| EL EJÉRCITO DE PLANOLANDIA |
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Edwin A. Abbott, un erudito especializado en el estudio de Shakespeare, tenía como afición las matemáticas, y se dedicó a inventar modelos y pasatiempos basados en las ciencias exactas. Planolandia es una rareza literaria única, en la que creó una sociedad patriarcal aristocratizante que satirizaba el modelo de su época.
Planolandia, el país de dos dimensiones, ha servido en múltiples ocasiones para hacernos comprender complejas cuestiones matemáticas; sin embargo, es menos conocido que su crítica recayó también en los militares y en el concepto que esta sociedad tenía de ellos.
Hemos reproducido la parte dedicada al ejército de Planolandia, lo que se espera de él en momento de crisis y, como curiosidad, la centrada en las mujeres y sus peligros.
ACERCA DE LOS HABITANTES DE PLANOLANDIA
El mayor largo o ancho de un habitante de
Planolandia completamente desarrollado puede estimarse en unas once de nuestras
pulgadas. Doce pulgadas pueden considerarse como máximo.
Nuestras Mujeres son Líneas Rectas. Nuestros
Soldados y Trabajadores de Clases Más Bajas son triángulos de dos lados iguales,
teniendo cada uno de estos dos lados unas once pulgadas, y con una base o tercer
lado tan corto (con frecuencia no exceden de media pulgada), que forman en su
vértice un ángulo muy agudo y formidable. Por cierto, cuando sus bases son del
tipo más degradado (de una medida no mayor que un octavo de pulgada) apenas
pueden ser distinguidos de las Líneas Rectas o Mujeres, tan extremadamente
puntiagudos son sus vértices. Entre nosotros, como entre ustedes, esos
triángulos se distinguen de otros porque se los llama Isósceles, y con este
nombre me referiré a ellos en las siguientes páginas.
Nuestra Clase Media consiste en Triángulos
Equiláteros o de tres Lados Iguales. Nuestros Profesionales, Hombres y Mujeres,
son Cuadrados (clase a la cual yo mismo pertenezco) y Figuras de Cinco Lados o
Pentágonos. Sobre estos sigue la Nobleza, de la cual existen varios grados,
comenzando por las figuras de seis Lados, o Hexágonos, a partir de los cuales va
aumentando el número de lados hasta que reciben el honorable título de Polígonos
o de muchos lados. Por último, cuando el número de lados se vuelve muy grande y
los lados mismos tan pequeños que la figura no puede ser distinguida de un
círculo, es incluida en la orden en sacerdotal o Circular, y ésta es la más
encumbrada de todas.
Entre nosotros es Ley natural que un hijo varón ha
de tener un lado más que su padre, de modo que (como regla) cada generación
aumentará un paso en la escala del desarrollo y la nobleza. Es así que el hijo
de un Cuadrado es un Pentágono; el hijo de un Pentágono, un Hexágono, y así
sucesivamente.
Pero esta regla no siempre se aplica a los
Comerciantes, y menos aún a los soldados y los Trabajadores, de quienes apenas
se puede decir que merezcan el nombre Figuras humanas, puesto que no tienen
todos sus lados iguales. Por consiguiente, a ellos no se aplica la ley de la
naturaleza, y el hijo de un isósceles (es decir, un triángulo con dos lados
iguales) sigue siendo isósceles siempre, sin embargo, al isósceles no le está
vedada toda esperanza de que su posteridad pueda, en última instancia, elevarse
de su degradada condición. Porque, después de una larga serie de éxitos
militares, o de diligentes y hábiles trabajos se descubre por lo general que los
más inteligentes entre estas clases de los Artesanos y soldados manifiestan un
leve incremento de su lado tercero o base y una disminución en sus otros dos
lados. Los casamientos (arreglados por los sacerdotes) entre los hijos e hijas
de esos miembros más intelectuales de las clases más bajas, generalmente dan
como resultado una progenie aún más aproximada al tipo de Triángulo de Lados
Iguales.
Raramente -en proporción al gran número de
nacimientos Isósceles- es un Triángulo de Lados Iguales el producido por padres
Isósceles. Un nacimiento de tal naturaleza requiere, como los antecedentes, no
sólo una sede de casamientos escrupulosamente convenidos; también un largo y
continuo ejercicio de la frugalidad y el autocontrol por parte de los padres de
los potenciales antepasados del Equilátero por venir, así como un paciente,
sistemático y continúo desarrollo del intelecto de los Isósceles, a través de
muchas generaciones.
"¿Qué necesidad hay de un certificado?" Podría
preguntar un crítico de Planolandia: "¿Acaso la procreación de un hijo Cuadrado
no constituye un certificado de la naturaleza misma, que demuestra la Igualdad
de los lados del padre?" Le respondo que ninguna dama de cualquier posición, se
desposará con un Triángulo no certificado. Vástagos Cuadrados fueron algunas
veces la progenie de un Triángulo levemente Irregular, pero en casi todos los
casos de esa clase, la Irregularidad de la primera generación se manifiesta en
la tercera; con lo cual se fracasa en obtener el rango Pentagonal, o se regresa
al Triangular.
El nacimiento de un auténtico Triángulo Equilátero
es en nuestro país motivo de regocijo en muchos estadios alrededor. Después de
un estricto examen conducido por el Consejo Sanitario y Social, el niño -si
queda certificado como Regular- es admitido en la clase de los Equiláteros con
una solemne ceremonia.
Luego es inmediatamente arrebatado a sus orgullosos
aunque apenados padres y adoptado por un Equilátero adulto sin descendencia,
quien se compromete bajo juramento a no permitir en lo sucesivo que el niño
vuelva a entrar en su hogar anterior o que retome sus antiguas relaciones, por
temor a que su organismo recientemente desarrollado pueda, por imperio de una
inconsciente imitación, retrogradar hacia su nivel hereditario.
La aparición ocasional de un Equilátero entre la
clase de los antepasados nacidos para la servidumbre es bien recibida, no
solamente por los mismos pobres siervos, para quienes resulta algo así como un
destello de luz y esperanza sobre la sordidez de su existencia, sino también por
la aristocracia, sin límites; porque la totalidad de las clases más elevadas
tiene plena conciencia de que esos raros fenómenos, en la medida en que hacen
poco o nada para popularizar sus propios privilegios, se constituyen en la más
útil de las barreras contra la revolución proveniente de las clases bajas.
Si la totalidad de la chusma de ángulo agudo hubiera
carecido en absoluto de esperanzas y ambición, habría sabido encontrar, en
algunos de sus muchos estallidos sediciosos, líderes lo bastante capaces como
para administrar su cantidad y fuerza superiores en relación con la sabiduría de
los Círculos. Pero gracias a una sabia ley de la naturaleza está
decretado que, a medida que aumentan los conocimientos, la inteligencia o
cualquier otra virtud de las clases trabajadoras, aumentará proporcionalmente el
grado de su ángulo agudo (que las hace físicamente horribles), aproximándose al
ángulo comparativamente inofensivo del triángulo equilátero. Así, en los
soldados más brutales y formidables, criaturas que están casi en un mismo nivel
que las mujeres por su talla de inteligencia, se encuentra que, a medida que
progresan en la habilidad mental necesaria para emplear su tremendo poder de
penetración para el provecho propio, ven disminuir ese mismo poder de
penetración.
¡Qué admirable es esta Ley de Compensación! ¡Y qué
prueba perfecta de la idoneidad natural y, casi puedo decirlo, del origen divino
de la organización aristocrática de Planolandia! Mediante una aplicación
juiciosa de esta Ley de la Naturaleza, los Polígonos y Círculos son casi siempre
capaces de aniquilar la sedición en su misma cuna, extrayendo ventaja de la
irremediable e infinita tendencia a la esperanza del espíritu humano.
También el arte acude en auxilio de la Ley y el
Orden. Por lo general, se considera posible -por medio de una comprensión o
extensión algo artificial realizada por los médicos del Estado- tomar a algunos
de los líderes más inteligentes de una rebelión perfectamente regulares, y
admitirlos de inmediato en las clases privilegiadas; y una cantidad de ellos
mucho mayor, que siguen respondiendo a sus modelos, tentados por la posibilidad
de ser finalmente ennoblecidos, Son inducidos a ingresar en los Hospitales
Estatales, donde se los mantiene en
honorable confinamiento perpetuo. Apenas uno o dos de los más obstinados, tontos
y desesperadamente irregulares terminan por ser ejecutados.
Entonces, la agobiada chusma de los Isósceles, sin
planes y sin líderes, es atravesada sin que ofrezcan resistencia por aquellos de
sus cofrades a los que el Círculo Principal mantiene bajo paga para emergencias
de esta clase. O -lo que es todavía más frecuente- son llevados a luchas
intestinas mediante celos y sospechas hábilmente fomentadas por el Partido
Circular, y perecen unos atravesados por los ángulos de los otros. Nuestros
anales registran no menos de ciento veinte rebeliones, sin contar los estallidos
menores, cuyo número es de doscientos treinta y cinco. Y todos terminaron así.
DE LO CONCERNIENTE A LAS MUJERES
Si nuestros Triángulos sumamente agudos de la clase
de los soldados son formidables, se puede deducir fácilmente que muchísimo más
formidables son nuestras mujeres. Porque si un soldado es una cuña, una mujer es
una aguja, ya que son, por así decirlo, pura pinta, al menos en sus
extremidades. Agréguese a esto el poder que ejercen de volverse prácticamente
invisibles, a voluntad, y se comprobará
que una Hembra, en Planolandia, no es de ningún modo una criatura con la
que se pueda bromear.
Pero aquí, tal vez, algunos de mis lectores más
jóvenes puede preguntarse cómo una Hembra, en Planolandia, puede volverse
invisible. Me parece que esto debería resultar evidente sin explicación alguna;
sin embargo, unas pocas palabras servirán para esclarecer el asunto en homenaje
a los más irreflexivos.
Pongan una aguja sobre una mesa. Luego, con el ojo a
nivel de la misma y podrán observar toda su longitud. Pero mírenla por un
extremo, y sólo verán un punto que se ha vuelto prácticamente invisible.
Exactamente lo mismo sucede con todas nuestras mujeres. Cuando se vuelve hacia
nosotros, uno de sus lados se vuelve hacia nosotros, la vemos como a una línea
recta, cuando la parte que nos enfrenta es el extremo que incluye sus ojos o
boca -entre nosotros esos dos órganos son idénticos-, no vemos otra cosa que una
punta sumamente brillante. Pero cuando ofrecen a nuestra vista su trasero,
entonces, -siendo, como es, solamente algo brillante y en verdad casi tan
indistinto como un objeto inanimado- su extremidad posterior les sirve como una
especie de Capa Invisible.
La peligrosidad de nuestras Mujeres, a la que
estamos expuestos, se manifiesta en Planolandia ante la menor oportunidad.
Si basta el ángulo de un respetable Triángulo de
clase media no carece de peligrosidad; si embestir a un Trabajador implica una
herida; si la colisión con un oficial de la clase militar involucra un grave
daño; si un mero toque del vértice de un soldado Particular acarrea peligro de
muerte... ¿Qué se puede esperar del choque con una mujer, sino la absoluta e
inmediata destrucción? Y cuando una Mujer es invisible, o apenas como un confuso
punto levemente brillante ¡Qué difícil puede resultar, aún para los más
cautelosos, estar evitando siempre una colisión!.
Muchas son las leyes, decretos y normas elaborados
en distintas épocas por los diferentes Estados de Planolandia con el fin de
minimizar; en el sur y otras regiones de climas menos templados, donde la fuerza
de gravedad es mayor, y los seres humanos más propensos a los movimientos
casuales o involuntarios, las Leyes concernientes a las Mujeres son,
naturalmente, mucho más rigurosas. Pero un panorama general puede obtenerse del
siguiente sumario:
1. Toda casa tendrá una entrada exclusiva para
Mujeres, ubicada en su lado oriental; y a través de esa entrada entrarán todas
las Mujeres "decorosa y respetuosamente" y nunca lo harán por la entrada
occidental o de los Hombres.
2. Ninguna Mujer podrá recorrer sitio público alguno
sin proferir simultáneamente su Grito de Paz, bajo pena de muerte.
3. Toda Mujer, de la que se certifique debidamente
que sufre Danza de San Vito, accesos nerviosos, resfríos crónicos acompañados
por estornudos, o cualquier otra enfermedad que implique movimientos
involuntarios será instantáneamente destruida.
En algunos de los estados existe una Ley adicional
que prohíbe a las Hembras, bajo pena de muerte, marchar o detenerse en cualquier
lugar público si no mueve constantemente su trasero de derecha a izquierda y de
izquierda a derecha, para avisar sobre su presencia a quienes la siguen o están
detrás suyo. Otras leyes obligan a una Mujer en viaje a ser seguida por uno de
sus hijos o sirvientes, o por su marido; otros confinan a las Mujeres en sus
casas, excepto durante las festividades religiosas. Pero los más sabios de
nuestros Círculos o Estadistas han descubierto que la multiplicación de las
restricciones contra las Hembras tienden no sólo al debilitamiento y disminución
de la raza, sino, también, al incremento de los asesinatos domésticos, hasta tal
punto, que un Estado pierde más de lo que gana a causa de un Código
excesivamente prohibitivo.
Porque cada vez que el carácter de la Mujer es
exasperado por su confinamiento en la casa o por reglamentaciones forzadas en el
exterior, ella es capaz de derramar su malhumor sobre sus maridos e hijos; en
los climas menos templados, la totalidad de la población masculina fue
destruida, en ocasiones, en el curso de una o dos horas de estallidos femeninos
involuntarios. De ahí que las Tres Leyes arriba mencionadas, sólo basten para
los Estados mejor regulados, y puedan ser aceptadas como una tosca explicación
de nuestro Código Femenino.
Después de todo, nuestra principal salvaguarda no se
encuentra en la Legislación, sino en los intereses mismos de las Mujeres.
Porque, aunque ellas puedan infligir la muerte instantánea mediante un
movimiento de retroceso, a menos que puedan desclavar su perforante extremidad
del cuerpo convulsionado de su victima, sus propios cuerpos pueden hacerse
añicos.
El poder de la moda también está
a nuestro favor. La señal‚ que en algunos Estados menos civilizados no se
tolera que ninguna mujer permanezca en un lugar público sin menear a ambos lados
su extremidad posterior. Esto se ha transformado en una práctica entre todas las
damas que tengan alguna pretensión de casarse en todos los Estados bien
gobernados, hasta el extremo del pasado más lejano que la memoria de los Planos
pueda alcanzar. En cualquier Estado se considera una desgracia que la
legislación se vea obligada a forzar lo que naturalmente debe hacerse, y que
constituye para toda dama respetable un instinto natural. La rítmica y, si puedo
decirlo así, bien modulada ondulación de nuestras damas de rango circular son
envidiadas e imitadas por todas las esposas de los Equiláteros comunes,
incapaces de lograr algo más que un simple vaivén monótono, como el oscilar de
un péndulo. Asimismo, la regular oscilación de los Equiláteros no es menos
admirada y copiada por las esposas de los Isósceles, progresistas y ambiciosas,
en cuyas familias ninguna especie de "movimiento trasero" se ha convertido en
una necesidad vital. Por esto en toda familia de buena posición y consideración,
el "movimiento trasero" es tan importante como el tiempo; y en esos hogares,
maridos e hijos disfrutan de inmunidad, al menos en lo que concierte a los
ataques invisibles.
No se debe suponer ni siquiera por un instante que a
nuestras mujeres les está vedado el afecto. Pero desafortunadamente, los
arranques pasionales predominan en el sexo Frágil sobre cualquier otra
consideración. Esto es, desde luego, un resultado necesario de su conformación
desgraciada. Porque en la medida en que carecen de conseguir un buen ángulo,
siendo en este aspecto inferiores a más degradado de los Isósceles, están
consecuentemente desprovistas de reflexión, capacidad de juicio y de prevención,
y aún hasta de memoria. Por consiguiente, en sus accesos de furia no recuerdan
derechos ni reconocen distinciones. De hecho, he conocido el caso de una mujer
que exterminó a su familia entera, y media hora después, superada su rabia y
barridos los fragmentos, preguntó que se había hecho de su marido y de sus
hijos.
Obviamente, una Mujer no debe ser irritada mientras
está en una posición en la que pueda darse vuelta. Cuando uno las tiene en sus
departamentos -que son construidos de modo que les impida ejercitar ese poder-
se les puede decir lo que se quiera; porque entonces son completamente
impotentes para hacer daño, y no recordarán a los pocos minutos el incidente por
el cual tal vez en este instante están amenazándolo a usted de muerte, ni las
promesas que usted pueda haber considerado necesario hacerles con el fin de
pacificar sus furias.
En general, nos llevamos muy amablemente en nuestras
relaciones domésticas, excepción hecha de los estratos más bajos de las clases
militares. En éstas, la falta de tacto y discreción por parte de los mandos,
ocasiona algunas veces desastres indescriptibles. Confiando excesivamente en el
arma ofensiva de sus ángulos agudos, en vez de hacerlo en los órganos defensivos
de la sensatez y de las simulaciones razonables, descuidan con demasiada
frecuencia la construcción de los apartamentos femeninos o irritan a sus esposas
con expresiones que les son mal aconsejadas por extraños afuera de las casas,
expresiones de las que rehúsan retractarse en el momento inmediato. Además, un
obtuso y estúpido respeto por la verdad literal los indispone para hacer las
profusas promesas mediante las cuales los Círculos más juiciosos pueden obtener
en un instante la pacificación de sus consortes. El resultado es la masacre; sin
embargo no deja de tener sus ventajas, ya que suprime a los Isósceles más brutos
y molestos, y muchos de nuestros Círculos consideran a la destructividad de
nuestro Sexo Fino como una más de las muchas disposiciones providenciales para
eliminar e exceso de población y segar la Revolución por sus bases.
Empero, aun de nuestras familias mejor conformadas y
más aproximadamente circulares, no puedo afirmar que cumplan el ideal de la vida
familiar. Hay paz, en la medida en que la inexistencia de matanzas pueda ser
llamada con ese nombre; pero naturalmente hay poca armonía de gustos y
propósitos; y la cautelosa sabiduría de los Círculos sólo consiguió seguridad a
costa de ciertos sacrificios domésticos. En todo hogar Circular o Poligonal se
ha heredado desde épocas inmemoriales el hábito (y ahora ya es una especie de
instinto entre las mujeres de cases más altas) de que madres e hijas mantengan
constantemente sus ojos y bocas dirigidos hacia sus maridos e hijos varones, y
para cualquier dama de familia distinguida, el hecho de volverle la espalda al
marido sería considerado como una especie de portento, una comprometida pérdida
de status. Pero como demostraré enseguida, esta costumbre, aunque ofrezca la
ventaja de la seguridad, no carece de desventajas.
Tanto en casa de los Trabajadores como en la de los
Respetables Comerciantes (donde se permite a las esposas dar la espalda a sus
maridos mientras están dedicadas a sus quehaceres domésticos) existen por lo
menos intervalos de inquietud, si se exceptúa el canturreo del continuo Grito de
Paz; pero en los hogares de las clases superiores, la paz falta con excesiva
frecuencia. Allí, la boca voluble y el ojo reluciente y penetrante están siempre
dirigidos al señor de la casa, y la luz misma no es tan persistente como el
fluir del discurso femenino. El tacto y la habilidad que bastan ara apartar un
aguijón de mujer son ineficaces para detener una lengua de mujer; y como las
esposas no tienen absolutamente nada que decir y carecen por completo de genio,
sensibilidad o conciencia que las prevengan de hablar, no pocos cínicos han
asegurado que prefieren el peligro de la mortífera aunque inaudible aguja a la
sonora seguridad que ofrece el otro extremo de la mujer.
La condición de nuestras Mujeres, en Planolandia,
ruede parecer verdaderamente deplorable a nuestros lectores y en verdad lo es.
Un Macho de la especie más baja de los Isósceles puede esperar alguna mejora de
su ángulo y basta la elevación de
la totalidad de su casta degradada; pero ninguna mujer puede alimentar
esperanzas semejantes en favor de su sexo.
"Una vez que se es Mujer, se es Mujer para siempre".
Esto es un decreto de la Naturaleza; y las mismas leyes de la Evolución obran en
contra de ellas. Sin embargo, podemos admirar esa sabia Predestinación que ha
acordado, en la medida en que las Mujeres no tienen esperanzas, que carezcan de
memoria para recordar y de previsión para anticipar las miserias que
constituyen, simultáneamente, una necesidad existencial y la base de la
organización de Planolandia.
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