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Ya
en su lecho de muerte, en 1846, un oscuro pero muy apreciado profesor de
francés de Florence, Carolina del Sur, declaró con débil voz:
-
Soy Ney, el mariscal de Francia...
Las
últimas palabras pronunciadas por un frágil viejecito podrían
atribuirse a las ensoñaciones de una mente extraviada, a menos que alguna
evidencia mostrara que decía la verdad.
El
mariscal Ney fue uno de los generales de más talento de Napoleón. Poco
después de que las tropas imperiales fueran derrotadas en Waterloo,
Napoleón fue deportado a Santa Elena; menos afortunado que su jefe, Ney
fue sentenciado a morir frente a un pelotón de fusilamiento.
Poco
antes de las 9 de la mañana del 7 de diciembre de 1815, un contingente
compuesto por soldados que habían combatido bajo el mando del general
durante la guerra condujo a Ney a los jardines de Luxemburgo, en París.
Ney
fue colocado contra un muro Y desde allí habló a sus hombres en los más
emocionantes términos.
Un
diplomático británico narró que Ney gritó al pelotón:
-
¡Camaradas, cuando ponga la mano sobre mi pecho, disparadme al corazón!
Los
soldados levantaron sus fusiles; Ney colocó una mano sobre el pecho y se
oyó una descarga cerrada; el general cayó, con su capote manchado de
sangre. De acuerdo con las declaraciones del observador, el cuerpo fue
retirado rápidamente, con una precipitación sospechosa; durante la
noche, el cadáver permaneció tendido en la cama de un hospital; en las
primeras horas del día siguiente fue sepultado en el cementerio de Père
Lachaise. La señora Ney no asistió a los funerales de su esposo; un
pariente lejano del mariscal fue el único que presenció cómo Ney
descendía a su última morada.
Tres
años más tarde, en Florence, Carolina del Sur, un profesor de francés,
de mediana edad, que usaba el nombre de Peter Stuart Ney, declaró que él
y el mariscal de Francia eran una misma persona. Contó que una
confabulación urdida por sus antiguos subalternos, con la aquiescencia de
su antiguo enemigo el duque de Wellington, le había salvado de la ejecución.
Wellington se prestó a la maniobra -dijo-, rebelándose ante el innoble
destino que la suerte deparaba a un militar, a un colega.
El
profesor explicó que el pelotón disparó en realidad por encima de su
cabeza; él sostenía en la mano un recipiente lleno de sangre Y el líquido
se derramó cuando puso la mano sobre su pecho. Después fue enviado
clandestinamente a América en un barco.
Nadie
creyó al profesor Ney hasta que lo examinó un médico, quien comprobó
que las cicatrices visibles en su cuerpo concordaban con las heridas que
el mariscal Ney recibiera en combate. El profesor Ney agregó que, durante
su viaje clandestino hacia América, uno de los pasajeros -un soldado que
en otros tiempos había combatido bajo sus órdenes- lo reconoció.
Buscado e interrogado, el pasajero confirmó los hechos. Por otra parte,
el profesor Ney exhibía un conocimiento sorprendentemente íntimo de la
vida y hechos del mariscal, al mismo tiempo que un amplio conocimiento de
las técnicas militares.
Dayid
Caryalho, el célebre grafólogo neoyorkino, examinó cartas escritas por
el profesor Y las comparó con las del mariscal Ney. No tuyo ninguna duda:
estableció que estaban escritas por la misma persona.
Seis
años después de la presunta ejecución en Paris, uno de los alumnos de
francés del profesor Ney le llevó a clase un periódico que informaba de
la muerte de Napoleón en Santa Elena. El profesor se desmayó ante sus
alumnos y tuyo que ser trasladado a su casa. Poco más tarde, ese mismo día,
trató de degollarse, pero el cuchillo se quebró Y Ney pudo ser salvado.
Peter
Ney, o el mariscal Michel Ney, si realmente era quien decir ser, murió en
paz en 1846; hasta el final sostuvo su extraña historia, que nunca pudo
ser definitivamente confirmada o desmentida por nadie.
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