1848: EL AÑO DE LAS REVOLUCIONES

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Cuando el alzamiento de París en febrero de 1848 hubo barrido el corrupto gobierno del «rey burgués» Luis Felipe, se formó un ministerio reformador que incluso parecía dispuesto a hacer algunos intentos con las nuevas ideas del socialismo.
Así, para hacer efectiva la nueva ley del «derecho al trabajo», se instalaron «talleres nacionales». Mas pronto se vieron los enormes costos que ello comportaba, se vio el vertiginoso aumento de las masas proletarias por la migración hacia París y la tendencia de los trabajadores, proclamada a voz en grito, de “nacionalizar” también fábricas y empresas ya existentes. De modo que el gobierno dio marcha atrás con la obra reformadora de los «talleres nacionales», lo que equivalía a decretar el hambre y la miseria. El profesor Arago, un físico famoso, se había convertido en miembro del gobierno.
En la noche del 2 de junio de 1848 se alzaron por todo París, pero especialmente en el miserable este de la ciudad, cientos de barricadas ocupadas por obreros pobremente armados que declaraban que «preferían morir de un tiro que de hambre». Hacia las seis de la madrugada, las nieblas matinales yacían todavía sobre las orillas del Sena, se vio marchar al profesor Arago, canoso, empequeñecido, aplastado por las preocupaciones, al frente de una tropa urgentemente reunida de infantería de línea, dragones, guardias nacionales y dos cañones, hacia la plaza del Panteón. Era conocido allí.
Se encontró con las barricadas, sobre cuyo borde asomaban las cabezas de obreros sucios y depauperados. Arago, tocado con la banda tricolor de ministro, se adelantó valientemente y gritó: «¿Por qué os alzáis contra la ley?»
Un obrero le contestó: “Bah, se nos han prometido ya tantas cosas que jamás se han cumplido... Ahora tenemos que defender nosotros mismos nuestros derechos.”
“Pero para eso no es necesario construir barricadas de buenas a primeras.”
“Señor Arago, ¿olvida que usted mismo nos ayudó a construirlas en el año 30, y que enseñaba a sus estudiantes que se debía combatir la injusticia incluso con la violencia?” El profesor intenta convencer a los rebeldes. Pero un viejo le dice:
“Señor, usted es catedrático. Jamás ha tenido hambre ni jamás ha experimentado realmente la miseria...”
Entonces suenan los primeros disparos, el ejército ataca.
Los obreros, enloquecidos, apoyados por los estudiantes, se defienden con todos los medios en esa «batalla de junio». Durante los combates muere también el arzobispo Affre; la historiografía de los vencedores no menciona más que de pasada los incontables obreros, mujeres trabajadoras y estudiantes masacrados. Finalmente, el gobierno llama en su auxilio al general Cavaignac con sus tropas coloniales. Este aplasta el levantamiento con la máxima dureza, manda detener a centenares de revolucionarios, hace fusilar los en los fosos de Vincennes o en los traspatios y deportar a otros... La asustada burguesía se ha salvado una vez más y elige presidente de la 2ª república, a finales de año, al sobrino del gran emperador, a Luis Napoleón Bonaparte. La revolución produce el señorío de los militares y el futuro dictador, que sólo dos años más tarde completa el golpe de estado y transforma la república en el 2º imperio (1851).
La revolución de 1848 -dirigida contra el gobierno del «rey burgués» Luis Felipe- había sido provocada originariamente por intelectuales progresistas, burgueses ilustrados y la clase media. La monarquía burguesa, que había llegado al trono después de la caída del rey Borbón Carlos X y su sistema reaccionario, había proclamado en su momento el lema (¡Enrichissez-vous!) (¡Enriqueceos!) Banqueros, industriales, comerciantes, especuladores del suelo y constructores habían aceptado y obedecido alegremente dicho lema. El resultado fue corrupción, afán de lucro, la indescriptible explotación de la población obrera en las instalaciones industriales que se multiplicaron rápidamente. La libertad civil estaba limitada por la censura de prensa, la venalidad de tribunales y autoridades, el sistema electoral por clases y las medidas policiales.
Una crisis económica y el aumento de precios habían agudizado la situación.
Así llegó finalmente en febrero la caída de Luis Felipe. Pero eso no fue más que la primera fase de la revolución.
Los desesperados y oprimidos esclavos de la edad contemporánea, la clase obrera, habían recibido un nuevo grito de guerra: «¡Proletarios de todos los países, uníos!» Poco después de la revolución de febrero había aparecido en Londres en 1848 el «Manifiesto comunista» redactado por Karl Marx y Friedrich Engels. Las nuevas ideas, al principio mal comprendidas y confusamente, habían alcanzado inmediatamente las mentes de los trabajadores; cuando ahora se formaron para cambiar la sociedad y el estado, lo hacían ya en el nombre del socialismo.
No la revolución proletaria, sino la liberal, pasó inmediatamente a otros países europeos. El telégrafo había difundido con la velocidad del rayo la noticia de los sucesos de febrero en París.
En casi todos los países de la Liga alemana, por ejemplo, los comités de ciudadanos exigían la libertad de prensa, tribunales jurados, la guardia ciudadana y un parlamento libremente elegido, una cámara popular paralela a la «dieta federal». Como por todas partes se desarrollaron guardias ciudadanas y manifestaciones, se llamó a los ministerios a los jefes de las oposiciones liberales en Baden, Württemberg, Hesse, Hannover y Sajonia. En Baviera, el rey Luis I huyó ante las manifestaciones de estudiantes y burgueses. Incluso al ultrarreaccionario Metternich le sonó la hora: fue obligado a dimitir; pues el imperio austriaco estaba en franca ebullición: en Praga, Viena, Budapest, en Venecia y Lombardía. El emperador Fernando se retiró a Innsbruck ante las asambleas populares y los estudiantes armados y permitió que el 22 de julio se reuniera en Viena la primera dieta imperial constituyente de Austria.
En Prusia, el rey dudó tanto tiempo en la concesión de reformas democráticas que en los días de marzo se llegó al levantamiento, a luchas de barricadas y batallas callejeras que duraron 14 horas.
El 21 de marzo, por fin, Federico Guillermo IV decretó una proclama liberal, atravesó la ciudad de Berlín, sembrada de escombros, y declaró que se pondría como rey a la cabeza de una Alemania libre y unida.
El 18 de mayo de 1848 se reunieron en la iglesia de San Pablo de Frankfurt unos 600 delegados elegidos por sufragio universal e igual, entre ellos destacados representantes de la ciencia, la literatura y el derecho, para la primera asamblea nacional alemana.
Como que también en Venecia y Lombardía el pueblo se alzó contra el dominio extranjero austriaco, el terrible rey Borbón, Fernando II de Nápoles-Sicilia autorizaba una constitución, los cuerpos francos de Garibaldi y Manzini entraban victoriosos en los ultrarreaccionarios estados pontificios y en Roma, de modo que el papa huyó disfrazado a Gaeta, y como también Bohemia y sobre todo Hungría estaban en franca rebeldía por una época más libre y democrática, parecía que en 1848 hubiera comenzado en casi toda Europa la primavera política. La reacción, el autoritarismo principesco, la burocracia ministerial y el terror policiaco estaban en retirada en todas partes. Radicales como Hecker y Struve incluso llamaban a estudiantes y ciudadanos a las armas para fundar la nueva «república alemana».
Pero las fuerzas de la reacción no habían cedido más que en el primer susto; tomaron aliento y empezaron a devolver los golpes. Ya en abril, los alzados polacos habían sido apisonados por tropas rusas. En junio, el príncipe de Windischgratz invadió las zonas alzadas checas con tropas regulares austriacas y el riguroso mariscal Radetzky venció brillantemente a los sardos e italianos revolucionarios en la Italia Superior. En noviembre, el rey prusiano sacó la nueva asamblea nacional prusiana del intranquilo Berlín a Brandenburgo e hizo entrar en Berlín al mariscal Wrangel con sus tropas.
En Viena, donde las alzadas masas ciudadanas impidieron la salida de tropas contra la revolucionaria Hungría, se llegó a combates callejeros, al asesinato del ministro de la guerra e incontables terrores. Pero entonces llegó el ejército vencedor de Bohemia bajo Windischgratz y sitió la ciudad que se defendió valientemente hasta el 31 de octubre. Después de tomada, Viena fue puesta bajo ley de guerra; se detuvo a los cabecillas de la revolución, que fueron fusilados o encerrados en mazmorras. Entre las víctimas de los fusilamientos se encontraba también el delegado del parlamento de Frankfurt Robert Blum, uno de los principales oradores de los demócratas. Las revoluciones se acercaban a su final. El zar Nicolás I -a quien se llamaba el «gendarme de Europa»- prestaba sus divisiones cosacas y sus regimientos rusos para aplastar junto con tropas austriacas el levantamiento de Kossuth en Hungría, lo que consiguió a mediados del año 1849. Prusia tomó a su cargo el papel de gendarme en el oeste alemán: durante la primavera y el verano de 1849, los prusianos aplastaron las últimas llamas del alzamiento democrático en Baden. Comenzó la larga huida de los demócratas y luchadores de la libertad hacia América.
Durante todos estos meses dramáticos había estado reunida en la iglesia de San Pablo de Frankfurt la asamblea nacional que se había enardecido por una constitución para Alemania, había fijado derechos fundamentales, había fundado ministerios imperiales y se había dividido en una facción «gran-alemana» y una «pequeño-alemana». En el propio marzo de 1849, después de una muy justa mayoría de los «pequeño-alemanes», 290 delegados eligieron a Federico Guillermo IV de Prusia emperador hereditario alemán.
Mas éste, orgulloso de su «por la gracia de Dios», rechazó una dignidad conferida por el pueblo. La gran tormenta había pasado.
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