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El almirante Rojestvenski |
El 25 de mayo de 1905, una flota rusa comienza a atravesar el estrecho de Tsushima, entre la isla japonesa de Hondo y la costa coreana, rumbo a Vladivostok. Dos días después, barcos de guerra japoneses, al mando del almirante Togo, aparecen por la banda de babor de los navíos rusos.
El almirante Rojestvenski, comandante en jefe de la flota rusa, a bordo del gigantesco acorazado "Suvórov", ordena enseguida la retirada de los buques de abastecimiento y dispone a los de combate en cerrada formación de dos líneas. Los japoneses, más veloces, toman entonces rumbo de colisión, con la aparente intención de cruzar entre los lentos barcos rusos y romper su formación.
Cuando ambas flotas se
encuentran a poco más de 9.000 metros, todos los navíos japoneses
comienzan a disparar simultáneamente contra el muro de acero ruso.
Acaba de empezar la batalla
naval de Tsushima, desastrosa para los rusos. Poco después, el ejército
siberiano del zar será estrepitosamente derrotado en una batalla
terrestre cerca de Mukden, en Manchuria. Rusia pedirá la paz.
Europa se conmociona: un país
lejano-oriental, ignorado por casi todos y habitado por hombrecitos de
ojos rasgados y piel amarilla, ha sido capaz de vencer sin paliativos
a la más extensa nación europea.
Asombrado, el mundo
occidental hace sitio al "Imperio del Sol Naciente" junto a
las grandes potencias de la época y, entre admirativo, molesto y
receloso, dice que los japoneses son los "prusianos de
Oriente.
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