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Jaufré Rudel
y Melisenda de Trípoli
En
la corte de Leonor, en Aquitania, había un trovador que gozaba de
gran fama. Tan delicadas eran sus canciones que gentiles damas y
doncellas no se cansaban de escucharlo. Más de una, entemecida, le
lanzaba insinuantes miradas, sin despertar empero su pasión. Jaufré
Rudel permanecía solitario. Soñaba con un amor ideal y aguardaba a
la que supiera inspirarlo.
La Tierra Santa inflamaba a
la sazón los corazones. Todos los meses, todas las semanas, llegaban
cruzados que volvían de Jerusalén. Habían partido hacía mucho
tiempo y regresaban con el rostro curtido por el sol y el viento, la
boca plena de maravillas. Sus relatos reanimaban el espíritu de fe y
de aventura que impulsaba a los más valientes a lanzarse hacia esas
lejanas regiones a defender a Cristo.
Allá, los caballeros que habían
partido pobres del Poitou, de Normandía, de Flandes o de las Ardenas,
conseguían grandes feudos y se convertían en ricos barones de
fastuosa vida.
Todos rodeaban a los recién
llegados, ávidos de sus relatos, que iluminaban con su sol las
grandes salas frías. Los cruzados narraban el salvajismo de los
turcos y de los sarracenos, suscitando gritos de terror en las
jovencitas. Evocaban los esplendores del Oriente. Allá, decían, no
había inviernos, en los árboles crecían frutos desconocidos, de
sabor incomparable, las flores abundaban de tal modo que el aire era
fragante. Y las mujeres lucían una belleza sin igual.
Con la mirada brillante,
alababan a las castellanas de finas túnicas de seda que languidecían
en sus palacios mordisqueando golosinas, a los sarracenos de ojos
oscuros que despertaban locos deseos, más aún, a las bellas francas
nacidas en Tierra Santa, donde no pocos cruzados se habían casado con
armenias o levantinas. Las hijas de esos matrimonios aliaban el
encanto hechicero de Oriente con la gracia de Occidente.
Jaufré escuchaba,
apasionado, imaginando a esas magníficas mujeres. Al decir de los que
llegaban, había una cuyo esplendor superaba al de todas las demás.
Los que pudieron contemplarla habían quedado deslumbrados,
subyugados, y ninguna otra mujer parecía existir fuera de Melisenda.
Melisenda de Trípoli era
hija de Raimundo de Trípoli, descendiente de los condes de Toulouse,
y de Hodieme de Jerusalén, hija a su vez de Balduino du Bourg y de la
princesa armenia Morfia. Le habían dado el nombre de su tía, la
reina Melisenda de Jerusalén, casada con Foulque d'Anjou.
Melisenda era de talle fino,
cutis claro, opulenta cabellera negra y brillante como el azabache,
ojos que parecían de terciopelo. Tenía una sonrisa como para hacer
condenar a un templario, un andar ágil, un trato delicado, un porte
de reina. Vivía en un suntuoso palacio a orillas del Mediterráneo,
cuyo gran salón poseía baldosas de mármol que imitaban las olas del
mar tan bien que, al atravesarlo, se creía caminar sobre las aguas.
Por las amplias ventanas se veía el azul del Mediterráneo y las
naves que se balanceaban en el puerto de Trípoli. Recortándose sobre
ese azul, Melisenda, vestida con una larga túnica clara y casi
transparente que dejaba adivinar sus formas perfectas, parecía un ángel.
Jaufré
escuchaba y soñaba con Melisenda. Más pasaba el tiempo, más soñaba.
Miraba a las gentiles damas y doncellas de la corte, y todas le parecían
sosas comparadas con la lejana belleza que describían los cruzados.
A partir de entonces, el amor
que cantaba tuvo un rostro: el de su espejismo. Escribía sus versos
pensando en ella.
Pronto sus canciones
expresaron su amor, sin nombrar a quien lo obsesionaba. De día como
de noche ella llenaba su pensamiento, al punto que ya no podía
contenerse y moría por declararle sus sentimientos.
¡Cómo le habría gustado
partir a Tierra Santa y verla, o simplemente percibirla! Pero el viaje
era caro y Jaufré no tenía dinero. Era de salud precaria y vivía de
la generosidad de quienes le escuchaban.
Los cruzados continuaban
alabando a Melisenda a un Jaufré locamente enamorado. Su alma se
exaltaba, expresaba en sus canciones el amor que colmaba su corazón y
la belleza de sus versos maravillaba. Ya no escribía más que para
Melisenda y tuvo la idea de confiar sus escritos a los caballeros que
partían hacia Tierra Santa, con la misión de hacerlos llegar a
Melisenda.
"Mi Dios, ¡cómo amo a
mi princesa lejana!...", escribía.
Partir era ahora su objetivo.
Su salud declinaba y deseaba, costara lo que costare, encontrarse con
su sueño antes de morir. Empezó a economizar, centavo tras centavo,
a fin de pagar su viaje a bordo de una nave.
Pasaban los años y Jaufré
se debilitaba. Cuando finalmente hubo reunido la suma necesaria partió
y se embarcó en Marsella en una nave templaría. La travesía y el
mal de mar terminaron de agotarlo. Llegó a Tierra Santa sumamente
enfermo.
No bien puso un pie en Trípoli
quiso ir al castillo donde vivía Melisenda. Una vez que hubo llegado
ante las pesadas puertas, solicitó verla.
Se mofaron de él. ¡Qué
audacia la de ese pordiosero!
¿Pensaba que cualquier
palurdo tendría el honor de ser recibido por la prestigiosa condesa
de Trípoli?
Jaufré insistió, regresó
al otro día y los días siguientes. Insistió tanto y tanto que se
advirtió a Melisenda de su presencia.
A Melisenda le habían
conmovido las canciones de Jaufré Rudel y ese amor que le expresaba
desde hacía años.
Quiso conocer al que, sin
haberla visto nunca, se había enamorado tan ardientemente de ella y
ordenó que se lo hiciese entrar al gran salón del palacio.
Jaufré se tambaleó de emoción
cuando fueron a buscarlo. La enfermedad había demacrado sus rasgos,
hecho estragos en su rostro. Delgado y pálido, apenas caminaba, con
paso vacilante.
Con el corazón latiéndole
violentamente entró al gran salón. Frente a él, sentada en su silla
de respaldo alto y rodeada por sus damas de honor, estaba Melisenda, más
bella aún de lo que él la imaginara en sus más locos sueños.
Avanzó
lentamente, intimidado como ante una aparición celestial. Se arrodilló
frente a ella con la garganta oprimida y así permaneció mirándola,
expresando en sus ojos su adoración.
Melisenda se conmovió. Ese
hombre fatigado, gastado, enfermo había venido del lejano Occidente, desafiando las
olas, para decirle que la amaba. Jamás había conocido tanta
fidelidad, tanta pasión.
Dulcemente tomó entre sus
manos la cabeza de Jaufré, que temblaba bajo sus dedos. Se inclinó y
posó su boca sobre la del trovador, embriagándolo con un largo beso.
Cuando al fin sus labios se
apartaron y Melisenda retiró sus manos, la cabeza de Jaufré Rudel
cayó sobre las rodillas de la condesa de Trípoli. Estaba muerto.
Ocurrió hace algo más de
ochocientos años. Las más bellas canciones de Jaufré Rudel, las que
escribió para "su princesa lejana" eternizaron su amor e
hicieron de él uno de los más grandes poetas de la lengua occitana
de la Edad Media.
Melisenda de Trípoli habría
de desempeñar un papel de musa mucho más tarde todavía, pues la
historia de Jaufré Rudel inspiró a Edmundo Rostand su obra titulada La
princesa lejana.
Evelyne Deher, de su obra Les meilleures muses de l'histoire
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