LA FUNDACIÓN DEL IMPERIO ALEMÁN

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Sobre los tejados de Versalles pende el 18 de enero de 1871, como el trueno constante de una tormenta invernal, el retumbar de los cañones que sitian París y que se oyen desde aquí: desde el 27 de diciembre del año 1870 la capital francesa está bajo el fuego de un organizado ejército alemán.
El inmenso palacio de Luis XIV parece un campamento militar. Tropas de parada prusianas llenan las avenidas de acceso. El patio de honor está repleto de los bloques de colorido uniforme de los regimientos entre los que se mueven excitados civiles con trajes de gala y militares de alta graduación cubiertos de medallas y tocados de ondeantes plumeros.
Arriba, en la “sala de los espejos” del ala principal, se desarrolla un acto histórico.
Alrededor de un estrado alfombrado se han dispuesto las representaciones de los regimientos con sus multicolores banderas.
Rodeado por los estandartes del ejército de ocupación está el rey Guillermo I de Prusia entre los príncipes, generales y ministros uniformados alemanes. Es un cuadro casi exclusivamente militar. Todos los grandes señores están en el estrado y flanquean la recién elegida cabeza de los alemanes; sólo al creador del nuevo imperio, el conde Bismarck, le ha sido asignado un lugar inferior, porque el rey está enfadado con él. Lleva el uniforme de gala blanco de los coraceros de la guardia y desenrolla el pergamino. En este momento resuenan todos los cuernos, todos los ojos se dirigen al podio en donde se hallan todas las personalidades.
La «galería de los espejos» es un lugar sagrado para los franceses: aquí esperaba la corte del Rey Sol la aparición matinal de la majestad; por aquí pasaron los guardias nacionales de Lafayette hacia los aposentos de la familia real para llevarlos a París. Todavía se ven bien las pinturas de Le Brun en el techo. Una de ellas -una apoteosis del Rey Sol- lleva la inscripción: “Le roi gouverne par lui-méme” (el rey gobierna por sí mismo).
Sí, por aquellos tiempos un rey todavía tenía bastante autoridad. Anoche mismo el rey ha discutido con Bismarck porque la política sólo le permitía ser «emperador alemán» en lugar de «emperador de Alemania»: la apariencia en lugar del poder verdadero.
El conde -ahora canciller imperial del nuevo imperio alemán, el segundo de la historia- ha terminado de leer la proclamación. El gran duque de Baden prorrumpe con el primer viva para el «emperador Guillermo». Tres veces repite la asamblea de príncipes y generales el estrepitoso grito de júbilo. Anonadado por la grandeza del momento, el príncipe heredero Federico cae a los pies de su padre y es el primero en honrarle mediante un besamanos.
El venerable imperio germánico –que había sobrevivido cerca de un milenio y se hundió en los desórdenes napoleónicos de 1806- ha renacido.
¿Pero qué formación política era esa que la se había creado en, 1871 en Versalles?
Había nacido mediante la guerra y la victoria. Tal como Bismarck lo predijo en la conflictiva época prusiana de 1862 a 1866: “Las grandes cuestiones del tiempo no se deciden mediante discursos y acuerdos de la mayoría, sino mediante hierro y sangre”. Tras el fin de la revolución y la conquista napoleónica, el congreso de Viena había restaurado en 1815 un mapa de estados nacionales y dominios principescos. Sólo a las dos ideas dominantes de la época, el socialismo y el nacionalismo, se había quedado mucho a deber. No todas las naciones habían hallado su forma de patria: ni los irlandeses, ni los italianos, ni los polacos, ni los alemanes, ni los pueblos de Austria-Hungría.
En el año 1852 había fundado Napoleón III el segundo imperio en Francia. Había proclamado: «El imperio es la paz...» Pero no siempre actuaba en consecuencia, sino que intentó repetidamente satisfacer la necesidad francesa de prestigio y su propia ambición: en 1854 realizó la guerra de Crimea contra Rusia, en 1859 estuvo en Italia en la guerra contra Austria, en 1861 invadió México y en 1870 cayó a través de una política insensata en la guerra contra Prusia. Pero esta vez sus cálculos resultaron todavía más erróneos que en su aventura mexicana: los príncipes de Alemania Meridional se pusieron al lado de Prusia; los ejércitos alemanes avanzaron victoriosos, envolvieron al grueso de las tropas francesas en Sedán e hicieron prisionero a Napoleón. El fin fue el sitio del alzado París y una terrible guerra popular que llegó hasta el Loira.
Tras esa victoria se encendió la conciencia nacional de los alemanes que ahora concluyeron lo que el congreso de Viena y las guerras de liberación contra Napoleón les habían quedado a deber: el nuevo imperio nacional. ¿En qué otra cosa habían soñado si no las asociaciones de estudiantes o la asamblea nacional alemana desde 1815? ¿De qué discutían si no profesores y políticos burgueses en la iglesia de San Pablo de Frankfurt en 1848? ¡De un renacido imperio nacional! Y como la vieja Austria no ofrecía, por su mala fama ultrarreaccionaria tras la reacción de Metternich, más estando atado por su multinacionalismo, demasiadas esperanzas, la nostalgia de los alemanes se había dirigido a la segunda gran potencia alemana que destacó en la guerra de liberación contra Napoleón: Prusia.
Bien es verdad que ese estado también atemorizaba a liberales y progresistas. ¿Acaso no había abatido sin escrúpulos la revolución de 1848? ¿Acaso no se había puesto Guillermo I, el 18 de octubre de 1861, la corona a sí mismo, en Koenigsberg, como un «don de la gracia de Dios» y no había dicho: «Tomo la corona de la mesa del Señor»? Ahí se alzaba un nuevo autócrata a quien le importaban poco la voluntad popular y el parlamento.
Mas al lado del rey Guillermo estaba Bismarck, quien se dirigía rectilíneamente a una hegemonía prusiana: en 1866, Prusia venció a Austria y expulsó al emperador junto con sus países austriacos de la "federación alemana”. Al inicio de la guerra con Francia, la liga del norte de Alemania se unió con los países alemanes del sur, y ahora Guillermo I era “emperador alemán”.
El segundo imperio no correspondía a los principios democráticos establecidos en la iglesia de San Pablo, pero también era diferente a lo que habían soñado los «imperiales legitimistas». Nació más bien bajo el signo del federalismo que del imperialismo centralizado. Este imperio alemán se inició en la euforia de la victoria sobre el «enemigo secular»; humilló innecesariamente a la orgullosa Francia mediante la escena de Versalles y la segregación de Alsacia-Lorena, con lo que sembraba los gérmenes de nuevos odios nacionalistas y puso el embrión de la siguiente guerra. Tampoco en el interior había resuelto las diferencias de países y pueblos, de clases y religiones ni, menos todavía, la cada vez más aguda cuestión social.
Ese siglo XIX poseído por el nacionalismo también concedió por fin a los italianos su tan ansiada forma estatal. Ya en los tiempos napoleónicos habían procurado la independencia, la unidad y la liberación de las dominaciones extranjeras papal, borbónica y austriaca Carbonari y otros nacionalistas. Tomó la jefatura la «Prusia» italiana: la casa de Piamonte-Saboya. Garibaldi intentó el cambio en 1848/49; después de la guerra de 1859, Víctor Manuel II de Saboya fue proclamado en 1861 rey de Italia. En la guerra de 1866, los italianos se hicieron con la provincia de Venecia. El conde de Cavour, el «Bismarck de Italia», preparaba los últimos pasos. Cuando en 1870 fueron vencidos los franceses, Bismarck envió un telegrama a Cavour: “Ahora o nunca!”.
Los italianos invadieron la Roma papal: se había llevado a término la unificación, se había fundado y hecho realidad el estado nacional desde los Alpes hasta la isla de Sicilia.
Polonia, repartida desde finales del siglo XVIII entre Prusia, Rusia y Austria, tuvo que esperar a la consecución de su independencia nacional hasta la primera guerra mundial.
La terminación de ésta dio por fin también la independencia nacional a las nacionalidades de la monarquía danubiana.
Surgieron las naciones de Checoslovaquia, Hungría, Yugoslavia; Bulgaria y Rumania existían ya anteriormente. La última f6rmación nacional fue en 1921 la del estado libre de Irlanda en las Islas Británicas.
El nacionalismo nacido de las llamas de la revolución francesa trajo a Europa durante casi dos siglos una riada de pasiones, odios encontrados, separaciones y descuartizamientos, guerras civiles y finalmente la enemistosa impotencia del continente. Hasta el último tercio del siglo XX no empieza a ocupar su lugar la convicción de que la fusión amistosa de grandes unidades y espacios significa más que toda vana y egoísta sublimación de la propia nación y que el cariño por la propia tierra patria no está reñido con la unificación de Europa en una humanidad en paz.
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