![]() |
|
Un
gigantesco bombardero B-52 de la fuerza aérea de los Estados Unidos
tenía una cita con su avión nodriza. La cita se cumplió sobre la
costa mediterránea de España, a las 10.20 de la mañana del 16 de
marzo de 1966. El cargamento del B-52 consistía en cuatro bombas de
hidrógeno de 1,5 megatones, con las que había estado dando vueltas
sobre el Mediterráneo oriental durante 12 horas. En ese momento, el
bombardero tenía que cargar combustible en el aire, proporcionado por
el avión nodriza, antes de regresar a Estados Unidos.
A
bordo del B-52, el capitán fijó la posición a 32 km detrás del avión
nodriza y a 10.000 metros de altura. Había sido hasta entonces una
larga y aburrida misión, que no difería de las cumplidas en los los
vuelos de bombarderos dispuestos por el Comando Estratégico de
Estados Unidos, a lo largo de los límites del telón de Acero, cada día
del año.
A
bordo del avión nodriza K-135, que estaba delante, el mayor Emila
Chapla se mantuvo en una dirección regular, a medida que observaba cómo
el bombardero maniobraba para tomar la posición adecuada detrás
suyo. Con anterioridad, Chapla había despegado de una base aérea que
los Estados Unidos poseen cerca de Sevilla, en España, llevando como
carga más de 110.000 L de combustible de aviación. Solamente rutina,
el trabajo de todos los días.
El
B-52 acortó distancias, listo para ajustar la manguera, que salía de
la proa de su avión, a la bomba de combustible que pendía de la
panza del avión nodriza. Chapla observó cómo se acercaba el B-52.
Pensó que se estaba acercando en un ángulo demasiado alto y a una
velocidad excesiva. Envió un aviso por radio al B-52, pero cuando sus
urgentes palabras acababan de ser pronunciadas, los dos inmensos
aviones chocaron. El B-52 se elevó por debajo del avión nodriza y lo
golpeó en la panza.
El
mayor Chapla luchó por controlar su avión, gravemente averiado, para
tratar de devolverlo, aunque incendiado, a la base. En el B-52, el
capitán supo que su avión estaba perdido. La estructura y la cabina
estaban destruidas y el avión comenzaba a despedazarse. El capitán y
los dos tripulantes se arrojaron en paracaídas, justo un momento
antes de que se produjera una tremenda explosión, que hizo entrar al
gigantesco bombardero en tirabuzón hacia tierra, desparramando miles
de fragmentos en su camino.
Entre
los escombros que llovieron sobre la costa española esa mañana, había
cuatro bombas de hidrógeno de 7 m de largo cada una.
Las
bombas cayeron en las cercanías del pueblo de Palomares. Ninguna de
ellas explotó. Lo cual hubiera sido imposible, a no ser que hubiesen
sido cebadas primero a bordo del B-52. Pero se temía que las carcasas
de las bombas hubieran podido abrirse, al estallar los detonadores de
TNT debido al impacto. Y nadie sabía con seguridad qué efectos podría
tener un escape de plutonio y uranio radiactivos sobre la desprevenida
población civil de Palomares.
Tan
pronto como se conoció el accidente, se formó un equipo militar de
emergencia, que voló de Estados Unidos a España. Mientras tanto, los
consejeros militares norteamericanos en España informaron de la
novedad a las autoridades de Madrid, y un montón de altos jefes políticos
llegaron a Palomares.
A
la prensa se le suministró un escueto informe, diciendo que un avión
americano había sufrido un accidente que no había producido víctimas
civiles. No se hizo mención alguna a las armas nucleares que llevaba
el avión. Los campesinos de Palomares no estaban al tanto de los
peligros que les acechaban. Pero con la llegada del equipo americano
de emergencia y el cordón de seguridad sin precedentes que se había
tendido en el área, los periódicos comenzaron a atar cabos.
Descubrieron así que el avión accidentado era un B-52, y sospecharon
que debía transportar armas nucleares. Y que esas bombas estaban
ahora esparcidas por los campos de España.
Pieza
tras Pieza, los periodistas armaron el rompecabezas del desastre, a
pesar de que tenían prohibida la entrada en el área. El mundo
exterior fue informado con grandes titulares de lo que estaba
sucediendo en los alrededores del pueblecito español. Pero en
Palomares no se dijo nada a los campesinos. Se les prohibió cosechar
sus campos de cultivo y se les ordenó permanecer en el pueblo. A
medida que las tropas y los aviones comenzaban a pulular sobre los
campos cultivados, los 2.500 habitantes de la comarca de Palomares
comenzaron a alarmarse.
Si
hubieran sabido en qué clase de peligro se encontraban, se hubiesen
sentido aún más inclinados al pánico. Porque las tres bombas que
habían caído cerca del pueblo se habían abierto, debido al
estallido de los detonadores, y estaban liberando plutonio y uranio
hacia la atmósfera. La suave brisa que soplaba ese día estaba
esparciendo a través de la polvorienta campiña española un veneno
invisible. La primera bomba que se recuperó fue descubierta en campo
abierto mediante reconocimientos aéreos. El estallido del TNT había
abierto un pequeño cráter. Había perdido poco contenido. Otra
bomba, también astillada, se encontró en una zona montañosa, a unos
cinco kilómetros de Palomares.
Una
tercera bomba fue encontrada por un lugareño, junto a su casa, en las
afueras del pueblo. Estaba en un pequeño cráter y despedía humo. Y
no sólo humo, sino algo desconocido para el lugareño: polvo
radiactivo.
El
desorientado español examinó la bomba destrozada, se alzó sobre
ella y le dio un puntapié. Luego, fue a buscar a alguien que pudiera
saber qué era aquel misterioso objeto. Y fue sólo después de
algunas horas cuando la noticia llegó a oídos de los americanos: se
había encontrado otra de las bombas.
Se
habían recuperado tres bombas, pero ¿dónde estaba la cuarta?
Francisco
Simó Orts, un pescador, proporcionó la respuesta. Simó estaba en el
mar, a bordo de su barca, cuando ocurrió el accidente aéreo, a
10.000 m por encima de su cabeza. Algunos minutos después vio caer
lentamente del cielo un largo objeto metálico, sostenido por dos
paracaídas. El objeto cayó al mar a unos metros de su barca, y luego
se hundió con rapidez.
Orts
recorrió el lugar, pero todos los rastros del misterioso objeto habían
desaparecido. Siguió pescando y luego navegó hacia su casa. Cuando
llegó al puerto, relató a sus amigos el extraño suceso del que había
sido testigo. Decidieron informar a la policía local. Pero a causa
del manto de secreto que los americanos habían echado sobre lo que
llamaban en clave Operación Flecha Rota, ni siquiera la policía española
sabía con exactitud qué estaba pasando.
Cuando
finalmente los americanos oyeron la historia del pescador, enviaron a
los expertos para entrevistar e interrogar al apabullado Orts. Su
descripción se ajustaba a los hechos. La bomba había caído al mar
suspendida de un paracaídas, proyectado para sostenerla sobre un
blanco determinado. El segundo paracaídas era el de seguridad. Orts
salió en su barca con un equipo de expertos para mostrarles
exactamente dónde se había sumergido la bomba en el mar. El problema
consistió en que, una vez en el Mediterráneo, el pescador ya no
estaba seguro de poder indicar con precisión el lugar exacto. Todo lo
que los investigadores sabían era que la bomba estaba, probablemente,
en algún lugar dentro de un área de quince kilómetros cuadrados, a
unas seis millas de la costa, donde el escarpado fondo marino varía
su profundidad entre los 25 y los 1.500 m.
En
alguna parte, allí abajo, estaba la cuarta bomba.
Un
grupo de búsqueda marina fue convocado en las afueras de Palomares;
estaba dotado de 20 barcos, 2.000 marinos y 125 hombres rana.
También
disponía de un batíscafo y de dos submarinos miniatura. Se ordenó
al equipo buscar la bomba y encontrarla a toda costa, antes de que la
deposición de arena o de lodo la ocultara de la vista.
Si
no se encontraba la bomba, existía el peligro de que sus dispositivos
de seguridad se oxidaran, permitiendo que los residuos radiactivos
contaminaran el Mediterráneo. O que incluso provocaran una explosión
capaz de crear una mortífera nube nuclear sobre la costa de España.
También existía la posibilidad de que, si la bomba era abandonada,
los rusos pudieran intentar encontrarla y desvelar sus secretos. La
bomba debía, pues, ser hallada.
Y
fue hallada. El 15 de marzo, dos meses después del accidente aéreo,
la tripulación del minisubmarino Alvin descubrió una muesca en el
lodo, a 800 metros. Investigaron más atentamente y emergieron.
Entonces, con angustia, descubrieron que no podían dar otra vez con
el sitio. Al día siguiente hallaron la pista: descubrieron un paracaídas
en el fondo marino. Siguieron las cuerdas del paracaídas y allí, en
una angosta saliente suspendida sobre un abismo de 150 m, descansaba
la bomba.
Llevó
más de tres semanas recuperarla, porque existía el peligro de
hacerla caer de la saliente. Pero el 7 de abril de 1966, superadas
varias amenazas de catástrofe, la bomba de hidrógeno fue izada a la
superficie sin que sufriera desperfectos. Mientras tanto, gran parte
de la población de Palomares estaba, en gran medida, fuera del
peligro de la contaminación, y se acordó una compensación por la pérdida
de los cultivos.
Se
había evitado una tragedia nuclear a una escala inimaginable.
|
|
||||||||
|
|
||||||||
Reservados todos los
derechos. Prohibida la reproducción parcial o total. Fotomontajes, textos e
imágenes procedentes del archivo del Grupo Editorial Bitácora, Publicaciones
electrónicas. Envíenos un e-mail y solicite autorización.
© Grupo
Editorial Bitácora