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El
director del Conservatorio de Moscú estudiaba una partitura cuando le
anunciaron la llegada de la señora von Meck.
-Bien,
veamos, no la hagan esperar -dijo.
De
pronto febril, verificó de un vistazo su ropa en el espejo colocado
detrás de su escritorio, alisó con gesto rápido su cabello y sus
patillas y luego avanzó al encuentro de su visitante.
-Estimada
Nadejda Filaretovna, mi muy querida y gran amiga, es una alegría
recibirla. Póngase cómoda, por favor.
Le
ofreció un sillón, la invitó a sentarse, ordenó té, agitándose
solícito. La riquísima viuda von Meck era una benefactora de la música
de quien él esperaba mucho y, como tal, merecía las mayores
atenciones. Con más razón, justamente, porque tenía un joven músico
que recomendarle. La señora von Meck sonrió tomando su taza de té.
Adoraba ese lugar.
A
los cuarenta y cinco años, Nadejda Filaretovna Prolovskaia acababa de
enviudar, y se sentía bastante aliviada por ello. No porque su
difunto esposo fuese un mal hombre, todo lo contrario: el caballero
von Meck había sido un marido fiel y un gran trabajador. Impulsado
por su mujer, había hecho fortuna en los transportes ferroviarios,
por entonces en sus comienzos. Después de años de pobreza, habían
logrado una enorme opulencia. Pero, aunque tenía hermosa aposturas,
Nadejda no había conocido con él las deliciosas emociones del amor.
Las noches eran un verdadero castigo, tanto más penosas pues él se
mostraba muy viril y enamorado de su mujer. Ella había dado a luz
doce hijos, seis varones y seis niñas, sin sentir el menor placer al
concebirlos. Helada por abrazos decepcionantes, agotada por numerosas
maternidades, aspiraba a una vida apartada de los asuntos de la carne
y consagrada a impulsos más sublimes.
Tenía
una pasión, una sola: la música. Al escucharla temblaba y vibraba
trastornada; la música le procuraba todas las emociones y sensaciones
que el amor le negara. Desde la muerte de su esposo, vivía recluida y
no salía más que para ir a los conciertos o para visitar, como ese día,
a Nicolás Rubinstein, el director del conservatorio.
El
director expuso:
-Sé
cuánto se interesa usted en los artistas y cuán generoso es su corazón.
Por eso me permito hablarle de un caso panicular. Se trata de un
joven, tiene veintiséis años, al que le tengo fe. En mi opinión,
tiene el talento de un gran compositor, pero el pobre carece de
dinero, y yo no tengo la posibilidad de procurarle una renta. Me da
pena que tal vez se malogre un gran artista, falto de una ayuda
pasajera. Por eso he pensado que...
Nadejda
von Meck escuchaba, con los ojos brillantes.
Entreveía
ya la realización de uno de sus sueños: ser la protectora de un músico,
gracias a la cual pudiera surgir un genio.
-¿Cómo
se llama? -inquirió.
-Peter
Ilich Tchaikovski. Desde luego es orgulloso y una limosna lo lastimaría;
pero yo querría que usted escuchara su música y, si le agrada, tal
vez podría hacerle uno o dos encargos, que para él serían pan
bendito.
Nadejda
Filaretovna von Meck estaba convencida. La perspectiva de una
composición musical escrita especialmente para ella le entusiasmaba.
El director continuó;
-¿Puedo
invitarla al próximo concierto? Escuchará una obra de ese joven y
podrá juzgar.
-Con
gusto.
La
música de Tchaikovski entusiasmó a Nadejda Filaretovna. Decidió
encargarle un arreglo para violín y piano. Peter Ilich, encantado,
puso manos a la obra. El arreglo estuvo terminado para el 30 de
diciembre, y a Nadejda, que había contratado a un violinista, se le
ocurrió escucharlo para empezar el año 1877.
"Su
música me hace la vida más fácil y agradable" escribió a
Peter Ilich para agradecerle.
El
le contestó retribuyéndole el agradecimiento, le dijo cuánto le había
complacido ejecutar ese encargo. Se estableció así una
correspondencia. Peter revelaba sus ambiciones musicales, ella lo
alentaba.
Por
una suerte de acuerdo tácito, ella no reclamó conocerlo ni él
expresó tampoco el deseo de hacerlo. Nadejda no buscaba una aventura
ni una relación, sino un entendimiento intelectual. Por su parte, a
Peter Ilich no le gustaban las mujeres, que lo asustaban, y vivía con
dificultad su inclinación por los hombres, que ocultaba celosamente.
Temía pues a una protectora que deseara una vinculación pasional.
Poco
a poco las cartas se hicieron más familiares. A principios de la
primavera, Peter Ilich cayó, como le ocurría a menudo, en una
melancolía depresiva. Confiaba sus estados de ánimo a Nadejda, que
le aseguraba su apoyo y su deseo de ser su amiga y confidente. A su
pedido, él le envió una foto. Ella le respondió con entusiasmo y le
envió la suya.
A
partir de entonces se inundaron de fotografías.
Ella
le encargó una pieza para violín y piano. Peter Ilich, nada tonto,
comprendió que se trataba de una forma de caridad. No obstante la
aceptó con alegría, confesando sus problemas económicos.
Nadejda
estimó su amistad suficientemente firme como para ofrecer a su
protegido la entrega de algunos rublos a medida de sus necesidades, a
fin de que no derrochara su talento en trabajos serviles. Afirmaba que
eso no le molestaba en absoluto dada su inmensa fortuna y que sería
feliz de participar así en la eclosión de una obra. Gracias a su
delicadeza, casi parecía que el compositor le hacía un favor
consintiendo en recibir sus rublos. Era para Peter Ilich la solución
de sus problemas, y aceptó agradecido.
Tranquilizado
en cuanto a su suerte material, pensó en dedicarse a la composición
de una ópera cuya idea lo perseguía: Eugenio Oneguin, personaje de
Pushkin.
Nadejda,
transportada de alegría cuando él le comunicó su proyecto, se sentía
una mecenas. Al no saber componer por sí misma, de esa manera estaría
en el origen de la creación de una ópera.
Le
sorprendió la elección del tema. A Nadejda no le gustaba Pushkin y
el personaje de Eugenio Oneguin era uno de los más antipáticos. Ese
hombre rechazaba brutalmente a la joven que le ofrecía un amor
sincero. Después de varias conquistas tratadas con cinismo, terminaba
su vida en una espantosa soledad. Pero la historia ilustraba una
profunda verdad, suficientemente fuerte para sostener una obra mayor:
el que rechaza el autor infligiendo sufrimientos elige la soledad,
pues no puede esperar del cielo otro amor. Nadejda estaba segura de
que el talento de Tchaikovski crearía una ópera potente sobre esa
base y lo alentó vivamente a trabajar. Eugenio Oneguin ocupó muchas
de sus horas. Peter Ilich exponía sus ideas, sus progresos: Nadejda
le decía lo que pensaba.
Esa
misma primavera, una alumna del Conservatorio, Antonina, se enamoró
de Peter Ilich y se propuso casarse con él, pese a que el joven
permanecía indiferente a sus avances. Ella le escribió gran cantidad
de cartas encendidas.
Amenazó
con suicidarse si seguía rechazándola, suplicándole aceptar verla y
conocerla mejor. Lo hizo tan bien que Peter Ilich, atormentado,
ansioso, impresionado por el personaje de Eugenio Oneguin y temiendo
ser culpable, se dejó envolver por Antonina. Ella logró persuadirlo
de que le traería el equilibrio del que carecía, y de que le sería
muy útil en su casa. Peter Ilich, desorientado, se comprometió con
ella; pura locura de su parte.
En
una carta a Nadejda, se lo anunció como al descuido, después de
varios párrafos dedicados a su ópera y a la sinfonía que pensaba
terminar antes. Se hubiera dicho que esa boda era un hecho sin
importancia.
El
anuncio fue un golpe para Nadejda. Sentía por Peter Ilich un amor
cerebral pero profundo, y no imaginaba que pudiera existir en su vida,
junto a su comunión espiritual, un amor carnal. Instintivamente odió
a Antonina como a una rival.
Mantener
a un artista solo y pobre era una cosa; pensionar a un hombre casado
cuando se estaba enamorada de él, otra. Empero, Nadejda Filaretovna
siguió enviándole cartas cargadas de dinero. Dejar de hacerlo habría
sido una bajeza. Hasta aceptó prestarle mil rublos.
Pronto
se felicitó por su grandeza de alma. Peter Ilich, casado a mediados
de julio, le escribió tres días más tarde que estaba cansado de su
esposa y que esta le inspiraba repulsión física. Las cartas
siguientes fueron peores: Peter Ilich detestaba a su familia política,
consideraba a Antonina una idiota, estaba harto y sólo aspiraba a
evadirse de la prisión en la que había caído. En agosto se declaró
agotado y partió solo al Cáucaso a fin de descansar, parando en la
casa de su hermano Anatolio.
Allí,
seguía trabajando en su sinfonía, y detallaba sus progresos a
Nadejda. Quería dedicarle esa obra, pero en secreto. La dedicatoria
sería: "A mi mejor amiga". Nadejda se tranquilizó del
todo: seguía siendo para Peter Ilich la confidente y el alma gemela
que compañía su creación musical.
No
por eso odiaba menos a Antonina, preguntándose si prefería a Peter
Ilich feliz a causa de esa mujer o desdichado.
Nadejda
Filaretovna poseía, además de su casa de Moscú y de su dacha en el
campo, una villa en la Riviera italiana, cerca de San Remo. Amaba el
sol, y pasaba en ella frecuentes temporadas. Se encontraba allí,
planeando quedarse todo el otoño, cuando recibió de Peter Ilich una
carta desesperada. "Sólo pienso en huir, no importa a qué
lugar.
¿Pero
adónde y cómo? Es imposible", decía. Nadejda se alteró. De no
haber sido por el acuerdo que mantenían ambos de escribirse sin
conocerse, habría acudido a Moscú. Luego se enteró de que Peter
Ilich había intentado suicidarse arrojándose a las aguas del
Moscova, pero se había salvado al precio de una neumonía. Tras haber
estado a punto de caer en la locura como consecuencia de una alteración
nerviosa, resultado de su intento de suicidio y de su enfermedad, había
recobrado la razón.
Conmovida,
Nadejda decidió asignarle una renta fija anual de dieciocho mil
rublos. Esa suma, importante, permitía a Peter Ilich llevar una
existencia desahogada. El la aprovechó para efectuar un viaje a
Europa occidental, permaneciendo algún tiempo en Suiza, cuya calma le
aportó la tranquilidad regeneradora. Luego prosiguió su viaje
recorriendo Italia antes de regresar por Mena. Casi todos los días
escribía a Nadejda, hablándole de su amor por Venecia, expresando
sus emociones y sobre todo sus interrogantes metafísicos, morales o
religiosos. Nadejda respondía y su larga discusión epistolar se
convertía en el interés esencial de su vida. Se sentía cerca de él
y su corazón daba un vuelco al leer: "Me parece que usted ama
tanto mi música porque yo aspiro, como usted, al ideal." Por fin
ella había encontrado ese amor espiritual, apartado de la carne, a la
que ella detestaba; un amor de almas que colmaba su exaltación
eslava.
En
cuanto a Tchaikovski, su correspondencia con Nadejda se le había
hecho indispensable. Ella era no sólo su mecenas sino la persona con
quien podía explayarse, hablar de sus aspiraciones. La fe en él, de
que ella daba pruebas, le infundía la inspiración necesaria para
crear.
En
enero de 1878 fue ejecutada su sinfonía, terminada. Lamentablemente
la crítica la acogió con indiferencia.
Sólo
Nadejda la comprendió. Su apoyo moral reforzó su vínculo y permitió
a Peter Ilich no caer de nuevo en la depresión. Quiso testimoniarle
su agradecimiento y le envió como obsequio los primeros esbozos de
Eugenio Oneguin.
Nadejda
Filaretovna los recibió como un tesoro. A sus fijos, simbolizaban su
unión con su protegido.
En
agosto, Peter Ilich había terminado Eugenio Oneguin. Nadejda lo
felicitó calurosamente y le ofreció aprovechar su dacha de Brailov,
cediéndosela mientras ella iba a pasar el verano a Florencia. El
aceptó entusiasmado e, inspirado por la naturaleza, esbozó su
primera suite orquestal.
En
Florencia, Nadejda pensaba en Tchaikovski casi sin cesar. Moscú
estaba muy lejos, y le hubiese gustado sentirlo cerca, invisible por
cierto, pero presente. Nadejda ocupaba la prestigiosa villa Oppenheim.
Llevaba a sus hijos consigo en sus viajes y necesitaba espacio.
Deambulaba por Florencia o paseaba en el jardín de la villa e
imaginaba lo feliz que hubiese sido sabiendo a su querido protegido en
las proximidades, componiendo. Le parecía que lo oía componer. Le
propuso ir a Florencia, a un apartamento que alquilaría para él. A
Peter Ilich le encantó el ofrecimiento. Amaba los viajes; lejos de
Moscú se disipaban sus angustias.
No
bien recibió el acuerdo de Peter Ilich, Nadejda comenzó a buscar una
residencia que agradara al compositor.
¿Desearía
alojarse en la ciudad? ¿Apreciaría la alegría, la animación que
allí reinaban? O, por el contrario, ¿preferiría la calma del campo
para no ser molestado por el ruido? Reservó un apartamento y una
casa, de manera que pudiera elegir.
Tchaikovski
optó por el apartamento, situado a quinientos metros de la villa
Oppenheim. Nadejda, encantada, le hizo llegar un mensaje que detallaba
sus horas de paseo, de modo de no correr el riesgo de encontrarse por
descuido.
Esa
atención conmovió a Peter Ilich. Estaba curioso por ver a aquella
cuyos estados de ánimo conocía tanto, pero lo temía también. Ambos
tenían la sensación de que su vínculo, a la vez fuerte y frágil,
se rompería tal vez, y querían preservarlo.
Un
día, sin embargo, Peter Ilich se cruzó con la calesa de Nadejda. La
entrevió, con su rostro semioculto bajo una capelina, y tuvo la
seguridad de que ella lo había reconocido. Fue algo fugaz e intenso.
El regresó trastornado; ella tembló de emoción. En adelante, una
imagen viviente se sumaba a las fotos, imagen que alimentaría el amor
idealizado que sentían el uno por el otro.
En
Peter Ilich los momentos de felicidad se traducían en una gran
efervescencia musical. Transportado por su encuentro fugaz con
Nadejda, se puso a trabajar y compuso el Concierto para violín y
luego el Capricho italiano. Le ayudaba la inspiración, pero no la
esperaba, convencido de que su tarea era componer sin tregua. Así se
lo escribía a Nadejda:
"No
podemos permitirnos la inspiración. Ella no visita a los perezosos;
se presenta a quien la llama." De regreso en San Petersburgo,
Peter Ilich tuvo la desagradable sorpresa de recibir la visita de
Antonina. Vivía ahora separada de él, pero fue a hacerle una escena,
reprochándole su abandono. Ante su exaltación, Peter Ilich pensó
que ella había perdido la cordura. Exasperado, la despidió, pero
estuvo incómodo durante varios días. Antonina le probaba que su único
amor femenino no podía ser más que Nadejda Filaretovna, justamente
porque habían suprimido todo aspecto carnal en su relación.
Dedicó
su nueva sinfonía a Nadejda, escribiéndole que "su amor por
ella era demasiado fuerte para poder expresarlo de otro modo que con
la música". Era exactamente lo que ella deseaba leer. Ocupada
por sus hijos y por la música, esa pasión inmaterial le bastaba. Le
escribió: "Lo amo más que a nadie y lo pongo por encima de todo
el mundo".
Ella
continuaba pagándole su renta anual, pero se enteró de que
Tchaikovski ejecutaba encargos. A su irritado asombro, él respondió
que tenía nuevos gastos: su mujer vivía con otro hombre, del que tenía
un hijo, lo que le permitía solicitar el divorcio, y había dado una
compensación a Antonina a fin de que lo facilitara. Nadejda le envió
prontamente dinero. Le suplicaba no derrochar su talento en encargos.
La pensión que le pasaba debía liberarlo de las preocupaciones económicas
para que compusiera según su corazón.
Le
sugirió escribir un trío para violín, violoncelo y piano, forma
musical a la que era afecta.
Tchaikovski
vaciló. Ese género, en el que nunca había incursionado, no le
tentaba. Pero Nadejda insistió, afirmando que sería excelente en un
trío. Se decidió para complacerla y compuso el Trío en la menor,
que pronto fue considerado como su mejor obra de música de cámara.
La
gloria comenzaba para Peter Ilich. Sus composiciones se tocaban no sólo
en Rusia sino también en el extranjero. Aumentaban los derechos de
autor. Con el éxito, numerosas relaciones iban constantemente a
visitarlo, acaparando su tiempo. No sabía cerrarla puerta, y se dio
cuenta de que ya no lograba componer, tan ocupado estaba en
obligaciones sociales y profesionales. Además, vivía en la casa de
su hermano, en medio de una familia bulliciosa. Pensó pues instalarse
en las afueras de Moscú y, a comienzos de 1885, alquiló una casa en
Klin, cerca de Moscú. Pensaba escribir una nueva ópera.
A
Nadejda Filaretovna no le gustó mucho esa idea.
Tenía
la impresión de que Peter Ilich se le escapaba. Además, no amaba la
ópera, a la que encontraba vulgar, prefiriendo la música sinfónica
y la de cámara, que consideraba más elevadas. Pero a pesar de su
reprobación, Tchaikovski se empecinaba en componer óperas. Estimaba
que ello le permitiría entrar en contacto con las masas.
Como
para darle la razón a Nadejda Filaretovna, La bella durmiente del
bosque, representada al año siguiente, tuvo muy mala acogida de los
críticos y el público.
Ese
mismo año de 1890, Peter Ilich descansaba en Tiflis cuando recibió
una carta de Nadejda que lo aterrorizó. La carta decía que,
arruinada, Nadejda no podía seguir pasándole su pensión, y que su
correspondencia cesaba con esa carta. Terminaba diciendo: "No me
olvide. Piense de vez en cuando en mí".
Peter
Ilich no podía creer a sus ojos. Que la pensión se interrumpiera sólo
le molestaba un poco; ahora disponía de suficientes derechos de autor
para vivir, pero no comprendía que, por una cuestión de dinero, ese
bello vínculo de amor-amistad fuese cortado de golpe. Herido, medía
hasta qué punto amaba ese intercambio.
"Mi
bien amada, mi muy querida amiga: no puedo pensar en mí sin pensar
por eso mismo en usted..." le respondió enseguida.
Ya
no recibió ninguna cana de Nadejda Filaretovna, aunque reiteró su
intento de acercamiento. El último mensaje era un verdadero adiós,
no un triste capricho.
¿Qué
había pasado? La ruina de Nadejda Filaretovna no era total como habría
podido suponerse. ¿Se había enterado de la inclinación de su
protegido por el sexo masculino y eso le molestaba? ¿Su orgullo le
impedía proseguir una relación sin desempeñar el papel de mecenas?
Ella no lo dijo, y Peter Ilich siguió ignorándolo.
Él
no se repuso de ese golpe, que vivió como una gran pena de amor, y a
partir de entonces envejeció prematuramente, cayó en la misantropía
y en el pesimismo. Se refugió en la música, escribiendo al año
siguiente Cascanueces.
No
volvió a ver a Nadejda Filaretovna. Desapareció sin que se supiera
qué había sido de ella. Sin duda estimaba que su misión junto a
Peter Ilich había terminado, pues el joven principiante era ahora un
gran compositor.
Evelyne Dener, de su obra Las Grandes Musas de la historia.
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