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EL FASTUOSO VERSALLES


La vanidad de un monarca colocó a un país al borde de la bancarrota, al par que dio al mundo una de las más bellas locuras. El monarca fue Luis XIV de Francia. La locura, el palacio de Versalles.

El palacio, sede de la corte y del gobierno, comenzó como un sencillo refugio de caza adonde Luis XIII, padre de Luis XIV, gustaba retirarse a descansar. En 1627, Luis XIII construyó en Versalles un modesto palacete. Después de su muerte, su hijo decidió erigir en el lugar un monumento excelso, digno testimonio de su gloria de «Rey Sol».

Los trabajos comenzaron en 1661 y el echar los fundamentos del «primer palacio del orbe» fue una pesadilla para el arquitecto. Los cimientos se hundían en el suelo arenoso y los alrededores eran improductivos e inhóspitos.

Más de 30.000 obreros

Para Luis XIV, Versalles fue una obsesión. Durante 50 años dedicó el tiempo que las guerras le dejaban en vigilar personalmente la construcción del palacio y los jardines. No vacilaba ante el coste ni ante la aflicción general que en los trabajadores supuso el proyecto.

En todo momento había más de 30.000 obreros en Versalles, muchos de ellos sin recibir paga alguna o forzados al trabajo.

Las condiciones eran tan adversas que se producían epidemias en que morían centenares de personas. Los pantanos causaban fiebres mortales y los accidentes de trabajo estaban a la orden del día. El propio monarca, afectado por el espectro de la muerte, prohibió expresamente a sus cortesanos hablar del tema.

Lo mejor de lo mejor

Se derrochó inteligencia, tiempo y dinero, y aquella zona se convirtió en el taller de Francia. Se plantaron grandes bosques y se llevaron al lugar estatuas de bronce y de mármol que habían de embellecer la regularidad magnífica de los jardines.

De vez en cuando, Luis XIV hacía venir de París a Versalles a toda la corte para que admirase la marcha de la construcción. Los cortesanos solían dormir entre los muros inacabados o en cualquier otro lugar de la zona que ofreciera el menor acomodo.

Luis XIV recurrió a los mejores arquitectos de Francia

Le Vau comenzó mejorando las construcciones originales de Luis XIII. Más tarde, en 1678, Mansart remodeló el cuerpo principal del palacio: construyó las alas sur y norte y creó una fachada de 570 metros con 375 ventanas.

La tarea de reunir el dinero se encomendó a Jean Baptiste Colbert, quien construyó telares para urdir los tapices del palacio y recuperar de este modo parte de su inversión.

Colbert designó a Charles Le Brun, artista favorito del rey, como director de las factorías que producían no sólo el mobiliario de Versalles, sino también el de otros palacios reales de Francia. Le Brun preparaba toda clase de diseños, desde los frescos del techo de la Galería de los Espejos hasta los soberbios llamadores de las puertas. Quienes del extranjero acudían a Versalles podían admirar muebles, lienzos, sedas, alfombras y demás riquezas que ante ellos se desplegaban.

Flores para el rey

Los jardines, que cubren una extensión de 100 hectáreas, fueron obra de Le Nôtre.

Tal era el entusiasmo de Luis XIV por las flores que cada año importaba de Holanda cuatro millones de bulbos, cuando no estaba en guerra con el país de los tulipanes.

Dos curiosidades de obligada visita eran el «Grotto de Thetis» y «La Ménagerie». El Grotto mostraba incrustados conchas y cantos de río y alojaba un órgano que el agua hacía sonar. Unos chorros de agua inesperados podían romper el ensueño de los visitantes desapercibidos. La Ménagerie era un pequeño pabellón y albergaba una colección de animales y pájaros exóticos.

Fastuosas góndolas

El rey construyó en los jardines el Gran Canal, de 60 metros de anchura y casi dos kilómetms de longitud, surcado por fastuosas góndolas y otras embarcaciones. Mansart creó en 1685 la «Orangerie», y para ello hubo de trasplantar troncos de naranjos adultos.

Pero el ornato más espléndido de los járdines eran fuentes y cascadas. Precisaban un enorme acopio de agua y una poderosa planta de bombeo. Entre 1681 y 1684 se construyó la llamada máquina de Marly para traer agua desde el Sena. Pero el empeño fracasó y se hicieron grandes esfuerzos para modificar el curso del río Eure. Era muy grande el precio pagado en dinero y en vidas humanas cuando la guerra contra la Gran Alianza, en 1701, puso fin al proyecto.

Por último se recogieron las aguas de la meseta entre Versalles y Rambouillet que abastecieron los jardines mediante un sistema de canales.

Magnífico, pero inadecuado

En 1682 la corte se trasladó a Versalles, que hasta 1789 se convirtió en la capital de Francia. La corte de Luis XIV era magnificente como su palacio. Estaba formada por 20.000 personas, además de 9.000 soldados acuartelados en la villa de Versalles. Vivían en palacio 1.000 cortesanos y 4.000 sirvientes, pero los magníficos aposentos y galerías no reunían las condiciones necesarias de habitabilidad. Era imposible calentar el edificio y prácticamente no existía sistema alguno de saneamiento.

A la muerte de Luis XIV, su hijo, Luis XV, agregó diversas dependencias al palacio de Versalles. Construyó el Petit Trianon, que sería después el retiro favorito de María Antonieta, esposa de Luis XVI.

Luis XVI añadió nuevas estancias para uso de María Antonieta, pero la Revolución Francesa de 1789 puso fin a la gloria de Versalles. Después de la Revolución, el mobiliario y las riquezas del palacio fueron vendidos o robados y el edificio quedó en el abandono. A mediados del siglo XIX, Luis Felipe emprendió la restauración con ayuda de los Estados Unidos.

En nuestros días ha sido cuidadosamente restaurado, hasta convertirlo en una de las más famosas atracciones turísticas del país, para la admiración y el asombro de quienes contemplan la grandeza y locura de aquella monarquía. Pero a pesar de todo sigue siendo una enorme tumba: el principio que lo animaba ya no existe ni volverá en ninguna otra forma.

Versalles es hoy un verdadero museo dedicado a «todas las glorias de Francia».


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