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LA REVOLUCIÓN RUSA EN POCAS PALABRAS

En la galería Tretyakov de Moscú cuelga aquel cuadro gigantesco que muestra uno de los momentos históricos de la revolución: la llegada de Lenin a la estación de Finlandia en Petrogrado. Era el 16 de abril de 1917 hacia las 23 horas. Las calles y la plaza están cubiertas de una apretujada masa humana. Marineros con el pecho medio desnudo y los brazos cubiertos de tatuajes llegan desde el arsenal y se mezclan entre los obreros que llenan la Simbirskaya. Soldados en los uniformes pardos de campaña con los pantalones remendados y las gorras gastadas», así lo describirá Lenin más tarde, «cosacos en elegantes guerreras de corte inglés y pantalones de montar con anchas bandas rojas, jóvenes oficiales en uniforme común de soldado raso se mezclan en un batiburrillo multicolor con jóvenes mujeres de mirada despierta y vestidas con colores chillones...»

Envuelto en nubes de vapor ha entrado en la estación de Finlandia el tren. Un movimiento atraviesa las masas cuando aparece Vladimir Ilyich Lenin, acompañado de su mujer, la Krupskaya. Un foco señala el grupo, un retumbante grito de júbilo truena en la noche iluminada por rojas llamas. Marineros y milicianos obreros han alzado sobre sus hombros a Lenin que, vestido en un sencillo traje de viaje y con gorra de visera, parpadea hacia la intensa luz y lo llevan hacia un automóvil blindado que lo espera.

De pie sobre su techo, visible para todos, el hombrecillo está ahora en el centro de una ondulante masa humana. Todas las miradas se centran en él. El es el corazón y la cabeza de la revolución. eso se sabe en todos los rincones del mundo. Cheide y Skobélyev, representantes del «gobierno provisional» han intentado en vano saludar al bolchevique que regresa. Están perdidos y encallados en medio de la muchedumbre; nadie les hace caso. Es a Lenin a quien todos quieren oír.  Y Lenin habla en medio de la luz del foco, sobre el techo del coche blindado, se dirige a las masas populares para llamarlas con embravecidas palabras a la lucha por la revolución socialista.

Cierra su arenga con la llamada: «¡Todo el poder a los soviets! jViva la revolución socialista!»

Desde la catedral de Isaac, desde el palacio Táurico, de la iglesia de San Simeón y de la catedral de Kazán los relojes hacen sonar la undécima hora de la noche. Allí, en el muelle de la fortaleza de Pedro y Pablo, el crucero Aurora enciende todos sus focos, inundando de luz las oscuras ondas del Neva. Entonces el blindado se pone lentamente en movimiento, rodeado por una inmensa multitud, atraviesa el puente de Alejandro, recorre el muelle del Neva hacia el cuartel general de los bolcheviques en el instituto Smolny. Río arriba se tiende, amplio y precioso en la perdida magnificencia zarista, en el verdiblanco del rococó rastrelliano, el palacio de invierno. Muchas de sus ventanas están iluminadas. Ahí reside el «gobierno provisional» de Kerenski. Pero Lenin acaba de pisar suelo ruso. Las cosas pronto van a cambiar...

El nombre de ese hombre es, en realidad, Vladimir Ilyich Ulyánov. Lenin es su alias de los días de la persecución. En el momento de su regreso del exilio en Zurich cuenta 47 años, proviene de la nobleza funcionaria ruso-tártara, pero ya se ha ocupado en el estudio y el desarrollo del marxismo en su época de estudiante corno la mayoría de los revolucionarios.

Cuando la temida Ojrana, la policía secreta de los zares, le pisaba los talones, se había dirigido, años antes de la primera guerra mundial, al exilio. Cuando en marzo de 1917 estalló la revolución que barrió del trono el gobierno zarista, el alto mando militar alemán vio su ocasión de acelerar la descomposición interna de Rusia y autorizó a Lenin a atravesar el territorio alemán, de modo que éste pudo llegar, a través de Suecia y Finlandia, hasta PetrograciQ: Trotski regresaba del exilio poco después.

Ahora se enfrentaban en la bullente olla de grillos de Petrogrado el gobierno moderado. socialdemócrata, de Kerenski y el ahora muy reactivado, radical partido de los bolcheviques. El instituto Smolny, cuyas salas usaban Lenin y Trotski con sus «cuadros» revolucionarios, se convirtió en el gobierno en la sombra. Durante los meses siguientes, sus cuadros bien instruidos organizaron las milicias obreras, fundaron soviets (comisiones de obreros) por todas partes, entablaron relaciones con las tropas, los marineros y los obreros de las fábricas Putílov. Como que el gobierno Kerenski de los socialistas moderados quería proseguir la guerra y era demasiado débil como para emprender reformas sociales radicales, las masas depauperadas, cansadas de la guerra, se pasaron pronto a la línea de Lenin.

El 25 de octubre según la cronología antigua (el 7 de noviembre según la nueva cronología), las masas de soviets, marinos, milicias, obreros armados se concertran bajo el arco del Estado Mayor y en la plaza delante del palacio de invierno. Después de un breve cañoneo, iniciado por el crucero Aurora desde el Neva, asaltan el palacio y barren el «gobierno provisional». Sólo Kerenski logra escapar. Lenin se pone a la cabeza del «consejo de los comisarios del pueblo», el poder soviético se ha establecido.

La Rusia Soviética firma ya en marzo de 1918 la paz de Brest-Litovsk con Alemania; pero a continuación debe defenderse con sus últimas fuerzas contra la «contrarrevolución blanca» y la invasión de las potencias occidentales capitalistas.

Descuellan en esas campañas León Trotski, como creador del «Ejército Rojo» y Josip Visarionovich Chugashvili, llamado Stalin, como defensor de Barizyn, la posterior Stalingrado.

Con ello había triunfado un movimiento revolucionario que tenía sus raíces en las especiales circunstancias del siglo XIX. Las ideas liberales y socialistas se habían introducido también en las clases intelectuales rusas. Los primeros efectos de las críticas de las clases superiores contra las realmente medievales formas legales y de vida en el imperio zarista se mostraron bajo el zar Alejandro II, cuando éste abolió la servidumbre en 1861, pero sin tocar las relaciones de propiedad de la tierra y el suelo. Los pobres del pueblo continuaron siendo una potencia revolucionaria latente. En las ciudades nació la industria, los trabajadores eran explotados y oprimidos. Entre ellos introdujeron ideas revolucionarias marxistas los intelectuales, estudiantes, maestros e incluso popes. Así se llegó a la fundación de un partido obrero socialista, que se fraccionó en su congreso de Londres de 1903. Los partidarios radicales de Lenin vencieron con 19 votos contra 17 de los moderados acaudillados por el líder Plejanov.

Desde entonces, los unos se llamaban «bolcheviques» (mayoritarios), los otros «mencheviques» (minoritarios). Durante la guerra ruso-japonesa estalló la revolución de invierno (1905), sofocada a tiros por los cosacos y tropas de la guardia. También los intentos de reforma agraria del primer ministro Stolypin (desde 1906) se quedaron a medio camino. Del resto se ocupó la guerra de 1914. En 1917, Lenin creó el primer estado socialista de la URSS.

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