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Gerd von Rundstedt fue uno de los generales del Reich a quien el Alto Mando confiara las más variadas y vitales misiones. Antiguo oficial de la alta clase, partidario de los movimientos estratégicos basados en la rapidez y la sorpresa, representó  un importante papel en los diversos frentes en que se batió Alemania.

Temperamento dinámico, no entorpecido por la edad, militar de marcada influencia prusiana, el viejo general, cuyas concepciones acerca de la marcha de las operaciones no siempre fueron acogidas favorablemente, fue von Rundstedt un gran colaborador del jefe del Ejército de Tierra, von Brauchitsch. Como éste, quiso oponerse a los alocados planes de la campaña de Rusia y, como él también, cayó en desgracia, aunque sin mayores consecuencias que la de su traslado de frente. De todos modos, en diversas ocasiones se patentizó la admiración y el respeto que suscitaba su digna capacidad, al recurrir a él de nuevo el Alto Mando en los casos de suma gravedad.

Alto, de aspecto Severo y enérgico, figura preeminente de la Reichwehr, a su sola mención vuelven a la memoria, pujantes y llenas de color, las magníficas campañas con que iniciara su intervención en la segunda Guerra Mundial. Lejos de adoptar la táctica de apoyarse en fabulosas masas de material, von Rundstedt confiaba mucho más en su fértil imaginación, que le predisponía a hacer uso de sus íntimos conocimientos y operar con su mejor arma: la sorpresa.

Aunque profundamente mortificado por los reiterados rozamientos con el Gran Cuartel General del Führer, von Rundstedt se mantuvo firme en sus puestos de mando y supo batirse dentro de las posibilidades que le ofrecían las circunstancias, con la confianza ciega de vencer. Poseía tacto y era, sobre todo, paciente, dispuesto siempre a obrar con la mayor independencia que se le pudiera otorgar.

Nació en diciembre de 1815. Predestinado por tradición familiar a abrazar la carrera de las armas, ingresó en la Escuela Preparatoria, y a los dieciocho años era ya teniente -el más joven de todos ellos- del ejército alemán. En sus estudios se había revelado como inteligentísimo en la resolución de problemas tácticos, y sus cualidades militares fueron calificadas de portentosas. Después de servir en el 83 regimiento de Infantería de Cassel con el grado de portaestandarte, comenzó la Gran Guerra del 14 en calidad de primer oficial de Estado Mayor en la RR División. En la campaña de Francia, tomó parte, sobre todo, en la batalla del Marne; luego estuvo también en los Cárpatos y en Galitzia.

Al rendirse Alemania y serle impuestas las condiciones del armisticio, continuó von Rundstedt militando en el ejército de los Cien Mil Hombres. No se dudó en encomendarle la solución de problemas sociales que requirieran la intervención de fuerzas armadas, y así operó en la campaña de represión contra los comunistas que provocaban disturbios, y en los sucesos de 193R. Siendo general de brigada, fue ascendido en 1938 a general de división, grado con el que participó en las sucesivas ocupaciones de Austria y del territorio de los sudetes. Después de esta última operación se retiró del servicio activo.

La segunda guerra le sacó de su retiro, para ponerle al frente del Grupo de Ejércitos del Sur. Con ellos, en septiembre de 1939, partiendo de Silesia, se internó veloz y profundamente en territorio polaco, donde ocupó Lodz y Cracovia y cayó así a espaldas de los polacos para cortarles la retirada a Varsovia. Habilísima maniobra, ejecutada con la pericia y astucia que le animaban. Sus tropas fueron las primeras en luchar en las Ardenas y en romper el frente francés en dirección a la línea Maginot, entre Sedán y Namur. Expugnada la famosa línea de defensa, inició una marcha victoriosa a velocidad increíble, hasta llegar a Calais y dividir así en dos partes al ejército francés.

Al estallar el conflicto con Rusia, von Rundstedt, ascendido a mariscal, recorrió triunfante las fértiles llanuras de Ucrania, y fueron sus tropas las que consiguieron entrar en Kiew, la ciudad maravillosa. Las primeras disensiones con el Gran Cuartel General datan de esta época. Se atrevió, en efecto, a calificar de irrealizables los deseos del Alto Mando, y por ello, a pesar de haberse cubierto de gloria en esta gigantesca campaña, se le obligó a cesar en el cargo.

Inolvidables gestas las que realizara von Rundstedt en los tres teatros de la guerra donde se barajaba el futuro del III Reich. Pronto, sin embargo, pasaron al olvido, como en tantos otros casos, sus brillantes operaciones, y no fue de extrañar el asombro que causara su nombramiento de jefe supremo de los ejércitos de ocupación de Francia, encargado de organizar la defensa de las costas del Atlántico.

Asombro es la palabra apropiada para definir la reacción de la opinión pública, deslumbrada por las brillantes actuaciones de otros generales más jóvenes, a quienes se creía más apropiados para la nueva misión. En poco tiempo, al ofrecer la situación militar unas características verdaderamente angustiosas, la importancia de la figura del general adquirió proporciones desmesuradas, y todo el Mundo se aprestó a exigir lo irrealizable, sin demasiada inclinación a la benevolencia Von Rundstedt tropezó por segunda vez con las trabas de la propaganda política. Se había hablado demasiado de la inexpugnabilidad de la barrera del Atlántico y de la imposibilidad de que el enemigo lograra llevar a cabo sus propósitos de invasión. Ante la inmensa superioridad de l  aviación anglo-americana, el general comprendió bien pronto la inutilidad de esforzarse en impedir la realización de desembarcos en el continente. En tal situación, su plan consistía en dejar avanzar al enemigo, para entorpecerle después los suministros de material pesado y aniquilarle a continuación atacando por los cuatro costados.

No fue bien acogido por el Gran Cuartel General este proyecto de conducir las operaciones. El nacionalsocialismo, con su enorme propaganda, no podía tolerar el avance de las tropas aliadas, siquiera fuera eventualmente. Von Rundstedt fue sustituido por Rommel. El joven y temerario general intentó renovar sus hazañas de África, sin contar con que la actual situación era por completo diferente. A Rommel le parecía empresa fácil repeler las columnas de penetración con las fuerzas blindadas. No fu‚ así; el fracaso amenazó destruir las posibilidades de defensa alemanas; de modo que, en plena euforia aliada, el sentido de la necesidad impulsó a reponer a von Rundstedt en el mando. Poco se podía ya hacer entonces para poner en práctica la primitiva teoría. El único recurso era hacerse fuerte en la línea Sigfrido.

Si a von Rundstedt le tocó demostrar la endeblez de  la línea Maginot, a él le deparó también la suerte ser el principal testigo del mismo fin de las fortificaciones alemanas. Ante un ejército moderno, dotado de medios potentísimos de destrucción, no cabía otra solución que darle la réplica en igualdad de condiciones.

Situado en un plano de evidente inferioridad, el general emprendió una serie de contraofensivas encaminadas a desarticular el ataque aliado. En un principio, dieron el fruto apetecido; mas las sucesivas desmembraciones hechas al ejército alemán para acudir a reforzar otros frentes, dieron como resultado. El hundimiento de la línea Sigfrido y la retirada de von Rundstedt en busca de defensas naturales que permitieran concentrar las maltrechas tropas y reajustar un nuevo plan.

Von Rundstedt hizo gala en todo momento de poseer una ponderable facultad de adaptación a toda clase de escenarios guerreros, aunque su fuerte se manifestara más ostensiblemente en las vastas llanuras, propias para los grandes movimientos, donde los obstáculos del terreno no existían. Aferrado a amplias concepciones, pasó por alto cuanto podía afectarle íntimamente, sacrificando así, el orgullo a su elevado sentido de la disciplina militar.

Con frecuencia fue criticado al no ser comprendidos sus métodos. La iniciativa era para él el factor decisivo, y en múltiples ocasiones la exteriorizó de forma conducente al equívoco, permitiendo que el enemigo la llevara en apariencia. Luego caía inopinadamente sobre los puntos débiles, y se invertían los papeles.

Von Rundstedt creía en sus soldados, y los soldados creían en él; pero jamás pudo contar con el apoyo necesario en quienes debían concedérsele. Si bien se le encomendaron misiones de gran importancia, su recia personalidad quedó apagada por las trabas sembradas a su alrededor.

Él es el general por excelencia, sin engolado énfasis, de buena y rancia escuela, descendiente de militares, feliz conjugador de las enseñanzas pretéritas con las normas flexibles y vivaces de la época. Tenía el concepto y el don del verdadero jefe. Su arrogante sinceridad al exponer la cruda realidad en que se hallaba el ejército alemán le forzó a dejar el mando, al igual que sucediera en Rusia y fue relevado por el mariscal Kesselring. La guerra estaba ya decidida y la situación de Alemania, próxima al desfallecimiento, no dejaba vislumbrar solución alguna. La destitución de von Rundstedt obedeció a la marcha desesperante de las operaciones, y, sin embargo, ¡cuanto mejor hubiera sido dejarle obrar a su antojo en las prometedoras llanuras francesas! Allí residían las pocas probabilidades de éxito para un buen táctico como el mariscal.

Apuntalar un ejército en franca retirada fue su última hazaña, y, si luego no pudo contener el empuje de unas fuerzas prácticamente inagotables, poco cabe cargarle en cuenta. Von Rundstedt fue absorbido por la vorágine del colapso final.

Poco sospechaba el viejo general, cinco años atrás, cuando avistara las costas inglesas, vencedor de batallas relámpago, que su destino le llevaría a cruzar el canal y pisar tierra de las islas, en calidad de vencido, para enfrentarse con una existencia llena de amargura y de pesar.

   


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