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El Regimiento 51 de Highlanders y la zona encantada
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Batalla de Azincourt |
Al
teniente John Scollay le costaba mucho perder el dominio de sus nervios, pero
en aquel momento el brigada estaba a punto de hacerle estallar. Atrapado en un
bosquecillo de las afueras de Dunkerque, Scollay se esforzaba por mantener
unidos sus efectivos, acosados por el fuego esporádico y eficaz de los
francotiradores alemanes. Demasiados escoceses habían caído entre la maleza
durante ese fatídico día de junio de 1940. Ahora, próxima ya la noche, las
absurdas palabras del suboficial colmaron su paciencia.
“¿Qué diablos
quiere usted decir con eso de
encantado? -espetó sarcástico.
¡Si este
bosque está encantado, será por los boches, amigo mío! ¡Y déjese ya de
tonterías! '"
No
obstante, el brigada siguió porfiando: "Este bosque está encantado, mi
teniente -susurró-. Los hombres y yo estamos seguros. ¡Por el amor de Dios, mi
teniente, no nos asustan los alemanes! Si es menester, avanzaremos o nos
abriremos camino por un flanco... ¡pero no podemos pasar otra noche en este
lugar!"
Pese a
lo absurdo de la argumentación, Scollay no podía desdeñarla por completo. Su
compañía llevaba cuarenta y ocho horas atrapada en la espesura. Los alemanes,
atrincherados en los campos circundantes, aguardaban la llegada de sus carros
de combate para acabar con el reducido grupo de escoceses. En los dos últimos
días, los bravos montañeses habían peleado con su acostumbrada bravura,
abatiendo enemigos con el fuego de las ametralladoras ligeras y descargando
sus fusiles contra cualquier sombra que se moviera. Sin embargo, estaban
perdiendo la moral... ¡algo insólito en el Regimiento 51 de Highlanders! ¿Y
todo por culpa de unos
espectros?
"Es algo
muy raro, mi teniente -explicó el brigada-, pero todos lo hemos notado. Es una
especie de fuerza que nos aplasta. Contra esto no se puede luchar, mi
teniente"
El
regimiento, y con él la compañía de Scollay, acabó por replegarse, uniéndose
al resto de las fuerzas expedicionarias británicas en su desastrosa retirada
de Dunkerque, En cuanto dejaron atrás el "bosque encantado", los hombres de
Scollay recobraron su combatividad, aunque poco podía hacerse contra los
carros y los bombarderos. Casi todos murieron o cayeron prisioneros en los
médanos de Dunkerque.
El
propio Scollay pasó toda la guerra en un campo alemán, donde tuvo tiempo de
sobra para meditar sobre las palabras pronunciadas por el brigada aquella
noche de junio. Finalizada la contienda, regresó al "bosque encantado". Su
investigación en una biblioteca de Dunkerque reveló un hecho significativo: en
el verano de 1415, meses antes de la batalla de Azincourt, franceses e
ingleses habían librado un combate en esa misma espesura.
¿
Regresaron los espíritus de los guerreros muertos entre aquellos matorrales,
para rondar a sus sucesores, quinientos años más tarde? ¿O acaso se cernía
sobre la comarca una atmósfera de muerte y desolación, percibida por los
escoceses a los dos días de su llegada? Aunque nadie había visto jamás un
espectro por esos parajes, tal vez la fuerza psíquica permaneció en estado
latente durante cinco siglos, para despertar con el estímulo de nuevas
violencias.
Scollay
ignora qué fuerza era ésa, pero no duda de su existencia: "Nadie podrá negar
el coraje de aquellos hombres, demostrado en diversas ocasiones. Pero algo les
asustó, y no fueron los fusiles alemanes."
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