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LOS TURCOS ANTE VIENA
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Levantamiento del sitio de Viena el 12 de septiembre de 1683 |
El 12 de septiembre de 1683, un día de finales de verano de un azul excepcional, casi sedoso, la campanilla de la ermita de Kahlenberg lanzó al aire su tañido agudo, excitado, hacia las ocho de la mañana. La cima roturada por encima del bosque de Viena está cubierta de grandes tiendas de campaña de general y vivaques. caballistas de enlace galopan de un lado a otro, las tropas están acantonadas apretujadas a lo largo de las lindes de los bosques y sobre los prados de las laderas.
Los grandes señores abandonan ahora la minúscula iglesuca donde han rezado y donde han oído la misa: Juan Sobieski. Rey de Polonia; el markgrave Luis de Baden, llamado “Luis el de los turcos”; el duque Carlos de Lorena y muchos otros: príncipes, generales y ministros alemanes, polacos, austriacos. La mayor parte de ellos lleva ondulantes pelucas allonge, pero también los relucientes petos de campaña, espadines, pistolas de arzón y maza de combate. Los estandartes de muchos regimientos se inclinan ante los señores que han conducido hasta aquí al ejército cristiano de socorro.
“¡En el nombre de Dios!” dice Juan Sobieski y da la señal a los artificieros situados en la meseta visible desde todas partes. Inmediatamente se alzan crujiendo al cielo los cohetes de bengala y cruzan, rojos y verdes, por encima de los bosques. Las tropas se alzan en gran griterío en sus campamentos y comienzan a formar. El grito se propaga por las faldas de las montañas hasta la llanura del Danubio. Inmediatamente suben al cielo las nubecillas de los fuegos de batería.
El tronar del cañoneo rueda sobre la extensa llanura.
«¡Ya empezaron!» dice con un suspiro de alivio el conde de Starhemberg, quien con la lente ante el ojo contempla la escena desde la alcoba del campanero de la torre inconclusa de la catedral de San Esteban. Desde aquí arriba dirige la defensa desde aquel 14 de julio en que el gran turco, con 300.000 hombres y un ingente tren de aprovisionamiento, había cerrado alrededor de la ciudad el cerco del sitio: con 16.000 hombres y la milicia ciudadana contra el ejército de ese gran imperio que era el turco.
Bajo él se extiende la ciudad imperial con sus tejados de varias aguas, sus quebrados callejones, sus iglesias y palacios. En los barrios extremos muerde el humo de las calles populares incendiadas. Los bastiones, muros, fosos y empalizadas rodean la ciudad situada como una estrella de muchas puntas. Starhemberg reconoce claramente a través de su catalejo los fosos adelantados por las obras de los minadores turcos, las gigantescas empalizadas detrás de las cuales lanza sus rayos la artillería turca de muchas bocas; y a cierta distancia, extendida en la llanura, la infinita reunión de tiendas de campaña, cabañas y almacenes, las alineadas tiendas de bajás, agás y beys. Ve tiros de caballerías y parques de carros; caravanas de camellos llegan a toda prisa al campamento turco.
Pero también se ve ahora cómo los turcos sacan de sus posiciones baterías enteras de artillería para lanzarlas al otro extremo, hacia el Kahlenberg y la carretera del Danubio. Hoy el grueso del ejército está de espaldas a la ciudad de Viena; porque desde ayer el ejército de socorro del Occidente cristiano ha aparecido para llegar a una decisión.
Ya se arrastran hacia el valle por las laderas del bosque de Viena los multicolores bloques de las tropas de a pie; escuadrones de caballería alcanzan, mediante un amplio arco, los flancos de los turcos y su campamento. Igneos proyectiles trazan su trayectoria desde los bosques y caen en medio de las columnas turcas.
Se ha planteado la batalla.
En esta hora matinal ha llegado el bautismo de fuego para el alférez (cuenta ahora veinte años) príncipe Eugenio de Saboya. A la cabeza de las avanzadillas -muy por delante del regimiento de Kuefstein- se lanza sobre las empalizadas de Nussdorf, llevando tras de sí 800 hombres de casaca roja y solapa negra: dragones. Las carreteras a lo largo del Danubio están bloqueadas por bávaros vestidos de blanco y azul. De sajones uniformados de blanco y verde, de ulanos, polacos. Los dragones atraviesan. con su poco imponente príncipe a la cabeza. Las posiciones turcas en Nussdorf y Heiligenstadt. Son los primeros en entrar en Viena y saludar a sus defensores, que los apoyan con una salida.
Hacia mediodía. la batalla está decidida. el campamento turco conquistado con todo su botín. El conde de Starhemberg observa como el rabioso gran visir Kara Mustafá toma a toda prisa, a la cabeza de los jenízaros, el camino de la huida Danubio abajo, como todo el ejército de los turcos se disuelve en incontables arroyuelos.
Viena se ha salvado...
La batalla victoriosa en el Kahlenberg constituye el punto de giro decisivo de de la historia europea y oriental. Se ha puesto un freno al poder del imperio otomano; ya no se extenderá más. Se ha iniciado el principio de un camino a cuyo extremo se llamará al sultán el «hombre enfermo del Bósforo» y se tendrá que contar con Austria y muy pronto con Rusia como grandes potencias. Es cierto que ya la batalla naval de Lepanto (1571) había hecho remitir el auge tan amenazador de Turquía y había quebrantado su potencia marítima en el Mediterráneo. Pero a mediados del siglo XVII; los emprendedores grandes visires de la estirpe de los Köprülü habían reanudado la lucha contra Occidente. Durante 20 años habían mantenido guerra contra la ya cansada Venecia (hasta 1669) Y extraído la isla de Creta del imperio de San Marcos. Al mismo tiempo estallaba en los Balcanes la gran guerra turca contra Austria (1663-1699) por la posesión de Transilvania. Luis XIV de Francia, que conducía en Renania y en los Países Bajos sus guerras de rapiña y quería distraer el poder imperial austriaco hacia Oriente, soltó «su perro guardián de Constantinopla» y apoyó el ataque turco contra el corazón de Occidente. De modo que ya en 1663 penetró en Moravia un ingente ejército turco; las saqueadoras hordas de Anatolia y los Balcanes sudorientales inundaron Hungría e incluso algunas regiones de Carintia.
En 1683, el gran visir Kara Mustafá llegó con el grueso de sus tropas a Viena; comenzó un asedio terrible. Los turcos merodeaban por los bosques hasta el Inn y la Austria Superior.
Entonces, finalmente, príncipes alemanes y el rey católico de Polonia determinaron acudir en auxilio del emperador en su precaria situación. Una vez liberada Viena nace del mismo énfasis de la victoria el contraataque. En las luchas que ahora seguirán se distinguirán, en el Este, sobre todo, dos hombres: el príncipe elector Max Emanuel, a quien llaman el «príncipe elector azul» y que acaudilla a sus bávaros en la victoria de Mohács en 1687 y en la conquista de Belgrado en 1688, y el príncipe Eugenio de Saboya, que asciende a mariscal y jefe del consejo de guerra e incluso a «emperador secreto». Después de haber vencido destructoramente a los turcos en 1697 en lema, la paz de Karlowitz extiende el poder de Austria sobre Hungría, parte de Servia y Transilvania.
La Rusia del zar Pedro el Grande aprovecha la época de debilidad turca y asalta en 1696 la fortaleza de Azov. Los rusos «retornan a las tierras rusas», paso a paso; Ucrania, la costa del mar Negro y las estribaciones del Cáucaso.
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