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La vida del general Sikorski fue sumamente intensa y agitada. Y no pudo ser por menos, tratándose de una de las máximas personalidades de un Estado cuya existencia ha sido también muy intensa y agitada: Polonia.

Nació en una bella ciudad polaca, en donde pasó los años de su infancia. Muy joven todavía, ingresó en la escuela politécnica de Loopel, de la que salió con el diploma de ingeniero. Después tomó parte en los movimientos nacionalistas y, como todo polaco de alguna importancia, conspiró, figurando su nombre en varias sociedades secretas. Siendo oficial de reserva en el ejército austrohúngaro, se distinguió por su protesta contra el Tratado de Brest-Litovsky, por lo que fue internado en Viena. No seria este el último de sus destierros, ni la última de sus desdichas; pero, como buen patriota, supo sufrirlo todo y volver cada vez con más ardor a la lucha en favor de su Patria.

Al empezar la agresión bolchevique en 1930 contra Polonia, Sikorski halló su puesto en los campes de batalla y tomó la dirección de las operaciones en Nasieltsk, efectuando una serie ininterrumpida de asaltos y de luchas gloriosas, como la sostenida a orillas del Vístula, en la que se distinguió por su valor y pericia.

Como premio de sus notables conocimientos militares, en 1931, fue nombrado jefe del Estado Mayor polaco y se le encomendó la difícil tarea de crear un ejército fuerte, capaz de defender a Polonia de cualquier eventualidad. La campaña anterior le había dado tema suficiente para la creación de un magnífico libro a manera de memorias, que publicó bastante tiempo después y obtuvo un éxito indescriptible, habiendo sido presentado como modelo de literatura militar. El mariscal Foch le puso un prólogo rebosante de cariño y patriotismo.

Dos años más tarde, en 1933, después del asesinato del presidente Narutowoz, Sikorski fue objeto de todas las miradas, como el hombre único para regir los destinos de su nación. Él podía restablecer el orden y llevar a todos los espíritus el bálsamo vivificante de una seguridad. Así, atendiendo a todas sus cualidades, se le encargó de presidir un Gobierno nacional. De hecho, durante su jefatura, las grandes potencias reconocieron las fronteras orientales de Polonia. Poco después, ocupó la cartera de Guerra en un nuevo ministerio.

El golpe de Estado del mariscal Pildsucki separó a Sikorski del servicio. Desde entonces, habiendo sentido siempre un gran afecto por la nación francesa y por sus gentes, estableció su residencia en Paris. En 1934 fue llamado otra vez a su patria y reintegrado a su destino en el ejército, hecho que tuvo gran resonancia y algunas consecuencias de consideración. De nuevo, pues, en Polonia, tomó parte en diversas misiones militares y se distinguió repetidas veces como publicista de talento y de fino estilo literario.

Al estallar la última Guerra Mundial, se hallaba Sikorski en Paris. Allí había publicado numerosos artículos examinando importantes aspectos de la contienda que se avecinaba; en especial, le agradaba tratar el tema de si la victoria se conseguiría por la fuerza de las armas en los campos de batalla, o por la de los tratados en los dorados salones de las residencias políticas.

El 1 de septiembre de 1939, Alemania desplegó su rápido e inesperado ataque contra Polonia. Inmediatamente regresó Sikorski a su patria, dispuesto colaborar en lo que fuera necesario, para ahuyentar tan terrible peligro. Polonia se hallaba en un estado de inferioridad manifiesta frente a sus atacantes, tanto en hombres como en armamento de toda clase, de tal modo, que no tardó en ponerse de manifiesto que el ejército polaco no significaba gran cosa, en comparación con las enormes masas atacantes alemanas. Los patriotas polacos, viéndose hasta tal punto insignificantes, no tuvieron más remedio que replegar sus fuerzas y defenderse a duras penas, con la débil esperanza de que acabaran de organizarse los aliados y desencadenaran una ofensiva sobre el oeste europeo.

Ante semejante estado de cosas, viendo que a pasos agigantados se produciría el derrumbamiento de Polonia, fue designado Sikorski para presidir el Gobierno emigrado por su doble condición de excelente militar y político experimentado.

Mientras los aliados terminaban los preparativos que iban a introducirse en la guerra, Polonia se vio amenazada por un nuevo y terrible peligro: los soviets, que, aprovechándose de la mala situación en que se hallaba, se abalanzaron sobre sus fronteras, iniciando así una lucha dura y por sorpresa.

Polonia, viéndose imposibilitada para contener tan grandes empujes en semejantes circunstancias, pensó únicamente en salvar el prestigio del ejército y la mayor cantidad posible de efectos. Para este objeto, se procuró dirigir la formación de los combates hacia las fronteras de Hungría y Rumania y se defendió con viveza la única brecha de escape que podía proporcionarles la salvación. Los ejércitos polacos lograron varias e importantes victorias sobre sus enemigos, con la consiguiente destrucción de material de guerra y bajas en hombres, pero, a pesar de su heroica resistencia, Varsovia tuvo que capitular el 28 de septiembre, y otras importantes ciudades algunos días después. No obstante, se siguió luchando con denuedo cerca de dos meses más.

La última batalla importante tuvo lugar en Kock y fue causa de numerosas pérdidas tanto por una parte como por otra. Aunque el ejército polaco, siempre perseguido por la peor suerte, las tuvo en mayor cantidad, ya que dejó sobre el campo de batalla más de l00.000 hombres, entre muertos y heridos, y unos 400.000 prisioneros en poder de los alemanes.

Gran parte del ejército polaco atravesó las fronteras de Hungría y Rumania, pero otra parte, también numerosa, no pudiendo alcanzarlas, se disgregó entre los bosques, dando origen a diversos núcleos de resistencia que, más tarde, derivaron en el llamado ejército de resistencia.

Entre tanto, las tropas aliadas sufrían un nuevo contratiempo, ya que los 30.000 polacos que, después de desesperados esfuerzos, habían logrado pasar la frontera rumana salvando vidas y material, fueron desarmados por las autoridades de Rumania, haciendo así inevitable el fracaso de sus proyectos. Algunos jefes militares fueron internados; pero Sikorski, haciendo gala de una audacia muy característica en él, logró evadirse y refugiarse en París, que era entonces todavía un cobijo seguro y lleno de posibilidades. Allí, puesto en contacto con el general Sonskowski, que también había logrado escapar y refugiarse en París gracias a la ayuda del regente Horthy, se ocupó activamente en la reorganización del ejército polaco, que había quedado deshecho y se hallaba disperso por varias naciones. También en Francia, ya desde 1939, se organizaba un ejército polaco, que estaba integrado casi totalmente por los emigrados que, antes de la guerra, sumaban en Francia, casi 500.000 hombres.

Engrosado el nuevo ejército con algunos oficiales y buena parte de las tropas polacas refugiadas en Hungría y Rumania, terminaron por unirse a los aliados, que podían ayudarles a reconquistar su patria.

Cuando las tropas alemanas, manteniendo todavía su empuje primitivo, intentaron hacer con Francia lo mismo que habían hecho con Polonia, y, apoyados en una fuerza extraordinariamente superior, llegaron hasta el corazón del propio París, Sikorski no tuvo más remedió que volar de nuevo huyendo de sus enemigos. Y esta vez tuvo que alejarse aún más de su querida Patria, para instalarse en el único lugar seguro para él entonces: Londres.

De mala gana y empujado por la necesaria solidaridad aliada, el Gobierno polaco tuvo que entrar en negociaciones con Rusia, su eterna y enconada rival, para llegar a un acuerdo viable. Al principio todo fue bien; pero no tardaron en surgir dificultades con el Gobierno de Moscú, al negarse éste a devolver la libertad a los prisioneros polacos que habían sido internados en la U. R. S. S. y a facilitar noticias de las familias que habían quedado en territorio polaco. El mismo Sikorski efectuó un viaje a la capital rusa con el objeto de lograr algún resultado positivo sobre este particular; pero, a pesar de toda la diplomacia empleada por el general, el viaje resultó infructuoso. El fortuito descubrimiento de 10.000 cadáveres polacos en la fosa de Katyn reveló la horrible verdad que se ocultaba tras las reiteradas negativas de los rusos. En esto, la petición hecha por los polacos a la Cruz Roja para que enviase delegados que averiguaran todo lo concerniente al crimen, motivó el conflicto soviético-polaco que agravó más aún la tirantez de relaciones entre ambos países. Pero Sikorski, fiel a su consigna de todo por la Patria, no cesó en su empeño de ver de rescatar a sus compatriotas de la tiranía enemiga, y con este objeto realizó un viaje al próximo Oriente, al regreso del cual halló una muerte tan heroica y digna como su vida.

Un escritor francés, que lo conocía de rato dijo de Sikorski que tenía las dos cualidades que, unidas, forman al perfecto hombre de Estado: la experiencia del político y la energía del hombre de guerra. Era, además, una particularidad suya el ser refractario a toda clase de partidos políticos, y, aunque alguna vez se le tachó de derechista, es lo cierto que nunca perteneció a partido alguno, porque creía que éstos dividían en fracciones al ejército, el cual dejaba entonces de ser una unidad.

Estas características hicieron de él un perfecto director de su pueblo, y su pueblo lo quería entrañablemente, a pesar de su gesto grave de hombre adusto y su mirada fría, desprovista de todo calor.

   


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