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  ¿QUISIERON RAPTAR AL MARISCAL PÉTAIN?

Hacia mediados de enero de 1943, el coronel Michel de l'Epine, agregado militar de Francia en Madrid, fue invitado a una comida íntima por el ministro de un país «oficialmente neutral pero en realidad anglófilo». Esta comida fue el punto de partida de unos tratados secretos que si hubieran tenido éxito habrían cambiado el destino futuro del mariscal Pétain. Este episodio fue ignorado durante largo tiempo. La comunicación hecha por la señora de l'Epine de las memorias póstumas e inéditas de su marido nos permite poder contar tal relato.

Desde 1931, Michel de l'Epine se había convertido en el colaborador del mariscal Pétain. Éste lo había escogido como uno de sus ayudantes en el transcurso de la misión que el gobierno le había confiado aquel año en Estados Unidos. Cuando aquella misión terminó, el mariscal le dijo a Michel de l'Epine:

-Ha cumplido usted muy bien su misión, desearía que se quedara conmigo ¿Qué le parece?

De este modo, el joven oficial dio un nuevo rumbo a su carrera. Tras un retorno al mando activo, Michel de l'Epine volvió a tener en 1938 su puesto al lado del mariscal. Cuando este último fue nombrado embajador de Francia en Madrid -había que reconciliarse con la España del general Franco- hizo nombrar a Michel de l'Epine agregado militar. Cuando el mariscal volvió a Francia en la primavera de 1940 a petición de Paul Reynaud, Michel de l'Epine permaneció en su puesto de Madrid, se consideraba que podía prestar allí grandes servicios.

Cuando tuvo lugar la ocupación de Francia, millares de voluntarios atravesaron clandestinamente la frontera franco-española para alistarse en las Fuerzas Francesas Libres. La policía española, tal como había hecho la francesa con los republicanos españoles que pidieron asilo tras la Guerra Civil, los internó en campos de concentración. Michel de l'Epine tiene el mérito de haber hecho todo lo posible para mejorar la suerte de aquellos prisioneros y, también, para facilitarles la libertad y el que pudieran proseguir su camino hacia el norte de África.

El día en que el gobierno español aceptó libertar a todos los prisioneros franceses y hacerlos conducir hasta la frontera por ellos escogida, aquel día fue considerado por el coronel de l'Epine, como un triunfo personal. Tras aquello, Michel de l'Epine consideró que ya nada tenía que hacer en Madrid y decidió ir a reunirse con las Fuerzas Francesas Combatientes. Partió, pues, también hacia el norte de África. Al frente de un regimiento y después al mando de una unidad táctica, iba a participar en las magníficas campañas de Túnez e Italia.

Oficialmente, el coronel de l'Epine había «traicionado» a Pétain. Pues bien, la reacción del mariscal fue de lo más sorprendente. Fue el 27 de marzo de 1943 cuando el coronel de l'Epine anunció su marcha de Madrid. Antes del 15 de abril, el mariscal Pétain envió un emisario a la esposa de l'Epine para que le comunicara que aprobaba la decisión tomada por su antiguo colaborador. Un funcionario de Vichy vino expresamente con pasaporte diplomático a decirle:

-Señora, el mariscal me ha enviado para que le transmita dos mensajes. El primero: si puede llegar a comunicárselo a su marido, dígale: «Lo que un mariscal de Francia y jefe de Estado no puede hacer, un coronel en activo tenía el deber y el derecho de hacerlo» El segundo: «Oficialmente me veré obligado a condenar la actitud de su marido, no le sorprenda. Pero no puedo permitir que usted y sus hijos sufran por ello. Si necesita algo, sea lo que sea, pídamelo. Mi dinero estará siempre a su disposición»

Lo que un mariscal de Francia y jefe de Estado no puede hacer... ¿Tenía esta declaración alguna relación con las negociaciones entabladas dos meses antes por el coronel de l'Epine?

Aquellas negociaciones habían tratado de un posible rapto del mariscal Pétain. Ahora se sabe que el mariscal Pétain, en 1942, no quiso huir con el coronel de aviación Gorostarzu a Argelia. Le dijo: «El avión y la altura están totalmente contraindicados a mi edad» Ya estando en la embajada de España, cuando tuvo que volver urgentemente a París, no quiso ir con «Goros» en un bimotor. El general de Gaulle diría en Londres entonces:

-Tanto en junio de 1940 en Burdeos, como en Vichy en 1942, uno de los secretos de guerra es éste: todo habría sido distinto si el viejo mariscal hubiera querido coger el avión. Pero no subirá nunca a un avión, nunca...

Cuando terminó la comida del coronel de l'Epine con el ministro del país «oficialmente neutral, pero en realidad anglófilo» -no resultaba difícil darse cuenta de que era Portugal-, el dueño de la casa hizo entrar al coronel en su despacho tras haberle rogado que cuanto oyera lo considerara como estrictamente confidencial. Cuando entraron en el despacho se levantó «un personaje muy alto, muy huesudo y muy bien afeitado que estaba removiendo un whisky».

Hagamos las presentaciones. Se trata de un mayor británico.

-El mayor So-and-So tiene que exponerle algo muy confidencial -dijo el ministro neutral-. Es usted enteramente libre de contestar sí o no, pero sea cual sea su respuesta prometa que no revelará esta conversación a nadie hasta que la guerra haya terminado.

Cedo la palabra al que luego se convertiría en el general de l'Epine:

«El mayor me preguntó si yo era el oficial que había estado con los ingleses en el 28-29, demostró conocer a fondo toda mi carrera y sobre todo los años pasados con el mariscal Pétain.

»-Sí.

»-Bien, entremos en materia: si el mariscal necesitara un avión para ir a buscarlo a Vichy y llevarlo luego al lugar de aterrizaje por él elegido, el norte de África u otra tierra del imperio, un país neutral o aliado, ¿aceptaría usted ser el hombre elegido para ir a buscarlo?

»Pregunta realmente inesperada. Mi primera reacción fue de orden material:

»-No sé pilotar un avión moderno.

»El mayor rechazó la objeción con un ademán, diciendo:

»-Ya, eso no importa. Todo el equipo, piloto, ayudante y ametrallador estarían a sus órdenes una vez fijada la hora y el lugar de aterrizaje cerca de Vichy. Pero precisamos de alguien a quien el mariscal conozca bien, alguien en quien tenga confianza, que pueda llegar hasta él y acompañarle al avión sin que tema caer en una trampa.

»Segunda objeción material:

»-¿Cómo podríamos el mariscal y yo burlar la vigilancia que continuamente se ejerce sobre él y escapar a sus guardianes?

»-Todo está previsto y preparado -me contestó-. El mariscal ya está prevenido y ha consentido, sólo ignora dónde y cuándo. Sabe que es un francés al que conoce muy bien el que irá a buscarlo. ¿Quiere ser usted?

»Tercera objeción de orden moral:

»-¿Y quién me garantiza a mí que el mariscal será conducido efectivamente adonde quiera él? ¿Que yo no me convertiré con toda mi buena fe en el cómplice de una maniobra del que él será la víctima? (Pensaba en Santa Elena y, por mi fe, en 1943 tras Mers-el-Kébir, Dakar y Siria, no podía dejar de pensar en ello.)

»El mayor se quedó mirando al ministro plenipotenciario, éste se levantó, me puso la mano en el hombro y me dijo:

»-¡Mi coronel, ya teníamos prevista una contestación parecida! Pero es la única a la que no le podemos dar respuesta. Si usted no puede confiar en nosotros del mismo modo que nosotros confiamos en usted en este momento, sólo puedo decirle una cosa: que el mayor So-and-So es un colaborador directo de Churchill por cuya orden ha tenido lugar esta entrevista. Antes de ir a buscar al mariscal será usted recibido por Mr. Churchill personalmente. Él le confirmará esta promesa que nosotros le hemos hecho en su nombre: el mariscal será llevado en avión adonde él quiera. ¿Acepta usted?

»-Sí.

»-Gracias. Ya le avisaremos cuando llegue el momento. Hasta entonces, secreto absoluto.»

Nunca más volvieron a hablarle de ello al coronel de l'Epine.

Cuando dejó Madrid, fue a despedirse del ministro neutral.

Le dijo que se marchaba a Argelia. No se hizo ninguna alusión a la conversación mantenida con el mayor So-and-So. En sus memorias inéditas véanse las reflexiones que le inspiró al general de l'Epine tan curiosa aventura:

«¿Hay que admitir que hubo un momento en que el mariscal tuvo la idea de abandonar Francia para dirigir desde el exterior las operaciones de liberación, o por el contrario, siempre quiso quedarse en la metrópoli para ser, según su propia expresión, "el escudo de la nación"? Yo creo que hombres de su temple nunca toman una decisión importante sin haberla pensado mucho antes, y que el mariscal Pétain ha podido muy bien pasar por la fase de estudio de preparación de una evasión antes de haber encontrado su línea de conducta definitiva. Cuando le hizo decir a mi mujer: "Lo que un mariscal de Francia no puede hacer..." para él tales palabras no representaban sólo una posibilidad material, sino un imperativo absoluto.»

Tenemos que hacer notar aquí que no podía tratarse de uno de tantos innumerables proyectos de salón sin fundamento. Es un mayor británico colaborador directo de Churchill quien se dirige al agregado militar francés en Madrid, antiguo colaborador e íntimo del mariscal Pétain. Y lo hace por medio de un representante en Madrid de un país neutral, aunque en el fondo anglófilo.

Esta entrevista en cierto modo tiene un carácter oficial. Lo hablado sobre el procedimiento que se seguiría si el coronel de l'Epine aceptaba demuestra que Winston Churchill patrocinaba efectivamente el proyecto de rescate.

Toca a los historiadores decir por qué el proyecto de enero de 1943 no se realizó.

A no ser que tuviera razón el general de Gaulle:

-Todo habría sido distinto si el viejo mariscal hubiera querido tomar el avión, pero no subirá jamás a un avión, jamás...

Alain Decaux


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