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En Ternowo de Tiraspol, en el Xernosion meridional, Rusia, corrieron, a principios del año 1897, rumores de que en algunas bodegas y sótanos de viviendas había gran número de cadáveres sepultados. Estos rumores eran insistentes. Según ellos, los muertos habían sido enterrados en tales lugares secretamente y sin la bendición de la Iglesia. Nadie sabía cómo habían muerto: si asesinados, de muerte natural o por suicidio, aunque la clandestinidad de los enterramientos hacía poco verosímil la muerte natural.

Los detalles de estas raras noticias eran tan precisos, que las autoridades locales acabaron por dar cuenta al Gobierno de aquellos rumores. El Gobernador dispuso la práctica de una indagación a fondo, y pronto se llegó a la comprobación de que no se trataba de simples habladurías, sino de hechos lamentablemente reales y auténticos.

Detrás de las paredes de los sótanos de tres casas fueron practicadas calicatas y encontradas fosas, colectivas. En una de ellas aparecieron los cadáveres de diez personas, entre hombres, mujeres y niños. Un reconocimiento pericial demostró que la muerte de los allí sepultados había ocurrido un mes antes aproximadamente y que todos habían sido metidos vivos en la excavación y hallado en ella la muerte por asfixia. Uno de ellos, por ejemplo, que era un hombre de edad, había practicado con las manos un agujero en el suelo y metido la cabeza dentro, buscando un alivio en su lucha agónica. En la segunda bodega o sótano fueron descubiertos ocho cadáveres en la fosa, con evidentes señales de haber fallecido en iguales circunstancias. Y en la tercera de estas sepulturas, sólo cinco cadáveres.

A principios del siglo XIX se había establecido, con permiso de las autoridades, en Ternowo, pequeña aldea de la Rusia meridional, un sectario ruso y algunos de sus secuaces.

Era este Kowalew uno de los más infelices y apacibles sectarios que quepa imaginar, además de hombre laborioso y competente, como lo demostró llegando bien pronto a labrador acomodado, con crédito en toda la comarca de Tiraspol. Sus prosélitos eran como él, en todo moderados, austeros y bondadosos. No solamente se distinguían por su piedad, sino que además eran en extremo pacientes y tolerantes con el prójimo y estaban firmemente convencidos de que una comunidad o sociedad de buenas personas sin codicia ni soberbia, habría de bastar para implantar ya en la tierra un pequeño anticipo del paraíso celestial.

Ocho décadas vivieron en estas condiciones semiparadisíacas, de pureza y dichoso optimismo, en el mismo lugar, sin ser nunca molestados por las autoridades ni por los pueblos vecinos, ni, menos, humillados o perseguidos. El viejo Kowalew se había ido de entre los vivos hacía mucho tiempo, y ahora llevaba la dirección de la comunidad su nieto Feodor Kowalew.

En el estío de 1896, cuando los habitantes de la arcádica aldea se hallaban a la mitad de las faenas agrícolas y los niños les esperaban solos en sus casas, llegó por allí una peregrina, que decía llamarse Vitalia. Con ella venía también su hermana Denissowa, muchacha retraída y silenciosa, sumisa a todo lo que su hermana le mandaba o indicaba.

La peregrina pareció enviada por la Providencia, por cómo sabía entretener a los niños, explicándoles la Biblia a los mayorcitos, en tanto que sus padres atendían a las labores del campo. En su simplicidad, no advirtieron los labriegos un no sé qué de inquietud sombría, un aire de alimaña acosada que había en Vitalia. La muchacha tenía el cabello negro y una mirada penetrante y fría bajo las apretadas cejas, con una vislumbre de recóndita maldad. No obstante, los niños se pegaban a ella y escuchaban embelesados las narraciones de la forastera, que mostraba invariable preferencia por las historias de miedo, de riesgo o de intriga y enigma. Pronto cobraron también los mayores afición a tales historias, escuchadas con gusto después de haber terminado las faenas de fuera de casa.

Kowalew fue el primero en notar que Vitalia poseía el don de la profecía. Puesto que sabía predecir lo inesperado y prevenir lo temible, tanto mejor para quienes tuviesen la suerte de oírla y disponerse a tiempo.

Pronto -amonestaba en su rapto profético- iban a presentarse los esbirros y llevarse al degüello a parte de los correligionarios, para conducir los otros a la prisión. Y es más, pues también se sentía capaz de señalar a quienes estaban destinados a partir para el destierro y el confinamiento, y quienes iban a quedarse en las prisiones. Los predestinados a Siberia harían bien -aconsejaba- en precaverse, adquiriendo ropas de abrigo, y haciendo acopio de víveres. Los reservados para las prisiones, aun los que se habían mantenido en un receloso alejamiento de Vitalia, acabaron convencidos por ella, gracias a la plausible justificación que se le ocurrió para explicar que a tantas décadas de paz tuviese que suceder el tiempo de la angustia y del ocaso: porque la losa del Santo Sepulcro había sido arrancada y destruida.

Un desconcierto y un temor indecibles se apoderaron de la secta, hasta que, por fin, una mujer de la aldea acabó por repetir lo que Vitalia había dejado caer tantas veces como al descuido entre suspiros: que mejor sería hacerse enterrar vivos, que esperar a que le cargasen a uno con aquella cruz. Entonces dio Vitalia el último toque al cuadro de horror, afirmando que estaba para llegar el fin del mundo, con el Anticristo como precursor.

Arrancados a su apacible vida y a su despreocupación dichosa por estas intimidantes predicciones, todos los individuos de la secta se sintieron llamados a tomar rápidas decisiones y empezaron a prepararse diez de ellos para su próximo fin.

El 22 de diciembre de 1896 abrieron una brecha en la pared del sótano en la casa de un correligionario y practicaron detrás una excavación de diez metros de largo, por nueve de ancho y uno solamente de altura. Luego se pasaron tres horas en coser las mortajas y cantar al mismo tiempo las preces de difuntos, que entonaban con devoto recogimiento. Por último, fueron entrando a rastras todos, hombres, mujeres y niños, en un estado de gran exaltación y llenos de confianza en conseguir bien pronto la celeste recompensa de su sacrificio. Iba también a esta fosa con las primeras víctimas la hermana de Vitalia, Denissowa. Por fuera cerró la brecha de la pared Feodor Kowalew, secundado desde el interior por uno de los que allí se enterraban, llamado Nasar Fomin.

Al cabo de tres días bajaron a la bodega Vitalia y Kowalew, abrieron en la pared una brecha de una cuarta de anchura y observaron a los muertos en el interior a la luz de una linterna. Así pudieron ver al hombre que había escarbado en el suelo con las manos y abierto un hoyo pequeño para meter en él la cabeza; y obsiervaron de paso la actitud o postura de los restantes cadáveres, por la que comprendieron que todos habían tratado de atenuar la tortura de la agonía acumulando tierra en torno a sus rostros y a sus pechos.

Vitalia y Kowalew volvieron a cerrar el agujero en la pared de la sepultura y dispusieron lo necesario para emparedar al segundo grupo de víctimas voluntarias. Esto tuvo lugar el 26 de diciembre, limitándose el número en esta ocasión a ocho personas. Con ánimo tranquilo, contemplaron las víctimas todos los preparativos y se echaron, alegres y resueltas, a la hoya en donde iban a perecer.

Cuando, a consecuencia de los descubrimientos de enterramientos clandestinos, fueron detenidos Vitalia y cuatro de sus secuaces, las autoridades locales viéronse en un aprieto con ellos. Se negaban, en efecto, a tomar alimento alguno y el estado de emoción en que se hallaban no consentía los interrogatorios en forma.

En vista de ello, los mandaron a sus casas, condenándolos a simple arresto dentro de la aldea. Con lo que Vitalia y cinco de sus prosélitos tuvieron todavía la oportunidad de continuar la serie trágica de los enterramientos clandestinos, emparedándose ellos mismos y muriendo, antes de que un tribunal humano pudiese pedirles responsabilidades.


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