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Aunque Rasputin estaba muerto, nada había cambiado en Rusia. Durante el crudo invierno de 1916-1917, el hambre, las enfermedades y la muerte se enseñorearon del país. En las chozas de campesinos y obreros ardían velas por los jóvenes caídos en la ofensiva de Brusilov.

La nación acusaba un estremecimiento reaccionario contra el zar. El descontento agitaba al Pueblo Negro.

Los revolucionarios -socialistas y comunistas- abandonaron sus escondrijos iniciando un movimiento agitador para cambiar el Gobierno. Hombres y mujeres se arriesgaron a la prisión, al exilio e incluso a la ejecución distribuyendo octavillas en las que se incitaba al pueblo a sublevarse contra el zar.

En Petrogrado tuvieron lugar manifestaciones callejeras organizadas por socialistas y comunistas. Las multitudes que gritaban pidiendo pan fueron dispersadas brutalmente por cosacos a caballo. Las masas que a su vez entonaron el himno «¡Viva el zar!» ahora cantaban la canción de la revolución, «La Internacional» y sus estrofas rompían el áspero aire invernal:

¡Sublevaos, prisioneros del hambre!

¡Sublevaos, desventurados de la tierra...!

El malestar alcanzó un punto culminante. En enero y febrero de 1917, hervía de desasosiego. Los hambrientos obreros se declararon en huelga en los talleres y las fábricas. Cundía el descontento en el ejército; unidades enteras desertaban y los hombres uniformados, aún armados, se unían a los obreros que inundaban las calles.

Miembros de la Duma (Parlamento) se levantaron en esa cámara para exigir la abdicación del zar. Quienes de la Duma no compartían tan extremada actitud, solicitaron de Nicolás que liberalizara al Gobierno, que librara al ejército de generales ineptos y que aliviara a los millares de hambrientos abriendo los almacenes de suministros alimenticios del Gobierno.

El zar Nicolás era prueba viviente de las estrofas del poeta John Dryden:

Aquellos a quienes ha designado a la rutila, Dios les prepara para su destino y primero destruye su mente...

Con increíble obstinación (o estupidez, en opinión de algunos), el zar rechazó los consejos de sus ministros de liberalizar el Gobierno. Rehusó ceder parte de su poder y cuando los miembros de la Duma continuaron criticándole, Nicolás ordenó la disolución de ese cuerpo el 11 de marzo.

La Duma desobedeció su orden permaneciendo en sesión. Surgieron grandes concentraciones en apoyo de la Duma y repentinamente se desató el tumulto en Petrogrado. Reventó el resentimiento que las masas reprimieron durante tanto tiempo. En la capital se produjeron luchas; ardían enormes incendios en las calles mientras obreros armados y soldados sublevados guerreaban contra leales del zar. El alboroto y la insurrección se propagaron a Moscú.

Las tropas de guarnición con orden de contener al pueblo, se revolvieron contra sus oficiales para unirse a los manifestantes. Estaba próximo el fin para el despótico gobierno del zar.

El 15 de marzo, una delegación del Comité Ejecutivo de la Duma compareció ante el zar, quien a la sazón se hallaba en el Cuartel general militar de Pskov, pidiéndole que abdicara. El zar accedió, diciendo: «Dios salve a Rusia.» Miembros liberales de la Duma formaron un Gobierno provisional. El zar y su familia fueron arrestados y retenidos en el palacio real de verano y el nuevo Gobierno llevó adelante sus planes para continuar la guerra contra Alemania. (Posteriormente, en 1918, Nicolás y su familia fueron ejecutados por revolucionarios comunistas.)

Empero el Gobierno provisional tenía un rival para el poder. Los socialistas y comunistas del ala izquierda formaron Juntas de Obreros y Soldados (soviets) en el ejército, la armada y por todo el país. Los soviets exaltaron el lema de «¡Paz, Pan y Tierra!» Guiados por hombres como Nikolai Lenin, que estuvo desterrado de Rusia durante once años y que se encontraba entonces en Suiza, por José Stalin y León Trotsky, los soviets agitáronse contra las políticas de guerra del Gobierno provisional.

El Gobierno, al frente de Aleksandr Kerensky, ignoró las peticiones pro paz de los soviets y, encima, durante el mes de junio lanzaron una ofensiva en Galitzia. La ofensiva Kerensky hizo algún progreso por poco tiempo, pero el ejército ruso estaba dividido por lealtades opuestas; los agentes soviéticos habían hecho una buena labor con ayuda alemana.

Previendo que Rusia abandonaría la contienda si los soviets tomaban el poder, los alemanes prepararon el envío de Lenin a Rusia desde Suiza, facilitándole el transporte a bordo de un vagón sellado que atravesó Alemania.

A su llegada a Petrogrado, Lenin encontró una tumultuosa acogida. Se habían unido más y más revolucionarios: Maxim Litvinov, Vyacheslav Molotov, Lev Kamenev, Grigory Zinoviev y otros.

Con la determinación de mantener a Rusia en combate contra los alemanes, Kerensky retiró tropas de Siberia que, al mando del general Brusilov, iniciaron una ofensiva en gran escala contra el enemigo.

Estos hombres distribuyeron propaganda pacifista entre los soldados en el frente. Kerensky les acusó de ser agentes alemanes y estimuló a sus soldados a proseguir la lucha. Pero el soldado ruso medio ya no deseaba la guerra.

El ejército ruso se desintegraba. Desertaban divisiones, batallones enteros y los alemanes avanzaban sobre Petrogrado. Por fin, el 7 y 8 de noviembre los comunistas al frente de Lenin se sublevaron para hacerse con el poder. Apresaron la Duma en Petrogrado y después de breve lucha contra una unidad leal femenina (El Batallón de la Muerte) y algunos oficiales, los rojos capturaron el Palacio de Invierno Y sustituyeron al Gobierno liberal de Kerensky.

La revolución se extendió por todo el país. Rusia estaba en desorden y caos. Ardía la guerra civil y Lenin, tratando de salvar algo de los alemanes que se aproximaban, pidió la paz.

Se firmó un armisticio el 15 de diciembre, y en marzo de 1918, después de semanas enteras de regateos, la delegación soviética aceptó el tratado de paz de Brest-Litovsk que despojaba a Rusia de mucho territorio. Cuando León Trotsky, principal negociador soviético, protestó ante los alemanes de las duras condiciones, recibió está fría respuesta: «¡Firmen o les destruiremos!» Excluida Rusia de la guerra, los alemanes -por vez primera desde 1914- disponían de miles de soldados más para ser utilizados en el Oeste. Con la caída de Rusia vino también la rendición del resto del ejército rumano. Ningún enemigo se oponía ya a Alemania en el Este.

Los alemanes esperaban ansiosos la campaña de 1918 y la oportunidad de lanzar a sus tropas del Frente Oriental contra los exhaustos británicos y franceses. Pero los Estados Unidos habían entrado en la partida con un buen juego, una mano invencible; su poder industrial.


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