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Los
artículos 171 y 198 del Tratado de Versalles prohibían al pequeño
ejército autorizado a la República de Weimar (100.000 soldados) la
posesión, fabricación o importación de carros de combate, así como
de aparatos para unas Fuerzas Aéreas de Marina o Tierra. Veinte años
más tarde, en 1939, las divisiones acorazadas alemanas irrumpen en
Polonia en tanto que aviones de bombardeo en picado las apoyan en su
incursión en las amplias planicies del vecino oriental.
La colaboración de poderosas
unidades de carros de combate dirigidas por radio y grandes unidades tácticas
de aviones dieron, tras el primer ensayo de Polonia, resultados
sorprendentes en la ofensiva de mayo de 1940 contra Francia, pese a
que los franceses disponían también de una poderosa fuerza blindada,
si bien no estaba organizada ni dirigida según un concepto moderno.
En 1940 el Reich se halla en posesión del más avanzado aparato bélico
del mundo.
¿Se trata de un milagro? A
un Ejército derrotado, a un Estado humillado se le pueden hacer las
prohibiciones que se quieran en un tratado de paz. Pero no se puede
prohibir a sus oficiales que piensen. Aparte de que el Tratado de
Versalles tenía su talón de Aquiles: los vencedores de la primera
Guerra Mundial quisieron fijar de una vez para siempre el desarme de
los vencidos.
Pero, al mismo tiempo, se habían
comprometido por su parte a proceder al desarme general. Y esto no
sucedió jamás. Especialmente Francia desarrolló todo su talento en
el arte de remolonear. Así resulta comprensible que los jefes de
Gobierno anteriores a Hitler -de 1930 a 1933- Brüning, von Papen y
von Schleicher sacaran la consecuencia de que el incumplimiento del
acuerdo de desarme daba al inerme Reich el derecho y el deber moral de
volverse a armar. La consecuencia se llamó Adolf Hitler. Las mejores
oportunidades para la constitución de un Ejército secreto de aviones
y carros de combate las ofrecieron las excelentes relaciones que
imperaron casi forzosamente a partir del 1921/22 entre las dos
naciones parias: la URSS y Alemania; la primera excluida del Tratado
de Versalles y la segunda victima de ese mismo Tratado. Además, ambas
quedaron proscritas en un principio de la comunidad político-moral de
las naciones civilizadas, la Sociedad de Naciones de Ginebra.
En el balneario de Lipzek,
cerca de Járkov, junto al río Kama a su paso por Kazán, surge con
la ayuda soviética una escuela alemana de pilotos de aviación y de
carros de combate. El Ejército Rojo -en el más estricto secreto-
pone a disposición de los alemanes terrenos, material didáctico y de
prácticas (carros ligeros rusos del tipo MS I y MS III) así como
personal auxiliar. Como contrapartida, los oficiales rusos toman parte
en cursillos de perfeccionamiento del Ejército alemán.
Cerca de 300 pilotos de caza
alemanes realizan en Lipzek sus prácticas de vuelo. En el centro «Kama»
-nombre en clave- se forma entre 1926 y 1933 el núcleo de los futuros
dirigentes del Arma acorazada alemana.
Entre ellos hay que citar a
generales famosos como Nehring, Ritter von Thoma, y otros 30 más. En
el decenio de los años treinta se ensayan aquí también los primeros
prototipos de carros ligeros construidos por Krupp. En 1932 reside en
«Kama» el jefe del Estado Mayor de las tropas de combate, coronel
Heinz Guderian, junto con el inspector general Lutz. La cooperación
ruso-germana termina en otoño de 1933 a causa del enfriamiento
surgido en las relaciones entre Stalin y Hitler.
El 20 de noviembre de 1917 y
el 8 de agosto de 1918, los Cuerpos Acorazados británicos y las
Fuerzas Blindadas francesas, respectivamente, en las batallas de
Cambrai y Villers-Bretonneux -con la intervención de 400 o más
carros de combate-, revelaron cuán formidable era la fuerza que residía
en la nueva arma. Cierto que en esos momentos el Mando Aliado no fue
lo suficientemente ágil como para explotar a fondo los sorprendentes
éxitos iniciales. Los «entusiastas» británicos del carro de
combate -general Fuller y coronel Martel-, que habían defendido la
idea del empleo de los carros como una nueva Caballería, predicaron
en vano. En cambio, en Alemania, el coronel Guderian, partiendo de un
estudio de los triunfos relámpago de Napoleón en los años
1805/1806, desarrolló la idea de usar los carros blindados en grandes
unidades de combate, separadas por cuerpos de Infantería; sus grandes
triunfos serían la fuerza y el potencial de tiro. El
perfeccionamiento de las comunicaciones por radio en los años treinta
acabaría de incrementar la eficiencia del sistema: desde el carro de
mando pueden ser dirigidos los demás blindados en sus acciones.
En Francia, un joven coronel
llamado Charles de Gaulle publica en 1934 un libro sobre el Ejército,
cuyo núcleo debería consistir de unidades rápidas de carros de
combate. Pero en su país De Gaulle es el único que posee esta
convicción. Sólo en la Alemania hitleriana se imponen los
incondicionales de los carros blindados a los partidarios de la
Caballería tradicional, Son los carros, en acción combinada con los
bombarderos en picado concebidos por Junkers -Ju 87, («Stuka»)-,
quienes ganan las campañas de Polonia, Bélgica, Francia, Norte de
Africa y Rusia hasta el otoño de 1941. En realidad, es difícil
resistir a la tentación de comparar esta evolución técnica con los
tiempos de un pasado remoto: cuando un milenio antes del nacimiento de
Cristo la invención del carro de combate de tracción animal en el
Oriente Próximo cambió el destino de naciones y pueblos. Pero en el
siglo XX la evolución técnica lleva un ritmo arrollador. Los
enemigos del III Reich no tardaron en aprender la técnica alemana de
acción combinada de los carros y la Aviación; tanto los ingleses
como los norteamericanos o los rusos. Y gracias a un mayor potencial
industrial, a una mayor flexibilidad de los perfeccionamientos técnicos,
los alumnos no tardaron en superar a los maestros de 1939/40.
Walter Górlitz
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