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El
26 de julio de 1941 el gobierno de los Estados Unidos congeló todos
los haberes japoneses existentes en el país, maniobra seguida poco
después por Gran Bretaña y el gobierno holandés en el exilio. Aquel
triple golpe a una nación tan agresivamente comercial era la
respuesta a la continua expansión del imperio nipón en Asia
continental: desde el comienzo de la guerra chino-japonesa en 1937 los
E. U. A. y sobre todo Gran Bretaña se habían preocupado mucho con el
creciente dominio japonés en todo Extremo Oriente. Se habían
intentado antes algunas medidas previas a la congelación de los
bienes japoneses, pero Japón había hecho poco caso. El embargo
contra el Japón fue una reacción directa a la ocupación de
Indochina francesa, iniciada el 22 de septiembre de 1941. La amenaza
implícita en el jaque estadounidense del 26 de julio se vio reforzada
cuando el 17 de agosto el presidente Roosevelt avisó al Japón de que
cualquier otra iniciativa japonesa, en el sentido de procurarse una
posición hegemónica en Extremo Oriente, chocaría con las
represalias norteamericanas de salvaguardia de sus intereses políticos
y financieros. Hay que advertir que, mientras aquellas medidas drásticas
anunciaban con demasiada claridad lo que iba a ocurrir, tenían lugar
en Washington unas negociaciones americano-niponas supuestamente
encaminadas a reducir las tensiones existentes entre ambos países.
¿Por qué habían dado los
E. U. A. en particular esos pasos contra Japón? Se trataba básicamente
de un conflicto de intereses. Desde la guerra contra España de 1898
los americanos se habían situado muy bien en las Filipinas y otros
archipiélagos del Pacifico arrebatados a España, y desempeñaban un
papel dominante en los asuntos económicos de china. Eso, combinado
con la emergencia del celeste Imperio a un tipo de «democracia»
aceptable para el pueblo americano, hacia de los E. U. A. un poderoso
amigo de China. Japón acababa también de salir de un feudalismo
medieval autoimpuesto pero, a diferencia de China, había conservado
sus arcaicas instituciones a la vez que evolucionaba vertiginosamente
convirtiéndose en una nación moderna e industrializada con claros
visos militaristas. Sus ambiciones militares se habían cebado a
expensas de china (1864-1895), la Rusia Imperial (1904-1905) Y la
Alemania del Káiser en 1914. Su mayor problema residía en que,
aunque convertida en una potencia fabril, no tenía suficientes
materias primas para alimentar sus industrias, ni mercados para
mantenerlas. Las materias podía obtenerlas en todo el Extremo
Oriente, y China ofrecía un mercado enorme; de ahí el interés de
Japón en procurarse la hegemonía política y económica sobre las
mayores bases económicas del Asia oriental: Manchuria, China, Asia
sudoriental y las Indias Orientales inglesas y holandesas.
Su rápido avance hacia esas
tierras lo hizo chocar con las potencias que tenían intereses económicos
colosales en dicha zona.
A mediados de los años 30 la
diferencia de intereses político-económicos había enfrentado ya
decididamente a esas potencias con el Japón. Las diferencias se
hicieron insalvables cuando Japón tomó Manchuria, inició una guerra
en China y volvió después su atención hacia Indochina y Malasia.
Los E. U. A. habían evidenciado ya su posición administrando armas a
china por la ruta de Birmania, y las dos bazas jugadas por Roosevelt
equivalían a un ultimátum económico. Japón no podía sobrevivir
sin materias primas y mercados y necesitaba además el abundante petróleo
de Malasia. El embargo de los occidentales no resolvía el problema
subyacente: un Japón superpoblado que necesitaba vivir y unos
intereses establecidos que se le ponían en el camino.
La mala situación de
septiembre de 1941 se hizo ya imposible el 17 de octubre de ese año,
cuando el teniente general Hideki Toyo, se convirtió en primer
ministro con el apoyo del omnipotente esiablishment militar del
país.
Sin desechar del todo las
negociaciones en curso en Washington, Toyo reveló el 5 de noviembre a
su circulo intimo los planes para una guerra que veía cada vez más
inevitable.
A fines de noviembre estaba
claro que no podía haber bases de entendimiento entre Japón y los E.
U. A., y aunque siguieron las negociaciones, Japón tomó la decisión
de entrar en guerra. Trazado por estados mayores sometidos a la
supervisión del mariscal Hayime Suguiyama, comandante en jefe del ejército,
y del almirante Osami Nagoya, de la escuadra, el plan básico japonés
se dividía en tres secciones. Partía de la incapacidad del Japón
para sostener una guerra larga contra naciones industriales. Primero,
la escuadra imperial neutralizaría a la flota estadounidense del
Pacifico, máxima fuerza de choque de los occidentales en ese océano,
mientras el ejército japonés y otros elementos de su escuadra se
adueñaban de la «zona de recursos del sur» y los territorios
adyacentes precisos para defenderla. Segundo paso: había que
establecer un perímetro defensivo inexpugnable. Tercero: se rechazarían
de un modo tan decisivo todos los intentos de irrumpir en ese perímetro,
que las potencias occidentales tendrían que pedir la paz sobre la
base de un status quo. Todo el plan japonés se basaba en la doble
premisa de que sus fuerzas podían dejar tan malparados a los
occidentales en la primera fase de la guerra, que Japón tendría
tiempo para completar su perímetro defensivo, y que la defensa
japonesa, basada en la probada capacidad de sus fuerzas armadas y
funcionando sobre líneas de comunicación interiores, no podría ser
rota por los occidentales, que operarían desde precarias líneas de
comunicaciones de bases situadas en los Estados Unidos y Australia.
Los espejismos del esquema japonés se evidenciarían en el curso de
la guerra del Pacifico.
Tomada la decisión bélica,
se adoptaron las medidas para asegurar el éxito de la primera fase.
Desempeñarían el papel decisivo en ella los portaaviones de la
marina imperial, inutilizando la flota americana del Pacifico en su
base de Pearl Harbor, en las islas Hawai.
Compuesta de seis
portaaviones y apoyada por acorazados, cruceros, submarinos y
petroleros, la I Flota aérea (vicealmirante Chuichi Nagumo), conocida
también como fuerza de ataque, zarpó de las islas Kuriles el 26 de
noviembre y se dirigió por una ruta ondulante y poco usada hacia una
posición situada al norte de las islas Hawai. Se observó un silencio
estricto de la radio. Los americanos, conocedores de las claves
japonesas, sabían perfectamente que Japón se preparaba ya para la
guerra, pero esperaban que el primer golpe caería sobre las Filipinas
o Malasia. Radios descifrados evidenciaban que se reunían grandes
fuerzas japonesas en la vecindad de estos dos objetivos mayores.
Varias maniobras anteriores habían tenido en cuenta un ataque a Pearl
Harbor, pero todo estaba tranquilo allí a primeras horas de la mañana
del domingo 7 de diciembre.
Los operadores de un
ineficiente equipo de radar situado al norte de Pearl Harbor avisaron
que muchos aviones se acercaban hacia la isla, pero el comandante de
la base dejó de lado el informe. Pensó que se trataba de unos
cuantos B-17 (fortalezas aéreas) que se esperaban, y ordenó a los
hombres del radar que descansaran. Lo que habían visto, de hecho, era
la primera ola de ciento ochenta y tres aviones de Nagumo. Fue seguida
de cerca por otra de ciento ochenta aparatos. La sorpresa fue total y
los pilotos japoneses hallaron sus objetivos dispuestos en filas
impecables. Los japoneses hicieron su agosto en aquel fatal 7 de
diciembre: de ocho acorazados dejaron tres hundidos, uno a medias y
los cuatro restantes gravemente averiados; hundieron además tres
cruceros y tres destructores, así como un surtido de barcos menores.
En tierra quedaban destruidos 65 de 231 aviones del ejército
americano y 196 de los 250 aparatos de la flota y del Marine Corps.
Además de esas pérdidas materiales, los norteamericanos tuvieron
3.220 muertos y 1.272 heridos. Las bajas japonesas fueron mínimas.
El golpe que sufrieron el
poderío y el prestigio de los E. U. A. fue enorme. La afirmación de
que Japón no declaró la guerra antes del ataque a Pearl Harbor es
cierta, pero no completa. Japón trató de declarar la guerra, pero la
gente de su embajada en Washington tardó tanto en descifrar aquel
importante mensaje, que el ataque había empezado antes de formularse
la declaración en regla. En cambio, el servicio de inteligencia
americano lo había descifrado a tiempo, pero no se envió la noticia
con rapidez suficiente para permitir a las defensas americanas una
pronta puesta en pie de guerra. Lo cierto es que el Japón había
entrado en ella convirtiendo en mundial un conflicto que hasta
entonces había sido «europeo».
El único y no pequeño
consuelo de la US Navy cuando hizo el balance de Pearl Harbor fue que
los tres estupendos portaaviones de la flota del Pacifico, el
Enterprise, el Lexington y el Saratoga estaban ausentes y no sufrieron
daños. Esos navíos fueron los virtuosos de la guerra contra el Japón
en los meses siguientes. Pese a la intensa decepción de los hombres
de la armada del Sol Naciente por no haber podido batirse con iguales
suyos, se calibró como grande la victoria de Pearl Harbor: Cumplía
plenamente el objetivo de la primera fase del plan de guerra japonés.
El otro objetivo de esa
primera fase era adueñarse de la «zona de recursos del sur». Se
tomaron iniciativas en esa dirección, simultáneas al ataque a Pearl
Harbor, así como operaciones de barrido contra las bases americanas
del Pacifico. Pese a que rechazaron con grandes bajas el primer ataque
japonés del 11 de diciembre, los defensores de la isla de Wake fueron
aplastados en un segundo ataque el 23 de diciembre; y al pie de las
islas Marianas, la minúscula guarnición de la isla de Guam fue
avasallada el 10 del mismo mes.
Pero aquellas perdidas
americanas eran sólo menudencias comparadas con los objetivos
japoneses del continente asiático o los grandes archipiélagos de
Malasia. El 8 de diciembre (al oeste de la línea internacional de
fechas, ese día equivale en Asia al 7 de diciembre en las zonas
situadas al este de la misma, como Hawailla) la 38ª división
japonesa arrasó las fortificaciones continentales de la colonia británica
de Hong Kong, obligando a las fuerzas del general de división C. M.
Maltby a refugiarse en la isla. Rechazada la primera demanda de
rendición, los japoneses asaltaron la isla el 18 de diciembre, y para
navidad habían aplastado la pequeña guarnición británica.
Más al sur, las tres
divisiones del teniente general Tomoyuki Yamashita (XXV Ejército)
desembarcaban en Jota Bharu, al norte de Malaya, y en Singora y
Patani, justo sobre la frontera de TaiÍándia, el 8 de diciembre. El
mando británico de Malaya se hallaba confundido y sus tropas
fronterizas, mal entrenadas; una vez que las escasas fuerzas de la RAF
de la zona fueron aplastadas por los japoneses, los cien mil hombres
de Yamashita dieron un paseo por tierra hacia el último objetivo de
cualquier invasión de Malaya, la gran plaza fuerte insular de
Singapur. Los japoneses se dividieron en dos líneas de avance
principales, a ambos lados de la península, y avanzaron rápidos
hacia el sur. El comandante británico teniente general A. E.
Percival, tenía como cien mil hombres a su mando, en tres divisiones,
pero había contado con unos desembarcos japoneses más al sur. Trató
entonces desesperadamente de reagrupar sus fuerzas para hacer frente a
la realidad, pero logró poco más que frenar marginalmente a los
japoneses. Éstos habían desplegado desde el comienzo de la campaña
la habilísima táctica ofensiva que iba a hacerles tan temidos en los
dos primeros años de la guerra: actuando a base de equipo ligero y
sin masas de transporte mecanizado, sus elementos de vanguardia se
colaban por los flancos selváticos de las posiciones defensivas
inglesas, cortando las comunicaciones con la retaguardia. Así
cercados, los ingleses carecían de recursos tácticos para escurrirse
por la jungla y tenían que rendirse. De este modo, los japoneses se
movieron rápidamente hacia el sur, saltándose las posiciones
defensivas británicas para mantener el ritmo de su ofensiva. Al
terminar 1941, los británicos se veían prácticamente barridos hacia
el sur.
Tras el shock de los primeros
desembarcos, los británicos se sintieron aún más aplanados por la pérdida
impresionante de sus dos únicos acorazados en aquella zona. Al
enterarse de los desembarcos japoneses, el almirante sir Tom Phillips
había zarpado de Singapur hacia el norte, con el Prince of Wales y el
Repulse, para hacer frente a las unidades japonesas que apoyaban los
desembarcos. La RAF no pudo proporcionarles cobertura aérea y el 10
de diciembre, incapaz de hallar a los japoneses, Phillips viró hacia
el sur. Los nipones lo avistaron desde el aire y tras una defensa
desesperada, los soberbios navíos británicos sucumbieron a numerosos
impactos de bombas y torpedos.
Entretanto los japoneses habían
desembarcado también en las Filipinas, con la presencia de los
cincuenta mil hombres del XIV Ejército (teniente general Masaharu
Homma) en las playas de Luzón el 10 de diciembre. La defensa de
aquella colonia sur generis de los Estados Unidos descansaba en los
ciento treinta mil soldados de las fuerzas americano-filipinas del
general Douglas MacArthur, de los que sólo veintidós mil
cuatrocientos estaban bien entrenados. La mayoría de la flota asiática
de los E. U. A. se había retirado a Java, pero las fuerzas aéreas de
las Filipinas, bajo el mando del general de división Lewis Brereton,
contaban con propinar una dura lección a los japoneses. La realidad
fue muy distinta: una oleada de asalto nipona cazó a los aviones
americanos bonitamente alineados en sus aeródromos. Dieciocho de los
35 bombarderos B-17 y cincuenta y seis cazas fueron destruidos, así
como una serie de aparatos diversos.
Aquello fue toda una vergüenza
para el Tío Sam, puesto que estaba ya bien advertido de la entrada
del Japón en la guerra. Con la destrucción de aquellos magníficos
aviones perdían los E. U. A. su única fuerza de choque adecuada.
Los planes defensivos de
MacArthur se basaban en la probabilidad de un desembarco japonés en
el golfo de Lingayen y una marcha sobre Manila, y había dispuesto sus
tropas en dos grupos principales, al norte y sur de la capital. Pero
Homma desembarcó las suyas entre el 10 y el,20 de diciembre en el
norte y sur de Luzón, donde pudieron afincarse y construir pistas de
aterrizaje sin ser molestados por los americanos. Después, entre el
20 de diciembre y el fin del año, siguieron desembarcando para adueñarse
de las islas de Mindanao y Joló, donde construyeron más aeródromos
y sólo entonces llegó al golfo de Lingayen el grueso de las fuerzas
de desembarco japonesas de Luzón (22 de diciembre). Los japoneses
bajaron a tierra sin resistencia y marcharon enseguida hacia el sur.
El grueso de las tropas filipinas se salvó sólo por la resolución
de las fuerzas americanas y los scouts filipinos. Otro desembarco se
hizo al sur de Manila, en la bahía de Limón, el 24 de diciembre.
MacArthur, atrapado en medio
de una férrea tenaza, tuvo que abandonar sus planes de contraataque y
se retiró hasta el último baluarte defensivo de la península de
Bataán, al noroeste de Manila, donde esperaba resistir hasta que la
flota del Pacifico le trajese refuerzos.
Aunque se ha criticado a
MacArthur por dejarse copar de aquel modo, su retirada resultó de
hecho el movimiento ideal. Los japoneses, que habían calculado sólo
cincuenta días para la conquista de las Filipinas, esperaban Que
MacArthur defendería Manila, donde los tremendos infantes nipones
habrían hecho picadillo a los soldados americanos y filipinos. Desde
Bataán y el islote del corregidor, MacArthur les frustró la baza y
retrasó considerablemente sus planes de ocupación de la «zona de
recursos del sur».
El año nuevo de 1942 halló
en muy mal estado a los ingleses en Malaya. Empujados sin cesar hacia
atrás, su última línea de defensa en el continente se vio rota el
15 de enero, y a fines de ese mes sólo les quedaba la fortaleza de
Singapur, que había sido diseñada únicamente para rechazar ataques
desde el mar, Los nipones la atacaban desde tierra, donde no mediaban
bastiones ni las temibles baterías de 18 pulgadas. El 8 de febrero
los japoneses desembarcaron en la isla y en una lucha implacable
tomaron los depósitos de agua.
Aquello marcó el destino de
la plaza y su guarnición, que se rindió sin condiciones el día 15.
Cayeron prisioneros unos setenta mil soldados británicos. El desastre
fue total, resultado sobre todo de una falta increíble de realismo.
A corto plazo, hundido el
prestigio británico, quedaban los japoneses en excelente situación
para invadir a su gusto a las ricas Indias Orientales holandesas.
El nuevo año les trajo también
más éxitos a los nipones en las Filipinas, aunque a un alto precio y
con un retraso del plan general. Dos grandes asaltos, a mediados y
final de enero, fueron rechazados por los de MacArthur, pero el
hacinamiento y las enfermedades minaban la capacidad de supervivencia
de los americanos. Recibida la orden de escapar a Australia, MacArthur
pasó el mando al general de división Jonathan Wainwright el 11 de
marzo, en un periodo en que los japoneses hacían una guerra de
desgaste. El 3 de abril, Homma, con tropas descansadas y reforzadas,
pudo lanzar la ofensiva decisiva y cuando las fuerzas de defensa
empezaban a desmoronarse los americanos entregaron Bataán el 9 de
abril. Por ese mismo tiempo, los japoneses iban barriendo las demás
islas (donde los defensores se disolvieron para formar núcleos de
guerrillas); sólo quedaba la isla fortificada de Corregidor, capaz de
negar a los japoneses el empleo del puerto de Manila. Después de un
intenso bombardeo, los nipones desembarcaron allí el 5 de mayo y,
tras una lucha salvaje, se adueñaron al día siguiente de aquella última
posición americana en las Filipinas.
Atestiguan la pericia
japonesa las bajas relativas de esas campañas: en Malaya 138.700 británicos
contra 9.820 japoneses y en las Filipinas 140.000 americanos y
filipinos contra unos 12.000 nipones.
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