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Napoleón III y Bismark conversan como buenos amigos

«Vivimos en un época notable», escribió un periodista suizo en febrero de 1914. «Desde 1871 exceptuando los Balcanes, donde la guerra es un modo de vida, no ha habido ningún conflicto en Europa y desde los tiempos de Napoleón, hace un siglo, no hemos tenido una guerra general.» Verdaderamente era notable semejante era de paz para Europa, donde las potencias más importantes como Francia, Alemania, Rusia y Austria-Hungria disponían de ejércitos y generales que pasaban días, semanas e incluso meses trazando planes para atacar a una o a otra nación.

Gran Bretaña permanecía distante, pero alerta.

Los británicos no tenían reclutado un ejército; su pequeña tropa regular estaba desperdigada por todo el imperio en el que no se ponía el sol. Como siempre, Gran Bretaña dependía de su armada, la mayor del mundo, para proteger sus intereses, no importaba dónde.

La ausencia de guerra en Europa no significaba la tranquilidad. Aunque no hubieran habido hostilidades importantes, la paz era solamente una apariencia, una capa exterior; bajo la superficie retumbaba un volcán.

Desde la Guerra Franco-Prusiana y durante las cuatro décadas, el odio antiguo de Francia hacia Alemania no se había aplacado en lo más mínimo.

Los franceses juraban vengarse de la humillación de 1871, cuando el canciller prusiano, príncipe Otto von Bismarck, que creó una Alemania unida con una docena de ducados y reinos independientes, aplastó a Francia en la breve Guerra Franco-Prusiana.

Bismarck, el hombre de «Sangre y Hierro», impuso una dura paz a Francia, que le fueron arrebatadas las provincias de Alsacia-Lorena, ricas en minas de corpa y carbón y se le impuso el pago de grandes sumas de dinero en concepto de reparaciones.

La Guerra Franco-Prusiana derribó del trono al emperador francés Luis Napoleón y convirtió la nación en República. El riguroso trato de que Bismarck hizo objeto a Francia aseguraba la posición de Alemania que pasaba a ser la más poderosa e importante del Continente, pero también encendió en el corazón de cada francés un espíritu de venganza contra los boches, los alemanes.

El general que en 1870 mandaba el victorioso ejército prusiano, Graf Helmuth von Moltke, declaró: «Lo que nuestra espada ha conquistado en medio año, nuestra espada debe conservarlo durante medio siglo... o tal vez por más tiempo.»

Bismarck se previno contra los franceses mediante la creación de la Triple Alianza de Alemania, Austria-Hungría e Italia. Contra este bloque de poder Francia llegó a un entendimiento con Rusia, formando la denominada Alianza Dual. Al mismo tiempo Gran Bretaña y Francia creaban la Entente Cordiale que llegó a convertirse en la Triple Entente de Francia, Inglaterra y Rusia. Inglaterra ya no podía permanecer al margen, en su espléndido aislamiento, Puesto que en 1890, a los dos años de convertirse en emperador de Alemania, el Kaiser Guillermo II depuso a Bismarck y tomó en sus manos los destinos de la nación.

El Kaiser Guillermo tenía grandes ambiciones para Alemania. Aspiraba a un imperio colonial que rivalizara con el de Gran Bretaña. Imaginaba en sus sueños que eran alemanes todo el centro de África, incluidos el Congo Belga y Rhodesia; veía un ferrocarril Berlin-Bagdad que daría a Alemania acceso a los campos petrolíferos de Oriente Medio y la completa dominación de los Balcanes.

El Kaiser estaba interesado por los campos de trigo de Polonia y Ucrania. Se proponía convertir los estados Bálticos en posesiones alemanas. En el Oeste, las áreas mineras de carbón y las industriales del nordeste de Francia y Bélgica brindaban tentadores objetivos para la expansión.

Bismarck persiguió los mismos objetivos con una diferencia importante: actuaba con diplomacia y destruía a sus victimas una a una. Bismarck era un maestro en embaucamiento, hizo muy pocos enemigos. El Kaiser ganó enemigos por doquier. Éste fue una hacha de carpintero, Bismarck fue un estoque.

Los alemanes no ocultaron sus intenciones, pues el Kaiser Guillermo era hombre jactancioso y arrogante. Lanzó un programa de construcción naval «para convertir Alemania en la dueña de los mares» y levantó un ejército que fue la más poderosa organización militar en la historia del mundo. La industria alemana fue aparejada a fin de proveerla de las armas mejores y más modernas.

La gigantesca fábrica Krupp produjo un cañón de monstruosas dimensiones y la Planta Skoda de Austria-Hungría, principal aliado de Alemania, fabricó armas no superadas en la larga historia bélica.

El Estado Mayor alemán, al mando del general Graf Alfred von Schlieffen, tenía trazados planes de conquista minuciosamente detallados con un itinerario de movimientos que era un monumento a la eficiencia germánica.

Se ensanchó el canal Kiel, por el que la armada alemana tenía acceso al Mar del Norte, para permitir el paso de los grandes acorazados. Si bien ninguna otra potencia del continente se hallaba completamente preparada para la guerra, los alemanes lo estaban en 1910. El Kaiser precisaba únicamente un buen motivo para provocar un conflicto.

Tuvo que esperar hasta 1914 cuando una chispa fortuita hizo arder el barril de pólvora. Debían caer dinastías antes de que cediera esta explosión; habrían millones de muertos, de inválidos, de gente sin hogar ni raíces. Y se sembrarían las semillas de un segundo cataclismo mayor aún. En el transcurso de una sola generación otra guerra mundial, descargada por Alemania, volvería a asolar la tierra.

Resulta increíble que a pesar de que muchos hombres previeran la catástrofe de 1914-1918, ninguno trató de evitarla. Durante los cuarenta años de inquieta paz europea, las naciones parecían preocuparse más de mantener un precario equilibrio de poder, basado en las armas, bayonetas, ejércitos y armadas que de hallar el medio de impedir el holocausto.

Europa entera -y el mundo- se deslizaba por un tobogán de perdición y ningún hombre echó mano al freno. El Kaiser conspiraba, los franceses intrigaban, los rusos maquinaban y los británicos urdían planes. En enero de 1914, un observador americano, después de visitar las capitales de Europa, escribió proféticamente: «...nos encontramos al borde del desastre... se prepara la tempestad... descargará toda su furia en cualquier momento...»


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