describir. Los tesoros incontables que brillaban en la oscuridad y que
adquirían dimensiones propias al ser violados por la luz eléctrica...
casi 3500 años después de su desaparición.
-Bueno...
¿ves algo? -exclamó Lord Carnavon en el colmo del nerviosismo. Carter
movió la cabeza afirmativamente.
-Veo
cosas maravillosas... -susurró emocionado.
Los
tesoros que yacían en aquella tumba, como diría Carter más adelante
"estaban fuera del ámbito terrestre, sencillamente no tenían precio
para ser evaluados." No andaba lejos de la verdad. Piedras preciosas
en montones. Muebles de oro sólido, vasos de exquisita configuración,
mantos reales conservados en perfecto estado, y finalmente un trono real
de oro que por sí solo valía el rescate de un Emperador.
Todo esto sin contar infinidad de pequeños objetos, cada uno de los
cuales hubiese hecho las delicias de cualquier museo en el mundo a un
precio de millones. Todo junto, lo contenido en las cuatro cámaras
encontradas fue descrito por el arqueólogo americano James Breadstad como
"Los inmensos e incalculables tesoros de un niño que dominó el
mundo mucho antes de que se conociera Creta, antes de que Grecia fuera
concebida o Roma creada... y cuando aún más de la mitad de la historia
de la civilización estaba por escribirse".
Y
sin embargo, el momento más emocionante y remunerador tendría que venir
dos años después, el 3 de debrero de 1924, cuando Carter y su cuadrilla
finalmente abrieron la puerta en la última cámara, la dedicada a tumba
del Faraón especialmente. Un grito de admiración escapó de la garganta
en los pocos presentes. Estaban ante un masivo ataúd de granito de más
de nueve pies de largo. Dentro del ataúd había otros tres más pequeños
que a su vez se fijaban uno en el otro con pasmosa precisión.
Los dos exteriores hechos de madera con incrustaciones de oro y piedras
preciosas en la parte interna. Y el tercero y último conteniendo los
restos del faraón adolescente hecho de oro sólido. Allí estaba el
cuerpo momificado del faraón Tutankamón. Su rostro cubierto con una
máscara que semejaba sus facciones aniñadas y también de sólido oro.
Carter
y sus obreros no constituían los primeros violadores de la tumba. A las
claras se veía que, ladrones del Valle de los Reyes habían penetrado en
ella. Aún cuando ninguno de ellos se atrevió a tocar el ataúd real. Los
sellos en las puertas habían sido rotos y arreglados nuevamente por los
guardianes. Tutankamón fue violado en su descanso eterno por Carter.
Estos históricos y maravillosos descubrimientos atrajeron la atención
internacional en el acto. Cientos y miles de turistas llegaron al Valle de
los Reyes desde todos los ámbitos del mundo. Caminaban por el polvo del
desierto excavando, pateando y apartando cuanta piedra había en su camino
con la esperanza de encontrar algún objeto precioso perdido.
Esto
hacía que Carter tuviera que mantener continua vigilancia 24 horas al
día sobre su descubrimiento. Pero aún más que los tesoros había algo
que atraía la morbosidad de la multitud.
Se corría entre los egipcios una leyenda. Se decía que todo aquel que
violara la tumba del faraón Tutankamón encontraría muerte por su
profanación. Una maldición ancestral, mística y horrenda que escapaba
desde las gélidas paredes de la tumba subterránea y que detenía a todo
aquel que se acercara a ella con la excepción de Carter y su equipo.
La
maldición comenzó a confirmarse. Lo que comenzó como un simple
cuchicheo terminó por convertirse en trágica realidad, en apariencia. La
muerte de Lord Carnavon fue el gatillo que disparó la imaginación del
mundo entero. Murió el 5 de Abril de1923, apenas diez meses después de
haber penetrado en la Cámara Real.
George Edward Molyneus Herbert, más conocido como el quinto conde de
Carcarvon había tomado la egiptología y la arqueología con la misma
pasión que otros millonarios y miembros de la nobleza toman los deportes
o la sociedad. Mientras que se encontraba en los días del sensacional
descubrimiento fue picado por un mosquito en la mejilla izquierda. No le
prestó la menor atención a la picada de mosquito, un incidente que
ocurría día a día y a millares de turistas y locales. Una semana
después, mientras que se afeitaba se cortó encima de la picada anterior.
De
repente, un par de días más tarde comenzó a sentirse mal de salud. Y se
agravó tanto que tuvo que ser trasladado al Cairo con urgencia. El 17 de
marzo se conoció que una grave infección le había atacado la garganta,
el oído interno y el pulmón derecho. Los doctores en El Cairo le dieron
diversas inyecciones de suero que, aparentemente detuvieron el curso de la
enfermedad.
Sin embargo el 27 de marzo un ataque fulminante de neumonía se extendió
por ambos pulmones. Tras sufrir una terrible agonía plagada de dolores
horrendos y deformaciones física, incluida la caída de todos los
dientes, para el 4 de abril estaba muerto. Un continuado ataque de tos
hizo que su corazón fallara a las dos de la madrugada.En
ese mismo instante, Suan, su perra fox-terrier, comenzó a aullar en
Inglaterra muriendo en brazos del mayordomo. La familia Carnavon, reunida
en el hotel Continental Savoy en El cairo recibió la noticia por la
enfermera que lo había cuidado. Nada más terminar la frase todo quedó a
oscuras; un fallo en el suministro de energía dejó sin luz a toda la
capital egipcia.
Inmediatamente
y posterior a su muerte los rumores sobre la "maldición" se
hicieron voces públicas que los periódicos y medios informativos tomaron
de su buena cuenta. ¿Por qué? Se preguntaban ¿Un hombre con apenas 57
años, saludable y sin enfermedades anteriores había de sucumbir ante la
picada de un mosquito? A estas alturas surge un egiptólogo que afirmaba
haber "descifrado la inscripción que había sobre la entrada en la
tumba" Según el Egiptólogo esta inscripción decía: "La
muerte vendrá con alas ligeras sobre todo aquel que se atreva a violar
esta tumba" Lo cierto es que la famosa inscripción jamás pudo ser
encontrada nuevamente ya que los trabajadores de Carter destruyeron la
pared que la tenía escrita.
Los
faraones tenían una especie de miedo masivo y patológico a la violación
de sus tumbas. La muerte en el Egipto antiguo no era símbolo de miedo o
terror. Morir era liberarse y emprender el viaje al País del Infinito.
Sin embargo, para que este viaje estuviera garantizado era necesario
preparar a los cadáveres mediante la momificación y después ocultarlos
para siempre mediante tumbas inviolables. El fracaso de estas medidas
hacía que el alma del egipcio vagara eternamente sin encontrar reposo.
Aquellos ricos que se podían permitir el lujo de cámaras secretas y
subterráneas se tomaban gran parte de su fortuna para garantizar la
inviolabilidad de su muerte. Por ejemplo, se hacían innumerables
pasadizos secundarios que no conducían a ninguna parte y que despistaban
a los violadores. En el caso de los faraones, las precauciones alcanzaban
características casi sobrehumanas.
Lord
Carnavon tenía un medio hermano, Audrey Herbert, que lleno de entusiasmo
por el descubrimiento de su pariente y Carter se trasladó a Egipto a fin
de estar presente cuando encontraran la Cripta Final. A su regreso a
Londres, sin causa prevista o lógica cayó muerto en el piso de su
dormitorio mientras se preparaba para tomar un baño. Carter eliminaba lo
sucedido con comentarios tales como "se trata de teorías sin
sentido... tonterías" Pero sus allegados decían que estaba
sumamente alterado por estas muertes. Especialmente cuando su más cercano
ayudante Arthur Mace siguió la misma suerte de los Carnavon.
Mace fue el hombre que, con una barra de hierro rompió los últimos
pedazos del sello que separaba al mundo exterior de la Cámara Real. Poco
después moría de forma fulminante en el hotel que ocupaba Lord Carnavón
en el Cairo. Los médicos se encontraron imposibilitados de dar una
explicación científica a su repentina muerte. Pero aquí no se detenía
la aparente maldición.
Sir
Douglas Reíd, el radilogista que había trabajado bajo las órdenes de
Carter sacando radiografías de la momia en la tumba seguía el mismo
camino. Repentinamente enfermó de cansancio y agotamiento, tuvo que
regresar a Suiza, su país natal. Allí fallecía dos meses después sin
causa conocida. Seguían las muertes violentas.
La secretaria de Carter, Bethel, moría de un ataque al corazón. Cuando
su padre se enteró de la noticia (también había estado en la Tumba)
falleció al lanzarse de un séptimo piso. Un profesor canadiense, amigo
de Carter recorrió la tumba pocos después del hallazgo, sólo para
regresar al hotel en el Cairo y morir víctima de un ataque cerebral.
El
pánico corría como las olas de viento polvoroso en el desierto. De
innumerables fuentes llegaban noticias de que los trabajadores que
participaran en la excavación también morían por igual¿Sería cierto
todo aquello? Pero aún faltaba lo principal, lo horrendo.
La momia de Tutankamón fue lleva da a la Universidad del Cairo en
Noviembre 11 de 1925. Se trataba de hacerle la autopsia bajo el escalpelo
profesional del doctor Douglas Derry, una autoridad en la materia. Derry,
en un silencio de muerte tomó el escalpelo y realizó una incisión
directa en los vendajes exteriores de la momia. Los vendajes cayeron a
ambos lados mostrando 143 pequeñísimos bolsillos. Cada uno de ellos
guardando una piedra preciosa. Alrededor de su cuello estaba el
"collar de la protección" según la religión egipcia y
confeccionado en hierro.
Los brazos estaban cubiertos con magníficos brazaletes. Siete en el
derecho y seis en el izquierdo. Cada dedo de sus manos tenía un anillo de
oro macizo. El abdomen estaba cubierto con capas de misteriosos objetos
también de oro macizo. Todos ellos en forma de T. La cabeza estaba
cubierta con una magnífica diadema de oro y separándola del afeitado
cráneo (según la moda egipcia) había una malla de finísimo oro batido.
Por fin todos los adminículos y ornamentos fueron separados. Los
presentes dieron un suspiro de asombro.
Las
facciones del Faraón Niño aparecían serenas. Casi vivas. Perfectamente
conservadas. En la mejilla izquierda, casi bajo el lóbulo de la oreja
tenía una depresión en el hueso. Se especuló que quizás de aquello
había muerto el faraón. Una fractura en el hueso y un derrame cerebral.
Sin embargo jamás se encontraron pruebas para garantizar esta teoría
como válida.
La voz del pueblo se entera de todo. De algún lugar surgió el rumor de
que "el Faraón tenía una marca en el mismo lugar en que Lord
Carnavón fue picado por el mosquito" Y esto era cierto. De allí en
adelante se esperó la muerte de los asistentes a la autopsia de un
momento al otro. La prensa se cebaba en ellos. Las personas en la calle
los consideraban como "muertos en vida." Incluso científicos
amigos se alejaban de sus alrededores.
Lo
cierto es que uno de ellos, que ayudó al doctor Derry en la autopsia
murió poco después de un ataque al corazón. Sin embargo, el principal
ejecutor de la autopsia, el mismo Derry sobrevivió hasta pasados los
ochenta años. La teoría de la maldición tenía sus pros y sus contras.
El mismo Carter sobrevivió su descubrimiento hasta los 67 años y murió
de aparentes causas naturales.
Sin embargo había algo que llamaba la atención. Los dos asistentes
principales. Los dos "secundarios" en los momentos cruciales de
la profanación habían muerto. Uno de ellos el Lord Carnavon. El otro fue
el radiologista Carlyle ayudante del doctor Derry ¿Coincidencia? Los que
se dedicaron a explotar la leyenda sensacionalista de la
"maldición" ampliaron sus explicaciones.
Según
ellos, Lord Carnavon representaba la fuerza monetaria que había hecho
posible las excavaciones. Sobre él debía caer la maldición y no sobre
Carter que era un simple egiptólogo pagado por el Gobierno.
En el caso de Carlyle se llegó a la conclusión de que, tras de la
incisión primaria efectuada por el doctor Derry, el resto de la
operación fue realizado por su ayudante. En otras palabras, fue la mano
ejecutora. Esta explicación tiene lógica. En este caso la maldición
faraónica hubiese alcanzado al instigador y al profanador.
Los médicos en la actualidad tienden a explicar la muerte de Lord
Carnavon y la de varios miembros de la expedición mediante los últimos
descubrimientos. Con toda seguridad (según ellos) Lord Carnavón fue
infectado por la picada del mosquito. Esto trajo como consecuencia que, en
ausencia de los antibióticos que aún se desconocían, la muerte fue
inevitable.
Para
1935 la cifra total de muertos relacionados con Tutankamón sumaba
veintiuno y varios recopiladores de sucesos la elevaron hasta treinta. Lo
cierto, es que hasta para el más escéptico la lista más pequeña
resulta impresionante. A esto se debe añadir los sucesos posteriores
ocurridos en la década de los años sesenta, consiguiendo que la
maldición de Tutankamón volviera a ser titular en los periódicos.Mohammed
Ibrahim, en esa época director egipcio de antigüedades, intentó
impedir que varias reliquias halladas en la tumba fueran a a París.
Había sufrido una serie de pesadillas que anunciaban su muerte si las
dejaba salir de Egipto. El gobierno le obligó a aprobar el traslado y ese
mismo día murió atropellado. El doctor Ezze-din Taha, de la Universidad
de El Cairo, descubrió que varios arqueólogos y personas que trabajaban
con restos antiguos solían padecer infecciones en la vías respiratorias
debidas a la existencia de diversos hongos. En 1962 expuso que la famosa
maldición podría tener origen en estos peligrosos hongos. Al salir de la
conferencia tomó su coche. En la larga carretera de El Cairo a Suez
chocó frontalmente contra otro coche. La autopsia demostró que su muerte
se debió a un fallo cardiaco ocurrido pocos segundos antes del accidente.
Durante
la década siguiente la maldición continuó. En 1972 el
nuevo director del Departamento de Antigüedades egipcio, Gamal ed-Din
Mehrez, sucesor de Ibrahim, afirmó a Philipp Vandenberg que no creía en
la maldición: "Fíjese en mí, toda la vida he estado trabajando con
tumbas y momias. Seguramente soy la mejor prueba de que todo son
coincidencias" Gamal murió la noche siguiente a la supervisión del
empaquetado de los objetos destinados a la exposición que se iba a
celebrar en Londres.Los
miembros de la tripulación del avión que efectuó el traslado a la
capital británica se vieron también alcanzados por la maldición. El
teniente Rick Laurie murió en 1976 de un infarto. Su esposa se volvió
loca y contaba a todo el mundo que su marido murió por culpa de la
maldición. El ingeniero de vuelo Ken Parkinson sufrió seis infartos y
murió en 1978. El oficial Ian Lansdown confesó haberse burlado de la
maldición dando una patada al cofre que transportaba la mascara. Se
fracturó esa misma pierna al romperse una escalera de hierro y su
curación se complicó hasta que pasados seis meses pudo volver a andar.
La casa del teniente Jim Webb se incendió mientras pilotaba el avión
hacia Londres. Y Brian Rounsfall que se burló junto con Ian de la
maldición dedicándose a jugar a las cartas sobre la caja que contenía
el sarcófago sufrió dos infartos el año siguiente.
La
lista continuó de nuevo en los años ochenta destacando la filmación de
la película La maldición del rey Tut en donde se usaron objetos
pertenecientes a Tutankamón. El protagonista, Ian McShane, cayó con su
coche por un acantilado el primer día de grabación rompiéndose la
pierna por diez sitios.
Parece
ser que la maldición lleva años inactiva. Quizás sea auténtica,
quizás sólo sean coincidencias sorprendentes, pero ahí está en pié
desafiando a cualquier explicación. ¿Es cierta la leyenda del faraón
Tutankamón? Sólo la máscara inmutable de su rostro guarda la solución.
¿Quieres
ver con tus propios ojos lo que vieron Carter y Carnavon?
Pincha en las fotos
Haz
el recorrido de la maldición con las propias fotos de la famosa
expedición
Howard Carter
Lord Carnavon
Entrada al
Valle de los Reyes
Entrada al
Valle de los Reyes
Sello que cerraba la tumba de
Tutankamón con símbolos mágicos
Los descubridores ante la puerta de la
tumba
Primera vista de una parte del tesoro
La estatua de Anubis
Se descubren
nuevos tesoros
Los tesoros superan a todo lo esperado
Estatuillas
Rostro del faraón niño
Deposito de los órganos internos del
faraón
Trono de oro macizo
Respaldo de oro comparado con una foto
moderna
Estatua de Anubis limpia
El faraón y la pantera
Carter y Carnavon salen de la tumba tras
el trabajo