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En
1545 se descubrió la mina de plata del Potosí, en el Alto Perú
(actual Bolivia).
Cuenta la tradición que un indio hizo una fogata para calentarse y a
la mañana siguiente halló plata fundida entre los rescoldos. En
realidad en Potosí no era una mina de plata, sino muchas. Todo el
cerro era un inmenso depósito argentífero al que se accedía por
varios lugares. El gran problema consistía en que estaba situado a más
de cuatro mil metros de altura. Ponerlo en producción suponía llevar
la colonización al techo del mundo americano, una zona desolada y fría,
donde no vivía nadie. Era necesario llevarlo todo: mineros,
herramientas, trabajadores, ganado, alimentos, etcétera.
En
1546, año siguiente del hallazgo de la mina, se fundó allí la Villa
Imperial de Potosí, que se convertiría a comienzos del siglo XVII en
una ciudad de 160.000 habitantes, de los que 40 000 eran peninsulares,
38.000 criollos y 6.000 negros y mulatos. Para conseguir trabajadores
indios el virrey Toledo recurrió a la mita, obligando a los pueblos
indígenas a suministrar 13.500 naturales para las minas. Así puede
tener 4.000 trabajando, mientras descansan otros 9.000. La mita
constituye una de las páginas más tristes de la explotación humana.
A fines del siglo XVII no trabajaban en Potosí más de 700 mitayos,
prueba evidente de la imposibilidad de reclutar más. El Potosí
produjo el 80% del total de la plata que se extrajo en el Perú y el
50 % de toda la que se obtuvo en el mundo a fines del siglo XVI. Del
total de 346 millones de pesos ensayados (pureza de 225/240)
equivalentes a unas 15.000 toneladas, producidas por Hispanoamérica
entre 1521 y 1610, el 67,5 %, es decir, 233.842.571 pesos,
correspondieron al virreinato del Perú, y de este total su 77 % salió
del Potosí.
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