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ASÍ NACIÓ ESTADOS UNIDOS
LOS VERDADEROS TIEMPOS DE LA PELÍCULA “EL PATRIOTA”

Hace días que el barco cargado de té de la Compañía de las Indias Orientales británica está atracado, sin ser descargado, en el muelle del puerto de Boston.

Sobre la importación de té pesan (al igual que sobre otras mercancías provenientes de la metrópoli inglesa) unos aranceles muy altos que han de pagar las colonias. Así lo ha determinado el parlamento de Londres, en el que no está representada ninguna de las colonias de Nueva Inglaterra, y así lo ha ordenado el primer ministro lord North, cuya autoridad no quiere reconocer el congreso de las 13 colonias de Nueva Inglaterra.

Los «hijos de la libertad» han proclamado el boicot contra las mercancías inglesas. Mediante sus protestas han conseguido casi ocho años antes la supresión del odiado «impuesto del timbre». Ahora se han lanzado contra los aranceles...

El 16 de diciembre de 1773 es un día frío pero claro. La nieve yace sobre las calles de Boston. En todas las esquinas hay oradores de los «hijos de la libertad» que alborotan el pueblo. Se atreven a ello porque saben que los «casacas rojas» de Fort William tienen orden severísima de no disparar más que en caso extremo.

A últimas horas de la tarde los desesperados representantes de las sociedades mercantiles tratan de descargar los barcos mediante la ayuda de esclavos negros. Entonces aparece repentinamente en los muelles de atraque un pintarrajeado montón de ululantes indios mohawks. Ese medio centenar de indios enarbola los tomahawks, los cuchillos y fusiles, corre por los muelles y alcanza los barcos ingleses por los puentes de carga. Los mirones retroceden asustados cuando distinguen bajo sus disfraces a los jefes de los «hijos de la libertad»: el coronel Hancock, Samuel Adams y otros. Bancroft escribe en su «Historia de los Estados Unidos»:

«En el plazo de tres horas se echó al agua, sin causar el menor daño a cualquier propiedad extraña, el contenido de 342 cajas de té. Todo ello se hizo dentro del mayor orden y en total sumisión para con el gobierno. La multitud reunida alrededor estaba tan callada, que se podía diferenciar perfectamente el ruido que hacían las cajas al ser abiertas por la fuerza... Una vez se hubo realizado el trabajo, la ciudad quedó tan silenciosa y apacible como un día de fiesta...»

De ese modo transcurrió pues la Bastan Tea Party, la fiesta del té de Boston. La respuesta de Inglaterra no se hizo esperar: pronto apareció una flota de transporte cargada de tropas que desembarcaron en Boston. Se puso la ciudad bajo la ley de guerra, la lucha parecía inevitable.

El congreso de las colonias decide defenderse contra la arbitrariedad británica y encomienda al héroe oriundo de Virginia, vencedor de más de una guerra contra los indios, el plantador George Washington, la organización de un ejército regular a partir de las milicias y los «hijos de la libertad».

En 1775 tienen lugar los primeros combates de cierta importancia en Lexington y Bunker Hill, al mismo tiempo se reúne en Filadelfia el congreso.

De la guerra, ahora declarada abiertamente contra la corona inglesa, surge la declaración de independencia decidida el 4 de julio de 1776, y con ello el nacimiento de una nueva y gran nación, libre: "Mantenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres han sido creados iguales, que están dotados por su Creador con ciertos derechos inalienables, que entre éstos están la vida, la libertad y la prosecución de la felicidad. Que para asegurar estos derechos están instituidos entre los hombres los gobiernos, derivando sus justos poderes del consentimiento de los gobernados. Que cuando quiera que una forma de gobierno se erige en destructora de estos fines, es derecho del pueblo alterarla o abolirla, e instituir una nueva.»

La guerra de la corona británica contra el pueblo de Norteamérica sigue su camino dramático y sumamente complejo. Europeos ansiosos de libertad, emisarios de las potencias europeas y desde 1778 las potencias marinas Francia y España se colocan al lado de los jóvenes EUA.

Al lado del polaco Kósciusko y del general prusiano Steuben combate el francés Lafayette. Cuando en 1781 capitula cerca de Yorkstown lord Cornwallis con sus tropas, la lucha está decidida. La paz de Versalles de 1783 confirma la independencia de las 13 colonias que se dan una constitución republicana y eligen primer presidente a George Washington.

Se ha dado un ejemplo de tremenda fuerza de irradiación. Por primera vez en la historia moderna, un pueblo libre, consciente de sí mismo, ha conseguido hacer saltar los grilletes de la ordenación monárquica y feudal. En el futuro, los derechos del hombre y la libertad tenían refugio seguro en el país de allende el océano. El complejo de los estados europeos había aguzado los oídos cuando Thomas Jefferson proclamó solemnemente al final de las luchas y en la celebración de la libertad conseguida: «Todo hombre y toda sociedad en la Tierra tiene el derecho de gobernarse a sí mismo.»

Se anunciaba el fin de reyes autócratas y feudales y el inicio de la democracia moderna. Una evolución histórica había llegado a su conclusión lógica y muy satisfactoria.

En los tiempos largamente pasados de la toma de tierras coloniales, los ingleses habían avanzado cada vez más al oeste, desde la costa atlántica, desde Massachusetts y desde Virginia. Habían colonizado, fundado pueblos, granjas, plantaciones y pequeñas ciudades. Todo ello ocurría en pleno territorio indio y bajo una constante guerra a fuego lento. La guerra de 1755 a 1763 concluyó con la victoria de Inglaterra, pero las colonias americanas habían aportado mucho a ella.

Todo Canadá era británico en 1763. Mas esa larga guerra, que se había hecho también por la posesión definitiva de la India y otras colonias, había agotado el tesoro de la corona inglesa. Después de la victoria, los colonos americanos hubieron de darse cuenta de que, además, tendrían que pagar la factura: a pesar de que se había quebrado ahora la barrera francesa hacia el oeste, Londres prohibía o dificultaba la marcha de los americanos hacia el Ohio, Misisipí y al hermosísimo Kentucky. Se dispusieron toda clase de impuestos y aranceles especiales sobre mercancías coloniales y manufacturadas, se limitaba la libertad de un país enorme que desbordaba de riquezas de todas clases. Todo ello llegaba por decreto: prohibición, reglamentación a través del océano desde la metrópoli inglesa.

Mientras tanto, Norteamérica, empero, había alcanzado su mayoridad. En la lucha contra los indios, en la vida en los bosques, en la libre toma de tierras, y en el comercio ilimitado había nacido un pueblo consciente de sí mismo que ya no estaba dispuesto a dejarse tutelar desde Europa. A ello se añadían los intereses particulares de la gente influyente: por ejemplo de los plantadores (como lo eran George Washington o Jefferson), de los reyes del contrabando de Massachussets (como el coronel Hancock o Samuel Adams). América comenzó a independizarse económicamente: nacieron molinos de pólvora, fábricas de papel, talleres del vidrio y del hierro, con el homespun (tejido casero) se eliminó la competencia de la importación de tejidos de Inglaterra.

Los intelectuales trabaron conocimiento con las ideas de la época de la ilustración: circulaban las obras de Montesquieu y de Rousseau; aprobaban las ideas del libre cambio, tal como las formulaba Adam Smith. Todo presionaba hacia la libertad y la independencia. La guerra de 1775 a 1781 no fue más que el duro examen que debía deponer ante la historia una nueva forma de vida y un joven estado.

Ochenta años más tarde, sin embargo, los Estados Unidos parecían haberse deshecho de nuevo: a causa de la cuestión de la esclavitud en los estados meridionales se llegó, de 1861 a 1865, a la guerra de secesión. En 1860 había sido elegido presidente de EUA Abraham Lincoln, un enemigo declarado de la esclavitud; a continuación, los estados del Sur eligieron en Jefferson Davis un presidente propio y se separaron en forma de «estados confederados» de la unión (1861).

Se enfrentaban, llenos de odio, dos mundos aparentemente irreconciliables: el Norte industrializado no necesitaba de esclavos (en su lugar se explotaban los proletarios blancos); el Sur, por el contrario, con sus grandes plantaciones, para las que apenas existían todavía las necesarias maquinas agrícolas, creía no poder renunciar al trabajo barato de los esclavos. La guerra civil se convirtió, con sus trincheras y cañoneos granizados en batería, en la primera guerra «moderna» y en la más sangrienta del siglo XIX.

Los estados septentrionales la ganaron merced a sus inagotables avituallamientos de armas y municiones. Una vez vencedores impusieron la abolición de la esclavitud y aterrorizaron a los vencidos con la venganza y las represalias. Los estados del Sur, en los que muchas propiedades habían sido destruidas o saqueadas por los antiguos esclavos, tardaron mucho en reponerse de los daños sufridos.

Es cierto que los negros de Estados Unidos alcanzaron en 1865 la libertad, pero hasta hoy no se ha resuelto satisfactoriamente la cuestión de igualdad racial.

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