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¿QUÉ FUE LA REVOLUCIÓN FRANCESA? |
Cuando
Su Muy Cristiana Majestad Luis XVI, rey por la gracia de Dios -señor
absoluto de 25 millones de hombres y gobernante de uno de los más
poderosos estados del mundo- volvía como habitualmente de la caza al
atardecer del 14 de julio de 1789, anotó con su acostumbrada pedantería
las piezas cobradas.
Debajo de "otros sucesos» escribió lacónicamente: "Sin novedad.»
Poco después se presentó ante Su Majestad el duque de Liancourt para darle un excitado parte de los acontecimientos de París: el pueblo había conquistado la ciudadela de la corona, la Bastilla.
"Pero oiga, monsieur -se enfadó el rey- esto es un motín!»
El duque respondió: "Se equivoca, sire: es la revolución.»
¿Qué había ocurrido?
Mientras la alta nobleza disfrutaba de una existencia beatifica en los maravillosos jardines y en las magníficas galerías palaciegas de Versalles había entrado en erupción el volcán que hacía tiempo rugía ya. Su primer cráter fue París.
La por entonces mayor ciudad del continente con sus 650.000 habitantes hervía desde hacía tiempo. Hubo revueltas causadas por el hambre; en salones y clubs ingeniosos los nobles progresistas, clérigos ilustrados y burgueses educados debatían ideas revolucionarias. Bullía sobre todo el Palais Royal un gigantesco complejo de pórticos, cafés, tiendas, glorietas y salones que pertenecía a la rama rival de la casa real, los duques de Orleans, y era exterritorial para la policía. Entre otros oradores, se había subido aquí a una mesa el joven poeta y abogado Camille Desmoulins, amigo del abogado Georges Danton, quien había llamado al pueblo a la acción y le había sugerido que se pusiera como cocarda de la libertad las hojas de los castaños.
Miles de hombres: burgueses, tipos suburbanos, rufianes con sus rameras, soldados prófugos, mercaderes y mujeres obreras medio muertas de hambre salieron del Palais Royal, se reforzaron a lo largo de los muelles del Sena con parados y mendigos y asaltaron comercios de armas. La suerte puso en manos de la masa excitada los 432.000 fusiles almacenados en el arsenal de los Inválidos; se arrastraron ruidosamente por las calles los cañones. Entonces la marea se dirigió hacia la Bastilla, la odiada prisión alzada como un puño sobre París.
Por este tiempo, la Bastilla había perdido desde hacía mucho su significación original, aunque no su aterradora fama. El 14 de julio estaba guarnecida bajo el mando del anciano alcaide de Launey por 80 inválidos y 40 suizos. La multitud la cañoneó, la rodeó y la conquistó.
Después de que la salvaje manifestación había durado desde mediodía hasta el atardecer, el populacho entró finalmente en ella y tomó prisionera, con la promesa de libre retirada, la agotada guarnición. Se buscaron las víctimas de la llamada justicia de gabinete y se liberaron -tres míseras figuras. Una vez más, la némesis de la historia había llegado con una generación de retraso. Bajo Luis XV todavía habían pasado por la
Bastilla 60.000 víctimas.
Entonces el enfurecido gentío mata a una parte de los inválidos; a de Launey y sus oficiales les cortan a sablazos la cabeza, que arrastran, sangrantes, por París. El pueblo había actuado; se había dado la señal. Para tratar de encauzar las cosas, el marqués de Lafayette, el compañero de armas de George Washington, fundó, a instancias de la alta burguesía revolucionaria, la guardia nacional. Le dio una nueva cocarda: la escarapela azul-blanca-roja. El blanco de la tricolor era el de los Borbones; se lo rodeaba de los colores de París, azul y rojo, que eran al mismo tiempo los colores de los "progresistas” Orleans.
¿Cuáles fueron las condiciones y causas de la revolución francesa, que debería cambiar la historia del mundo? El absolutismo de los reyes, apoyado en el feudalismo de los estamentos privilegiados, nobleza y clero, hacía tiempo que se había pasado de la raya. Diezmos, derechos de caza, tribunales señoriales, carga impositiva, señorío de la tierra, nepotismo y un cruel ejercicio de la policía y de la justicia pesaban opresivamente sobre todo en los distritos rurales. Las malas cosechas acompañadas del aumento de las entregas obligatorias habían traído tras sí el hambre. Incluso el en otros tiempos famoso ejército estaba en decadencia: los soldados vestían harapos y tenían que mendigar, mientras que las plazas de oficial estaban cubiertas por nobles que apenas se ocupaban de la tropa pero que, en cambio, cobraban magníficos gajes. Parecía cercana la bancarrota del estado. Mientras que la frívola reina María Antonieta -hija de María Teresa de Austria y conocida en París como la odiada “austríaca”- gastaba en un solo vestido bordado de pedrerías un millón de libras de oro, las mujeres de París, con sus hijos a la espalda, morían de hambre mientras hacían cola ante el horno de un panadero. Los ministros de hacienda que se relevaban en rápida sucesión sólo sabían de un remedio: nuevos impuestos -impuestos que el rey ordenaba y sobre cuya autorización nadie más podía opinar. Mientras tanto, la nobleza y el clero, como «estamentos privilegiados», y aunque poseían juntos los dos tercios de todo el patrimonio nacional, estaban libres de impuestos; toda la carga se caía sobre burgueses, campesinos y trabajadores.
En esta situación había aparecido como último salvador de las finanzas reales el banquero ginebrino Necker, que había recomendado convocar el parlamento de los «estados» generales, para hallar nuevas posibilidades de fiscalización.
¿Reformas en este momento? Ello significaba la confesión de debilidad de un sistema que se tambaleaba en sus cimientos. Los innovadores creían ver el alba. Porque hacía tiempo que, merced al progreso del comercio, de la artesanía y de la manufactura, y a la aparición de bancos y sociedades de capital, los grandes burgueses, incluso toda la burguesía, había tomado conciencia de sí misma como «estado llano».
Filósofos como Voltaire o los enciclopedistas habían hecho tambalear las viejas escalas de valores; en 1748 había aparecido «El espíritu de las leyes» de Montesquieu, en 1762 el «Contrato social» de Rousseau y en 1789 «Los derechos y obligaciones del ciudadano» de Mably. Se discute acerca de los «derechos del hombre» y de la «libertad», tal como América acaba de exigírsela al rey inglés. La burguesía se estableció como partido; y el abate Sieyes publicó su escrito «¿Qué es el tercer estado?». El antiguo régimen, que ya se acercaba a la agonía, hizo lo que hacen todos los sistemas en decadencia y trasnochados: coqueteaba con lo nuevo, jugaba con las frases explosivas de las jóvenes ideologías y se manifestaba «progresista», porque esto era moderno y estaba de moda.
Al leer el manuscrito de «Las bodas de Fígaro», de Beaumarchais, por ejemplo, el rey había comprendido de qué modo atacaba la nobleza, y prohibió durante años su representación. Mas la envalentonada nobleza en parte se la exigió, en parte la logró mediante trucos. Después del asalto a la Bastilla, los hechos se precipitan. Siguen sus leyes internas y pasan la antorcha de la revolución a grupos de población cada vez más radicales. La revolución transcurre en varias fases: Al principio es un asunto de la alta burguesía directora: los ricos e influyentes banqueros, los comerciantes, poseedores de grandes fortunas. Catedráticos, sobre todo abogados, pero también nobles -como Mirabeau- o clérigos -como el obispo de Autun, Talleyrand- son los portavoces de la «asamblea nacional».
Se proclaman los derechos del hombre (26.8.1789). La nobleza y el clero deben renunciar a sus privilegios; se confiscan los bienes de la iglesia, se obliga a la familia real (5.10.1789) a trasladarse de Versalles a las Tullerías parisinas. El año 1790 trae importantes reformas. Una de ellas es la abolición oficial de la nobleza hereditaria, la palabra «burguesía» aparece por primera vez en uno de los innumerables periódicos; mas otra de las «reformas» es, por ejemplo, la implantación, en 1791, de la guillotina como medio de ejecución.
En la segunda fase, que comienza más o menos el 1.10.1791 con la reunión de la asamblea «legislativa», pasa a un primer plano la pequeña burguesía, la clase media, representada en la guardia nacional y en los clubs. Los hombres del sur, generalmente humanistas e ideólogos ingeniosos (los «girondinos») ocupan ahora las posiciones directoras de las que se expulsa a nobles, clérigos y grandes burgueses. El 3 de septiembre entra en vigor la constitución, el rey la jura; el 1 de octubre inicia sus actividades la asamblea legislativa; y se promulga el duro decreto contra los sacerdotes. El estallido de la guerra contra la Europa feudal conduce a una mayor radicalización. El 10.8.1792. las masas de los suburbios asaltan las Tullerías. Entre el 2 y el 5 de septiembre tienen lugar los asesinatos en masa en las cárceles parisinas. Y después de que el 21.9.92 se ha reunido la convención, se abole la monarquía; al día siguiente empieza el año 1 de la república francesa.
La radicalización avasalla el desarrollo como un alud. 1793 se convierte en el «año del terror». El 21 de enero cae la cabeza del rey. A partir del 10.3.93 trabaja a todo lo que da el «tribunal revolucionario»; la «cama de madame guillotina» se llena de cadáveres, los comisarios con la faja tricolor aterrorizan las provincias. Arden castillos y conventos, una ola de crueldades, asesinatos y violencias recorre los departamentos. Paralelamente, corre la guerra en Flandes, en el Rin -en todas las fronteras.
Más y más se escapan las riendas de las manos de los girondinos moderados, incluso a un Danton se le tilda de conservador. Se inicia la tercera y más salvaje fase de la revolución. Aparece un nuevo tipo de guardia nacional con los sansculottes, las guardias obreras del Marais y del Faubourg Sto Antoine. La jefatura política tiende todavía más a la «izquierda»: rígidos ideólogo s como Robespierre, iracundos vengadores como Marat y funcionarios celosos del favor de las masas como la gente de la Commune Chaumette o Henriot, hienas del periodismo sin escrúpulos como Hébert, tienden hacia el poder. En junio de 1793 se detiene a los girondinos que después, tras un juicio teatral, son guillotinados; Marat es asesinado por la noble Charlotte de Corday, Carnot organiza la «Levée en masse» (el servicio militar general obligatorio) y la totalización de la guerra. Ahora ruedan también las cabezas de María Antonieta, del duque de Orleáns -que en tiempos se había llamado Philippe Egalité. Y entonces la revolución devora sus propios padres e hijos: Robespierre, que con sus jacobinos se vuelve cada vez más dominante, manda ejecutar a Hébert, Chaumette, incluso al gran Danton y al heraldo de primera hora, Camille Desmoulins. Finalmente trata de sustituir la política por «virtud» e ideología rousseauniana, introduce la «fiesta del Ser Supremo» -una vuelta del ateísmo revolucionario. Pero cuando su mirada de juez virtuoso se dirige a los ensangrentados comisarios de las provincias, a los corruptos funcionarios y asesinos de la burguesía, cae víctima con sus seguidores, el 27.7.1794, de una conjuración de los «thermidorianos» -de astutos criminales, oportunistas y burgueses cansados de revolución.
Con él y su «ideólogo jefe» Saint- Just termina la gran revolución. La última fase es transición al directorio, lucha contra radicales como Jacques Roux y Babeuf y sangrienta venganza, sobre todo en las provincias meridionales, contra los revolucionarios rojos. Al terror rojo sigue el igualmente cruel y arbitrario terreur blanche, el terror blanco. La debilidad del gobierno del directorio, la difícil situación militar, la inflación, el desorden y la ideología desesperada conducen finalmente al gobierno de los militares. Un general llamado Napoleón Bonaparte doma la moribunda revolución y la conduce al nuevo siglo. El llevará sus ideas a los países de Europa.
La revolución de 1789-1794 fue un acontecimiento formidable y, para la generación que la vivió, estuvo llena de violencia, asesinatos, saqueos y múltiple crueldad. Mas lo que permaneció y surtió efecto en Europa y después entre los pueblos del mundo, fue el inicio de la nueva democracia, una de las fuentes originarias del socialismo «científico» y la inflamación del nacionalismo que determina como una especie de locura religiosa en el siglo XIX y en algunos lugares del mundo incluso en la actualidad.
Muchas de las mejores ideas de la revolución: igualdad civil ante la ley y el fisco, fraternidad en el desarrollo de una nueva doctrina social y libertad, dignidad humana y derechos del hombre en el ámbito particular y estatal se salvaron para la posteridad primero en el «Code Napoleón» , después en constituciones cada vez más liberales y en los códigos de derecho civil. Es cierto que a principios del siglo XIX todavía siguieron en Europa las más sombrías restauración y reacción (una «santa alianza», un régimen de Metternich y una consolidación de la monarquía en sistemas policiales), pero la nunca apagada llama de la revolución se encendió de nuevo en Francia en 1830 y condujo a la revolución europea de 1848. Al siglo XX no llegaron más que unas pocas monarquías, y éstas, en su mayoría, sin ningún poder.
El dicho de Hegel, de que la historia se desarrolla inconteniblemente de la forma inferior de libertad a la superior, parecía cumplirse.
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