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LAS ABEJAS ME LO HAN DICHO
La
fanática secta de los cátaros representó una fuerte conmoción
político-religiosa para Occidente. La base de su doctrina dualista venía
de Oriente, del Irán, en donde ya era conocida antes de la predicación de
Cristo.
También el espíritu ascético-místico de la India
parecía haber dejado su sedimento en los «puros» ; es como si en la doctrina y
en las obras de los fanatizados herejes se insinuase una vaga y tácita
conexión entre Buda y San Francisco.
El movimiento, que a menudo estallaba
espontáneo, se extendió con rapidez alarmante, haciendo vacilar los
fundamentos del orden y del Derecho en Europa. Comenzó como a continuación
diremos.
En la aldea Vertus de la Champagne, al sur del
Marne y de la ciudad fortificada de Epernay, se produjo en el año 1000 un
movimiento de exaltación religiosa que había de conmover el Occidente y
escindir la unidad de la cristiandad católica por espacio de otros mil años.
Nuevas ideas subversivas se habían corrido de
Oriente al Norte de Francia, pasando por el Sur, traídas por una expedición de
aventureros de las migraciones.
Antes habían cruzado Macedonia, Bulgaria,
Servia, Bosnia y Dalmacia, penetrando luego en Italia, y ahora se infiltraban
por los Alpes en el Norte.
Setenta y cinco años habían transcurrido desde
que en el 925 partiera esta invisible expedición de un inaccesible reducto
montañoso de Macedonia.
Entonces había pronunciado el sacerdote de la
aldea, Bogomil, un sermón, exponiendo a sus oyentes de la nobleza pobre, del
clero bajo y de los campesinos las más extrañas ideas:
"Satanás -les dijera- es un hermano de Cristo,
pues como él es hijo de Dios. El hijo de Dios Satanás ha perdido la gracia del
padre. El es quien creó este mundo. El Dios del Génesis y de las Tablas de la
Ley, que aparece en el Antiguo Testamento, no es otro que Satanás. Por eso el
mundo en que vivimos es un mundo perverso, satánico. Nuestro comportamiento
debiera ser el de quienes tratasen de esquivarlo por la penitencia y la
oración, haciendo vida pasiva, humilde. No debiéramos hacer vida sedentaria,
sino vivir errantes y mendigando el sustento. El fausto de la Iglesia, sus
Sacramentos, sus imágenes y sus rezos han de ser tenidos en nada. No es que
nosotros debamos combatirlos activamente, sino tan sólo rehuirlos y evitarlos.
Porque nosotros desdeñamos toda suerte de organización terrena, y no
reconocemos jerarquía alguna. Nuestro rito se reduce a nuestras preces y a una
vida de extrema pobreza"
Las peregrinas ideas fueron conocidas de mucha
gente que asistía a la predicación, pero que al punto las olvidaba o las
transmitía desfiguradas y adulteradas. Sin embargo, acabaron por caer en suelo
fértil al ser pronunciadas en la plaza de Vertus y acogidas como la versión
cosmopolita de un ilustrado mercader, conocedor de mucho mundo, que sabía
ofrecer sus mercancías bajo el señuelo de las noticias llamativas.
En las contiendas del Conde de Pfalz y del
Obispo de Chálons la aldea de Vertus fue puesta a fuego, violadas las mujeres,
robado el ganado y asolados los campos.
Los campesinos, que entretanto se habían puesto
a salvo buscando refugio en los bosques, retornaron a la aldea, reconstruyeron
las cabañas solamente la iglesia se había librado de la tea y se alimentaron
durante el largo invierno de hojas, de cortezas vegetales y de raíces. Para
colmo de males, una gran crecida del Mame había causado en el norte la
inundación de toda la Champagne, y una epidemia nunca vista caído sobre el
país como un despiadado azote postrero antes deque éste conociese la clemente
caricia de los primeros días tibios y apacibles de la primavera.
El pobre labriego Leuthard, que además de
oprimido había visto cómo se le llevaban a los hijos y le dejaban solo, tuvo
una inspiración o tal vez revelación en un pequeño predio que poseía al pie de
una colina boscosa.
Creyó el infeliz que las abejas que zumbaban en
torno a él, y de cuya virginal generación estaba bien persuadido, habían de
revelarle, como criaturas puras que eran, la pura verdad también y ponerle en
camino de iniciar una vida limpia, para que en adelante pudiese predicarla él,
después de haberla vivido.
Y Leuthard puso toda su atención en escuchar a
las aladas criaturas solícitas, hasta que de la iglesia cercana llegaron a sus
oídos las campanadas de las doce.
Entonces abandonó los aperos de la labranza y,
con los brazos abiertos y jadeando, se lanzó por la aldea, gritando a todos
los que hallaba a su paso:
"¡El Señor me lo ha dicho para que lo diga! ¡El
Señor me lo ha confiado!" .
La gente le siguió hasta la iglesia, sorprendida
de su inesperada actitud y de las extrañas manifestaciones que a gritos les
hacía.
"¡Las cruces son el símbolo de Satanás!
-clamaba-. ¡Echadlas al suelo!" Para dar ejemplo y estímulo, entró delante, se
dirigió al altar y arrebató el crucifijo, golpeándolo contra el suelo hasta
deshacerlo.
Pálido, descompuesto y con los brazos
extendidos, se dirigió ahora desde la iglesia a la casa rectoral, seguido de
los vecinos que le habían acompañado a la profanación de la cruz, "¿Quién te
ha mandado?", -le preguntó alguien.
"Las inmaculadas abejas -fue la respuesta de
Leuthard- Dios las ha mandado a mí para que viva la vida evangélica. ¡Abajo
los diezmos! ¡Es un pecado pagarles diezmos a los sacerdotes! ¡Un satánico
pecado!" El sacerdote le oyó perfectamente y pudo observar también el tumulto
del pueblo delante de su casa; pero no se aventuró a salir.
"Venid conmigo", mandó ahora Leuthard a los que
le escuchaban, y todos le siguieron hasta su propia casa.
"No quiere el Evangelio -proclamó al llegar a
ella- que haya mujer alguna en casa. ¡Vete! ordenó a su esposa-. Nuestro deber
sería el de vivir una vida pura como las abejas. ¡Vete! ¡Vete!" De esta manera
echó de casa a la esposa, que se dirigió llorando a la de sus padres en otra
aldea cercana.
Pero precisamente este valor de renunciar así a
la propia compañera le valió aquel día un respeto y admiración extraordinarios
de la gente, enterada de los hechos por los testigos presenciales de ellos.
Por de pronto, fueron muchos los que de la aldea propia siguieron al nuevo
profeta favorecido por la divina revelación merced a sus aficiones apícolas.
Luego se congregaron en Vertus, además, cientos de lugareños de las aldeas
circundantes y emprendieron una peregrinación al buen tuntún por los caminos
de los lugares más asequibles.
En los últimos meses precedentes habían sentido
como nunca el peso de su angustia inconsolable y se disponían a probarlo todo
por aliviar su situación. Porque ellos creían que ni la Iglesia les ofrecía ya
garantía alguna de salvación el día en que sonase la hora de rendir cuentas
definitivas en el Final Juicio, esperado para aquel mismo año. Ni los
Sacramentos, ni las indulgencias, ni las peregrinaciones bastaban a
tranquilizarles acerca del resultado de aquella última comparecencia ante el
tribunal del Valle de Josafat.
De ahí que en su desesperación se figurasen
haber encontrado un asidero en las revelaciones de Leuthard.
Mas la loca fantasía de Vertus tuvo un
inesperado fin prematuro, al ser conducido Leuthard ante el anciano obispo
Gebuino II de Chálons. Éste le trató con dulzura y paciencia en las preguntas
y exhortaciones que le hizo, después de haber tomado la precaución de que
muchos de los adeptos del nuevo profeta asistiesen a la entrevista. Pero ni a
las más simples preguntas recibió el buen pastor más que respuestas
insensatas.
Leuthard sólo supo "explicar" que el Evangelio
debía ser cumplido en sus preceptos y que las abejas le habían hecho saber que
había que destruir los crucifijos, echar de casa a las esposas y rehusar la
entrega de los diezmos a la Iglesia. El porqué de todo esto, era cosa que ya
no acertaba a decir. No había quien le sacase de la cantinela:
"Las abejas son puras; como ellas debemos ser
nosotros también puros".
El pobre visionario hubo de salir de la
residencia episcopal corrido, sin un solo adepto de tantos como ya le rodeaban
y con más prisa que nunca de regresar a Vertus, en donde se tiró a un pozo y
en él se ahogó.
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