|
|
||
|
VISITA A NUESTROS PATROCINADORES |
FANTASMAS
DE ANIMALES
Javier
Lafuente
Los
fantasmas no siempre adoptan forma humana: a menudo aparecen como animales
Casi
todas las regiones del Reino Unido poseen su propio y legendario perro negro,
un presagio de la muerte dotado de ojos llameantes y de dientes amenazadores.
Los galeses le llaman Gwyllgi, en la isla de Man se le conoce como Manthe; en
Yorkshire le dicen Padfoot V se afirma que es tan grande como un asno, mientras
que en Lancashire le llaman Trash o Shriker, el «negro perro de la muerte».
En las islas Hébridas, el perro es blanco y se le conoce como Lamper; el West
Country británico posee toda una manada de fantasmagóricos perros negros.
Pero
el más terrorífico de todos quizá sea el sabueso tuerto que ronda por Anqlia
Oriental, al que se llama Vaina Negra. Se dice que la temible bestia vaga durante
las noches oscuras por los pantanos y marismas de la llanura, acechando para
matar de miedo a los viajeros solitarios. Es mucha la gente que jura haber oído
en noches de tormenta los aullidos de Vaina Neqra, que hielan la sangre.
Es
posible que fuera Vaina Negra quien aterrorizó a un joven aviador norteamericano
y a su mujer en los primeros años de la última Guerra Mundial. La pareja vivía
en una cabaña, edificada en un sitio allto, al borde del Pantano Walberswick,
en Suffolk. Una tarde de tormenta, la pareja oyó que alguien qolpeaba la puerta
de entrada. Al mirar por la ventana, el aviador vio que una enorme bestia neqra
arremetía, llena de furia, contra el refuqio. El joven matrimonio acumuló contra
la puerta los muebles más pesados y se acurrucó, aterrorizado, en un rincón.
La bestia golpeaba cada vez contra uno de los muros en un ataque continuado
y feroz; luego saltó sobre el techo, tratando de penetrar en la cabaña. Después
de algunas horas, el ataque disminuyó de intensidad y finalmente cesó por completo,
pero la pareja no pudo dormir en toda la noche.
Con
la primera luz del día, se aventuraron con cautela fuera de la vivienda para
ver qué daños había causado el furioso animal. Pero no quedaba señal alguna
del ataque ni en el barro aparecían huellas de patas o garras. Un perro de características
similares -el Manthe o Moodv Man- acostumbraba rondar el castillo de Peel, en
la isla de Man; los soldados de guardia se negaban a patrullar solos por las
murallas. Por fanfarronear, uno de los centinelas se aventuró a patrullar en
solitario: fue encontrado al día siguiente hablando incoherencias como un loco
y mudó tres días más tarde.
En
febrero de 1855, la población de Devon quedó desconcertada al descubrir ciertas
huellas de animal en la nieve. Por la mañana temprano, los pobladores vieron
una larqa hilera de huellas que zigzagueaban, a lo larqo de unos ciento sesenta
kilómetros y a través de cinco parroquias. Las huellas aparecían qrabadas sobre
tejados y alminares y sobre las paredes; entraban y salían de los establos y
graneros. La senda trazada por las huellas comenzaba en un jardín de Totnes
y terminaban en un prado de Littleham; los rastros fueron atribuidos a muchos
tipos diferentes de animales. Cuando se utilizaron perros para seguir las huellas
que se internaban en la densa maleza de Dawlish, los animales salieron dando
lúgubres aullidos.
Los
caballos, con o sin cabeza, aparecen en numerosos casos fantasmagóricos. En
1902, un inglés que estaba de caza en el Trasvaal, escribió desde Sudáfrica
al periodista británico W. T. Stead, un conocido «coleccionista de fantasmas»,
para narrarle un caso. Cierto día, el inglés cabalgaba de regreso a su campamento,
llevando en ancas de su caballo un hermoso ejemplar de avestruz. De pronto,
al pasar por un denso bosquecillo, percibió que había alguien tras él. Al volverse,
vio a un fantasmal jinete montado en un caballo blanco. El inglés se lanzó al
galope hacia el campamento, entablando así una reñida carrera con el sobrenatural
jinete. Esa misma noche, un viejo boer contó al inglés que otro de sus compatriotas
había matado a tiros a siete elefantes en el bosquecillo, pero cuando se internó
en él para recoger el marfil, desapareció para siempre. El caballo del cazador
había regresado al campamento sin su jinete y murió al día siguiente. El viejo
boer agregó: «Yo no iría a ese monte ni por todo el marfil del país» Un fantasmagórico
tigre blanco le costó muy caro a un superintendente del ferrocarril indio, en
los primeros años de este siglo. Charles Da Silva, su mujer y su hijo, Eric,
vivían en Seconee, India; un día, Da Silva se negó a prestar la ayuda que le
suplicaba un viejo cieqo y leproso, y observó cómo el indefenso anciano era
destrozado hasta la muerte por un tigre blanco. Antes de morir, el leproso maldijo
a Da Silva con esta frase: «Que también tú sufras mi destino.» Cuando el superintendente
de ferrocarriles confesó a uno de sus sirvientes lo que le había ocurrido, éste
le advirtió que tuviese mucho cuidado con la maldición del leproso ciego.
Un
año más tarde, Da Silva volvió a ver al tiqre blanco: estaba parado en medio
de la vía férrea. El hombre advirtió, con horror, que el animal se aprestaba
a saltar sobre su esposa y su hijo. Atinó a disparar su rifle en el mismo momento
en que el tigre espectral saltaba; entonces el animal desapareció.
Pero
ya era demasiado tarde: uno de los sirvientes de Da Silva Vacía en el suelo
muerto por el miedo. Y el hijo de Da Silva tenía, en una mejilla, un rasguño
Que un mes después lo llevó a la muerte.
¿Quieres
ver imágenes sobre este tema?: Fotos
de fantasmas de animales
|
Reservados todos los derechos. Prohibida la reproducción parcial o total.
Fotomontajes, textos e imágenes procedentes del archivo del Grupo Editorial
Bitácora, Publicaciones Electrónicas. Envíenos un e-mail y solicite
autorización. |