PRUSIA: EL COMIENZO DE UNA LEYENDA

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Se había librado la batalla, una batalla más...
Por la noche de ese 5 de diciembre de 1757, unos 10.000 austriacos muertos o heridos cubrían el centro de romerías de Leuthen, 12.000 habían caído prisioneros, 116 cañones y 55 banderas eran botín de los vencedores prusianos, que con 1.200 muertos y 85 desaparecidos habían pagado un precio bajo.
El precio de Silesia. El precio de una provincia alemana que pasaba de manos de la Austria alemana a las de la Prusia alemana.
¡Qué insensatez de la historia! En junio del mismo año de 1757, y en el transcurso de esa misma guerra de amplitud mundial, Inglaterra, aliada de Prusia, ha vencido a las órdenes de Robert Clive en la lejana India cerca de Plassey, y con la pérdida de sólo 17 hombres, en la batalla decisiva contra los aliados de Francia y se ha convertido en dueña del subcontinente más rico del mundo. Pero no podría haber vencido en India ni en Canadá si no hubiera contado con Prusia como «espada continental», que ligó las tropas francesas en la guerra de los siete años y a las que sólo hacía pocas semanas había vencido totalmente en la batalla de Rossbach. Ahora que había ocurrido lo impensable, que el mucho menor ejército prusiano hubiera vencido al ejército imperial austriaco, los regimientos marchan desordenados y cansados por el atardecer. Los austriacos habían esperado el ataque, bien parapetados, cerca del pueblo de Leuthen, al oeste de Breslau. Federico II, a quien muchos llamaban ya «el Grande», se había introducido bajo la protección de la niebla matinal, con sus tropas, en el flanco de los austriacos. En un orden de combate oblicuo había desbordado las posiciones enemigas. No era el más fuerte, pero había mostrado la habilidad de tener siempre a mano los batallones más fuertes en el lugar decisivo. De este modo se había rechazado a los enemigos en su propio orden de combate de avance, se habían entorpecido entonces a sí mismos y cayeron en el pánico y la fuga: se convirtió en un triunfo del arte de la alta estrategia. Sobre la larga carretera de Sahra a Breslau resuenan las voces y las armas del ejército prusiano en marcha. El rey trota solitario a la cabeza de sus soldados.
¿Qué se ha hecho de los plácidos y hermosos días en que presidía la sobremesa en su amado palacio de Sanssouci, donde discutía con Voltaire y Maupertuis y concluía las conversaciones llevadas en un francés melodioso con un concierto de flauta? Fue en aquellos tiempos cuando -teniendo ya a sus espaldas dos guerras por Silesia- había dicho la frase: “Mon Dieu!, Estoy harto de la guerra y estoy dispuesto a no volver a meterme jamás en camisa de once varas.”
Y ahora vuelve a cabalgar de un campo de batalla a otro, a través del frío y de la noche, atormentado por la gota, cansado y solitario.
Federíco II apenas había alcanzado en 1740 el trono Hohenzollem de su pequeño y pobre “reino” de Prusia cuando, armado por unos argumentos bastante poco convincentes, exigió de la recién establecida emperatriz María Teresa de Austria la entrega de la provincia de Silesia e hizo estallar la primera guerra de Silesia. Aprovechaba la ventaja del momento político: la joven emperatriz veía puestos en duda por doquier sus derechos sucesorios y estaba amenazada militarmente por todas partes, de modo que apenas podía defenderse bélicamente de Federico. Durante la misma guerra de sucesión austriaca llevó a cabo Federico su segunda guerra de Silesia (1744/45); volvió a vencer porque Austria estaba rodeada de enemigos y debilitada.
El joven prusiano no sentía como alemán o príncipe imperial, por lo que se hubiera visto en deuda ante la corona imperial.
Sentía como prusiano, nada más que como prusiano, si se prescinde de él como filósofo y hombre de mundo. La casa de Hohenzollem había cobrado pujanza después del desastre sufrido por el imperio tras la guerra de los treinta años. Había vencido en 1675, a las órdenes del gran príncipe elector, a los suecos en Fehrbellin. Había invadido Polonia y redondeado un poco, de este modo, sus territorios distribuidos a escaques sobre el mapa. Se prestaba atención a sus victorias, pronto se temió su aparato militar. El abuelo de Federico II, Federico I, había servido de modo barroco su ambición y obtenido por chantaje el permiso del emperador para ceñirse sobre la cabeza, en 1701, en Koenigsberg, la corona real. Era una corona sin lustre, pues no poseía más que un reino sin demasiado peso ni importancia. El nieto concluyó mediante la guerra lo que su abuelo había comenzado como gloria cortesana.
Prusia debía hacerse mayor para merecer realmente el nombre de reino. Pero Austria no cedía tan fácilmente sus provincias; no se sometía por el mero hecho de haber sido momentáneamente débil. Durante los años siguientes, en los que Federico II vivía sus buenos tiempos en el palacio de Sanssouci, recibía a Juan Sebastián Bach, llamaba su amigo a Voltaire y charlaba rodeado de sus amigos en la sobremesa, María Teresa, la valerosa, la irreductible de Viena, forjaba con su canciller Kaunitz la gran alianza. Resultó una conjura de las mujeres que Federico había denigrado en sus versos ligeros: la Pompadour convenció a su galán Luis XV de Francia, y también la emperatriz Isabel de Rusia ofreció su ayuda. Se soliviantó todo el imperio; Sajonia se afilió a la alianza. El cerco era perfecto; Prusia, de tan pobre aspecto, con un presupuesto militar de apenas 6 millones de táleros, debía medirse con países que, como Francia, gastaban anualmente 450 millones de libras en armamento.
Un solo aliado se presentó a Prusia: Inglaterra. Porque sobre los mares del mundo y en los lejanos continentes coloniales se estaba fraguando la tormenta de un enfrentamiento entre Francia e Inglaterra. Prusia recibiría dinero inglés, también algunas tropas auxiliares hannoveranas y armas, para ligar en Europa el ejército francés. Para los británicos estaba en juego el dominio de los mares, de América e India.
Para Prusia se trataba de Silesia. No, Federico II no fue ningún «ingenioso salteador de caminos», como Voltaire lo llamó más tarde, cuando se hubieron peleado; mas tampoco se había convertido en lo que había temido su padre, el Rey Soldado Federico Guillermo I: «un flautista repugnante que siempre habla a humo de pajas». Siguió el camino de su destino con conciencia del deber, dureza y tenacidad.
El «Rey Soldado», que se había comprado por toda Europa los «tipos largos» del regimiento de la guardia de Potsdam, ese padre severo que domaba sus hijos y sus soldados con vara de cabo, le había dejado, al fin de cuentas, las arcas llenas y un aparato militar que funcionaba con la precisión de un mecanismo de relojería.
Con ese famoso ejército prusiano ganó Federico dos guerras silesianas y venció en Rossbach y Leuthen en la tercera. Mas entonces llegaron las crisis. En Kunersdorf quedó destruido en 1759 casi todo el ejército prusiano; los rusos ocuparon Berlín. Pero Federico II lo soportó todo. El y su nueva Prusia sobrevivieron también la tercera guerra, durante la cual vino en su ayuda la suerte: en enero de 1762 murió la zarina Isabel; su sucesor Pedro III no continuó la guerra.
La paz se firmó en Hubertusburg: Silesia, la tan disputada, quedó como botín de Prusia. Federico el Grande volvió de sus batallas a Berlín cargado de hombros, apoyado en un bastón, conocido como el «viejo Fritz». El había hecho de Prusia una gran potencia.
El auge de una nueva gran potencia alemana, sobre todo la victoria sobre los franceses, entusiasmó a amplios círculos de la burguesía alemana. Goethe informa que todo el mundo era «fridericiano» entonces. Se mostraban las primeras señales del nacionalismo. El «viejo Fritz», que desecó las marismas del Oder, que ganó tierras de cultivo al mar, que introdujo obligatoriamente la patata, que abolió la tortura y que dejaba que «todo el mundo fuera feliz a su manera»: este monarca ilustrado de la época prerrevolucionaria era considerado por muchos de sus contemporáneos un soberano modelo.
Pero este filósofo, autor del «Anti-Maquiavelo", en el trono, sabía también ser bien duro y tiránico cuando estaban en juego los intereses de Prusia. Dos veces participó notablemente en la repartición de Polonia (1772 y 1775) Y evitó todavía poco antes de su muerte la consolidación de la casa imperial cuando se puso a debate el cambio de Baviera por un reino germano-holandés.
En último término fundó aquel fatal dualismo entre las dos dinastías rivales de Hohenzollem y Habsburgo que condujo al final del imperio en 1806 y más tarde a la solución pequeño-alemana de un segundo imperio en 1871, en el que entonces la hegemonía la tenía Prusia y no la vieja potencia tradicional y cultural de Austria.
El espíritu de la futura Alemania habría de ser durante mucho tiempo fundamentalmente prusiano y militarista antes de que Prusia y el militarismo sucumbieran tras la tormenta de fuego de la segunda guerra mundial.
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