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Un
ambiente fúnebre imperaba el 3 de septiembre de 1939 en el puesto de
mando de la «Comandancia de submarinos» en Sengwarden, cerca de
Wilhelmshaven, al recibirse la noticia de que Inglaterra, la mayor
potencia naval del mundo, había declarado la guerra a Alemania.
El capitán Karl Dónitz, «comandante de los submarinos», está persuadido de que en una guerra muy larga, probablemente de 6 ó 7 años, es imposible llegar a obtener una victoria de Inglaterra por aniquilamiento. Pero él cree poseer aquel concepto estratégico capaz de mantener en jaque a Inglaterra y con el cual se podrá llegar a una paz negociada.
Este concepto es el ataque
con submarinos agrupados en «manadas», es decir, un ataque en aguas
del Atlántico contra las líneas de abastecimiento aliadas hacia las
Islas. Eran las líneas que habían de hacerse legendarias con el
nombre de «Western Approaches».
La operación de submarinos
en manada había sido ya tomada en consideración por el Mando Naval
alemán en la Primera Guerra Mundial, cuando en 1917 se ordenó la
guerra total submarina contra Inglaterra. Pero la debilidad técnica
de los submarinos de entonces no permitió que se llegase a nada.
Solamente Dónitz desarrolló
este concepto de la manada en los años 35 al 39, como sistema de
ataque contra los convoyes fuertemente armados y escoltados. En 1917 y
1918 los convoyes habían tenido que enfrentarse con la caza aislada
de los submarinos que se reveló quimérica. Sin embargo, el Alto
Mando de la Marina de Guerra alemana, con el gran almirante Raeder al
frente, no tenía gran confianza en los planes de Dónitz sobre una
gran guerra submarina en el Atlántico y el propio Hitler no se percató
del valor de esta estrategia contra las líneas de abastecimiento británico,
hasta que fue ya demasiado tarde. Y sólo comprendió a medias su meta
principal pues, en lugar de sostener su valor decisivo, que era
desarrollar una carrera entre hundimientos y construcciones navales,
trasladó parte de las unidades submarinas a puntos secundarios como
el Mediterráneo, Noruega y el mar Negro.
Dónitz había hecho una
regla básica para la batalla del Atlántico: si se podían tener
constantemente 100 submarinos en la línea de combate, otros cien
navegando hacia el frente y otros tantos camino de las bases, se podría
-mes tras mes- contar con un promedio de hundimiento de 700.000
toneladas de registro bruto. Con ello cabía superar la capacidad de
construcción naval del enemigo. Inglaterra se vería así en una
situación tan apurada para su abastecimiento, que seria posible
obligarla a una paz negociada.
Desde los tiempos del gran
almirante imperial, secretario de Estado von Tirpitz, en el cargo de
1898 a 1916, que tuvo la idea de la creación de la flota alemana de
altar mar e inventó el torpedo, esta idea de Dónitz fue la aportación
más importante de un almirantazgo germano. Pero hasta 1941 y 1942, años
dorados de los submarinos, pasó un largo tiempo durante el cual el
Alto Mando Naval alemán prosigue el hostigamiento clásico contra la
Marina mercante inglesa con acorazados y cruceros auxiliares y en los
cuales los submarinos desempañan tan sólo un papel secundario.
Solamente hacia la segunda
mitad de 1940 fue posible la operación de submarinos en manada. El
control de las costas occidentales europeas, desde Vizcaya hasta el
cabo Norte, brinda a los sumergibles alemanes bases de partida
suficientes. El puesto de mando de Dónitz, almirante y comandante en
jefe de los submarinos, es trasladado a Kernveld, en el norte de
Francia, desde donde se dirigen por radio las operaciones de mando de
los submarinos. El campo de acción se extiende, después de entrar en
guerra los Estados Unidos en 1941, a una enorme superficie, desde las
costas americanas, el Caribe y las costas brasileñas, al África del
Sur y Occidental. En 1941 y 1942 se registran las grandes batallas de
los convoyes, donde el enemigo incrementa constantemente la escolta,
pone incluso portaaviones en servicio para proteger los convoyes y,
especialmente, grupos dedicados a la caza de submarinos. En junio de
1942, se registra por primera y única vez la cifra de hundimientos
calculada por Dónitz: 700.000 toneladas. Pero después la balanza se
inclina en contra de Alemania, pues el enemigo ha desarrollado nuevos
métodos electrónicos de localización, que permiten descubrir a los
submarinos incluso de noche y con niebla, y que son localizados, tanto
en su aproximación al objetivo, como en su huida. En 1943, 38
sumergibles alemanes son hundidos en pocos días. El comandante en
jefe de los submarinos, y desde febrero de 1943, comandante en jefe de
la Marina de Guerra, admite la derrota en la batalla de los
transportes y suspende los ataques contra los convoyes. El submarino
tradicional, que navegaba en superficie y luchaba inmerso, ha
encontrado la horma de su zapato.
Walter Görlitz
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