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A la muerte del respetado
burgomaestre Van Uylenburg en 1624, sus nueve hijos se dispersaron a
través de Holanda. Varios ya estaban establecidos, su madre había
muerto cinco años antes y nada los retenía en su ciudad natal de
Leeuwarden.
Saskia, la benjamina, sólo
tenía doce años. Encontró refugio en casa de sus hermanas, que
convinieron en recibirla por turno. Pero ninguna le ofreció un nuevo
hogar donde permanecer hasta la edad adulta. Saskia amaba la vida y se
acomodó a esa situación, considerándose dichosa de no estar
completamente abandonada como tantas otras huérfanas. Tenía un
alegre carácter y se adaptaba a cada una de sus residencias
sucesivas, contentándose con el afecto que tenían a bien brindarle.
A los diecinueve años,
estaba en la casa de su hermana Hiskje, en Amsterdam. Era ahora muy
bonita, sus mejillas redondas respiraban salud, y muchos jóvenes se
volvían a mirar su figura un poco llena, justo lo necesario para ser
atractiva.
Parte de la numerosa familia
de Saskia vivía cn Amsterdam ejerciendo profesiones honorables y
apreciadas, tales como mercaderes o negociantes. En esos años de
1630, Amsterdam, ciudad próspera, gozaba de gran actividad. Era de
buen tono enriquecerse, y todos especulaban, compraban, vendían,
emprendían negocios con pasión.
Uno de los Van Uylenburg era
comerciante en cuadros, y propuso a Saskia visitara un joven pintor de
Leyden, instalado en Amsterdam desde hacía apenas dos años y todavía
poco conocido. El marchante estimaba que tenía talento y presentía
el buen negocio, comprando telas que revendería con ganancia. Desde
hacía cierto tiempo los burgueses de Amsterdam gustaban decorar sus
interiores con cuadros para probar que habían hecho fortuna. Sin
embargo, vacilaba. Explicó a Saskia:
-Me gustaría conocer tu
opinión. No puedo confiar en la de los otros marchantes competidores,
ni en la de la familia, que tiene el juicio falseado desde que una de
tus hermanas se casó con un pintor. Necesito una mirada nueva y
desinteresada. Me dirás francamente lo que piensas.
Saskia aceptó encantada. El
asunto constituía para ella una diversión. El marchante añadió:
-Es muy cerca, en la esquina
de la Jodenbrestraat y el canal que conduce a la torre Montalbaan; nos
demandará pocos minutos.
En el camino, ella preguntó:
-¿Cómo se llama?
-Rembrandt Harmensz Van Rijn.
Rembrandt Van Rijn recibió a
sus visitantes con una amplia sonrisa. Tenía veintisiete años y un
rostro agradable.
De una sola mirada grabó en
su mente el rostro de Saskia.
Por decencia evitó clavar
los ojos en ella, pero se mostró solícito con los recién llegados,
se puso a ir y venir de un lado al otro de su taller, mostrándoles
sus obras, aprovechando esa agitación para lanzar breves miradas a
Saskia.
Se manifestó encantado de
haber conocido al señor Van Uylenburg y formuló deseos de que se
establecieran buenas relaciones entre ellos.
Al regresar, Van Uylenburg
preguntó a la joven:
-¿Y? ¿Qué piensas de ese
pintor?
-Es apuesto.
Ella había hablado con una
voz extasiada y el marchante, sorprendido, se volvió a mirarla.
Saskia prosiguió:
-Parece tan gentil tiene ojos
dulces y adoro su bigote... ¿Creéis que me encontró bonita?
El señor Van Uylenburg ya
había comprendido que no podría esperar una opinión objetiva de
Saskia. Preguntó, con una sonrisa maliciosa:
-¿Y de sus cuadros qué
piensas?
-¡Magnífico! Estoy segura
de que será el más grande pintor de la ciudad.
Más y más malicioso, el señor
Van Uylenburg observó:
-Tal vez sea así en efecto,
si todas las señoras de los notables lo ven como tú lo ves. Es
verdad que tiene presencia y que es un joven atractivo. Todas querrán
tener un retrato pintado por él.
Rió de la mueca de Saskia y
añadió:
-¡Bah!, estoy bromeando. En
verdad, me interesa.
Rembrandt
se convirtió en un íntimo de los Van Uylenburg, pero nadie se engañaba
acerca del objeto de sus frecuentes visitas. Se las arreglaba para
conversar con Saskia. Se contaban mil naderías que los maravillaban.
El joven recordaba su ciudad de Leyden, detallando su aprendizaje, cómo
había descubierto su vocación de pintor a la edad de quince años,
su entusiasmo durante los cinco años pasados con su maestro, luego su
instalación cuando fue a su feu reconocido pintor. Riendo, explicaba:
-Eso me dio el derecho a
tomar alumnos que tenían casi la misma edad que yo.
Y escuchaba, apasionado, a
Saskia hablándole de su Frisia natal, del viento que barría las
marismas y hacía girar las aspas de los molinos, de la animación de
Leeuwarden y de la corte de los Orange Nassau, establecidos allí. Era
hijo de humildes molineros y le divertía la estupefacción de Saskia
cuando le explicaba cómo se molía el grano.
Más que escuchar sus
palabras, él la contemplaba, admirando el dibujo de su boca, la
gracia de sus mejillas, la luz de sus ojos y el brillo de las chispas
de alegría que espejeaban en sus pupilas. Sentía deseos de pintarla.
Pasaban los meses, y cada uno
de ellos comenzaba a comprender que no podría prescindir del otro.
Rembrandt, sin embargo, se mostraba respetuoso. Ardía en deseos de
besarla, de estrecharla entre sus brazos, de amarla apasionadamente,
pero no se atrevía, menos porque ella fuera una Van Uylenburg, hija
de notable, que por amor. ¡Cómo lo tentaba cuando sonreía con su
boca golosa, deseable hasta la muerte con su sensualidad fresca y
sana, más apetitosa que una fruta rosada y carnosa! Quería hacer su
retrato, propuesta que fue aceptada de inmediato por Saskia y por su
hermana.
Le importaba mucho ser
admitido en esa familia de una clase social muy por encima de la suya
y se esmeraba en parecer conveniente. El retrato de Saskia seria de
esos que a la gente le gusta colgar en el comedor, entre los jarros de
peltre cuidadosamente bruñidos, y testimoniaría la opulencia
familiar.
En el cuadro terminado,
Saskia lucía muy recatada, con una cadena de oro reteniendo sus
cabellos y despejando su frente alta, dos pendientes como gotas en las
orejas, un collar de perlas en el cuello y un fastuoso vestido. A
pesar del hoyuelo en el mentón que le daba un aire infantil, de los
labios carnosos que traslucían sensualidad y de su mirada clara, se
asemejaba más a una huérfana temerosa, modesta, discreta, que a una
de las herederas de la rica familia Van Uylenburg. Rembrandt había
captado su inquietud secreta y una sed de afecto la tornaba
enternecedora.
La obra agradó a los Van
Uylenburg, sensibles sobre todo a la brillante situación económica
que demostraba. Bien recibido, Rembrandt confesó su deseo de desposar
a Saskia.
A fin de obtener más
consideración de parte de los pretenciosos Van Uylenburg, declaró
que a su profesión de pintar se sumaba la de marchante, pues
comerciaba cuadros. Esa seriedad agradó a la familia. Por otra parte,
la hermana de Saskia, casada con un pintor, vivía bastante bien. Tal
vez si los padres de Saskia hubiesen vivido, habrían considerado a
Rembrandt de una condición social demasiado inferior para consentir
esa unión, pero sus hermanos y hermanas no se preocupaban tanto por
el porvenir de la menor, por lo demás bien dotada para no carecer
nunca de nada. Por otra parte no les disgustaba establecerla y, puesto
que Rembrandt y Saskia se amaban, no veían ninguna objeción a esa
boda.
En junio de 1633 se celebró
el compromiso matrimonial. La admiración deslumbrada que se leía en
la mirada del novio los tranquilizaba. A los ojos de Rembrandt Saskia
era una princesa.
-La ama tanto que la hará
feliz -dijo Hiskje.
Saskia tenía necesidad y
ganas de ser feliz. Había sufrido por la falta de su madre, por la
austeridad de los Van Uylenburg, y tenía la edad del amor. Junto a
Rembrandt se sentía libre, alegre, jovial, pudiendo ser ella misma y
dejarse llevar por su natural fantasía. Con él, ella se descubría.
Sus allegados ya no la
reconocían. Reía, adquiría seguridad. Una joven que irradiaba alegría
de vivir remplazaba a la huérfana temerosa. Y cuando llegaba
Rembrandt, ella se iluminaba.
Ambos compartían ese gusto
por la fantasía, extravagancias que eran una bocanada de frivolidad
en la atareada Amsterdam. Una capa agobiante de convencionalismos
pesaba sobre la ciudad. Rembrandt debía plegarse a ella si quería
ganarse la vida y obtener pedidos, pero con Saskia se divertía,
escapaba de la rigidez y podía pintar sin limitaciones, según se lo
dictaba su corazón.
Alegremente proponía:
-Vamos a elegirte ropa de
teatro y te pintaré con ella.
Saskia entraba en el juego,
adoraba disfrazarse, sorprenderlo inventando un accesorio, colocando
una flor en sus cabellos o adornando un vestido con una alhaja, una
pluma, un broche. Amaba esa manera que él tenía de protestar así
contra la tristeza de la ropa burguesa, eternamente negra y blanca. A
través de esos disfraces, él perseguía la verdad y la expresaba
mejor que con los vestidos de gala de las endomingadas esposas de
notables. Ella jugaba a probarse diversos sombreros, vestidos,
pendientes. De pronto, él exclamaba:
-¡No te muevas! ¡Es
soberbio, quédate así! Sí, es exactamente eso.
Y se abalanzaba sobre sus
pinceles, tomaba una tela y bocetaba rápidamente el retrato de Saskia
mientras ella reía, cómplice.
Empezaba a ser conocido en
Amsterdam; llegaban los pedidos, se valoraba su talento. Estaba de
moda tener en la casa, en un buen lugar, el propio retrato y los de la
familia, a fin de perpetuar orgullosamente su recuerdo. Por cierto,
los burgueses de Amsterdam eran austeros, pero un retrato del dueño
de casa era un gasto justificado, pues la vista del fundador de la
familia alentada a hijos y nietos a continuar la tradición de trabajo
y probidad. Desde luego, convenía no desembolsar en exceso sus buenos
florines por un retrato.
Rembrandt sabía traducir de
maravilla ese deseo de respetabilidad además de expresar el carácter
de sus modelos, pero con Saskia pintaba la felicidad, ella aportaba
juventud a su obra. Un día, la imaginó como la primavera, a tal
punto bullía de savia y de vida.
-Me agradaría pintarte como
Flora -le dijo.
Saskia aplaudió encantada y
corrió a abrazarle dándole un beso en la mejilla.
-¡Qué fantástica idea!
Veamos... ¿Cómo debo vestirme?
-Con flores, por supuesto.
Juntaron
brazadas de llores en el campo y llenaron de ellas el taller. Saskia
ensayaba poses, se ponía flores en la blusa, se adornaba con ellas
las orejas, mientras Remhrandt giraba en torno, le quitaba una, la
remplazaba por otra, le ponía un sombrero soltándole el pelo, se lo
sacaba. Por fin fue Flora. Cuando la tela estuvo terminada, ella la
miró súbitamente enmudecida. Luego se volvió hacia Remhrandt, que
aguardaba impaciente su reacción. Le saltó al cuello exclamando:
-¡Cómo debes amarme para
verme así! Creo que soy verdaderamente yo.
Flora exhalaba el goce de
vivir, la alegría de la primavera y de su renacer, encarnaba la
esperanza de la vida que resucita y la promesa de mil felicidades.
Rembrandt sonrió, la besó y murmuró:
-Es mi cuadro preferido.
Se casaron al año siguiente,
en julio de 1634, los novios irradiaban felicidad, y los amigos de
Rembrandt se sorprendieron por la transformación del pintor. El,
antes tímido, un poco huraño, introvertido, se había convertido en
un hombre alegre, abierto, que actuaba con desenvoltura en el ambiente
de la buena sociedad. Los novios eran dichosos y no temían
demostrarlo. Renibrandt estaba muy apuesto, con su gorro emplumado
sobre sus cabellos largos y rubios, su camisa de encaje, cuyos puños
escapaban de la chaqueta, y su faja a la cintura, bordada por las
delicadas manos de Saskia. A su lado, ella resplandecía en su amplio
vestido con adornos de oro, cuyo corchete se realzaba con pedrerías.
Una diadema coronaba su cabello que brillaba a través del fino velo
sostenido por un broche de oro. En sus ojos, sólo ellos mismos existían.
Cuando compartieron la copa de vino con canela, todos los invitados
pensaron que encarnaban al amor. A lo largo del día se festejó la
bolla en la casa de Hiskje. Se habían tendido tapices en las paredes
y sobre el suelo había flores por doquier, y se aplaudió cuando
Rembrandt enlazó a su joven esposa para bailar. Ellos escucharon
tomados de la mano los tradicionales poemas de boda, se descubrió que
Saskia tenía una voz herniosa y que Rembrandt bailaba con gracia. Era
sin discusión la boda más bella del año.
Se instalaron en la casa de
Jodenbreestraat. El sol alegraba los canales y, para ellos, ese verano
Amsterdam fue una ciudad de tiesta.
Saskia amaba la campiña y
ambos iban con frecuencia a pasear por el campo. Una nada los hacía
felices: una amapola que Rembrandt ponía en los cabellos de Saskia,
una brazada de flores silvestres, bellas nubes en el cielo, la vista
de un molino en el recodo de un camino. Regresaban encantados,
tostados por el buen aire, con la salud en los gestos y el deseo en
los ojos. A veces, al abrigo de una parva de heno, se amaban. Saskia
reía cuando su joven esposo le tomaba la mano y la llevaba luego la
abrazaba en el heno.
Entre ellos, el amor era una
fiesta. Rembrandt estaba locamente enamorado de Saskia, adoraba
contemplarla cuando, después de hacer el amor, ella sonreía con una
alegría hecha de ternura y de sensualidad satisfecha. Con Saskia,
todo era sensual: el olor de los prados, un paseo tomados de la mano,
una comida sobre la hierba, un pájaro que cantaba, una brisa que
acariciaba el agua. Una intensa complicidad los unía, y él quiso
hacer un croquis de ella sin artificios, con su gran sombrero de paja,
en una actitud simple, espontánea, que traducía la dicha y el amor.
Saskia resplandecía de felicidad, el lápiz corría, rápido, fluido,
ligero, encantador de sensibilidad.
Empero él no se atrevía a
pintarla desnuda, por pudor.
Si bien se sentía muy lejos
de la austeridad de sus conciudadanos, no osaba transgredir a tal
punto las buenas costumbres. Reservaba la desnudez de Saskia para la
intimidad aunque consideraba una pena no fijar en una tela tanta
belleza. La timidez lo retenía de exponer a las miradas a la que
amaba. Por lo demás, raras veces pintaba desnudos y usaba entonces
modelos pagos, pues ninguna persona decente de la ciudad habría
aceptado posar así.
Arrastrado por la fiebre de
emprendimientos que agitaba a Amsterdam, Rembrandt se lanzó a los
negocios. Se sabía admitido con reticencias por los Van Uylenburg y
se empeñaba en demostrar su capacidad para hacer fortuna.
Por cierto, sus pinturas no
rendían lo suficiente, pero la herencia de Saskia les permitía una
vida cómoda, sin preocupaciones económicas, y a la joven esa situación
le parecía normal. En otra ciudad, Rembrandt se habría contentado
con ello a fin de dedicarse de lleno a la pintura; en Amsterdam, quien
no se enriquecía era desdeñado. Hábil, tuvo éxito en sus
especulaciones. Se le ocurrió así la idea de poner en venta algunos
de sus cuadros y después volverlos a comprar a elevado precio gracias
a los florines de Saskia. Esa maniobra hizo subir la cotización de
sus obras. Saskia lo alentaba, jamás había dudado del valor de su
marido y ansiaba que fuese reconocido por todos. Los precios
ascendentes eran la prueba de su talento a los ojos de los
compradores.
Pronto Saskia quedó
embarazada y la felicidad de los esposos se acrecentó aún más. Uno
y otro ya jugaban mentalmente con el futuro bebé. Rembrandt quiso
expresar ese amor a la vida, esa sensualidad gozosa que los embargaba.
Un día en que ella fue a
sentarse sobre sus rodillas, como lo hacía a menudo, tendiéndole un
vaso de vino, él se volvió hacía el espejo que enfrentaban y entornó
los ojos con placer:
-Mira, ¿no somos una espléndida
pareja?
-La más bella de todas.
-Voy a pintarnos así.
Saskia lanzó una risita.
-¡Conmigo sobre tus
rodillas! Provocará un escándalo; ya veo a las damas de Amsterdam
fruncir el pico con aire indignado.
-Justamente eso es lo que me
divierte. Entonces, ¿qué ropa nos pondremos?
Buscaron entusiasmados lo que
les sentaba mejor, se probaron distinta ropa hasta que Saskia exclamó:
-Ya sé. Tú serás mi
caballero, bebiendo a la salud de su conquista.
-De acuerdo. Y yo te abrazaré
bien fuerte, para que nadie te lleve.
Una
vez expuesto, el cuadro ofendió, indignó, escandalizó a los
burgueses mojigatos de Amsterdam. Desde cuchicheos hasta gritos de
reprobación, no se oía hablar más que de eso; la gente se sentía
superada por tanta desfachatez y audacia. Cuando la virtud ofendida se
calmó, se reconoció que la tela tenía "algo" de
fascinante. El caballero Rembrandt mostraba una expresión golosa,
encantada, que expresaba con bastante insolencia su felicidad y su
placer de abrazar estrechamente -¡qué horror!- a la bella Saskia,
con un vaso de vino en la otra mano. El cuadro atraía como fruto
prohibido. En secreto, los graves burgueses ventrudos envidiaban a
Rembrandt; sus esposas envidiaban a Saskia. Ser tan felices parecía
un desafío al destino.
La desdicha sobrevino con su
habitual brutalidad. El bebé tan alegremente esperado murió muy
pronto, víctima de la peste. Saskia lloraba sin cesar y su rostro de
niña contenta se deformaba por el llanto. La tristeza agobió la casa
de Jodenbreestraat, en la que habían resonado tantas risas y
canciones. La vida se extinguía, un manto de duelo envolvía la
morada. El dolor disipaba los recuerdos felices. El ambiente se tomó
insoportable.
A fin de huir de la
desgracia, Rembrandt y Saskia decidieron mudarse. Fueron al otro lado
del Amstel, a la Nieuwedoelenstraat. Allí esperaban recuperar la
alegría de vivir. Saskia estaba impaciente por tener otro bebé.
Vino algunos meses más
tarde. Fue una niña, Cornelia.
Su primera sonrisa borró los
rastros del sufrimiento pasado:
Saskia recobró sus colores y
su sed de vida.
Un mes más tarde el bebé
murió. Él dolor aturdió a Saskia, ya no comprendía nada, imploraba
al cielo, le suplicaba que se la devolviera. No dormía, casi no comía
y permanecía postrada días enteros. Rembrandt pintaba, pero, si bien
sus ideas eran admirables, carecían del resplandor de antes. Saskia
ya no deseaba posar para él, se replegaba en sí misma y repetía que
sólo la pintaría de nuevo si volvían a ser felices.
Reapareció la esperanza con
un nuevo embarazo. Nació otra niña, a la que llamaron igualmente
Cornelia para conjurar la mala suerte.
La segunda Comelia murió
como la primera. De triste, la casa pasó a ser fúnebre. Allí no habían
vivido más que el llanto, el dolor, el duelo. Se sentían incómodos
en ella aprisionados por la pena.
Al menos el barrio de la
Jodenbreestraat les era familiar. Allá tenían amigos, habían sido
dichosos, y conservaban recuerdos que los reconfortaban.
-Regresemos allá -propuso
Rembranút.
Saskia asintió; también
ella deseaba abandonar esa casa que comenzaba a creer maldita. Las
actividades comerciales de Rembrandt habían prosperado, sus retratos
se vendían a buen precio, se sucedían los pedidos y pudieron comprar
una casa en la Jodenbreestraat, justo al lado de la de la felicidad.
Reencontrar las cálidas callejuelas, la vista del canal y de la
esclusa cercana devolvió a Saskia la salud.
Regresaban al punto de
partida.
Se anunció otro hijo.
-Este vivirá -aseguraba
ella.
Su fuerza, su voluntad de
superar la desgracia daban un nuevo vigor a Rembrandt, después de dos
años durante los cuales había pintado por obligación más que por
placer.
Ahora trabajaba con ardor.
Tenía varios alumnos y su juventud llenaba la casa de una nueva
savia. Esa entrada, sumada a las ventas de cuadros, a los pedidos y al
dinero de Saskia, ponía a los Van Rijn en posición muy desahogada.
Llevaban una existencia
confortable que permitía a Rembrandt aceptar o rehusar pedidos, y
pintar a su gusto.
En 1642 nació el pequeño
Titus, robusto, sano, despierto. El no moriría; Saskia tenía esa íntima
certeza.
Rembrandt la supo curada
cuando ella entró una tarde a su taller y observó:
-Hace tiempo que no te sirvo
de modelo.
Rembrandt hizo un nuevo
retrato de Saskia, el primero después de casi seis años. Seguía
siendo bella, pero ya no se reconocía en ella a la dulce novia de
antaño ni a la petulante recién casada. Su rostro era más pesado,
la alegría había desaparecido, la frescura se había marchitado como
un fruto madurado precozmente. El retrato hacía echar de menos el
pasado, el tiempo de los juegos alocados y de la complicidad.
El pequeño Titus había
franqueado gallardamente el límite de las primeras semanas, las más
peligrosas. Ya tenía tres meses y, salvo una epidemia, viviría.
Saskia recuperaba la sonrisa; su hijo la consolaba de los otros
perdidos.
Rembrandt, estimulado,
pintaba con renovado vigor. Comenzó una gran tela: La ronda nocturna.
Cuando el tiempo de las pruebas parecía terminado, Saskia cayó
enferma y murió ese mismo año. Con ella, Rembrandt perdió su
juventud.
Vivió solo mucho tiempo.
Después habría de tener como compañera a su sirvienta, Hendricke
Stoffels. Pero Saskia sigue siendo quien aportó a su obra el
resplandor de la alegría de vivir, la luz que ilumina no sólo los
retratos de ella, sino muchas de sus otras telas. Ella es el guiño,
el toque de alegría o de placer que anima el cuadro y lo completa.
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