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Una
jovencita entró en la lechería de madame Camille, en la calle
Saint-Georges. Pidió huevos y leche, tendiendo un jarro de hojalata.
Cuando la lechera vertía la leche, la joven sintió una mirada posada
en su nuca y se volvió. Un hombre de rostro delgado, que almorzaba,
la miraba fijamente.
La
lechería disponía de algunas mesas y, al mediodía, madame Camille
servía de comer. Restaurante habría sido una palabra demasiado
ampulosa para designar aquel lugar; había algunos parroquianos,
hombres solos que vivían en el barrio. Tenían sus servilleteros en
un casillero y venían todos los días, lo que les evitaba cocinar.
Por un precio módico, la buena madame Camille les daba un plato del día
y un buen trozo de queso.
Madame
Carnille siguió la mirada de la joven y susurró:
-Es
Auguste Renoir, un pintor. Me da lástima verlo tan delgado y lo mimo
un poco. Es muy gentil, pero casi no tiene dinero, como todos los
artistas.
La
joven movió la cabeza en señal de comprensión, pagó y salió. Un
poco más tarde, cuando madame Camille sirvió el queso, Auguste
Renoir inquirió discretamente:
-¿Quién
era?
La
lechera tuvo una sonrisita afectuosa:
-¡Eh,
eh, monsieur Renoir! Ahora miramos la fruta fresca...
-¡Oh,
no es el hombre el que habla, sino el pintor!
-Sí,
sí, sí, eso se dice siempre. Pues bien, se llama Aline Charigot, y
vive a dos pasos de aquí. Pero, atención, ¿eh?, no me la seduzca,
es una niña honesta, y además paisana mía.
-¿De
veras?
-Sí,
sí. Ambas somos de la Champagne. Ella trabaja en un taller de
costura, en la calle Saint-Georges.
-¿Cree
usted que aceptaría posar para mí?
-Hum...
La
lechera reflexionó, luego se decidió.
-Viniendo
de otro, diría que no, pero lo conozco bien usted no es de esos
mequetrefes que sólo piensan en divertirse. Hablaré con ella.
Aline
Charigot aceptó posar. No se parecía en nada a las modelos
profesionales de Montmartre, todas ellas más o menos paliduchas, de
rostros lánguidos. Por el contrario, Aline trasuntaba la buena salud
campesina, tenía un aspecto sólido, mirada clara y redondas
mejillas, Era ese aspecto refrescante lo que seducía al pintor. Aline
tenía veinte años y había llegado a París ese mismo año de 1876.
Nunca
había conocido a pintor alguno y se sorprendió al entrar al taller
de Renoir. Asombrada, observó las paredes, las numerosas telas
depositadas verticalmente sobre el suelo, el caballete del pintor, que
tomaba sus pinceles.
-¿Con
esto se gana la vida? Y bien, tiene usted suerte -dijo.
El
rió, divertido, y la hizo ponerse en pose para hacer su retrato.
Muy
pronto, Aline se conmovió al verle trabajar. Renoir tenía unos
cuarenta años, una barba rala y cejas tupidas.
Delgado,
de espalda ligeramente curvada, no tenía aspecto de seductor. Pero,
pincel en mano, parecía poseer una poderosa energía, y uno olvidaba
su físico insignificante.
Ella
consideraba ahora natural ese oficio de pintor que tanto la asombrara
al principio. Comprendía que Auguste Renoir pintaba como otros aran
la tierra o respiran. Había nacido, estaba hecho para pintar. La
enternecía cuando terminaba y examinaba su trabajo con cara
satisfecha, como un niño contento de sí mismo. Por su parte, Renoir
le tomaba afecto. De Aline emanaba una serenidad apaciguante, surgida
de sus orígenes campesinos. En su compañía se sentía tranquilo,
liberado de sus angustias.
Al
iniciarse el verano, le propuso llevarla a Chatou, cerca de París. El
iba a menudo a pintar allí, al aire libre a orillas del Sena. Los
domingos, en La Grenouillére o en el restaurante Fournaise, se
encontraba con toda una banda de amigos divertidos. Se bañaban,
bailaban al son del piano del restaurante. Solían asistir Sisley,
Pisarro, Manet o Monet, artistas que como él pintaban al aire libre y
habían formado un grupo al que llamaban los “impresionistas".
Aline
se sintió feliz en ese ambiente alegre y campestre, pleno de risas y
de bromas inocentes que le recordaban su pueblo. En esos días de
julio, el Sena estaba tibio y aprendió a nadar. Por su parte, Auguste
Renoir soñaba con una gran tela que tradujese la jovial sencillez de
esos domingos. Comenzó a esbozar El almuerzo de los remeros,
con Aline con un sombrero de flores en primer plano, acariciando a un
perrito.
Luego,
mientras Aline permanecía en París durante el verano, Renoir partió
a Wargemont, cerca de Dieppe, lugar que le era familiar. Lejos de
Aline, necesitaba poner orden en sus pensamientos. Esa niña tan joven
lo desorientaba.
Hasta
entonces siempre se había negado al amor, considerándolo una traba a
su libertad creadora; la pintura lo absorbía por entero y no podía
cargar con sentimientos ni, sobre todo, con una presencia molesta.
Pero Aline era diferente, ella no lo aburría nunca, su solidez lo
reconfortaba.
Perplejo,
deseó despejar su mente y partió a Italia.
Pasado
el verano, viajó a Argelia buscando un desarraigo que le procurara
nuevas fuentes de inspiración. Luego de su deslumbramiento ante los
muros blancos, el cielo de un azul intenso, el misterio de las mujeres
de Argel, deseó volver y reencontrar a Aline.
Ella
lo esperaba. Continuaba viviendo formalmente, sin amantes y cumpliendo
tranquilamente su trabajo de costurera.
Le
propuso vivir con él y ella aceptó sin más. Estar junto a Renoir
era para ella una evidencia, algo que no se discutía, Su lugar estaba
allí, lo presentía con su seguro instinto de campesina capaz de
discernir lo que era justo y lo que no lo era.
Con
asombro, Auguste Renoir se dio cuenta de que no lo molestaba en
absoluto. Con una madurez superior a sus años, Aline desaparecía
cuando era necesario, estaba allí en el momento oportuno, y poseía
el arte de evitarle las preocupaciones domésticas. Tenía conciencia
de que la vida de un creador consistía en crear y de que las
superficialidades mundanas carecían de importancia.
-Renoir
está hecho para pintar, como una viña para dar vino, debe que pintar
entonces, bien o mal, con o sin éxito -decía.
Su
sencillez había logrado que los amigos de Renoir la aceptaran fácilmente.
De carácter abierto, sociable, a él le gustaba la compañía y solían
recibir a cenar a amigos como Manet, Zola, Cézanne o Degas. Aline
mantenía un comportamiento reservado pero ameno, se esmeraba en no
hacer el ridículo, y después de que una noche Chabrier se sentara al
piano, no quiso tocar más. Su instinto le decía que había que hacer
aquello para lo que se estaba dotado, y no perseverar cuando se
comprendía el error.
Su
tranquila solidez la colocaba por encima de las turbulentas parisinas.
Cuando fue a visitar el Salón donde Renoir exponía, sólo ella parecía
tranquila en medio de la afiebrada agitación que imperaba allí.
Degas, aunque misógino empedernido, observó:
-Parece
una reina visitando a saltimbanquis.
Renoir
sonrió: Degas acababa de captar lo que Aline le aportaba.
-Me
permite reflexionar -dijo.
Meses
y años transcurrían apacibles a despecho de la falta de dinero. Los
cuadros se vendían mal y Durand-Ruel, el mercader que había lanzado
a los impresionistas y se ocupaba de ellos, estaba agobiado por las
dificultades financiera. Aline se acomodaba a esa pobreza. Empero, en
1885 se preocupó: estaba encinta. Nació Pierre, y los Renoir se
marcharon a los alrededores de Givemy a fin de que Aline pudiese
descansar al aire libre. La permanencia allí tenía la ventaja de ser
económica.
Renoir,
complacido en el campo, cedió a la sugerencia de Aline de descubrir
su región natal y fueron a Essoycs, en el Aube. Era el mes de
septiembre y la naturaleza sonreía. Allá, junto a Aline y a su hijo,
inmerso en el verdor que se doraba.
Renoir
era feliz. Sentía deseos de pintar la vida y pintó a Aline dando de
mamar a Pierre, imagen misma de la fuerza de la vida, expresión de su
plenitud de hombre, de padre y de artista. En el invierno, tuvieron
por fin la esperanza de que las dificultades económicas disminuyeran.
Durand-Ruel, al borde de la bancarrota, tuvo la idea de montar una
exposición en Nueva York. Ni Renoir ni sus amigos creían en su éxito,
pero los neoyorquinos apreciaron las pinturas de los impresionistas y
de Renoir en particular, del que compraron varias telas así como
también de Monet y de Degas. Durand-Ruel pudo entregar algo más de
dinero a Renoir.
Pierre
crecía y servía de modelo a su padre, enamorado de sus rizos de oro.
La familia alternaba la existencia parisina con estancias en Bretaña,
en Aix, invitados a Ia casa de Cézanne, o en Essoyes, que Renoir
apreciaba más y más. Aline lo había incitado a comprar allí una
casa -una ocasión-. A él le agradaba el fuego en la gran chimenea,
las papas y las castañas cocidas bajo la ceniza, los paseos por
campos y bosques. El campo, como el mar, eran para él fuente de
contento y de inspiración.
En
1889, cuando París vivía la fiebre de la Exposición, algo comenzó
a preocupar a Renoir: un naciente reumatismo. Con él, nacía también
el temor al futuro: ¿cuánto tiempo podría seguir pintando? Quiso
formalizar su situación con Aline y ambos se casaron discretamente en
la alcaldía del distrito IX; luego se instalaron en Montmartre.
Puso
un taller cerca de la avenida de Clichy y establecieron su vivienda en
la calle Giraudon, en la cima de la loma, en un extraño lugar llamado
“El castillo de las brumas''. El “castillo" estaba
constituido por pabellones que daban a un jardín, al borde de un
terreno baldío invadido por la hierba y los matorrales. Allí vivían
traperos, artesanos, bohemios; sus vecinos eran músicos, escritores,
modelos. El “castillo" formaba en la ciudad un islote aparte.
Aline encontraba allí, entre los robles, los castaños y los rosales
que la rodeaban, un reflejo del campo. Engordaba, pero conservaba esa
placidez tranquilizadora que Renoir necesitaba.
Algunos
no alcanzaban a comprender que le hubiese encontrado suficiente
encanto para hacerla su esposa. En el transcurso del año 1891, la
pareja fue a Mezy, cerca de Meulan, a la casa de Eugéne Manet, casado
con Berthe Monsot. Las dos mujeres no se conocían todavía, y a
Berthe le molestó el tipo campesino de Aline, que contrastaba con su
propio aire de gran dama. Si Aline percibió el desprecio oculto bajo
la cortesía, Renoir no lo notó, Aline era su evidencia.
En
1894, Aline quedó embarazada por segunda vez.
Aunque
contento, Renoir se inquietó: tenía cincuenta y cuatro años y
estimaba que ya no era edad de ser padre. El nacimiento de Jean barrió
con sus dudas. La buena salud de Aline, las mejillas redondas del bebé
hablaban de felicidad.
Al
año siguiente nació un tercer hijo: Claude. Las telas de Renoir
comenzaban a venderse bien, Aline era dichosa junto a sus hijos y
Renoir se complacía en pintar su felicidad familiar. Luego de un período
"'agrio" durante el cual persiguió la forma en detrimento
de la sensibilidad de sus comienzos, alcanzaba ahora la cumbre de su
arte y recreaba la plenitud nacarada de la carne, a la vez fluida y
casi palpable.
Pintaba
a Aline y a Coco, su tercer hijo. También le gustaba pintar flores.
Aline las tenía siempre en la casa por precaución, las acomodaba con
cuidado en vasijas verdes de catorce céntimos que encantaban a
Renoir. Al verlas, él solía exclamar:
-¡Qué
hermosas son las flores puestas al descuido! Voy a pintarlas.
Y
Aline reía para sus adentros al pensar en el tiempo pasado acomodando
las flores con estudiada negligencia.
Ella
se atormentaba. El reumatismo progresaba. Ni las permanencias en el
sur, ni el haber dejado el castillo de las brumas, demasiado húmedo,
por un apartamento más sano, impedían el avance del mal. Ella le
ayudaba lo mejor que podía, limpiando sus pinceles, preparando las
telas, pero se desconsolaba cuando una mueca de dolor contraía el
rostro de Renoir. ¡Cómo echaba de menos el tiempo de las estrecheces
pero de la buena salud! El seguía pintando a pesar del sufrimiento y
Aline sabía que continuada hasta el fin.
Sobrevino
la guerra y la partida de los hijos al frente. A la felicidad
tranquila siguieron los dolores: en el comienzo de las hostilidades,
Pierre fue herido de gravedad. Más tarde, lo fue Jean. Aline,
quebrantada, perdía su salud de hierro.
Murió
en junio del año 1915. Su única tristeza fue abandonar a los suyos.
Auguste
Renoir acababa de perder el roble en el que se apoyaba. Enfermo,
torturado por el reumatismo, se extinguió cuatro años más tarde, en
1919.
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