¿QUÉ FUE LA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL?

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Con la invención de la máquina de vapor y de máquinas para la elaboración y la manufacturación del algodón comienza, en la segunda mitad del siglo XVIII, en Inglaterra, la revolución industrial, es decir la transición a la economía industrial del alto capitalismo con sus ingentes masas obreras proletarias.
Un pobre tejedor de Standhill cerca de Blakburn, en Inglaterra, James Hargreaves, había desarrollado en 1764 un mecanismo con el que se podía hilar al mismo tiempo la lana de 18 husos.
De ahí en adelante pudo servir a los empresarios mucha más lana hilada y tejida que sus compañeros de trabajo, que seguían trabajando según el método tradicional, lo que despertó inmediatamente la envidia y la malquerencia de aquellos. Primero se supuso que su hija la “Spinning Jenny" (Jenny la Hilandera), había firmado un pacto con el diablo; mas cuando comenzó a correrse la voz de que Mr. Hargreaves usaba una máquina, los trabajadores domésticos de los alrededores fueron a él y destruyeron su invento. Entonces la familia Hargreaves se marchó a Nottingham, donde mejoró de tal modo la “Spinning Jenny”, que podía trabajar con muchos husos más.
Un clamor unísono recorrió las míseras chozas de los tejedores e hilanderos. Temían perder sus parcas posibilidades de ganancia y veían sobrevenirles la muerte por inanición. Se reunieron a centenares, superaron las fuerzas de la policía y demolieron en
1779 las máquinas de hilaturas. En el mismo año, millares de trabajadores y obreras de las manufacturas asaltaron las fábricas de tejidos en las que funcionaba el .telar mecánico» de R. Arkwright. En vista del alzamiento generalizado, la policía y el ejército no se atrevieron a disparar. El estadista y escritor conservador Edmund Burke escribió acerca de ello: Es cierto que la rebelión pronto fue aplastada, pero tuvo como consecuencia que el capital y el empresariado se retirara a otra región más pacífica. Las fábricas se volvieron a reconstruir en otro lugar, y los trabajadores de las regiones levantiscas no habían conseguido otra cosa que caer aún más profundamente en la mi-seria...»
Cada vez se hizo más patente que desde la invención de la máquina de vapor por James Watt en 1768 había comenzado una nueva etapa en la historia mundial: la era industrial.
Hacia 1790, ya se había sustituido por la fuerza del vapor la capacidad de trabajo de unos 3 millones de hombres. Paralelamente a ello se promulgaron algunas pobres leyes sociales: en 1802 se «redujo» a 12 horas diarias la jornada de trabajo de los niños y se limitó el trabajo de mujeres en las galerías de las minas. Sobre todo en la rápidamente industrializada Inglaterra se hicieron muy patentes las consecuencias sociales de la era técnica: en 1802-1803 caían bajo la asistencia pública 726.000 familias. En 1814-1815 era casi un millón de familias el asistido públicamente. En 1826, por ejemplo, el concejo municipal de Burnley en el condado de Lancashire tenía que pasar el “auxilio” anual de 110 libras de pan por familia a 8.000 de sus 11.000 habitantes.
Un número cada vez mayor de hombres se veía enfrentado al duro destino del paro, porque un número cada vez mayor de máquinas tomaba a su cargo el que hasta entonces había sido su trabajo: el hombre se devaluaba a sí mismo en mero auxiliar de las máquinas que él mismo había inventado.
A finales del siglo XVIII apareció Thomas Robert Malthus con su teoría de que la población crecía en progresión geométrica, pero el crecimiento de los productos alimenticios sólo se realizaba en progresión aritmética; por primera vez se dibujaba en el horizonte el fantasma de la terrible explosión demográfica.
A. Desmond ha expresado cómo se realiza con el inicio de la era industrial el crecimiento de la población de la Tierra: “En el espacio de tiempo comprendido entre 1650 y 1960 tuvieron lugar aproximadamente 23 mil millones de nacimientos, es decir que una vez y media los que se produjeron en los 76 siglos precedentes... Si se considera el tiempo que el hombre vive sobre la Tierra –digamos desde hace 600.000 años, aunque con toda probabilidad son muchísimos más- como un día, este último período dura menos de un minuto.
Pero 1/4 parte de todos los hombres que jamás han nacido lo han hecho en este breve lapso...»
La concentración de masas tremendas, una consecuencia inmediata de la industrialización, sólo se hace posible con la solución del problema del tráfico. En 1810 construyó Stephenson la primera locomotora, en 1824 circuló el primer ferrocarril; y desde que Gottlieb Daimler construyera en 1886 el primer automóvil con motor de explosión utilizable, comienzan a llenarse las calles de coches, camiones y autobuses.
Hacia 1900 arranca el desarrollo de la navegación aérea.
Las masas precisan de medios de transporte masivos, a fin de que los resultados de su producción puedan girarse rápidamente en alimentación, calefacción, materias primas y vestidos. El poner a su disposición los medios alimenticios y de entretenimiento necesarios exige a su vez un tráfico rápido. Pero una vez que mucha gente viva reunida, es lógico que comience a organizarse y a manifestarse; el socialismo que ahora se agita más fuertemente en todas sus formas es un heredero legítimo de la masa y el tráfico.
La clase obrera halla en el siglo XIX brillantes defensores de sus asuntos. Louis Blanc proclama en 1840 en su obra «Organisation du travail» que los proletarios tendrían que organizarse para imponer sus reivindicaciones. Nacen los partidos obreros. En 1848 apareció el «Manifiesto comunista» de Marx y Engels. Marx predicaba la lucha de clases. Toda la historia, proclamaba, consistía en los enfrentamientos de explotadores y explotados.
Veía la solución de los problemas en la dictadura del proletariado. Bajo tales aspectos cambian los estados ligados todavía a formas feudales o pequeño burguesas, más aún: cambia la sociedad misma, su estructura interna y sus objetivos. El mundo capitalista e imperialista que nació de la industrialización no parece ser nada más que una fase de transición a la sociedad proletaria de masas y al estado socialista.
La maquinización de la producción iniciada a mediados del siglo XVIII precisaba de carbón, leña o petróleo. Las potencias mundiales se lanzaron a luchar con todos los medios, hasta los más violentos, por la posesión de estas materias primas clave. Mas en seguida se les añade, mediante el invento de Werner Siemens, sobre todo con la dínamo construida en 1866, la nueva fuente de energía, la «electricidad», mucho más práctica de manejar. La sencilla dínamo se va convirtiendo en el generador, el productor de corriente; turbinas de todas formas (como turbinas de agua, de vapor, de gas o de viento) toman por su cuenta el impulsar las máquinas. Toda la superficie de la Tierra se cubre con las redes de fuerza de las nuevas fuentes de energía.
En el siglo XX, con la energía atómica, se abre finalmente la posibilidad de poner las más elementales fuerzas de la naturaleza al servicio de la producción industrial y del poder (del militar, por desgracia, en la mayoría de los casos). A la primitiva revolución industrial sigue mediante la automatización, mediante la dirección electrónica en cibernética y cálculo computerizado, una segunda revolución industrial, mucho más profunda todavía que la primera. Por primera vez en su historia, la humanidad tiene la posibilidad de liberarse de la maldición de la diaria lucha por la vida, de la obligación de la producción y de la miseria: pues sus medios auxiliares mecánicos y científicos parecen ilimitados. Mas del poder industrial ha nacido el problema de aplicar dignamente dicho poder, de distribuir más justamente el producto social para bien de todas las clases y pueblos.
Allí donde comienzan a resolverse las cuestiones técnicas, empiezan a plantearse los problemas sociológicos y políticos. El mundo despertado a la era industrial, al estado de masas y a la libertad debe ahora mostrarse capaz de vencer y administrar los dones que la capacidad de inventiva, el esfuerzo investigador y el pensamiento científico le han regalado.
En el congreso de laureados con el premio Nóbel en Londres en 1965, Gilbert fijó que todos los conocimientos científicos de la humanidad, evaluados hasta 1900, se habían doblado para 1933. En el año 1973, se doblan ya cada año y medio.
El cerebro humano ya no es capaz de abarcar tal suma de saber, y sólo las computadoras gigantes son capaces de almacenarlo en sus memorias. Muy pocos son capaces de proporcionarse una visión aproximada de conjunto.
A la masa se le ha hecho casi imposible una imagen amplia y coherente del mundo. Los días felices en que, por decirlo así, se vivía bajo la cúpula de una sola concepción del mundo, han pasado para siempre. Lo que siente la masa es intranquilidad, inseguridad y la incertidumbre de toda actividad humana. Mientras falten la explicación central y el punto de referencia de la vida, serán sobre todo el desasosiego y la revolución de los jóvenes la respuesta a un mundo incapaz de ser abarcado y comprendido.
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