VISITA A NUESTROS PATROCINADORES

 

EDITORIAL

HUMOR

COLABORA

E-MAIL

VOLVER A ARMAGEDÓN

BUSCAR

CURIOSIDADES

FORO

IMÁGENES


Los hechos en imágenes
Ir a la galería de fotos

Cuando en el otoño de 1957 dispuso el juez de distrito federal, Davies, contra la voluntad del levantisco gobernador de Arkansas, Orval Eugene Faubus, que nueve hijos de negros habían de recibir enseñanza en la Escuela Superior Central de Little Rock al lado de los alumnos blancos, lo hizo pasando por encima de la protesta del gobernador, que previamente había opinado:

«Si se les abren a los negros las clases por la fuerza, temo que va a correr la sangre y que el pueblo va a estallar indignado.» Vaticinios de esta clase, hechos por personas señaladas en el gobierno o dirección de los pueblos, suelen, por desgracia, confirmarse, ya que quienes los hacen, más que otra cosa notifican con ellos su disposición a movilizar la chusma y su propósito de excitarla hasta el paroxismo.

Faubus desencadenó su bien calculado movimiento de opinión haciendo que la víspera del primer día de vigencia de la disposición judicial de integración escolar, el 2 de septiembre de 1957, a las nueve de la noche, ciento cincuenta soldados de su Guardia Nacional saliesen para el centro de enseñanza superior de Little Rock.

Mientras que el brigadier al mando de la fuerza clausuraba y sellaba las puertas de las clases, y sus soldados, fuertemente armados todos, custodiaban el patio silencioso y vigilaban la explanada de acceso, totalmente solitaria, comunicaba el gobernador por la televisión que reinaba gran indignación. Explicaba, recreándose en los detalles intimidantes, que las gentes soliviantadas se habían rebelado contra lo dispuesto y que columnas ríe sublevados venían sobre Little Rock, la capital de Arkansas, en donde los negros habían agotado las existencias de cuchillos y armas contundentes puestas a la venta en los establecimientos comerciales.

La “Biblia de Arkansas”, o sea, «The Arkansas Gazette», publicó una encendida protesta contra el ambicioso reaccionario Faubus, y el alcalde de Little Rock no quiso inmiscuirse ilegalmente en cuestiones raciales. A la superchería política la llamó por su nombre, al declarar que, para vencer a su rival, un racista más fanático aún que Faubus, y aplastarlo en las primeras elecciones, había organizado el ex intelectual de izquierdas un alzamiento general antinegro. Con todo, no era cosa tan fácil de improvisar, que pudiese montarse en una sola noche, incluso contando con todos los recursos de que él disponía.

A la mañana siguiente, cuando los nueve estudiantes negros se dispusieron a entrar en las clases, solamente un centenar de los cien mil habitantes de la ciudad había acudido a la manifestación.

Seguramente descorazonados de verse tan pocos, limitaron su protesta a unos silbidos de cumplido y dejaron pasar a los estudiantes.

En consecuencia, fue la Guardia Nacional, con todo su alarde de pistolas ametralladoras, la que hubo de cerrar el paso a los estudiantes negros, en lugar de contener a la supuesta muchedumbre enfurecida. Con lo que se vino al suelo como un castillo de naipes el tremebundo y falso tinglado montado por la propaganda del gobernador. Por no dar aún su brazo a torcer y cubrir en lo posible las apariencias, todavía siguió Faubus representando la comedia en grande, al asegurar que todo Arkansas estaba en llamas. Mientras que él mismo se parapetaba y telegrafiaba a Eisenhower la fantástica noticia de que los funcionarios del FBI trataban de raptarlo, la vida discurría en Little Rock tan tranquila y pacífica como siempre.

Tampoco en el resto del estado meridional de Arkansas se percibía señal alguna de desorden o alarma. Sólo la antigua preocupación, la inolvidable humillación y el empedernido resentimiento de los años siguientes a 1865, seguían latentes, a la expectativa, como siempre. Entonces los ciudadanos del Sur habían sido despojados, perseguidos y privados de sus derechos. En doce años que había durado la ocupación se habían visto oprimidos por la tiranía de gobernadores militares corrompidos, de “gangsters” elevados a los cargos de gobernadores, senadores, presidentes parlamentarios, ministros, subsecretarios y magistrados y de los negros del Norte engreídos por e1 triunfo de su causa. Con la integración escolar reapareció el fantasma de una integración general de razas, con todo su séquito de temerosas reflexiones, ante la derrota de una arraigada convicción de superioridad propia. De esta angustia trató de aprovecharse el gobernador, para preparar su anhelada victoria en unas nuevas elecciones, El 20 de septiembre, Ronald N. Davies, juez de Distrito, publicaba un decreto judicial, disponiendo que el gobernador Faubus suspendiese toda medida susceptible de impedir la integración en la Escuela Central Superior de Little Rock.

Aun cuando el gobernador rehusó comparecer para la notificación, dispuso la retirada de la Guardia Nacional que durante dieciocho días había tenido prácticamente asediada la Escuela Central Superior, Verdad es que al mismo tiempo hacía saber que se proponía apelar contri la decisión judicial. A los padres de los estudiantes negros les aconsejó que, por de pronto, se abstuviesen de mandar sus hijos a las clases objeto de polémica; pero las autoridades escolares de Little Rock hacían saber que desde el 23 de septiembre quedarían abiertas a los estudiantes negros las aulas de la Escuela Superior, Woodrow W. Mann, alcalde de Little Rock, prometió, por su parte, la protección de la policía municipal a los alumnos negros.

Y en la «Biblia» de Arkansas escribía el editor Harry B. Ashmore, uno de los mejores conocedores de la región del Sur, lo siguiente:

«Algún día, sea como sea, tendrá que resolverse cada ciudadano de Arkansas por una cosa u otra, y hacer profesión de fe. Tendremos que afrontar la cuestión de qué clase de hombres somos y optar entre los que obedecen la Ley sólo cuando les conviene, y los que lo hacen por principio, por tratarse de la Ley, aunque personalmente encuentren la Ley poco seductora en ciertos casos.» Esta serena intrepidez, en medio de un terrorismo latente, le valió a la «Gceta de Arkansas», un año más tarde, dos de los tres premios Pulitzer disponibles para periodismo. Honor que toda el mundo acogió con aplausos de honrada satisfacción, ya que entre tanto la atención del público se había concentrado en Little Rock y en los acontecimientos que allí marginaban la lucha por la libertad cristianamente entendida.

Era allí, en efecto, en donde iba a decidirse el 23 de septiembre de 1957 si un Estado tenía la fuerza de voluntad y el poder suficiente para amparar los derechos de los ciudadanos contra la chusma y contra las manías en moda.

Las seis muchachas y los tres muchachos de color entraron aquella mañana en las aulas de la Escuela Superior Central por una puerta excusada, para no ser vistos por la multitud apostada frente a la entrada principal. .

Los negros de Little Rock extremaron un poco su papel, con el propósito de distraer la atención de la gente y proteger así la entrada de los estudiantes. Periodistas negros se mezclaron a tal fin con las turbas que charlaban excitadas, o, por mejor decir, muy animadas, puesto que su actitud no era la de las personas indignadas y hostiles. Un testigo ocular manifestaba después que le habían causado la impresión de gentes congregadas pacíficamente y aun de buen humor, pero que la presencia de los negros los había transformado súbitamente.

«Siete minutos más tarde era aquello una chusma vociferante y anárquica. Constituye un espectáculo terrible y fascinador el ver cómo puede una contraseña secreta hacer de doscientos individuos una masa fanatizada, casi bestial. En fracciones de segundo se produce la transformación, contagiada con la rapidez del relámpago.

Es una especie de reacción en cadena, un fenómeno elemental. Los negros fueron perseguidos y seriamente maltratados, en tanto las mujeres, percatadas de la maniobra diversiva de aquellos periodistas, gritaban:

«¡Ya están en las clases los estudiantes negros!” ¡Dios mío; están ya con nuestros hijos!»

Otras clamaban:

«¡Nuestros hijos! ¡Proteged a nuestros hijos!» La multitud trató de asaltar el centro docente, y sólo a duras penas consiguieron los policías rechazarla esgrimiendo sus porras.

Pronto entraron en acción los altavoces, anunciando que los estudiantes de color habían abandonado los locales.

Entonces los amotinados echaron mano de los informadores de los grandes periódicos del Norte y los apalearon.

Todavía se prolongaron durante todo aquel día los desórdenes y los tiroteos entre los negros y la policía. A la noche se recibía la proclama del presidente Eisenhower, haciendo saber:

«Estoy dispuesto a emplear todo el poder de los Estados Unidos, incluso la fuerza que fuere necesaria, para acabar con la resistencia opuesta a la Ley y hacer cumplir las órdenes del juez federal, Es de suponer que todo ciudadano bienintencionado aspire a que en este litigio se imponga al fin el buen sentido americano de la equidad y de la justicia. Sería una fecha luctuosa para nuestro país, tanto en el interior como a los ojos del mundo, si de ella resultase que sólo bajo la protección de las fuerzas armadas podían entrar los estudiantes en las aulas.» Seguidamente dispuso el Presidente que la Guardia Nacional de Arkansas pasase a depender de la jurisdicción federal y que el Ministro de Defensa, mandase a la localidad fuerzas regulares del Ejército estadounidense.

El 24 de septiembre llegaban a Arkansas 560 soldados de la 101 división de paracaidistas aerotransportados, y el 25 del mismo mes llegaba otro contingente para completar el número de mil.

La histeria masiva de un populacho integrado por algunos cientos de personas había provocado una situación de guerra civil y una crisis política de enorme alcance. Las consecuencias del alzamiento de masas en Little Rock minaron el principio federalista de la organización americana; perjudicaron y pusieron en grave riesgo a diez millones de negros en los Estados del Sur, al mismo tiempo que representaban para la causa de su emancipación un retroceso de muchos años; reforzaron las posiciones de los miembros del Ku Klux Klan e hicieron caer víctimas de su crueldad a muchos blancos amantes de la justicia y cristianamente humildes.

Gustav Schenk


Galería de fotos


























EDITORIAL

HUMOR

COLABORA

E-MAIL

VOLVER A ARMAGEDÓN

BUSCAR

CURIOSIDADES

FORO

IMÁGENES


Reservados todos los derechos. Prohibida la reproducción parcial o total. Fotomontajes, textos e imágenes procedentes del archivo del Grupo Editorial Bitácora, Publicaciones electrónicas. Envíenos un e-mail y solicite autorización.
© Grupo Editorial Bitácora