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Ian MacHorton era un
vehemente subteniente de diecinueve años, recientemente incorporado a un
regimiento de Gurkha, cuando al comienzo de 1943, se unió a los Chindits. De
acuerdo con el plan del Brigadier Orde Wingate, esta fuerza irregular había
empezado a actuar en la época en que los japoneses ocuparon la mayor parte del
territorio de Birmania y su objeto era penetrar por la retaguardia las líneas
enemigas, desbaratar las comunicaciones y -demostrando superioridad sobre un
cruel oponente conocedor de la jungla- restaurar la moral británica,
severamente sacudida después de las derrotas de los años anteriores.
En febrero, siete columnas
que dependían del lanzamiento de provisiones para cubrir sus necesidades,
cruzaron el río Chindwin para encarar uno de los peores territorios del mundo:
la densa jungla que se extiende por cientos de millas, alternándose con enormes
zonas de casi impenetrable bambú y de hierbas gigantes, bajo un ardiente sol
tropical. Afirmarse, atacar de repente y luego esfumarse nuevamente es la
esencia de la tarea y como la columna no habría de detenerse, le fue dada la
orden de que ningún herido en el camino debería ser transportado. Ninguno de
los hombres pensó, por supuesto, que esto podría alguna vez sucederle a uno de
ellos.
La columna de Ian que debía
evidenciar su presencia y actuar como señuelo, avanzó unas ciento cincuenta
millas sin contratiempos hasta que alcanzó una vía de ferrocarril, que
siguieron hasta un depósito que tenían intención de destruir. Allí, los
japoneses les tendieron una celada.
Muchos fueron muertos y a los
supervivientes, incluido Ian, se les ordenó por radio continuar avanzando otras
cien millas y establecer contacto con otro grupo del que recibirían nuevas
instrucciones.
Pero ahora se encontraban en
serias dificultades. Las patrullas japonesas les estaban rastreando y no podían
usar los senderos de la jungla. En cambio, tuvieron que abrirse fatigosamente
camino unos pocos al mismo tiempo, relevándose para machetear los bambúes y
despejar el paso en la densa maleza. Después de varios días en estas
condiciones, algunos hombres se volvían locos, mientras todos habían quedado
reducidos a un grupo de sudorosos y delirantes esqueletos.
Entonces tomaron nuevamente
los senderos, para encontrarse, al llegar a la cita, con que sus amigos se habían
ido. En esas circunstancias recibieron la orden: "Abandonen los equipos
pesados. Salgan de Birmania". Con el enemigo acechándoles, el problema era
sobrevivir las siguientes veinticuatro horas. Estaban descansando en lo alto de
una colina cuando los japoneses atacaron.
El joven Ian MacHorton fue
herido. Una larga y delgada esquirla se incrustó unas pocas pulgadas por debajo
de su cadera izquierda, penetrando el músculo e impidiéndole caminar.
El médico de la columna hizo
lo que pudo; el coronel fue a verlo y dos amigos se ofrecieron a hacer una
camilla precaria y transportarlo detrás de la columna, sabiendo que con tal
herida nunca podría mantenerse de pie. Ian, por supuesto, rechazó este
ofrecimiento. Entonces, agitadamente, le llevaron abajo hacia un claro
sombreado, cerca de una carretera, desde donde podría, fácilmente, atraer la
atención de una patrulla que pasara y entregarse como prisionero. Luego, la
columna se alejó, abandonándole.
Una vez solo, en la jungla
infestada de japoneses, Ian sintió que el terror se apoderaba de él.
Después, pasado el primer
momento, el miedo fue dejando paso a un amargo resentimiento por la situación
en que se encontraba, hasta que, finalmente, su mente estuvo relativamente
despejada.
Empezó a pensar en cómo
podría hacer para levantarse cuando viera pasar a los japoneses.
¿Los llamaría? ¿Esperaría
hasta que le encontraran? ¿Efectuaría un disparo para atraer su atención? Y
cuando lo encontraran, ¿qué le harían?
Demasiadas historias había oído
acerca de la maníaca inclinación que sentían hacia lo sangriento.
Le amarrarían, quizás, a un
árbol y, dejándolo desnudo, le clavarían bayonetazos hasta matarlo.
O poco más o menos como una
vaca muerta, sería arrastrado hacia un tristemente famoso campo de prisioneros
en Rangoon. Ante la presencia de estos pensamientos tembló convulsivamente,
acomodó su manta alrededor de su cuerpo y, demasiado exhausto como para dar
curso a sus temores, se durmió.
Lo hizo durante toda la
noche, para ser despertado al fin por el ruido del motor de un camión que se
aproximaba desde el sur por el camino cercano. Espiando por un hueco, observó
un camión cargado de soldados japoneses abriéndose paso. Luego, dos más y,
después, un cuarto que se detenía para que descendieran diez hombres bajo el
mando de un oficial. Presa del terror, Ian observó cómo exploraban a su
alrededor, obviamente por las huellas recientes hechas por su columna.
Luego, uno de ellos encontró
algo y dio un grito; el oficial fue a inspeccionar e, inmediatamente, empuñando
una pistola comenzó a trepar rápidamente hacia el lugar donde Ian yacía.
Apartando la maleza, cada vez más densa, llegó hasta él.
Hipnotizado, Ian registró
todos los detalles de su apariencia: el uniforme verde seco, las botas de
montar, la espada pendiendo al costado. Este era el momento. Ahora, seguramente,
llegaría el final.
Pero el oficial vio algo que
desvió su vista ligeramente hacia uno de los lados del hueco. Eran las huellas
que los compañeros de Ian habían dejado al transportarlo y, con un grito a sus
hombres para que le siguieran, sin ver a Ian que yacía a sólo seis pies de él,
el oficial torció el rumbo hacia lo alto de la colina, hasta que todos ellos se
perdieron en la jungla.
Despacio, Ian se relajó un
poco y empezó a pensar. Dios, sintió, debía haber dispuesto que los japoneses
pasaran a su lado sin notar su presencia.
Debía ser un presagio de que
viviría. Asombrosamente sereno, ahora, decidió que de alguna manera habría de
caminar y, si lograba tan sólo un promedio de una milla de marcha diaria, podría
cubrir las cien millas a través de las montañas hasta alcanzar China, país
amigo. Como precario equipamiento, seleccionó su cantimplora, su cuchillo de
caza, una brújula, la pistola, municiones y algunos otros enseres que pudieran
serle útiles durante la travesía. Luego, con una caña de bambú que alcanzó
con su mano, se hizo una muleta, rellenando el extremo superior con un mullido
gorro de lana que su madre había tejido para él. Luego rodó, utilizando su
pierna sana como soporte y trató de incorporarse, pero en el instante se desmayó
de dolor. Gradualmente, se fue recuperando y el dolor empezó a decrecer. Decidió
encender su pipa y buscó en su chaqueta una caja de fósforos. Allí encontró
un poema. Lo había recibido en la última remesa de correspondencia, hacía
varios días y su madre se lo había copiado para cuando "pudiera necesitar
una ayuda extra". Era de Louise Haskins, una escritora desconocida hasta
que Jorge IV usara sus versos en su primer mensaje de Navidad durante la guerra:
"Le dije al hombre que se hallaba en el portal del nuevo año: 'Dame una
luz para que yo pueda andar a salvo en lo desconocido'. Y él me contestó:
'Entra en la oscuridad y pon tu mano en la mano de Dios. Eso será, para ti,
mejor que una luz y más seguro que un camino desconocido'." Ian leyó y
releyó los versos; en su mente, una nueva resolución luchaba desesperadamente
hasta que, casi súbitamente, sus dudas se desvanecieron y estuvo listo para
hacer exactamente lo que el poema decía. Nuevamente trató de caminar.
Dos reiterados intentos lo
sumieron en una dolorosa náusea tan miserablemente como el primero.
Entonces pensó en una mejor
manera de levantarse del suelo. El borde superior de su escondite terminaba,
cinco pies más abajo, en un pequeño claro. Impulsándose con su abdomen, bajó
la muleta por sobre el borde y la plantó verticalmente en el suelo. Luego se
dio vuelta hacia el borde, por afuera del hueco, torció dolorosamente su cuerpo
y, una vez más, se impulsó hacia arriba, esta vez, sacando primero los pies.
Despacio, se dejó caer por encima del borde asiendo una caña de bambú,
firmemente, con su mano izquierda hacia su derecha; su pierna sana tocó la
hierba, luego acomodó la muleta debajo de su brazo izquierdo, tomó impulso
y... al final estaba de pie.
- ¡China! -dijo en voz
alta-, ¡Allá voy!
Los caminos no son frecuentes
en la jungla y un hombre puede andar días sin encontrar uno.
Pero aquí, milagrosamente,
atrás del claro había un sendero alisado por el huso a través de generaciones
de caminantes y por él, apoyando primero su pie derecho, Ian empezó a trepar
en espiral hacia la cima de la colina. No obstante su estado de extremo dolor y
debilidad, se las arregló para andar unas tres millas y, al atardecer, buscó
un lugar para descansar.
Al otro día, se había
arrastrado sobre su pie, asiéndose del follaje y estaba bordeando el camino,
escasamente consciente, cuando dos hombres aparecieron de pronto ante su vista.
Al instante, Ian empuñó su revólver y disparó desde la cadera, tiro tras
tiro. Aún trataba de hacer fuego cuando se hundió en el olvido.
Como transportado por arte de
magia, se despertó encontrándose en una población amiga de Birmania, siendo
atendido con pericia por el jefe.
Descendientes de los
nepaleses, estos pobladores odiaban a los japoneses y el propio jefe había
servido con orgullo en un regimiento Gurkha.
Esta coincidencia increíble
produjo en Ian un extraño sentimiento de respeto porque, inexplicablemente,
todos los habitantes de aquel pueblo de Birmania le habían dado la bienvenida.
Pero eso no era todo. Los dos hombres a quienes había disparado -y,
afortunadamente, errado- habían resultado ser leñadores de Shan, perteneciendo
a una tribu tradicionalmente hostil a los japoneses y, habiéndolo reconocido
como un oficial británico, lo habían atendido como excelentes samaritanos y le
habían llevado al pueblo.
Bien atendido y alimentado,
recuperó fuerzas en ese pueblo, durante una quincena, aprendiendo a caminar con
la sola ayuda de un bastón. Entonces, llegó un mensajero con noticias de que
los japoneses estaban avanzando e intentaban usar esa área como base de
operaciones. El jefe le advirtió que el paso por la montaña hacia China estaba
fuertemente custodiado y la huida en tal dirección resultaría imposible.
Quedaba sólo por seguir la ruta occidental, cruzando trescientas millas a través
de la jungla. Despreciando amablemente la invitación del jefe de permanecer
oculto en el pueblo pudiéndose considerar "uno de nosotros", Ian
resolvió intentar ese camino.
Le entregaron comida para el
viaje y todo el pueblo le vio partir acompañado por un joven guía que trataría
de conducirle hacia el camino de sus perdidos compañeros, ahora, quizás, en
combate, tal como Wingate había indicado. Alcanzarles sería esencial ya que,
en su presente estado, no podía tener esperanzas de cruzar los ríos solo,
cojeando y con considerables dolores, fue conducido durante algunos días a través
de un apenas visible juego de senderos hasta que una por siempre inolvidable mañana,
su guía se agachó de repente y le llamó.
- ¡Ven y mira, Sahib! -en el
suave terreno, recientemente producidas, estaban las huellas de las botas de los
soldados británicos sin rastros de perseguidores japoneses.
Con gran alegría, Ian se
despidió de su guía y siguió el sendero hacia una ancha, densa y sofocante
zona de hierbas, sabiendo que de algún modo recorrería el camino y llegaría
hasta sus amigos antes de cruzar la zona de Irrawaddy. Por las huellas advirtió
que se movían con velocidad, pero él habría de hacerlo más rápidamente,
llegando casi al delirio bajo el tórrido sol y exponiéndose quizás a un
irreparable derrumbe. Sabía que había, por lo menos, treinta millas más de
desierto y, por todo sustento, tenía sólo unos pocos puñados de arroz en su
bolsillo y media botella de agua.
Le llevó tres días cruzar
aquellas hierbas más altas que el hombre y de afilado roce. Acosado por la sed,
los insectos y el dolor en su pierna, estuvo la mayor parte del tiempo casi
inconsciente y su mente sólo estaba ocupada por el embotamiento que le producían
los sufrimientos y por la determinación de continuar el viaje. Entonces se
dirigió tambaleante hacia afuera de la zona de punzantes hierbas para afrontar
el desierto de arena desprovisto de toda vegetación. Y, a la vista de esté
espantoso infierno, declinó en su resuelta actitud y cayó sin sentido.
Volvió en sí después de un
rato y, vacilando sobre sus pies, continuó su ajetreado camino, durante algunas
horas, bajo el calor del sol, por el desierto. De allí pasó a una selva de
tecas donde encontró agua. Y después, por fin, llegó a los suburbios de una
población que reconoció. Frente al caudaloso y rápido Irrawaddy y sobre un
banco de arena, preparándose para cruzar el río, Ian encontró a sus amigos.
"¡Por todos los santos, miren quien viene aquí! ", dijo uno de
ellos, tomándolo por la espalda.
Estaban en medio de la
corriente en botes proporcionados por los pobladores cuando un tanque japonés
abrió fuego desde la costa. Las balas revolvían el agua, penetrando los
cascos, matando hombres. En un momento, el bote de Ian zozobró y los
supervivientes fueron arrastrados por las aguas mientras, para él, la salvación
era casi imposible ya que su pierna no podría soportar a nado las cien yardas
que aún restaban. Se incorporó entonces, fuera el agua y, logrando asirse del
costado del bote volcado, se dejó llevar corriente abajo, interponiendo el bote
entre él y los japoneses. Oblicuamente, como iba, pudo ver algunos hombres
trepando a tierra, haciendo fuego para cubrirse.
De algún modo, se las arregló
para nadar las últimas diez yardas, arrastrándose sobre la costa y encontrando
protección bajo una mata de bambúes donde se le unió un hombre herido que había
llegado a tierra detrás suyo. En ese preciso sitio todo era quietud y
tranquilidad, pero más allá, en la espesura de la jungla y en la impenetrable
oscuridad a lo largo del río, sintieron los sonidos de las ráfagas de disparos
entre los grupos de supervivientes y el enemigo.
Orientándose hacia el oeste,
gracias ala brújula, huyeron del fuego sólo para avanzar hacia un grupo de
heridos que estaban en un claro a punto de rendirse. Ian debió tomar una crítica
decisión.
Escabullirse con su compañero
le ofrecía la mejor posibilidad de sobrevivir. Mas, por otro lado, estaba su
obligación de oficial que le señalaba que debía intervenir y cargar con este
nuevo comando de mutilados y desesperados. Se decidió a intervenir.
Diez minutos más tarde, con
nuevo ánimo, los hombres estaban levantando sus mochilas una vez más. Dos de
ellos estaban imposibilitados de caminar y tuvieron que ser llevados en
improvisadas camillas y, en el intervalo, un hombre murió. Caminaron hacia el
oeste, a través de una jungla menos densa y sobre una espesa gramilla. Cada
hombre tenía tan sólo una pequeña ración de arroz, por eso, cuando vieron
aparecer un poblado, tuvieron que correr el riesgo de encontrar japoneses.
Sin embargo, entraron en él
y fueron recibidos con comida y una amistosa bienvenida. En el pueblo, dejaron a
los heridos más graves; sus heridas mejorarían y, con buena alimentación,
podrían reponerse. Pero el resto, no podía esperar. Debían moverse con
rapidez porque, aparte de los japoneses, faltaban solamente dos semanas para la
temporada de los monzones y, cuando llegaran las lluvias, todos los ríos se
volverían infranqueables.
Un guía del pueblo los
condujo a una vía de ferrocarril donde se ingeniaron para evitar dos patrullas
enemigas. Luego, durante tres días, anduvieron tambaleantes bajo el sofocante
calor, casi sin comida, en un estado cercano, al delirio, hasta que llegaron a
otra pequeña población a la que tuvieron que entrar, hubiera en ella japoneses
o no, para poner a salvo sus vidas. Tuvieron suerte una vez más. En aquella
villa encontraron a sus amigos, también supervivientes de la batalla del
Irrawaddy, tan agotados y desnutridos como ellos, con algunas heridas, pero
todos capacitados para marchar.
Compraron arroz a los
pobladores, luego cargaron sus bultos para dirigirse al siguiente obstáculo que
deberían afrontar inmediatamente: el poco profundo río Mu, distante doscientas
yardas. Todos estaban en un estado de alegría. Con un ademán hacia Ian,
"Te veo esta noche", un oficial amigo partió con sus hombres; mas, en
ese momento... la jungla circundante estalló en un zumbido ululante de balas.
Una patrulla japonesa los había sorprendido mientras dormían y, ahora, estaban
haciendo fuego sobre ellos desde un tanque y con rifles.
A pesar de la sorpresa, los
gritos delos heridos, y el lamento de los moribundos, no tenían miedo.
Sección por sección, en
orden consecutivo, los hombres se introdujeron en el agua sosteniendo sus rifles
por encima de sus cabezas y comenzaron a cruzar. Ian los seguía con su pequeño
grupo, todos aún con vida. Las balas caían en el agua, aquí y allá los
hombres se inclinaban hacia adelante y silenciosamente se sumergían. Para
colmo, desde ambas costas les disparaban proyectiles de nuevos tanques japoneses
que habían abierto fuego cruzado sobre ellos.
Ian miró hacia atrás, pero
el retorno era imposible. Jadeando y tropezando contra el lecho del poco
profundo río se dirigió a sus hombres:
"¡Continuad la marcha!
Es el único camino" Vio a los japoneses afinando la puntería desde la
jungla a lo lejos, entonces saltó a tierra y buscó refugio en la orilla.
Ahora se producía con
rapidez la elección entre la vida y la muerte y, enseguida, corriendo bajo los
árboles, cayendo luego y nuevamente de pie, saltó sobre los dos cañones
japoneses escondidos entre los arbustos. Sus artilleros habían sido muertos por
los soldados que venían atrás. Luego, el jaleo se trasladó a la selva de
tecas la cual, en su extensión, les ofrecía un pequeño refugio. “Por este
camino", ordenó a sus amigos y, con firme decisión, Ian avanzó después
de ellos. "Por este camino". Pero, de pronto, no pudo seguir. Súbitamente
se encontró de cara contra el suelo con un serio dolor en su rodilla derecha y
al momento siguiente todo fue oscuridad.
Se despertó encontrándose
detrás de una roca, atendido por un solo soldado de oblicua, verdosa mirada
que, impasible, sostenía un rifle. Hipnotizado, miró su rostro y, con un
terrible espasmo de desesperación, supo que había sido hecho prisionero. Le
habían quitado la pistola y el resto del equipaje, pero la cantimplora estaba a
su alcance; la cogió sediento y bebió un gran trago de agua.
Apenas revivido, descubrió
que la pierna derecha de sus pantalones, su cara y su camisa estaban empapados
en sangre. Una bala, parecía haber alcanzado el hueso debajo de la rodilla y
otra había atravesado limpiamente su sombrero y luego lo había arrojado contra
algo, probablemente una piedra, ya que su cara estaba cruzada por profundos
rasguños. Ninguna herida era fatal pero había perdido mucha sangre y, como ya
se encontraba medio debilitado, estaba ahora totalmente sin fuerzas. Pronto se
desmayó.
A continuación, se encontró
en un furgón andando a lo largo de una carretera. Viéndolo consciente, el
guardián se rió en su cara burlonamente, aceptando más tarde decirle que
estaba siendo transportado hacia un pueblo sobre el río Chindwin y que desde
allí sería llevado aun campo de prisioneros en Rangoon. El Chindwin constituía
la línea divisoria entre los británicos y los japoneses contenidos en
Birmania. .
Desmayándose, volviendo en sí,
permaneciendo semiconsciente, Ian fue notando el paso del tiempo; pero podían
haber pasado tres días hasta que el camión se detuvo en una pequeña población
y él fue arrastrado a veces, cargado otras hacia una pequeña choza en la que
fue dejado sobre el suelo, mientras un soldado y el conductor del furgón se
sentaban en la entrada como guardias. Estaba ahora extremadamente delicado y, al
caer la noche, cayó en un extraño estado de trance, sintiendo que había
abandonado su cuerpo y que era joven y fuerte nuevamente, capaz con un solo
deseo de volar a través de montañas para reunirse con sus compañeros. La
sensación parecía tan auténtica que, unos momentos más tarde, cuando volvió
nuevamente a percibir su cuerpo, aquella parecía la única realidad y sus
huesos y su estropeada carne parecían dispuestos a obedecer su deseo.
"Viviré -dijo-. Cruzaré el Chindwin. Nada me detendrá ahora." Debió
haberlo dicho en voz alta ya que un guardián levantó su cabeza; luego la dejó
caer de nuevo y se durmió.
En su nuevo sueño de
libertad, Ian estaba también durmiendo hasta que fue despertado por el ruido de
un motor rugiendo afuera. Era de noche aún y la luna brillaba. A través de la
entrada pudo observar un camión detenido sobre un campo próximo a la choza,
con soldados en su interior. Desde cierta distancia llegaba el estallido de los
cañones que contestaban al fuego de los rifles y, en el instante siguiente, una
voz autoritaria pronunció un torrente de órdenes y los dos guardias de la
entrada corrieron hacia otro grupo de soldados que, en ese momento, partían
hacia la jungla, en la dirección del tiroteo.
Ahora, Ian se encontraba
nuevamente solo, aunque, quizá, sólo en forma temporal. El campo, a unas
veinticinco yardas de distancia y bañado por la luz de la luna, estaba ahora
desierto y, más allá de él, se extendía la oscura masa de la jungla
interrumpida sólo por una colina. La invitación era clara e insistente. Este
era el momento.
Sintiéndose sostenido por un
misterioso poder, salió de la choza, cruzó el campo y, a toda carrera, se
internó en la jungla para luego comenzar a trepar por la colina. No tenía mapa
alguno, tampoco comida, ni agua, ni brújula, ni armas; pero ahora, estaba
convencido de su buena suerte. Los japoneses no le habían conducido hasta su
meta, en cambio, le habían traído muy cerca de Chindwin.
"Debo alcanzar cl
Chindwin", continuaba diciéndose, a la vez que se impulsaba penosamente
por entre el siniestro y retumbante trueno que provenía del monzón, ya audible
allende las montañas.
Durante dos días continuó
su marcha, encontrando agua sólo una vez, hasta que llegó a un acantilado que
reconoció como distante veinte millas al este del Chindwin. Veinte millas y
luego el río, las patrullas británicas, la seguridad, el descanso. Más tarde
habría que escribir: "Era muy consciente, en ese momento, de que la mano
de Dios estaba conmigo".
Pero el verdadero peligro, o
mejor aún, el calvario sólo acababa de empezar. El acantilado era totalmente
árido, sin otra cosa más que arena caliente, rocas y plantas quemadas. Aún así,
esta evidente tierra salvaje tenía algo que permitía cruzarla. Ian caminó,
confiando en que el instinto le condujera hacia el río y, como muchos hombres
en estado de desesperación, comenzó a contar sus pasos. Cada paso que
adelantaba representaba un triunfo de sus anhelos. Cubrir veinte millas en un día
era imposible y, sin duda, debe haber llegado un momento de la noche en el que
debió haber dormido. Pero no podía recordar. Más tarde, probablemente al otro
día, se encontró entre la vegetación fresca y vio un torrente donde se bañó
y bebió antes de continuar su marcha hacia el oeste. Anduvo caminando sobre un
banco de arena. Seguía una curva del curso del río, cuando, súbitamente, se
reunió de nuevo con sus compañeros, ahora no más de veinte en total.
Obviamente, estaban hasta tal punto exhaustos, que no tuvieron fuerzas para
decirle más que: "Hola, Ian. Tú nuevamente." Apenas habían hablado
cuando apareció un carabao sobre el pasto y le dispararon para proveerse de
comida. Pero el disparo había alertado a otros visitantes: dos birmanos que
blandían una bandera blanca. El oficial mayor fue hacia ellos para conversar y
regresó con una calamitosa noticia: los hombres pertenecían al llamado B.T.A.,
o "Burmese Traitor Army", y tras de ellos, en la jungla, se aproximaba
una patrulla japonesa. Habían alcanzado a los británicos tres minutos antes de
decidir su rendición o su muerte.
Exactamente dos minutos llevó
a los hombres comprender la noticia; entonces fueron descendiendo despacio por
el lado occidental del torrente donde había una más densa cobertura. La mayoría,
incluido Ian salió a tierra con las balas silbando sobre sus cabezas y, por
casualidad, llegaron a un claro, donde durmieron a salvo toda la noche antes de
separarse en pequeños grupos para cubrir las últimas y más peligrosas millas
hasta el Chindwin.
Esa tarde, Ian se encontraba
en la costa oriental del río, como un moderno Moisés avistando la tierra
prometida. Al instante, se preparó para cruzar a nado aceptando un par de
aletas de agua de sus amigos que intentaban seguirle en un bote.
Con su sombrero en la cabeza
y sus botas atadas juntas alrededor del cuello, se sumergió y pronto alcanzó
un buen ritmo de avance hasta que, tal como lo había previsto, la corriente le
llevó hacia la otra orilla del río donde trepó a tierra y, por fin, se dejó
caer en territorio tomado por los británicos.
Pero el final aún no había
llegado. Ian se incorporó y se sentía feliz al cruzar una pradera cuando le
llegó el áspero sonido de un invisible rifle y una bala penetró en el talón
de su pie derecho, arrojándole hacia atrás en medio de unos arbustos. Lo
inesperado del ataque, justamente cuando se sentía a salvo, lo llenó de rabia,
la cual se acrecentó aún más cuando vio que no había sido un japonés sino
un Sikh, un traidor civil, quien le había disparado. Tan pronto como el hombre
apareció desde la espesura, Ian tomó la decisión e matarle. Sin pistola
ahora, buscó desesperadamente a su alrededor un arma y se encontró con que
estaba casi arrodillado sobre el tronco quebrado de un árbol. Lo asió con
ambas manos y cuando el Sikh corría a buscarlo blandió el pesado madero
descargándoselo sobre el cráneo.
Se produjo un horrible
crujido y el Sikh cayó sin vida.
Ian sacó el puñal curvo de
su cinturón pero no pudo obligarse a extraer el rifle aún prendido a sus manos
sin vida. Luego se dirigió hacia el oeste.
Tenía agua pero ya no podía
recordar cuándo había comido por última vez. La bala había interesado el
tendón de Aquiles y caminar, máxime en un terreno tan abierto y bajo un
despiadado sol, le resultaba una agonía. La noche le alcanzó en un río que,
al principio, tomó por el río Yu, un pequeño afluente dentro del territorio
británico.
Luego lo reconoció como el
Chindwin: había caminado todo el día en círculos.
Durmió esa noche en la
orilla, demasiado agotado para moverse, pero con el alba se sintió refrescado y
se dirigió nuevamente hacia el oeste, resuelto esta vez a no cometer errores.
Tuvo la suerte de encontrar,
en una población desierta, una serpiente pitón a la cual mató sin dudar, ya
que estaba hambriento. Coció un trozo en un cacharro que encontró y lo comió.
Le supo delicioso.
Caminó durante dos días más
a través de la jungla y de campos y se alarmó al darse cuenta de que ninguna
comida sería suficiente para su hambre, ahora... Sin embargo, lo que más
necesitaba, y tenía que conseguirlo pronto, era un absoluto descanso por varias
semanas. Mientras tanto, no había divisado ninguna patrulla británica y se
hallaba aún solo. Pero a la mañana siguiente, algo en él le impulsó hacia el
oeste, se mantenía lúcido sólo por breves momentos, hasta que al atardecer se
encontró en un pantano.
Era un siniestro lugar con
grandes sombras proyectándose bajo los rojos rayos del sol poniente, una atmósfera
fétida con grandes extensiones de agua estancada y maloliente que componía un
traicionero fango. Ian vio que había algo así como avenidas en el pasto, abriéndose
hacia distintas direcciones, pero ninguna corría por fuera del pantano.
Inspeccionó a su alrededor, quebró ramas para prevenirse de una caída y sintió
terror al penetrar en él. Estaba irremediablemente perdido.
En tal terrible situación,
se impuso una decisión. Cuando cayera la oscuridad debería pasar la noche en
donde estaba y, afortunadamente, había algunos islotes de fango emergiendo del
agua, lo suficientemente sólidos para soportarlo. Sobre uno de estos durmió.
Al alba, advirtió que, en su
intento de salir de la ciénaga, había perdido sus dos botas. Pero apenas si se
preocupó por ello. Avanzó de nuevo con sus pies juntos pero, había dado sólo
unos pocos pasos, cuando se desplomó inconsciente sobre otro banco de fango.
Cuando se recuperó, tuvo un intervalo de clara lucidez durante el cual, de
hecho, se sintió curiosamente confiado en que iba a vencer. Sin moverse, volvió
sus ojos a la izquierda y... se encontró cara a cara con un lagarto. Al verlo,
éste escapó por el blando fango, deteniéndose ligeramente, en una depresión
próxima al centro; luego se perdió en la maleza. Los ojos de Ian estaban ahora
fijos en aquella depresión la cual, de otro modo, podría no haber sido vista.
Parecía tener el contorno de una bota.
Se abrió paso hasta allí y
observó con detenimiento. Era sí la marca de una bota, una bota corriente con
las trece insignias del Ejército Británico. Evidentemente, la huella era
reciente. El hombre, quien quiera que fuese, no había estado allí, por cierto,
bajo el rayo del sol; de otro modo, los diminutos cúmulos de tierra detrás de
cada huella se hubieran secado y desmoronado. Más adelante, lo cual resultaba más
extraño, habían más huellas que ahora él podía ver y que le guiaban en línea
recta y en diagonal para cruzar el fango, Pero ésta; comenzaban en el sitio
adonde el lagarto había saltado, todavía faltaba saber cómo se las había
arreglado el hombre para llegar hasta allí. Pero, ¿qué sucedía con Ian? Las
huellas formaban un sendero y las palabras del poema citado por Jorge IV decían
que “eran más seguras que un camino conocido"; por lo tanto, las iba a
seguir incuestionablemente. Con absoluta fe, Ian siguió las pisada; y éstas no
le hicieron equivocarse. Sorteando la ciénaga profunda y el fango traicionero,
le condujeron a un terreno firme y así estuvo en tierra sólida. Ahora debía
descansar ya que estaba muy débil.
Se reclinó de espaldas
contra un árbol de cara al pantano que acababa de cruzar y bebió un largo
trago de su cantimplora poniéndola, luego, en el suelo, al lado de una de las
huellas. Entonces miró pensativamente todo el pantano, ¡Qué alivio haber
escapado de esa siniestra marisma! Luego volvió a mirar nuevamente y lo hizo
con creciente asombro: estaba viendo claramente las marcas de sus propios pies
hechas en el fango al cruzar, pero de las huellas de botas no había el menor
rastro. Ante la presencia de tal misterio que sabía no podría resolver, el
joven sintió un profundo estupor pero no miedo. "Te seguiré y me seguirás"...
ése fue el pensamiento que vino a su mente y luego siguió adelante,
decididamente, siguiendo las huellas por las colinas, a través de la jungla,
cruzando los campos, aliviado, cantando y riendo con un glorioso sentimiento de
camaradería.
Alcanzó la orilla de un
arroyo y allí, las huellas se interrumpieron abruptamente, pero antes pudo
sentir con ansiedad el sonido del agua fluyendo más arriba y, a los pocos
momentos, había llegado a una playa de arena plateada que bordeaba un río, el
río Yu que corría varias millas al oeste del Chindwin. Desplomándose bajo el
repentino calor del sol permaneció, dichoso, en la orilla, mirando hacia la
jungla que se detenía en la margen opuesta, cuando súbitamente, algunos
hombres con rifles y bayonetas emergieron de entre las sombras, vestidos con
uniformes verdes y gorras con viseras. Su mundo se derrumbó en ruinas. Sólo
los japoneses usaban ropas así.
Entonces los japoneses habían
cruzado el Chindwin, también este río y ahora debían estar avanzando sobre la
India. Una vez más, cientos de millas de peligrosa jungla se extendían entre
Ian y su salvación, semanas tras semanas de esquivar patrullas enemigas. Tal
perspectiva, final e irrevocablemente, no podía encararla. Lentamente se
incorporó, arrojó el puñal del Sikh y saltó sobre la arena con los brazos en
alto, Con un total fatalismo esperó que los hombres cruzaran el río. Uno de
ellos elevó su rifle apuntando a Ian y éste vio un horrible destello de luz en
la terminación del cañon.
En cualquier momento el
hombre dispararía... el hombre dispararía... y ahora, el horizontal río y la
jungla lindante se balancearon bajo el cielo... y volvieron a hacerlo.., y el
sol con sus destellos se movió, de pronto, con la velocidad de un rayo... y la
oscuridad le cubrió...
Cuando Ian despertó era de
noche y estaba acostado de espaldas, cerca de un campo de tiro, en un claro de
la jungla, custodiado por hombres armados. Alguien le alcanzó una taza de té.
Los hombres eran soldados
británicos recientemente destacados en la jungla con uniformes verdes y habían
cruzado el Yu en una patrulla de reconocimiento cuando él salió,
inesperadamente, riel vado. Más tarde se enteró que ninguna tropa británica
había estado al este del río en muchas semanas y que la patrulla había sido
la única que había efectuado un recorrido en cien millas cuadradas.
Cuando reaccionó, sintiéndose
terriblemente débil y enfermo, fue llevado en ambulancia hacia el cuartel
general en Imphal; en el viaje escuchó el primer aguacero de la estación de
los monzones. Fue internado en un pulcro y casi vacío hospital, Y allí,
mientras se iba recuperando lentamente, empezó a pensar.
Pensó, primero, en todos
aquellos amigos que no habían regresado sino que habían muerto en algún lugar
perdido de la jungla, en los muertos por inanición, en los heridos, en los que,
incluso ahora, estaban cayendo prisioneros de los japoneses, y se compadeció de
ellos y sufrió por sus jóvenes vidas perdidas. Luego pensó en los
extraordinarios golpes de fortuna que le habían ayudado y, cuanto más pensaba,
más seguro se sentía de una cosa: él se había salvado y ahora tenía una
deuda con el poder que le había ayudado. ¿Qué haría entonces? ¿Qué le sería,
ahora, requerido? No podía decirlo. Estaba en la oscuridad nuevamente, como decía
el poema, en el comienzo de otro "año" o etapa en su vida. Entonces,
una vez más, debía poner su mano en la mano de Dios y luego seguir el nuevo
sendero adonde fuera que éste le condujera, lista era su obligación, Para con
Dios, para con sus amigos, para con la vida y para con la muerte.
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