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  LA ODISEA DEL U-21

A los aliados les pareció imposible, no obstante, el U-21, al mando del capitán de corbeta Otto Hersing, llegó directo desde Alemania, cruzando en solitario el Mediterráneo para paralizar a la flota enemiga que apoyaba los combates en Gallípoli.

La presencia del sumergible enemigo en el Helesponto fue señalada por la escuadra anglo-francesa el 22 de mayo de 1915, motivando la adopción de las naturales medidas de defensa que, por razones militares de orden elemental y por indicios comunicados desde Gibraltar, ya se venían observando escrupulosamente.

Al mediar la jornada del 25 del referido mayo, un buque portaglobo británico destacado para realizar una ascensión en las proximidades de Gaba Tepe con el fin de explorar las posiciones otomanas, así como varios transportes ingleses y un acorazado, regresaban a toda máquina a una de las islas vecinas de los Dardanelos, quedando allí fondeados, con excepción del último, que, después de recibir órdenes radiotelegráficas de su insignia, y protegido por una flotilla de contratorpederos, partía rápidamente para el litoral de Gallípoli, donde a las once de la mañana, es decir, dos horas antes, había sido torpedeado el Triumph, que desaparecía de la superficie de las aguas a la una de la tarde; sin perder más que 12 hombres, salvándose el resto de la dotación en un barco dragador, que, lleno de marinería a medio vestir, cruzó por delante de la flota, lanzando estentóreos hurras.

El Triumph hundido el 25 de mayo

Tal desastre obligó a intensificar las precauciones, y por no disponerse, sin duda, de otros medios eficaces de garantía, entre cuatro y cinco y media de la tarde del mismo día 25 todos los acorazados anglo-franceses que fondeaban de ordinario en los parajes más o menos cercanos a los Dardanelos levaron anclas para ver transcurrir la noche en el mar, navegando en distintas direcciones con el fin de evitar una tragedia naval múltiple.

Durante el siguiente día, 26, el Majestic permaneció fondeado en las inmediaciones de Cabo Tekeh, tan próximo a tierra como era posible y en un brazaje de 15 metros, largadas sus redes Bullivant y materialmente rodeado de transportes. Para vigilar la entrada del estrecho se había comisionado a un acorazado francés en movimiento constante, y que en una de sus evoluciones vio emerger a 60 metros del costado de babor el periscopio verde de un submarino, que en nerviosos giros oteaba un blanco, evitándose milagrosamente su ataque forzando la marcha y cambiando a cada momento de rumbo.

Al amanecer del 27, en ocasión de dirigirse al estrecho el acorazado francés de guardia, para vigilar su paso, miró asombrada la dotación como surgía una columna de agua a tres millas de distancia, junto al Majestic precisamente, que aún permanecía al ancla en Tekeh. De forma sorprendente el temible submarino, que mantenía en jaque a toda una fuerte escuadra, salvando la barrera ofrecida por las diferentes naves colocadas a su alrededor, y sin que lo impidieran las redes que lo circulan, acababa de torpedearlo, a las seis y treinta y cinco de la mañana, hundiéndose el Majestic en el breve espacio de siete minutos. Numerosas embarcaciones acudidas de todas partes se emplearon en recoger la dotación; y cuando, a las seis y cuarenta y uno, el acorazado se inclinaba bruscamente, las redes, en cuya virtualidad fiaron los ilusos aliados, a modo de fúnebre mantilla coronaban los estertores agónicos del casco del Majestic, y, por amarga ironía, después de ser inútiles para defenderlo, aprisionaban cruelmente en sus mallas y arrastraban al fondo del mar a numerosas víctimas, a quienes esa funesta circunstancia impidió salvar.

El Majestic hundido el 27 de mayo

Ante semejante escena, el acorazado francés que hacía rumbo al estrecho, sin detenerse, notificó la catástrofe al almirante y extremó sus precauciones; a pesar de las cuales, a las siete y media vio surgir a 300 metros el periscopio del submarino alemán, observado también desde un contratorpedero inglés de patrulla, que, después de haber destruido en cuarenta y cuatro horas dos acorazados, aún buscaba, insaciable, una tercera nave que hundir, sin que dieran resultado alguno los disparos hechos desde los buques amenazados.

Evidenciada la, inutilidad de las precauciones anteriormente adoptadas, el almirante ordenó a los buques entrar en Mudros, excelente rada de la costa sur de la isla de Lemnos, para estudiar nuevas disposiciones encaminadas a salvaguardar la flota, que desde entonces atenuó su actividad considerablemente, cesando el apoyo y abandonando a las tropas de tierra a su suerte.

Antonio Larrea


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