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         “No has obedecido a tus padres, pero ahora obedeces al parche del tambor”, reza un amargo proverbio de los deportados de Siberia. El redoble del tambor del cuerpo de guardia, a la entrada del presidio, regula la jornada del preso. Diana a las cinco de la mañana; un horario fatigoso, pero que nada tenía de particular para un ruso del siglo pasado: también los obreros y los artesanos trabajaban doce y horas; y no digamos los mujiks.

         Lo primero que hacía el preso al levantarse de su yácija era lavarse; o, mejor, intentarlo pues había demasiada gente para tan poco agua. Los más afortunados alcanzaban a lavarse las manos y la cara. Inmediatamente después venía el desayuno, que se despachaba de pies, con el traje de faena y el chaquetón de piel, indispensable para afrontar el frío invernal. Cada preso recibía una escudilla de madera llena de kvas, bebida alcohólica barata que se obtiene fermentando el pan o la harina de centeno con malta; algunos desmenuzaban pan en el líquido. Después partían al tajo, una brigada tras otra. No había rebajados, salvo los presos afectados a los trabajos del interior del presidio, como por ejemplo los que limpiaban los barracones y las letrinas; y también los recién llegados, que tenían derecho a tres días de descanso completos.

         Semejante disposición no era fruto de la benignidad sino de la lógica: los deportados, antes de la extensión de los ferrocarriles a tan remota región, llegaban tras una serie de largas marchas a pie y encadenados, vigilados por soldados a caballo, y llegaban exhaustos. Sus cadenas eran cuidadosamente inspeccionadas, para comprobar si el peso y el tipo eran reglamentarios: cada paso del forzado debía producir el “ruido reglamentario”. Estaban formadas no por anillos, sino por varillas de hierro del grueso de un dedo, unidas por pasadores remachados. Iban sujetas al tobillo, por debajo de los pantalones.

         Semejante aditamento puede parecer suficiente para descorazonar a aquellos que abrigaban la intención de fugarse, pero la policía no quería correr riesgos: no sólo las cadenas, también la indumentaria y el aspecto físico del preso han de denunciarlo a primera vista, por si, a pesar de todo, lograra escapar. Con tal objeto los deportados visten un traje especial de dos colores: una manga de color gris y la otra de color pardo, y lo mismo las perneras del pantalón; media chaqueta de color café y la otra mitad de color niebla. Idéntica fantasía en el corte de los cabellos: la parte anterior rapada y el occipucio normalmente cortado; otras, media cabeza rapada en sentido longitudinal.

         Con tales precauciones es evidente que la vigilancia de los soldados (que acompañan a los presos con el fusil cargado) se simplifica. Los militares pertenecen al arma de Ingenieros, porque son los ingenieros los que se ocupan de clasificar y enviar a los condenados a los distintos trabajos “gubernativos”. ¿Qué trabajos son esos? Cortar árboles, construir puentes, caminos o ferrocarriles, laborar en las minas... Los detenidos más débiles se ocupan en el interior de los presidios: carpintería, herrería, zapatería, confección... todos ganan el pan con el sudor de su rostro, pero el pan es abundante y a veces –si el horno del barracón está bien construido, y el panadero conoce el oficio- de excelente calidad.

         La sopa ya no resulta tan apetitosa, sobre todo cuando la acompañan algunos escarabajos, lo cual no es raro. Pero todos pueden ganar dinero trabajando para los habitantes del país o ganándolo en el juego (de naipes, de dados, de lo que sea) y comprar la comida que les apetezca. Sin embargo el dinero suele gastarse no para comer sino para beber: vodka, aguardiente..., el caso es emborracharse, olvidar la prisión, la lejanía, el provenir incierto. El dinero debe ser gastado rápidamente: en comer, en beber o con algunas pobres campesinas que, a veces, acceden a visitar a los forzados gracias a la complicidad de algún guardia indulgente o codicioso. El dinero se gasta inmediatamente porque no hay modo de guardarlo: no hay escondite seguro para los especialistas del robo que pululan en estas colonias penales.

         No hay separación ni preferencia en el trato dado a los delincuentes políticos y a los comunes. Este es probablemente el aspecto más terrible de la deportación a Siberia. Todos son iguales: nobles que han perdido sus privilegios por rebelarse contra el zar; estudiantes e intelectuales culpables de difundir ideas subversivas; disidentes religiosos, reos de inconformismo frente a la iglesia nacional ortodoxa; todos conviven, codo a codo, con asesinos, bandoleros, ladrones y demás ralea. Idéntico trabajo, idéntica amenaza de castigo, a saber: “el camino verde”.

         “El camino verde” consiste en un método especial de apaleamiento. El condenado ha de pasar corriendo entre dos líneas de soldados armados de varas de abedul que se dan maña para golpearlo. Las carreras y el número de soldados varían según la gravedad de la falta.

         En las fiestas principales del año (en particular Navidad y Pascua) los presos son conducidos al baño del pueblo más cercano; el baño es una sauna colectiva, tal como se usa en el norte de europeo. El pope vista el presidio, bendice los barracones, efectúa aspersiones de agua bendita, reza en voz alta y presenta la cruz de la parroquia, o un icono, a los presos para que la besen. Después las autoridades civiles y militares de la zona inspeccionan el presidio. La comida es insólitamente variada y abundante: más que a los jefes de la colonia penal esta mejora es debida a las dádivas de las gentes del país, muchos de los cuales descienden de antiguos confinados que acabaron estableciéndose en Siberia.

         Para estas gentes caritativas (y muy pobres) los detenidos no son más que seres dignos de compasión. No les interesan los motivos que les han conducido a tan triste estado, no formulan preguntas. Los designan con una palabra de lo más expresiva: “los desgraciados”. Gracias a ellos los presos pueden trabajar y ganar dinero, pueden recibir cartas a escondidas; pueden recibir incluso libros, la más preciada mercancía para los presos políticos, todos procedentes de la clase intelectual. Esta mercancía terrible debe ser escondida con toda clase de precauciones: el descubrimiento de un libro provocaría una pesquisa minuciosa en todo el presidio.

         Por fin llega el día de la excarcelación, día esperado por algunos durante veinte años. Sin ceremonias: todo lo gris, burocrático; la emoción es puramente interior. Hay que entregar el traje de presidiario; el herrero –un preso- quita las cadenas al afortunado que regresa al mundo de los vivos. Un oficial asiste a la operación. A veces, uno de los herreros, casi airado, empuja fuera al hombre liberado de las cadenas y acompaña el gesto con el viejo saludo de los rusos: “¡Vete con Dios!”

 

Extraído de la revista “Historia y Vida”. Núm: 7. Octubre 1968

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